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Los hombres maltratados por las mujeres ya tienen quien les defienda: VOX

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En una memorable entrevista, nuestra compañera Carlota Sales ha dialogado con unos representantes del género masculino que se han manifestado a favor de la Custodia Compartida y por la derogación de la muy anticonstitucional Ley de Igualdad de Género, que discrimina gravemente a los hombres, invirtiendo la carga de la prueba sobre ellos, de tal modo que, si desde los “Codex” romanos de justicia, es el denunciante quien debe demostrar la culpabilidad del acusado, hoy es el acusado -el hombre- quien debe demostrar que es inocente ante la denuncia de cualquier mujer.

Y tendrá que demostrarlo cuando salga de sus 72 horas en comisaría, siendo vejado, agredido y asaltado por todo tipo de drogadictos y el peor y más peligroso lumpen de la sociedad.

Estos valientes han salido a la calle al lado de la Mesa Informativa que VOX montó ayer en San Vicente dels Horts, pueblo natal del golpista traidor Oriol Junqueras, porque -así lo dicen ellos- VOX es el único partido que les ha prestado algo de atención y apoyo en sus humildes peticiones para que los hombres puedan gozar de la misma protección jurídica que las mujeres.

Petición que, por otra parte, en un país civilizado, no debería ni tener que plantearse.

Les dejamos con esta entrevista.

 

Entrevista custodia Compartida

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La abstención como forma de resistencia pacífica al régimen del 78

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Ángel Gutiérrez Sanz*.- Lo que la historia nos enseña es que los partidismos en España no han acabado bien. ¿Cual será el final de la actual partitocracia consagrada en el régimen del 78? No lo sabemos todavía, lo que sí sabemos es que a lo largo de los últimos cuarenta años la casta política ha ido dejando tras de sí una calamitosa estela, en la que ha habido de todo: traiciones que se cuentan por decenas, ingratitudes para con nuestros mayores, quienes a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio nos habían legado una rica herencia económica y humana que hemos dilapidado; también ha habido mentiras, promesas incumplidas, corrupción a manta, calculadas claudicaciones ante el independentismo e incluso ha habido crímenes de Estado. Todo ello además de haber renegado de nuestras más preciadas tradiciones y olvidarnos de las esencias nacionales que hicieron grande a España, para quedarnos con 17 autonomías insolidarias, que solo piensan en sí mismas; pero esto no es lo peor sino que la cosa ha ido a más hasta quedar comprometida la mismísima unidad e integridad territorial de nuestra querida Nación, un día llamada España y que hoy se la conoce como “Este País”.

A lo largo de un prolongado periodo de bipartidismo infructuoso, plagado de vergonzosas corruptelas, se llegó a un punto en que la situación política se hizo insostenible. Fue entonces cuando hicieron su aparición partidos de nuevo cuño, con las soflamas acostumbradas de que eran ellos los únicos que podían traer esa necesaria regeneración moral que España necesitaba y esto fue lo que les permitió entrar en escena, sin que la cosa pasara de ahí, porque la realidad es que con el actual multipartidismo sigue habiendo dificultades y los problemas no han desaparecido, ahí seguimos sumidos en la miseria moral, situándonos entre los países menos religiosos de Europa, ocupando puestos de cabeza en cuanto a prostitución se refiere, así como en droga y pornografía, lo que nos hace dudar si estamos viviendo en “la España de las libertades” o en “la España del libertinaje”. Ahí seguimos también a la cabeza del paro arrastrando una deuda descomunal, que si Dios no lo remedia va a ser un gravoso legado para las generaciones venideras y sobre todo estos nuevos partidos emergentes, llamados a sacarnos del atolladero en el que nos había metido el bipartidismo, lo que en realidad han conseguido es colocarnos a las puertas de un estado ingobernable del que el separatismos acabará sacando tajada.

