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Opinión

La Celestina, el Quijote y la Inquisición

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Sobre la progresiva acumulación literaria y artística anterior, el gran siglo cultural de España empieza con La Celestina (Tragicomedia de Calisto y Melibea) y culmina con El Quijote. Son seguramente las mayores obras literarias españolas y se cuentan entre las realmente grandes de la literatura universal.

El tema de La Celestina es el amor sexual, tratado en tres niveles o facetas: el sublime (Melibea) el vulgar (Calisto) y el sórdido (de la prostitución en torno a la hechicera y “puta vieja” Celestina): los tres terminan en tragedia. Su crudeza se disfraza como lección moral contra “el loco amor”, pero recuerda más bien las frases no moralizantes del coro de Antígona sobre “el amor invencible que enloquece a aquel a quien posee”.

Celestina es un personaje muy sugestivo. Completamente cínica, entiende que la sociedad funciona por el vicio y la mentira, lo cual no impide desenvolverse en ella a una persona hábil y sin falsas ilusiones éticas. Su aguda penetración psicológica, un tanto demoníaca, le permite captar y explotar los motivos reales de mucha gente bajo declaraciones hipócritamente moralistas. Entiende además la verdad como un mal, como algo dañino y peligroso. Para ella el amor es (o encubre) simplemente un deseo instintivo de placer, cuya explotación le permite ganarse la vida; y su vida consiste en eso. Será precisamente su codicia la causa de su perdición, al morir asesinada.

Calisto es un chisgarabís bien parecido, arrogante, inescrupuloso y algo estúpido. La belleza de Melibea le suscita en algún momento sentimientos elevados, pero “se vuelve loco” por ella, por poseerla sexualmente en realidad, como un trofeo halagüeño para su ego. En suma, su visión se parece a la de Celestina, solo que, al ser rico, no precisa ganarse la vida con las miserias de la vieja: esta resulta más simpática por vivir en la necesidad y por su agudeza, aunque perversa, ausente en Calisto. La muerte de este no es trágica sino trivial como su vida: se descalabra al caer de una escalera.

Melibea viene a ser lo contrario de Celestina y también de Calisto. Es inteligente, culta y posee una delicadeza espiritual y moral en su concepción del amor, incluso cuando acepta la eventual posición de barragana. ¿Por qué, entonces, se enamora de un sujeto como Calisto, y lo hace hasta el punto de que la vida sin él le parece vacía y sin sentido y le lleva al suicidio? Son cosas que ocurren realmente, difíciles de explicar, por eso se dice que el amor es ciego, o que enloquece. Tendemos inconscientemente a asociar la belleza exterior, que posee Calisto, con una belleza interior que no posee. Seguramente el tiempo la haría desengañarse, pero no hay tiempo porque Calisto se cae de la escalera, y con él todas las ilusiones de Melibea.

Las grandes obras literarias lo son porque nos obligan a acercarnos o entrever problemas de nuestra condición humana que normalmente rehuimos o apenas percibimos en la preocupaciones de la vida corriente. No somos como esos personajes ficticios y no obstante sentimos que sus destinos nos afectan en algo profundo.

El Quijote, primera novela moderna, pertenece también a esa clase de obras geniales. Hace reír, y en el fondo de nosotros mismos. El ser humano anhela una vida elevada, “plena”, o feliz, cuyo sentido intuimos sin comprenderlo racionalmente. Anhelo esencial, frustrado en mayor o menor grado por la dureza de la vida y la relación con los demás; dureza propia de tiempos de desgracia general, pero también de los pacíficos y tranquilos, y pese a que el individuo no puede sobrevivir sin la compensación de la sociedad. Ante el choque con la realidad, la aspiración va perdiendo fuerza, llevando a la depresión o al cinismo. O más a menudo a un conformista “ir tirando”, no forzosamente mortecino, pues la mediocridad puede ser “áurea” según Horacio. La experiencia dolorosa nos induce a burlarnos de las ilusiones por lo común concebidas en la adolescencia o expresadas candorosamente. Pero “ilusión” tiene en español un doble sentido, como idea falsa e ingenua de la realidad, propia de “ilusos”; pero también como impulso a superar la mezquindad de la vida limitada a las pequeñas ocupaciones utilitarias. Ahí están los políticos parloteando de “ilusionarnos”

Don Quijote se parece en eso a Melibea, aunque sus anhelos sigan muy distinto derrotero. Él no se resigna a la existencia anodina de mediano hidalgo de pueblo, cree que tiene que haber “algo más” y aspira a una vida heroica arrostrando los peligros, sufrimientos y sacrificios anejos. En ese heroísmo, definible como una lucha épica por el bien, quiere encontrar la plenitud y el sentido. Pero no lo consigue: el ambiente social rechaza con mofas y golpes su rebeldía contra la mediocridad, aunque no consigue doblegar al caballero, que insiste una y otra vez.

