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Un grupo de norteamericanos deciden celebrar el Día del Orgullo Heterosexual y son denunciados por fomentar el odio

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CPV.- Un grupo de norteamericanos, hartos de la carnavalada callejera del ‘orgullo LGTBI’, deciden hacer un acto público llamado ‘Día del Orgullo Heterosexual’, con un desfile callejero para reivindicar sobre todo el orgullo de amar a las mujeres.

Fiscalías, actores del lobby sionista Hollywoodiense, medios de comunicación y el Partido Demócrata han saltado en tromba contra los pomotores de la iniciativa por “fomentar ‘el odio’ y tratan de cercenar las libertades de expresion de este colectivo ciudadano” (sic).

La bandera de este ‘movimiento heterosexualista’ es blanca y negra, al entender que la sexualidad solo puede ser masculina o femenina, al ser impresa por la biología y los cromosomas y no por las 700 identidades de ‘género’ que perciba el cerebro de algunos.

Emplean además como mascota al actor Brad Pitt, ídolo de adolescentes que representa las antivirtudes del hombre. No ha tardado el actor en prohibir que utilicen su imagen como ‘modelo’ y en anunciar medidas legales. Obvia que lo han empleado para mofarse, pues si hubiesen querido utilizar un ejemplo escenico e iconico de hombría virtuosa, habrían recurrido a Clint Eastwood y no a un tipo que constituye el mejor reflejo de un demócrata amanerado.


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Trump representa la lucha del patriotismo identitario contra el globalismo satánico

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La de Donald Trump ya no es una lucha ideológica entre demócratas y republicanos. Lo que está en juego es una lucha entre el Bien y el Mal, entre el patriotismo identitario y el globalismo satánico.

Hace sólo un lustro, jamás hubiésemos podido imaginar que pudieran realizarse campañas de tal envergadura contra el presidente de los Estados Unidos de América. La mafia mediática de dentro y fuera de Estados Unidos no ha cejado en el empeño de desacreditar al hombre que rompió todos los pronósticos al convertir en realidad lo que se antojaba una quimera: arrebatarle la Presidencia del país más poderoso de la tierra a la candidata de las elites globalistas, que controlan más del 90 por ciento de los periódicos, cadenas radiales y canales televisivos en todo el mundo.

Estas campañas utilizan algunos de los argumentos tradicionales de la propaganda de guerra, tal y como los definió en 1928 el político británico Lord Arthur Ponsonby, en su libro Falsehood in Wartime y posteriormente precisados por la historiadora belga Anne Morelli en su obra “Principes élémentaires de propagande de guerre”:

– El señor Trump es una personalidad peligrosa.

– Nosotros defendemos una noble causa, la de los principios de nuestra Constitución –en Estados Unidos– mientras que el señor Trump sólo se preocupa por sus proyectos megalómanos.

– El señor Trump está portándose muy mal porque no sigue nuestras indicaciones, como han hecho todos los presidentes que le han precedido.

– El señor Trump recurre a métodos no ortodoxos.

– Los artistas e intelectuales comparten nuestra indignación.

– Nuestra causa es sagrada.

– Quienes cuestionan a nuestros medios de difusión no son verdaderos «americanos».

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, proclamando y demostrando con sus acciones que el único credo al que esta sujeta su presidencia es el americanismo y no el globalismo, tuvo en seguida un efecto inmediato sobre el sistema nervioso de las élites financieras, sus mariachis de Hollywood, sus oenegetas siempre ávidas de dinero y sus putas mediáticas a uno y otro lado del Atlántico.

Lo mejor que podemos destacar de Donald Trump es el mérito de tener tan rabiosamente en contra a tantos y tan grandes canallas. Que sus principales órdenes ejecutivas coincidan con lo que prometió a los electores durante la campaña, no parece haber conturbado la sensibilidad democrática de los que se erigen hoy en paladines de la libertad. Hasta en ese punto, Donald Trump está resultando ser un presidente radicalmente transgresor. Que un mandatario cumpla lo que promete a su pueblo está resultando demasiado turbador para un sistema donde las decisiones y los acuerdos se establecen casi siempre a espaldas de lo que ese mismo pueblo, y no las élites, haya elegido.

Ya antes de que Trump entrara por vez primera en la Casa Blanca como su inquilino, una muchedumbre tomó las calles de la capital del país para reclamar que se alterara la voluntad popular. Descubrimos que una de las organizadoras de “la marcha de las mujeres contra Trump” era Linda Sarsour, una activista islámica cercana a Hamas y promotora de la sharia.

El progresismo se disfraza como nosotros para destruirnos, de la misma manera que en ONGs, redes sociales y manifestaciones progres podéis encontrar a mujeres islamistas haciéndose pasar por feministas, e incluso haciéndose pasar por católicas. La hembra del cuco pone sus huevos en el nido de la lechuza, pues al ser físicamente parecidos, la lechuza no se da cuenta y cree que son suyos propios y los encuba. Pues lo mismo.