En medio de una inquietante atmósfera de incertidumbre y frustración es como se van a celebrar las próximas elecciones generales, que serán las cuartas en cuatro años, sí, he dicho bien, cuatro de cuatro, es decir, un promedio de una elección general por año, con lo caro que nos resulta este divertimento a los españoles, y si al menos sirviera para algo… pero la cosa tiene mala pinta. No quiero ni pensar lo que pudiera pasar, si una vez celebradas las elecciones del 10 de Noviembre nos volviéramos a encontrar en el mismo punto de salida y fuera necesario proceder a unas quintas elecciones, en un momento en que el fervor democrático ha descendido notablemente y los comicios ya no se celebran con esa alegría y regocijo de antaño, sino que el hastío ha comenzado a hacer mella. Pasaron ya aquellos años de exaltación democrática, en que los ciudadanos se acercaban a las urnas con el mismo fervor místico que un niñito inocente se acerca a recibir su primera comunión; pero ahora es distinto, del entusiasmo hemos pasado a un cierto desencanto y en este cambio de actitud mucho ha tenido que ver la rutina inoperante, que ha acabado por desmitificarlo todo y ha hecho que la ciudadanía fuera perdiendo poco a poco su inocencia y la fe en la política y en los políticos.

Bien se puede ver que en política nada es para siempre y que vamos caminando hacia nuevos escenarios, en los que la manipulación política va a ser cada vez más difícil y la criminalización del abstencionismo creada y alimentada por el sectarismo político está dejando de surtir el efecto deseado. En la conciencia de no pocos ciudadanos va aflorando ya el sentimiento de que la abstención es una opción tan legítima, responsable y cívica, como cualquier otra, siendo ella una de la única alternativa pacífica con la que el ciudadano honesto cuenta para expresar en forma de castigo su enfado y disconformidad con unos políticos que nos están llevando a la ruina, a los que hay que decir con toda claridad ¡basta ya! y exigirles un cambio de rumbo antes de que sea demasiado tarde, porque no nos engañemos, éste y no otro es el verdadero sentido de la abstención. Cada vez va quedando más claro que no es haciendo el caldo gordo a los políticos y arropándoles con nuestros votos como vamos a poder salvarnos por mucho que su discurso intimidatorio y el de los periodistas repita hasta la saciedad que fuera de sus urnas no hay salvación posible, al igual que tampoco cuela ya el argumento de que hay que ir a votar, aunque sea con la nariz tapada, porque si no lo haces estás regalando la victoria a los otros, que son los “indeseables”, como si a estas alturas de la película no supiéramos que “indeseables” hasta dejarlo de sobra lo son tanto los unos como los otros, es decir todos los que hasta ahora nos han venido gobernando y lo seguirán haciendo mientras cuenten con la complicidad de nuestros votos. Es el momento de recordar aquella famosa frase: “O España acaba con el parlamentarismo o el parlamentarismo acaba con España”. Esta advertencia que un día nos hiciera Donoso Cortes, no puede ser más oportuna en el momento actual.

Ya veremos lo que pasa en las próximas semanas. De momento lo que toca ahora es sufrir el espectáculo bochornoso de la campaña electoralista, digo bochornoso, pues no deja de ser tristísimo que mientras nuestra Patria se desangra a borbotones, ahí tengamos que ver a los políticos enzarzados en sus batallitas partidistas y todo para saber quien va ser el que se lleva el gato al agua y alcanza el poder, sin percatarse que hoy el grave tema que está sobre la mesa es España y nada más que España, siendo por lo demás bastante irrelevante quien haya de ser el que llegue a la Moncloa, porque sea quien sea, las cosas van a seguir prácticamente igual y si no a experiencias de tiempos pasados me remito.