Parte del genio de Cervantes consiste en diseñar dos personajes arquetípico, con Sancho de servidor realista que acaba contagiándose en parte de las ideas de su amo, personajes los dos que van evolucionando en su interacción. Incluso en sus empresas más disparatadas, Don Quijote combina los rasgos de persona sensata e inteligente con los del loco, que interpreta la realidad de acuerdo con sus deseos. Y una y otra vez recibe escarmientos que no lo escarmientan, porque el anhelo de una vida superior es demasiado fuerte en él y le domina. Y ahí radica su peculiar grandeza: hay belleza en sus acciones y fealdad en las reacciones que provoca.

Se trata, como La Celestina, de una obra melancólica sobre la condición humana. Incluso depresiva: el crítico inglés J. Ruskin le achacó ser una mofa de los más nobles sentimientos humanos, y Lord Byron vio en ella el final del heroísmo español. Pero la mofa es solo aparente, y la parodia de las novelas de caballerías solo un pretexto. También es probable que Cervantes se esté burlando, con humor sin amargura, de su vida llena de avatares y aventuras, y de ansia de gloria, para terminar en un ambiente poco glorioso, del que solo podía evadirse por su afición literaria y sus amigos quizá de taberna: “Adiós donaires, adiós regocijados amigos, que yo me voy muriendo…”. Sea cual fuere el motivo concreto de una obra genial, esta desborda siempre la intención del autor. Pocas, si alguna, expresan con mayor acuidad un rasgo definitorio de la condición humana: el misterioso anhelo psíquico de sublimidad frente a la oposición a ella, también misteriosa, del mundo real.

Entre la publicación de La Celestina a finales del siglo XV y la del Quijote media algo más de un siglo, el de mayor potencia de España en todos los órdenes, y es forzoso citar al menos a algunos de los escritores más conocidos, Garcilaso, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Boscán Fray Luis de León, los pensadores de la Escuela de Salamanca, y tantos más. y tantos más. En esa época nacen géneros originales como la picaresca o la poesía mística y se cultivan otros como la literatura pastoril, amorosa, de caballerías… La intensa actividad tanto artística como intelectual compone el original Renacimiento español. Una eclosión que se prolongaría por gran parte del siglo XVII. Aunque según los distinguidos críticos hispanófobos actuales ni España existía o era un país enfermo, ni su cultura tenía mayor relevancia.

Cabe señalar que este fue también el período de mayor actividad de la Inquisición, lo cual evidencia la falsedad de la acusación de haber paralizado por el terror la cultura y el pensamiento. Pese a lo cual lo repiten impertérritos mil personajes. La Inquisición es parte esencial de la leyenda negra, propiciada ante todo por los protestantes.

Conviene, pues poner las cosas en su punto: la Inquisición fue un tribunal político-religioso que duró tres siglos largos, con mucha actividad en el primero y escasa o muy escasa después. Nació cuando en toda Europa se estimaba la disidencia religiosa un grave peligro para la estabilidad social, lo cual se acentuó con el protestantismo. Toda Europa sufrió persecuciones y tribunales, ninguno tan longevo como el español, lo que compensaban con un carácter mucho más sanguinario. En sus tres siglos, la Inquisición causó la muerte documentada a unas 1.000 personas, y posiblemente de otro millar o dos millares en las etapas no documentadas. En los países protestantes las víctimas fueron muchas más en mucho menos tiempo. Contra las leyendas, la Inquisición era más garantista que los tribunales civiles europeos y practicaba mucho menos la tortura.

No se olvide que la idea de la tolerancia nace mucho más tarde en Inglaterra (Locke), para frenar las persecuciones entre protestantes, pero manteniéndolas contra los católicos. Y recuérdese que en nuestros ilustrados días las policías políticas de muchos estados han causado más víctimas en breve tiempo y empleado mucho más la tortura.

Aunque la idea de la Inquisición no sea hoy aceptable debe contemplarse dentro de las condiciones de su tiempo. Y a su favor pueden decirse al menos dos cosas s: que evitó a España la masiva quema de brujas (se han estimado en más de 100.000 víctimas) de otros países, en especial protestantes; y contribuyó a impedir en España las guerras civiles que solían acompañar a la expansión protestante.


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