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Opinión

Nosotras parimos, nosotras decidimos

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Este es el lema de las abortistas españolas, y posiblemente de todo el mundo.

La mujer como “propietaria” de su hijo. Sin intervención alguna del varón, según ellas. Hombre que, pese a ser el padre del niño, no pinta nada al respecto.

Curiosa teoría. A las lesbianas que quieren tener hijos no les queda otro remedio que acudir a la inseminación artificial. Se libran de ser penetradas por un pene, pero necesitan biológicamente la semilla del hombre para poder quedar embarazadas y concebir.

Las leyes de la naturaleza, el derecho natural, son superiores a las creaciones artificiosas de los hombres.

Podrá llamarse legalmente matrimonio a la unión de dos hombres o dos mujeres –el papel lo soporta todo-, pero no podrán reproducirse, pues su unión es contra natura, es decir ajena al derecho natural, que es el primer derecho, y el único verdadero.

Me sorprende mucho que las feminazis –en acertada y acerada expresión de un gran escritor, don Arturo Pérez-Reverte-, no hayan reparado en este pequeño matiz, que la concepción es obra de un hombre y de una mujer, y que por lo tanto, los dos pintan lo mismo, y deben poder decidir, a la hora de abortar, en condiciones de igualdad.

¿O es que no quieren las feministas que haya igualdad entre hombres y mujeres?

Ahora que tanto se habla de modificar la ley del aborto –“gracias” a la inoperancia y cobardía de Rajoy se han cometido más de setecientos mil asesinatos de niños en sus siete años de legislatura, el septenio negro de la vida humana en España-, convendría reparar en la necesidad de que la madre identifique al padre, y se recabe su consentimiento para que se produzca –o no- el aborto.

O de que el futuro padre pueda manifestar ante las autoridades competentes su negativa a que se asesine a su futuro hijo, y se inscriba esa voluntad en el registro público correspondiente… ¡Será por registros! Solo en el ministerio de justicia hay más de una veintena.

Sé que es difícil articular lo que digo, pero cualquier mujer –salvo las excesivamente promiscuas- sabe perfectamente quien es el padre de su futuro hijo.

Como dice mi hijo, si su novia abortase sin él saberlo, la dejaría, pues no la consideraría digna de ser su esposa. Ni más ni menos.

Y tendría toda la razón.

Abogado y escritor.

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Opinión

Miguel Bernad gana la primera de las grandes batallas judiciales contra las cloacas del Estado

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Las cloacas del Estado que tienen nombre y apellido, se conjuraron en el año 2012, para exterminar a la organización Manos Limpias, símbolo y referente de la lucha contra la corrupción.

Las cloacas del Estado, se movilizan a raíz de la querella contra el matrimonio Urdangarín. La Casa Real, no podía consentir que un miembro de la misma, se sentara en el banquillo de la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca.

Había que acabar con una organización, Manos Limpias, y para ello se utiliza a lo que se conoce como cloacas del Estado. Se utiliza un miembro corrupto de la UDEF, para presentar ante la Fiscalía de Delitos Económicos una denuncia por blanqueo de capitales, contra el Secretario General de Manos Limpias.

Esta falsa denuncia la asume el Ministerio Fiscal para transformarla en un delito de apropiación indebida por parte de Miguel Bernad.

Después de una impresentable instrucción, donde se negaron derechos fundamentales y derechos procesales, la Audiencia Provincial de Madrid, antes de la celebración del juicio oral que estaba señalado para el día 17/12/2019, dicta un Auto de sobreseimiento donde la acusación del Ministerio Publico y una acusación popular espuria, han quedado reflejadas como participes (con imprudencia grave) de la acusación “cocinada” por las cloacas del Estado.

Casi cuatro años de cárcel y una sanción de 117.000€ que solicitaban para Miguel Bernad han quedado frustradas por un Auto de la Audiencia Provincial de Madrid que regenera la credibilidad de un poder judicial que todavía cuenta con magistrados honestos, independientes, y profesionales.

Miguel Bernad se enfrentará a partir de finales del mes de enero de 2020 a otro proceso judicial cocinado por las cloacas del Estado, donde se le acusa de extorsiones y se le pide 24 años de cárcel.

Esa batalla, ya anuncio que pese a las presiones del Régimen del 78, será la última y definitiva victoria contra las cloacas del Estado y el nuevo amanecer de una Organización como Manos Limpias, único referente en España de la lucha contra la corrupción.

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Opinión

Ha llegado, once de noviembre, el San Martín

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Se puede caer más bajo – hasta lo ridículo, que lo raya- pero no más alto se puede decir por quién es el pueblo soberano, el que manda y del que emanan los mandatos y los cuartos que se pretenden malbaratar. Resistirse es morir del todo y cargarse el partido de los cien años de honradez. ¿Honrraqué?

Es tiempo de matanza, de morcillas, de adobos y de picadillos y eso lo entiende la ruralidad, e incluso el Tato, el remiso. No es tiempo de sorteos, ni de aprovechamientos comunales en plan finquita. ¿Se lo tendrán que decir en Europa, en Bilderberg, o en Asia, o simplemente en Ferraz?

