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Sociedad

Quien salva una vida, salva al mundo entero: Julen, estamos contigo

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Laureano Benítez Grande-Caballero.- En el tiempo que usted, amable lector, tarde en leer este artículo, otro niño más habrá caído en un pozo mortífero, en un agujero mortal, en un hoyo letal, en cualquier lugar de la geografía española. Si extendemos la estadística a nivel mundial, la cifra de niños muertos en pozos alcanza las 85 víctimas por minuto, 425 niños  en el tiempo de lectura de este artículo.

Estos niños no se llaman Julen, ni Gabriel… porque son víctimas anónimas, simples biomas a los que no les dieron tiempo a tener un nombre. Tuvieron una madre, sí, si puede llamarse con ese nombre a la persona que les asesinó en su vientre, ese pozo de horror del que le sacaron para masacrarle, desguazarle, descuartizarle, en una pavorosa carnicería oficiada por los destripadores del sistema.

Si algo enseña la horrible historia del niño Julen es el incalculable valor de una vida humana, hasta el punto de que estamos dispuestos a remover cielo y tierra, a descuajeringar montañas, a desbrozar roquedos con uñas y dientes con tal de rescatar a la pequeña víctima, cuya trágica historia se ha extendido por todo el mundo.

Pues claro, todos los esfuerzos son pocos con tal de salvar una vida humana, tarea para la que hay que emplear todos los recursos posibles e imposibles… salvar una vida, y eso es exactamente lo que se aniquila en el aborto: un ser que eligió encarnarse en una madre para venir a este mundo. Y que cayó en un pozo.

Según los estudios del Instituto de Política Familiar (IPF), desde que se implantó en España la ley del aborto en 1985, se ha asesinado a 2,1 millones de niños (datos de 2015) –en 1986 solo hubo 417 abortos–, sin que uno solo de ellos haya merecido ninguna portada, ninguna esquela mortuoria, ningún responso… 2,1 millones de pozos abiertos en carne viva para extraer a los Julens, troceados sin misericordia, en amasijos sanguinolentos que acaban en el basurero. Pozos maternos, «gulags» de inocentes, campos de exterminio de Julens, destrozados por fórceps y bisturíes, en una quirurgia devastadora ofrecida al demonio Moloch –y al dios Mammón, ya que el negocio del aborto mueve en España unos 70 millones de euros–. Si no se hubiera producido ese enorme genocidio, hoy tendríamos un millón más de jóvenes que de mayores, y nuestra tasa de fecundidad habría subido hasta el 1,6 %, desde el 1,33% actual, la más baja del mundo.

Y esa escandalosa cifra no refleja la realidad, ya que en ella no se contemplan los abortos químicos producidos por la “píldora del día después”, que supusieron cerca de 23.000 solo en 2015, hasta el punto de uno de cada 4 abortos es químico –por cierto, de cada  3 mujeres inmigrantes embarazadas, una aborta, proporción que duplica el porcentaje de españolas–.

A pesar de su aparente restricción legal, el aborto “libre” es una realidad en España: 9 de cada 10 abortos se han realizado “a petición de la mujer” y sin aducir ningún tipo de causa.

También señalan las estadísticas del IPF que el aborto se utiliza como un medio anticonceptivo más, ya que de un tercio de los abortos –l 37,25%: 40.480 abortos– han sido precedidos de otros anteriores. España se encuentra “en el podium” de los abortos en Europa, tan solo por detrás de Francia y Reino Unido.

Y eso no es todo, porque hay otros pozos, ya que en 2018 fueron asesinados por sus madres 67 menores, de los que no se hizo ninguna mención en los medios informativos.

Fue Aylan, el niño ahogado en una playa de Turquía, en una fotografía manipulada por el sistema NOM para conmover a la opinión pública con el fin de que aceptase la inmigración masiva. Luego vino la tremenda historia de Gabriel, el niño asesinado por la novia dominicana de su padre; ahora es Julen, terrible historia que nos conmueve hasta la desesperación, hasta el dolor más insoportable, hasta las lágrimas.

Y así es como deberían conmovernos el trágico destino de los Julens abortados, despedazados para luego vender sus órganos al mejor postor; Julens de los que nadie habla, que no figuran en el recuento anual de fallecidos, carne de matadero, carne de cañón del nosotras-parimos-nosotras-decidimos. Sí, repitiendo una vez más el mantra progre del «derecho a decidir», sólo que con el pequeño inconveniente de que nadie le pregunta al niño si quiere nacer o no, porque los nonatos no tienen ningún derecho.

Pobres Julens, arrojados a los pozos, desangrados en quirófanos, descuartizados en satánicos mataderos a cargo del Estado; ignorados por el tuiterío, por las bancadas del Congreso, por las feministas, sin nadie que les ponga velitas ni les regale ositos de peluche, olvidados como se olvidan las arpas en ángulos oscuros de morgues luciferinas…

Sea este mi epitafio para todos ellos, parafraseando a Rabindranath Tagore: «En los vientres de todos los mundos, se reúnen los niños. El cielo infinito se encalma sobre sus cabezas; el agua, impaciente, se alborota. En los vientres y pozos de todos los mundos, se reúnen los niños para morir».

Julen, estamos contigo, y con todos los niños que caen en los pozos… porque, como dice la frase del Talmud, “Quien salva una vida, salva al mundo entero”.


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