A lo que parece lo novedoso de estas elecciones es el abstencionismo, que en algún momento puede haber llegado a sembrar dudas y vacilaciones en el ánimo de los candidatos. Según he podido ver publicado en algún medio, estaríamos ante un fenómeno histórico como nunca se había conocido. Las encuestas nos decían que posiblemente el número de quienes no tienen la menor intención de pasarse por las urnas podría elevarse al 35%, es decir que dos millones y medio de abstencionistas podrían unirse a los ya existentes en las últimas elecciones del 28-A. Esta previsión naturalmente podría dar lugar a varias interpretaciones y ninguna de ellas tranquilizadora para los que han hecho de la política su “modus vivendi” que no son pocos. Ciertamente el hartazgo de los electores está ahí y es fácilmente detectable a través de las redes sociales, siendo ya muchos los que han solicitado la baja de censo de partidos para no recibir propaganda electoral de papel en el buzón. De ello se hizo eco la prensa donde se pudo leer que en algún momento los temas “yo-no-voto o abstención-activa se convirtieron en tendencia en la red social, twiter y los grupos de whatsapp se llenaron de “memes” que amenazaban con no votar”.

Lo que sucede es que del dicho al hecho hay un gran trecho. Yo sinceramente dudo que tales previsiones estadísticas se vayan a cumplir, puede que simplemente se trate de amenazas, pero por algo se empieza.
Aparte del hartazgo yo creo que existen otras razones que están detrás de la amenaza abstencionista, entre las que se podían encontrar el enfado de muchos ciudadanos, en unos casos por tanta tomadura de pelo como ha habido y en otros por haberse sentido traicionados mil veces por unos políticos, que pasada la campaña electoral “si te he visto no me acuerdo”.

En esto del abstencionismo habría que tener también en cuenta razones de tipo histórico, según las cuales las ideologías huelen a rancio y son cosa de otros tiempos, de modo que si se mantienen será por motivos viscerales, no por otra cosa, ya que ni tan siquiera el concepto de clase social está hoy claramente diferenciado, puesto que que la figura del asalariado millonario se entremezcla frecuentemente con la del empresario que las está pasando canutas. Algo parecido ha de decirse de los partidos políticos que en otros tiempos puede que tuvieran alguna razón de ser, pero que hoy resultan anacrónicos. Ya no son ellos por sí solos los que ganan las elecciones, sino que hay que contar con las oligarquías y también con los pactos y chanchullos postelectorales, capaces de trasformar el vino en agua. Por algo amplios sectores de las jóvenes generaciones pasan de la política y no quieren saber nada de las urnas. Confieso profesar un respeto casi sagrado por aquellos jóvenes incontaminados, que conscientes de lo que está pasando se resisten a entregar su alma a los políticos.

Seguro que pueden haber muchos más motivos por los cuales los ciudadanos se sientan tentados al abstencionismo, todo depende de la sensibilidad de cada cual, pero yo me voy a limitar a resaltar uno de ellos que me parece de particular interés. Comencemos desde el principio: Todo hace suponer que el sistema electoralista actual fue pensado no tanto para el bien de España y de los españoles, cuanto para satisfacer las exigencias de unas fuerzas políticas, incluidas por supuesto las separatistas, de tal modo que en términos generales bien podíamos decir que dicho sistema nació al amparo del régimen del 78, no tanto para servir a las nobles aspiraciones nacionales cuanto para aplacar iras y rencores acumulados; es así como los partidos antiespañolistas han podido acceder a las urnas convertidas en el instrumento ideal para blanquear todo aquello que bien podía ser considerado como objeto de delito a perseguir.

El grave error de la transición fue meter la piqueta y echar abajo un edificio bien consolidado que constó tanta sangre, sudor y lágrimas, a millones de mártires, héroes y patriotas, cuando hubiera sido suficiente con haber hecho los retoques que hubiera sido menester. Produce pena infinita que por culpa de traiciones y revanchismos, tanto sacrificio generoso de los españoles honrados y trabajadores se haya ido por la borda. El tremendo desatino fue consagrar una partitocracia en la que tuvieran cabida rupturistas, filoterroristas y todos los enemigos de España, que habían demostrado sobradamente no sentir el menor amor y respeto por su patria y que ahora nos tienen en sus manos. De aquellos polvos naturalmente han venido estos lodos que amenazan con engullirnos, si la conciencia ciudadana no despierta pronto. Como bien apunta Pío Moa, es inaudito que los vencidos subyuguen y humillen a los vencedores , inaudito también que los verdugos se hayan convertido en mártires y aquí nadie diga nada. ¿En qué parte del mundo ha sucedido jamás algo semejante?