Lo ha intentado todo, sin dejarse las escurriduras, ni las raspaduras, con una cohorte de puta pena. No le queda a quién desenterrar, al jodío. Ha quedado como un cochero por hacerse fotos y selfis, y encima copiando y plagiando, profanando, desvergonzado, sin ambages, sin dignidad, ni nada que no sea farfolla y puñetera farsa de peseta. ¿Reina por un día? ¿A qué precio? ¿No hay nadie en el PSOE?

¿Qué coño le queda al andoba? ¡Capri, c’est fini, caradura!

¡No hay cama pa’ tanta gente! Como diría Celia Cruz, con Tito Puente, Willy Rosario y su orquesta.

¡Azúcar!

¡Pa afuera, pa la calle!
¡Se llenan las manos de lechón!
Después se limpian con la cortina.
Y por eso, tírenlo pa’ abajo,
que son un peligro arriba.
¡Qué esa trulla (¡Eh!) es peligrosa (¡Eh!)
¡Afuera, pa’ la calle!
Tírenlo pa’ abajo
Que son un peligro arriba,
Oye, antes de que pueda.
Oye, son una amenaza.

¿Quieren más combo?

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Opinión

Tierra de fascistas

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El detector de fascistas de la mayoría de los actores políticos españoles está seriamente averiado. O, quizá, no debidamente actualizado.

Ahora, metidos de cabeza y algo más en el siglo XXI, un número indeterminado de portavoces de la actualidad ha regresado a la terminología descriptiva de los años treinta del siglo pasado. No pocos politólogos e historiadores han teorizado sobre ello y de forma particularmente brillante, con lo que este humilde juntaletras no se va a meter en ese jardín, pero permítanme resaltar la fiereza con la que algunos han atisbado moradores del primer tercio del siglo anterior en los predios temporales de hogaño. A lo largo de mis nutridos años de cronista de la actualidad, jamás había constatado tanta abundancia de fascistas en la realidad social española: abundan fascistas en todos los órdenes sociales, en todas las corrientes de pensamiento, en muchas de las esferas intelectuales que animan el cotarro de la actualidad, en todos los órdenes profesionales y, no digamos, en la mayoría de núcleos periodísticos de quienes nos dedicamos a la comunicación.

Diría que resulta particularmente difícil salvarse de la acusación de «fascista» si no dedicas todas tus horas a glosar los beneficios de las diferentes alternativas que luchan desaforadamente contra el «sistema» y cada una de sus terminales. Hubo un tiempo en que desde grupúsculos de una ultraizquierda tan minoritaria como conmovedora por su simpleza, éramos fascistas todos los que quedábamos a la derecha de Stalin, Trotski incluido; cosa que se comprendía a poco que te acercaras al minoritario espectro ideológico en el que se recogían hijos tontos de la extrema zurda. Pero ha llegado el siglo XXI, con todos sus progresos en todos los órdenes posibles, y los emisores de etiquetas se han desatado en una orgía de acusaciones de la que no se salva nadie. A poco que uno escuche a los vociferantes vomitivos de la izquierda menos racional o del independentismo más asilvestrado, España es un país lleno de fascistas.

En la Cataluña de hogaño, esa triste caricatura de lo que una vez fue un territorio de progreso y avance intelectual (tampoco sin exagerar y sin que parezca que el resto de España era un páramo desolado) es fascista cualquiera que no sea independentista visceral. Y en la política general española, la banalización del término ha hecho que se califique de fascista a cualquiera que no comulgue con las arcaicas propuestas ideológicas de ese comunismo siempre vivo que tan orgulloso se siente de sus hazañas tiránicas y miserables. Pero no solo eso. A los votantes de Vox -conozco a algunos y son personas de curso legal, sin exceso de ademanes vociferantes- se les considera y etiqueta como fascistas desde algunos editoriales de prensa cautiva y desde alocuciones del partido que previsiblemente va a resultar el más votado este domingo. La conocida e intelectualmente poco lubricada portavoz socialista, Adriana Lastra, hablaba de «fascistas salidos de la cueva» refiriéndose a los votantes del partido de Santiago Abascal -una de sus candidatas, Nerea Alzola, era agredida ayer en tierras vascas-, y no pocas veces Pablo Iglesias y sus mariachis han decretado una «alerta antifascista» motivando una suerte de persecución violenta de sus representantes y simpatizantes. Curiosamente, ni Lastra ni Iglesias han dicho nada de los que ejercen la violencia fascistoide en las calles catalanas en días recientes, soldadesca de aquellas formaciones con las que han llegado a acuerdos y pactos a lo largo de estos meses.

Si los combatientes contra el fascismo -esparcido a lo largo del arco ideológico de derecha e izquierda- que consumieron sus energías en la primera mitad del siglo pasado, levantaran la cabeza, se llevarían la sorpresa de comprobar cómo, mediante la simplificación de los términos, se le ha quitado importancia a sus batallas. Tantos años después, fascistas somos casi todos.

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