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El Liverpool reconquista Europa (2-0)
La final de la Champions League de la edición más emocionante y sorprendente de todos los tiempos ha tenido este sábado un desenlace a la altura de la competición de clubes más importante del mundo. Comenzando por el partido, que ha coronado al Liverpool como sucesor del tricampeón Real Madrid tras vencer 2-0 al Tottenham, y continuando por la intensa y preciosa jornada de fútbol que se ha vivido durante todo el día en el estadio Wanda Metropolitano, un escenario de primer orden mundial que ha respondido con nota a su primer gran evento de repercusión internacional.
El dispositivo de seguridad, una de las grandes preocupaciones de la UEFA desde que las semifinales depararon un duelo inglés en Madrid, ha aprobado con nota un examen complicado y a priori peligroso. Apenas el salto de una espontánea en la primera mitad ha perturbado momentáneamente a los agentes de ley durante el encuentro. En total, han sido más de 4.700 los efectivos de la Policía Nacional que han participado en las labores de vigilancia durante todo el día, en un dispositivo sin precedentes en un partido de fútbol en España.
La final en Madrid se decantó muy pronto a favor del conjunto ‘red’ por un polémico penalti por mano que transformó Mohamed Salah pasado el primer minuto de juego.
Los más de 70.000 aficionados británicos que han aterrizado este sábado en Madrid, muchos de ellos sin entrada, han estado vigilados de cerca en los diferentes puntos de la ciudad. En el estadio, los controles han sido minuciosos, con hasta tres diferentes barreras de seguridad. La primera, un control físico que ha impedido en un anillo de casi un kilómetro la circulación de camiones y vehículos para evitar cualquier tipo de atentado terrorista. Ni siquiera las radios o las televisiones sin derechos han podido acercarse hoy hasta las puertas del estadio en coche.
El segundo, un registro de la Policía Nacional, que ha examinado y ha comprobado que los aficionados tenían sus entradas para el partido, cacheando bolsos y mochilas para requisar bengalas o fuegos artificiales. Y el tercero, ya en el acceso inmediato al estadio, lo han realizado los efectivos de seguridad privada del Wanda, que de nuevo chequeaban las entradas y las pertenencias.
Para rematar, un dron de la Policía ha controlado desde el cielo todos los movimientos sospechosos.
También un helicóptero ha sobrevolado el estadio durante la final.
Durante el día, se han detectado varios intentos de venta de entradas fraudulentas, ya que casi la mitad de ingleses que han viajado a Madrid lo han hecho sin billete de acceso a la final. Las plazas más céntricas se han convertido en un pequeño mercadillo negro que ha terminado, incluso, con una mujer venezolana arrestada por tratar de vender dos entradas falsas por -8.400 euros- a dos aficionados del Liverpool. Quien más y quién menos, ha querido hacer este fin de semana su agosto en Madrid, donde se calcula que la final de la Champions League ha dejado un beneficio de 60 millones de euros. Un negocio redondo para el que es necesario contar con unas instalaciones como las que tiene el Wanda Metropolitano, un estadio que se ha colado por la puerta grande en las infraestructuras deportivas de primer orden mundial y que apunta a albergar muchos más eventos de este nivel. Si Zaragoza tuviera un estadio acorde a su ciudad…
You´ll never walk alone’
El sonido y el color, rojo y blanco, lo han puesto antes, durante y después del partido, los ingleses. El mítico ‘You´ll never walk alone’, hit de cabecera de los hinchas del Liverpool, contra el ‘To dare is to doo’ del Tottenham. Antes del partido la banda estadounidense Imagine Dragons ha sido la encargada de caldear el ambiente en la ceremonia de inauguración. Después, el himno de la Champions League ha sido interpretado, de forma espectacular, por las Asturia Girls, un cuarteto eléctrico de Ucrania, formado por dos violines, una viola y un violonchelo. Ha sonado de fábula. Ha sido la noche del mayor espectáculo futbolístico del mundo: la final de la Champions League, que ha coronado al Liverpool nuevo rey de Europa.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
