Opinión
Transición ginecológica
Pura mayéutica –obstetricia- socrática del siglo IV, madre de la matronería, el embarazo, el parto, el puerperio y la neonatalidad, digo yo que será esto de la transición ginecológica de género y caso, que nos traen estos patéticos adelantados de Segovia o avisadores numantinos, porque otra cosa, la verdad resulta chocante cuanto menos. ¡Ah, la ironía socrática! ¿Andarán buscando la sabiduría latente con el diálogo que dicen entablar con los separatistas? Porque lo que es la otra…
Odian los toros, la caza, y han hecho polvo la industria del diesel con amenazas sin velar, cuando no dejan de regar a 9.000 metros de altura –aunque les llamen pies cuando los multiplican por 3,28- todos los gases con efecto greehouse -Jet A y Jet A 1- con el Falcon, señores, que quema queroseno, como todos los aviones jet, porque los de hélice, además, riegan de plomo antidetonante y antidemocrático –Avigas 100, 130- los cielos y los mares, que no dejan de ser tan biosfera como la de tierra y encima la mayor reserva de biodiversidad de nuestro mundo mundial.
Para que se hagan una idea del volumen de la frágil biosfera terrestre, la biosfera aérea, de tres kilómetros de grosor sobre mar y tierra, cabría en un cubo de 1.150 km de lado y la acuática –donde reside la mayor biodiversidad del planeta- de cuatro kilómetros de grosor medio, cabría en otro cubo de 1.100 km de lado, que es la distancia lineal y recta entre Viena y Paris. Las dos sumadas, cabrían en un cubo de 1.560 km de lado: 1.560 x 1.560 x 1.560. Eso es todo su volumen, en un planeta de 6.371 km de radio medio, 12.742 km de diámetro y un perímetro ecuatorial de 40.000 km. Háganse una idea de lo que representa.
Lo de Paris de 2015, que sigue procurando reuniones, vete a saber para qué –la claudicación definitiva- les trae al fresco. Ni se lo plantean. ¿Será eso la transición ginecológica que dicen, o tanta hembra de ministra? Ahí bajan la cerviz y el trasero, cierran los ojos y meten la cabeza bajo el ala y se tragan lo que les den, eso sí poniendo a Trump todo lo verdegay que les indican los periodistas que tanto saben.
Les parece ideal fomentar los vuelos baratos que se suman diariamente a los cuarenta millones de ellos anuales –cada vez más baratos- poniéndolo todo perdido de CO2 en el peor de los escenarios, a la peor altura –evitándole el viaje de subida para su peor efecto- mientras aquí, en tierra andan con la bicicleta y el patinete asesino creyendo que es lo adecuado y que nos va a traer mucho bien. ¿T’amos tontos?
¿Qué decir del fomento de los cruceros brutales para ir a tomar la misma tortilla y el mismo jamón de York a un cuadrante del perímetro terráqueo, o a 10.000 km, allá por el Caribe o las Antillas? ¿Parece que hay un derecho al turismo de masas cuando crecemos cada año 70.000.000 de nuevos habitantes en la Tierra y nadie renuncia a nada, o creen no renunciar? Antes crucero era sinónimo de lujo, caviar y cosas así… Jamás a plazos. Ahora es cosa de menos entidad, bermudas y gorritos de colores… y a plazos. La pera.
Digo esto porque estos buques-hormiguero, que se llaman Celebrity, Sinphony y cosas de esas tan chulas, y que vomitan en los puertos de acogida –que cualquier día no les dejan bajar como si fuesen pateras- ingentes cantidades de desplazados con el bocadillo bajo el brazo, se gastan unos motores alimentados con bunker –cierto cuasiresiduo- de cien mil caballos y queman cada día 240m3 (240 toneladas) de combustible.
Claro, han costado 900.000.000 de dólares construirlos a los inversores y no pueden parar. Ahí está el negocio y prescindir de él sería una pérdida enorme, no exactamente para el público en general. Pues de esos hay cientos.
Sumemos a estos los grandes transportes mercantes de contenedores o de granel mineral, áridos y de grano, también por cientos, si no por miles, y los grandes petroleros en su lento desplazamiento durante semanas, como los barcos pesqueros por miles con las emisiones que producen y que en París se obviaron muertamente y veremos cuán ridículo es que andemos aquí con el pie de rey midiendo la longitud de las faldas y la cosa de los gases, si no es para otro negocio floreciente, el del parque móvil eléctrico, a pilas –que esa es otra- con el pretexto del CO2, y tirar los vehículos de gasolina al contenedor amarillo. ¿Vamos a tirar también los grandes camiones de quince y más toneladas, o les vamos a poner pilas para subir el Pajares?
Transición ginecológica, antropológica, ginecoantropológica, o parálisis infantil, al gusto, la que mejor les parezca, porque vamos de cabeza y empopados, ya inmersos en un desastre climático que no hay quién lo pare y que pagarán, como siempre, primero los más desgraciados y luego -cuando esto sea un baile de tifones, huracanes, inundaciones y sequías, aunque no les guste a muchos concejales, ni al Zapatero- hasta los agiotistas del transporte aéreo y marítimo y sus familias, aunque no fumen y sólo beban agua mineral.
Esto va rápido y la culpa, me temo, no será de nadie, seguro.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
