Opinión
Nosotras parimos, nosotras decidimos
Este es el lema de las abortistas españolas, y posiblemente de todo el mundo.
La mujer como “propietaria” de su hijo. Sin intervención alguna del varón, según ellas. Hombre que, pese a ser el padre del niño, no pinta nada al respecto.
Curiosa teoría. A las lesbianas que quieren tener hijos no les queda otro remedio que acudir a la inseminación artificial. Se libran de ser penetradas por un pene, pero necesitan biológicamente la semilla del hombre para poder quedar embarazadas y concebir.
Las leyes de la naturaleza, el derecho natural, son superiores a las creaciones artificiosas de los hombres.
Podrá llamarse legalmente matrimonio a la unión de dos hombres o dos mujeres –el papel lo soporta todo-, pero no podrán reproducirse, pues su unión es contra natura, es decir ajena al derecho natural, que es el primer derecho, y el único verdadero.
Me sorprende mucho que las feminazis –en acertada y acerada expresión de un gran escritor, don Arturo Pérez-Reverte-, no hayan reparado en este pequeño matiz, que la concepción es obra de un hombre y de una mujer, y que por lo tanto, los dos pintan lo mismo, y deben poder decidir, a la hora de abortar, en condiciones de igualdad.
¿O es que no quieren las feministas que haya igualdad entre hombres y mujeres?
Ahora que tanto se habla de modificar la ley del aborto –“gracias” a la inoperancia y cobardía de Rajoy se han cometido más de setecientos mil asesinatos de niños en sus siete años de legislatura, el septenio negro de la vida humana en España-, convendría reparar en la necesidad de que la madre identifique al padre, y se recabe su consentimiento para que se produzca –o no- el aborto.
O de que el futuro padre pueda manifestar ante las autoridades competentes su negativa a que se asesine a su futuro hijo, y se inscriba esa voluntad en el registro público correspondiente… ¡Será por registros! Solo en el ministerio de justicia hay más de una veintena.
Sé que es difícil articular lo que digo, pero cualquier mujer –salvo las excesivamente promiscuas- sabe perfectamente quien es el padre de su futuro hijo.
Como dice mi hijo, si su novia abortase sin él saberlo, la dejaría, pues no la consideraría digna de ser su esposa. Ni más ni menos.
Y tendría toda la razón.
Abogado y escritor.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