Mientras las cosas continúen así no nos veremos libres del acoso y vejaciones de quienes odian a nuestra Nación ahí seguirán formando parte de las instituciones o siendo clave decisiva en la gobernabilidad del Estado español, ahí continuarán mientras los ciudadanos de bien no sientan vergüenza de mezclar su voto en las urnas con los votos de quienes no sienten a España y nos están llevando al borde del precipicio. Algún día tendrá que acabar esta farsa maquiavélica, consistente en estar haciendo el caldo gordo por una parte a quienes por otra se dice repudiar. Mientras no acabemos con esta esquizofrenia es ingenuo pensar que las cosas vayan a arreglarse. No puede ser que el voto de los desleales valga lo mismo que el de los leales; no puede ser que el voto de quienes quieren servir a España sea neutralizado por el de quienes tratan de romperla o no hagan nada por defenderla. A estas alturas, por lo menos, debiéramos habernos percatado que con los enemigos dentro de las instituciones la paz social estará siempre comprometida.

Sin duda habrá quien piense que esto que estoy diciendo no se corresponde con el talante democrático y que lo correcto en una democracia es permitirlo todo mientras no haya violencia de por medio. No creo yo que esto tenga que ser así, pues entonces caeríamos en el absurdo de que los países democráticos se verían obligados a admitir una invasión pacifica, pero incluso aún en el caso de que la exclusión de los enemigos de la Patria no entrara dentro de los parámetros democráticos. ¿Qué pasaría por ello? ¿No está la Nación por encima de los sistemas políticos sean estos del signo que sean? Hace falta ser muy ignorante para no saber que la Nación es fin en sí misma, mientras que los regímenes al uso tan solo son medios o instrumentos a su servicio, que van cambiando según el signo de los tiempos tal como nos demuestra la Filosofía de la Historia. No es tan difícil comprender que si se produce la quiebra de España todo lo demás sobra. Debiera darse como una obviedad que la Nación es lo sustantivo y permanente mientras que los regímenes políticos, incluido el del 78, son algo circunstancial, que duran el tiempo que duran, llevando inscritos en su ADN la fecha de caducidad. Lo triste del caso es que después de muchos años de demagogia y adoctrinamiento políticos sería difícil predecir a favor de quien se pronunciaría la ciudadanía, en el caso de que tuvieran que elegir entre democracia o una España con en paz, progreso y orden, revitalizada con unos principios éticos universales reguladores de la vida pública.

No sé si he sabido explicarme bien, lo que quiero decir es que hay motivos más que suficientes para pensar que tal como están las cosas, de las urnas solo cabe esperar que salgan elegidos candidatos de perfil más bien bajo, políticos aventureros, mediocres y poco fiables, cuando lo que España está necesitando con urgencia son “Viri et mulieres probati” universalmente reconocidos, que hayan demostrado fehacientemente su capacidad y su valía, su honradez y amor a España, dispuestos a devolver a su Patria el honor perdido, dispuestos también a trabajar sin partidismos por el bien general de nuestra Nación y de todos los españoles, hasta conseguir que ninguno de ellos quede excluido del derecho a vivir con dignidad. Yo quiero ser optimista, espero y deseo que pacíficamente salgamos de esta situación tan embarazosa en que nos encontramos, pero mucho me temo que ello no va a ser fácil si los ciudadanos permanecemos con los brazos cruzados, recreándonos en un conformismo cómplice. Algún mensaje pacífico, pienso yo, que debiéramos mandar a los políticos, para que se enteren de una vez por todas que esto que está pasando no nos gusta y que queremos cambiarlo.

*Catedrático de Filosofía

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Mikel Lejarza, “El Lobo”: “En Cataluña fuerzas externas quieren romper España”

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Disturbios en el entorno del Paseo de Gracia y Plaza Cataluña el 26 de octubre de 2019.
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Mikel Lejarza, alias “El Lobo”, el espía de los servicios secretos cuya infiltración en ETA provocó en 1975 uno de los principales golpes a la banda terrorista, ha advertido de que tras los disturbios de Cataluña “hay una organización muy fuerte que quiere romper España por los cuatro costados”.

Lejarza ha participado por vía telefónica en la jornada “Discurso del odio, radicalización y terrorismo”, organizada por la asociación Dignidad y Justicia.

“Dicen que hemos acabado con el terrorismo pero es una falacia dar esta simplicidad a este tema cuando lo que hemos hecho es darle alas más que terminar con él y lo vemos cada día con lo que está ocurriendo”, ha señalado Lejarza.

Lejarza lamenta que parece que “molesta el hecho de pedir dignidad y justicia para las víctimas del terrorismo” y que solo “se hable de pasar página y olvidar”.

Ha añadido que hay que tomar conciencia “de lo que nos viene” como por ejemplo con “el problema de Cataluña” y ha asegurado: “Los que teníamos información sabíamos hace años lo que iba a pasar pero hicieron oídos sordos”.

Preguntado sobre qué hay detrás de los disturbios independentistas de Cataluña ha indicado: “Hay una organización muy fuerte y fuerzas externas que quieren romper España por los cuatro costados”, aunque ha aclarado que hay otros países que también sufren procesos similares.

“Todo lo que está pasando en Cataluña está manipulado, llevan años controlándolo y ya tienen su Policía y su servicio de inteligencia”, ha apostillado.

Por su parte, el presidente de Dignidad y Justicia, Daniel Portero, ha comentado que los disturbios de Cataluña le recuerdan los episodios de violencia callejera del País Vasco, la kale borroka.

No obstante ha mostrado su preocupación por el hecho de que en Cataluña tienen un carácter más “masivo y controlado”.

En este sentido ha advertido de que en Cataluña ya se ha producido el paso “del odio a la radicalización” y de que ha estado a punto de convertirse en terrorismo si no hubiera sido por la actuación de las Fuerzas de Seguridad del Estado que lo han podido evitar de momento.

En este sentido ha recordado que hay una causa en la Audiencia Nacional contra los Comités de la Defensa de la República (CDR), “que tenían planificados atentados”.

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La censura de Franco y la censura de ahora

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Por Christopher Fleming.- El otro día estuve hablando con un familiar sobre el Caudillo, Francisco Franco. Como regla general, lo que digo sobre el legado de este ejemplar líder católico no suele gustar. Hay una gran incapacidad para ver lo positivo en un régimen que los medios y la élite académica se han dedicado a demonizar durante 40 años. Quizás los que son algo inmunes a las mentiras que el Sistema propaga sobre el franquismo son los españoles mayores de 60 años, porque ellos han vivido en sus propias carnes la época en cuestión, y saben que no era como se pinta ahora. Aún no he conocido a una sola persona española de la tercera edad que hable mal de Franco, si no es descaradamente comunista o atea. La inmensa mayoría de personas mayores con las que he hablado, y he hablado con unas cuantas, porque me interesa el asunto, dicen que Franco fue un buen hombre que hizo lo que pudo para su país, y que aquellos tiempos tenían cosas buenas y malas, como cualquier época.

El otro día no fue una excepción a la regla. Me contestó el familiar: “¡pero si en los tiempos de Franco existía la censura!”. Esta respuesta es típica de la mentalidad progre, que entiende que la censura es mala, porque hay que permitir que cada uno se exprima libremente. Argumentan que si Franco utilizaba la censura, un hecho innegable, significa que su régimen fue una total abominación, porque, para el liberal, un solo pecado contra el sacratísimo dogma de la libertad de expresión es suficiente para condenarse (aunque ni siquiera crean en el Infierno). En realidad, el derecho a la libertad de expresión es un falso derecho y los católicos que lo defienden se posicionan en contra del Magisterio de la Iglesia, como explicaré más adelante. Sin embargo, hay una ironía más profunda a la postura progre actual: hoy en día, en los países democráticos y liberales, también existe la censura. Por ello respondí: “En España ahora existe la censura. Si hablas en contra de la ideología de género o contra las perversiones sexuales, te pueden multar o hasta meter en la cárcel”. La reacción a mi argumento fue simplemente la negación a aceptar la realidad: “No digas tonterías, a nadie le va a pasar nada por decir lo que piensa. No existe censura en España, ni en ningún país democrático”.

Lo que le ha pasado a Pío Moa por criticar lo que él llamó el totalitarismo de la ideología de género, demuestra que sí existe la censura en España. Puede parecer poca cosa cerrar una cuenta de Facebook, pero están todavía calentando motores. Las leyes a las que se refería Pío Moa acaban de aprobarse. Empiezan cerrando tus cuentas en internet, como aviso a navegantes, y terminan metiéndote en la cárcel. Pero no suelen llegar tan lejos, porque la gente se acobarda enseguida. Basta hacer escarnio público con una figura prominente, y todo el mundo agacha la cabeza. Como ejemplo de ello, en 2008 multaron a una juez con 3000€ por criticar la ley de violencia de género. Un amigo juez, cuyo nombre no divulgaré por razones evidentes, me aseguró que dicha ley era anticonstitucional, porque establecía distintas penas para las mismas ofensas, en función del sexo del culpable, algo expresamente prohibido por la Constitución Española. Esto es más o menos lo que dijo públicamente la juez que fue multada. ¡No importa! Si criticas una ley de ingeniería social del Sistema eres un machista, facha, reaccionario, cavernícola, que odia a las mujeres, y mereces pudrirte en la cárcel.

Dentro de poco veremos muy posiblemente a un obispo en la cárcel en España, precisamente por ir en contra del lobby homosexualista. El candidato con más papeletas para este honor es sin duda Monseñor Reig Plá, obispo de Alcalá de Henares. ¡Que me reserven una celda al lado suyo! Este hombre hace lo que deberían hacer todos los obispos del mundo: denunciar incansablemente el mal en el mundo y advertir a los fieles de los peligros que acechan. Es simplemente lo que hace un buen pastor. El Sistema espera que en cuanto metan a un obispo en vereda con un castigo ejemplar, los demás se comportarán. Por desgracia, creo que sus esperanzas están bien fundadas. La mayoría de los obispos españoles son hombres pusilánimes, a los que los aplausos del mundo, su carrera eclesiástica y las cuentas corrientes de su diócesis les importan más que las almas de sus fieles, por no hablar de la suya propia. Con amenazas creo que el Nuevo Orden Mundial conseguirá lo que quiere: hacernos tragar la ideología de género y pervertir a nuestros hijos.

Volviendo al falso derecho de la libertad de expresión, lo que pocos católicos saben es que la Iglesia, hasta el calamitoso Concilio Vaticano II, siempre ha condenado la idea de que cada uno es libre de pensar, decir y publicar lo que quiera. Esta idea relativamente moderna, de origen masónico, triunfó en Francia con la Revolución de 1789, y desde entonces ha calado muy hondo en todas las sociedades occidentales. Durante los casi dos siglos entre la Revolución y el mencionado Concilio, la Iglesia se mantuvo firme en su oposición a las ideas liberales, desde la condena fulminante de la Declaración de los Derechos del Hombre por Pablo VI, apenas dos años después de su publicación, hasta Humani Generis de Pío XII en 1950. Los Papas del siglo XIX eran esencialmente antiliberales y con el fin de luchar contra las ideas emanadas de la Revolución Francesa, como el indiferentismo religioso, la separación entre Iglesia y Estado y el tema que nos ocupa, escribieron una sucesión de encíclicas contrarrevolucionarias, entre las que destacan las de Gregorio XVI, Pío IX y León XIII.

Gregorio XVI escribió en Mirari vos de 1834 que la libertad de imprenta era una doctrina “nunca suficientemente condenada”. Haciendo un repaso al Magisterio de la Iglesia reafirmó que el error no tiene derechos. Citó la célebre frase de San Agustín: ¡Qué peor muerte para el alma que la libertad del error! En éstos términos tan contundentes condenó Gregorio XVI la libertad de expresión:

“Hay, sin embargo, ¡oh dolor!, quienes llevan su osadía a tal grado que aseguran, con insistencia, que este aluvión de errores esparcido por todas partes está compensado por algún que otro libro, que en medio de tantos errores se publica para defender la causa de la religión. Es de todo punto ilícito, condenado además por todo derecho, hacer un mal cierto y mayor a sabiendas, porque haya esperanza de un pequeño bien que de aquel resulte. ¿Por ventura dirá alguno que se pueden y deben esparcir libremente activos venenos, venderlos públicamente y darlos a beber, porque existe un antídoto y alguna vez ocurre que el que lo usa haya sido salvado de la muerte?”.

El Papa Pío IX

Pío IX escribió su famoso Syllabus de 1864 para condenar los errores liberales, incluido la libertad de expresión: “Es falso que la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos sin excepción alguna conduzcan con mayor facilidad a los pueblos a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaguen la peste del indiferentismo”. (Error condenado nº 79)

León XIII escribió esto en Libertas praestantimum (1888) respecto al falso derecho de la libertad de expresión: “Existe el derecho de propagar en la sociedad, con libertad y prudencia, todo lo verdadero y todo lo virtuoso para que pueda participar de las ventajas de la verdad y del bien el mayor número posible de ciudadanos. Pero las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles”.

Podría poner muchos otros ejemplos, pero el lector interesado puede encontrar fácilmente todas las encíclicas papales de esta época en internet.

Es de sentido común que si existe la Verdad y esa Verdad puede ser conocida, el error no tiene lugar legítimo en la sociedad, y las autoridades públicas, además de los individuos, deben hacer todo lo posible para promover la Verdad y reprimir el error. El problema es que los liberales y modernistas, por definición, no creen en la Verdad, o dicen que, si existe, la inteligencia humana no es capaz de conocerla. Esto es una herejía. Los católicos sabemos que sí existe la Verdad y que Dios nos la ha comunicado, primero a través de los patriarcas y profetas, y en los últimos tiempos a través de Su Hijo Jesucristo. La Iglesia Católica custodia y enseña esa Verdad, para que todos los hombres puedan conocerla y a través de ella salvar su alma. El hombre ha sido dotado por Dios de inteligencia para poder discernir entre la Verdad y el error, por lo que nadie tiene excusa. Por esta razón, cuando se trata de la Verdad, un católico NO PUEDE ACEPTAR LAS PREMISAS LIBERALES. Por desgracia, muchos católicos han admitido los falsos derechos liberales, sin darse cuenta de que están fundamentados en graves errores, que son completamente incompatibles con la fe católica.

Los estados católicos, desde Carlomagno hasta Francisco Franco, siempre han prohibido la difusión de libros contrarios a la fe y la moral pública. Según Gregorio XVI, los mismos apóstoles quemaban libros heréticos, y así lo ha hecho la Iglesia durante casi 2000 años, hasta que Pablo VI, de infeliz memoria, decidió eliminar el Índice de libros prohibidos. En España durante el franquismo, la pornografía estaba prohibida, y los viciosos que deseaban ver películas guarras solían “peregrinar” hasta Perpiñán, ciudad francesa cerca de la frontera española. En aquellos tiempos en los kioscos hubiera sido impensable encontrar revistas con señoritas desnudas en la portada. Sin embargo, hoy en día vemos eso en vallas publicitarias gigantes por doquier. Durante el franquismo los medios de comunicación tenían mucho cuidado de difundir ideas contrarias a la fe católica y las buenas costumbres, porque sabían que el régimen les vigilaba y que les esperaría un severo correctivo en caso de infringir las normas de la censura.

Siempre he pensado que hay que imaginar que un país es como una gran familia. El jefe de estado es como el padre de todos los ciudadanos, y por ende tiene obligaciones similares a cualquier padre de familia. Un buen padre no deja que sus hijos lean, oigan y vean cualquier cosa, porque sabe que la mentira y el vicio pueden echar a perder su alma, sino que elige cuidadosamente lo que considera bueno para ellos y desecha lo que considera malo. Digo que esto es lo que hace un BUEN padre, porque hay muchos que no lo hacen. Recuerdo una reunión de padres en que una maestra nos dijo: “da igual lo que lean sus hijos, con tal de que lean.” Le tenía que haber preguntado si daba igual también lo que comieran, con tal de que comieran. Desde la perspectiva católica, la censura es algo imprescindible en la tarea de los padres y también es esencial en la tarea del gobernante.

He explicado por qué en principio estoy a favor de la censura. El dilema no es censura sí – censura no. Todos los regímenes, desde los estados católicos hasta los regímenes comunistas, la usan en cierto grado para mantener un mínimo de homogeneidad cultural. El dilema es QUÉ TIPO DE CENSURA. Si lo que se censura es el error y el vicio, como se hacía en España bajo Franco, es un ejemplo de buen uso de la censura, algo conforme al Magisterio y la práctica bimilenaria de la Iglesia, a lo que ningún católico puede objetar. En cambio, si la censura se utiliza para acallar la Verdad y el bien, como se hace hoy en día en España, es el colmo de la perversidad. En este caso sería preferible que no existiera ningún filtro en absoluto, porque así al menos la Verdad y el error, el bien y el mal, estarían en igualdad de condiciones.

¿Cuál es la situación actual en las democracias liberales? Ahora, en nombre de la libertad de expresión, se permite mentir descaradamente a todo quisque. Apenas hay depravación que no recibe publicidad; no existe límite al mal gusto, a la cutrez en los medios; ideas perniciosas, desde el marxismo hasta la ideología de género, no sólo se permiten, sino que se promueven con ahínco. Como colmo de la impiedad, la blasfemia se erige como un “derecho humano”. A la vez que el error y el mal tienen campo libre para envenenar las almas de los ciudadanos, se silencia la Verdad. Pongo varios ejemplos concretos:

Está bien visto hacer campaña a favor del aborto libre, como un “derecho de la mujer”, pero si alguien enseña en público imágenes reales de mujeres que ejercen tan fabuloso derecho, es culpable de un delito penado con multas cuantiosas.

En clase de biología en los colegios (públicos y privados) está terminantemente prohibido enseñar que el hombre fue creado directamente por Dios, como nos dicen las Escrituras y siempre han creído los católicos.

Está permitido blasfemar contra Jesucristo, Su Santísima Madre, todos los santos y la Iglesia, pero si alguien osa cuestionar ciertos datos históricos relativos a nuestros “hermanos mayores en la fe”, se encontrará pronto en la cárcel. Ya lo dijo Voltaire: “Si quieres saber quien te gobierna, pregúntate a quien no puedes criticar”.

Como ya he explicado, la promoción de perversiones sexuales está a la orden del día, pero si alguien habla en contra del poderoso lobby gay, sin duda tendrá represalias. En clase de religión católica se podrá hablar de muchas trivialidades y contar historias bíblicas, pero jamás se podrá pronunciar el dogma de fe “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Franco, aclamado en la plaza de toros de Barcelona en 1951.

Franco, aclamado en la plaza de toros de Barcelona en 1951.

En resumen, la censura es absolutamente necesaria, tanto a nivel familiar como social, y la enseñanza tradicional de la Iglesia es inequívoca al condenar el falso derecho a la expresión. En las sociedades occidentales hoy en día sí existe la censura, aunque los mandatarios no lo reconocen. La censura que existe es el peor tipo; silencia la verdad y el bien para favorecer la mentira y el vicio. Así que si alguien critica a Franco por usar la censura, hay que responder de la siguiente manera:

Franco ejerció la censura para combatir el error y el vicio. Ahora se ejerce para combatir la Verdad y el bien. Elija usted qué tipo de censura prefiere. Y si dice que no quiere censura de ningún tipo es usted un necio. De la misma manera que ningún padre permite que sus hijos se expongan a cualquier porquería en la televisión, los gobernantes tienen la obligación de proteger la moral pública con una censura sensata, y eliminar mensajes que dañan las almas de los ciudadanos.

 

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