Donald Trump prometió a sus millones de votantes una América americana y no mundializada. Eso significa tener que tomar medidas que sirvan de muro de contención contra el progresismo destructor de los pueblos de raza blanca y también contra la corrupción política y científica. La ideología de Donald Trump está basada en el “nativismo”, que se caracteriza por defender los valores morales tradicionales de la sociedad norteamericana (allí conocidos como “familiy values”) y también por tener como patrón referencial la sociedad americana de los años 50 y 60 del pasado siglo, cuando EE.UU. era un país próspero y con una población de raza blanca abrumadoramente mayoritaria. La hercúlea tarea que Trump está llevando a cabo no consiste únicamente en enderezar el rumbo económico de su nación (los resultados económicos hasta ahora están siendo espectaculares), sino en destruir los perversos planes de las altas esferas para acabar con la América que retoza en cada iglesia, en el trabajo colectivo de cualquier comunidad rural, en el fuego del hogar que aglutina a las familias, en cada interpretación country, en la fuerza de la razón y también en la razón de la fuerza. La gigantesca tarea que Trump nos concierne a todos. Del resultado de su lucha contra los poderes mundialistas, promotores del ateísmo, el multiculturalismo, las ideologías de género y la disolución de las identidades nacionales, dependerá nuestro destino histórico. Por ello no hay tarea más importante que tengamos por delante que la de servir de contrapeso a la descomunal fuerza a la que nuestro héroe americano tiene ya que enfrentarse.
La envergadura de su proyecto antiglobalista es de tal calado que ya ha obligado a los poderes mundialistas y a sus tontos útiles a desprenderse de sus caretas y mostrarnos sus verdaderos rostros. Y ahí los tenemos, debidamente conjurados contra Trump y en contra de cualquier otra forma de vida que la que unos pocos nos proponen. A los enemigos de su proyecto, que es también el nuestro, mal les deben ir las cosas cuando han obligado a los representantes de la mafia mediática a recurrir al victimismo.

Y quien habla de la mafia mediática habla también de esos representantes de la fanfarria hollywoodiense. Azuzan teatralmente a las masas para que se rebelen contra los planes antiinmigratorios de Donald Trump, mientras ellos y ellas viven pertrechados en sus lujosísimos territorios de Beverly Hills, a salvo de las intromisiones que defienden para otras zonas de los Estados Unidos. Y quien habla de los actores habla también de los jueces y burócratas, que han vivido durante décadas del dinero público vitalicio, a cambio de elaborar y aplicar normas tóxicas contra el pueblo. No soportan que los votos de la gente sencilla les hayan desposeído de sus prerrogativas palaciegas. Y quien habla de estos corrompidos funcionarios habla también de los representantes de la prensa.

Hace poco tuvo lugar en las calles de Washington la mayor manifestación antiabortista que se recuerda. Ni una sola mención en los medios. Y si la hubo fue para demonizar a los cientos de miles de manifestantes, llegados desde todos los rincones del país, por la presencia entre ellos del vicepresidente Mike Pence. De la corrupción y prostitución de la prensa europea y de Estados Unidos, poco más podríamos apuntar que ustedes no sepan. Tal vez ha llegado el momento de encauzar nuestra indignación proscribiendo de nuestras casas y de nuestras vidas la presencia de estas “deshonestas” voces siempre al servicio de sus amos y de nuestra destrucción colectiva.

El “fenómeno Trump”, sin embargo, no sólo está poniendo al descubierto las vergüenzas de la profesión periodística. El procaz sectarismo que ésta acredita está permitiendo que millones de personas se liberen de las anteojeras que siempre han llevado. Los medios del planeta están dando visibilidad a las voces detractoras contra Trump, pero no duden ustedes de la existencia de una mayoría silenciosa, en Estados Unidos fuertemente armada, que terminará rompiendo todas las espitas de la corrección política para que el caudal de su inmensa indignación anegue a sus causantes. A la “cruzada” planetaria contra Trump, se han unido, cómo no, los representantes de esa Iglesia tan jacarandosa y progresista que lidera Francisco I. Cuando leemos a muchos purpurados arremeter contra Trump por su anuncio de levantar un muro con México, nos preguntamos por qué el Vaticano no predica con el ejemplo y deja que en sus amplísimos y vacíos aposentos hallen acomodo al menos una parte de los “sin techo” y pobres de solemnidad que salpican las calles de Roma. ¿Por qué se opone la oficialidad de la jerarquía católica a que un país como Estados Unidos decida defender sus fronteras y también quiénes deben entrar y quiénes no? Si tan ardorosamente defienden el derecho de cualquiera a vivir dónde y cómo les plazca, por qué no comienzan predicando con el ejemplo y abren sus palacios episcopales, sus desocupados seminarios, sus colegios elitistas y sus iglesias, a toda esa legión de yonquis, desahuciados, sin papeles y menesterosos que tienen que dormir al raso en nuestras ciudades.

Si la Iglesia quiere apadrinar la invasión mexicana de Estados Unidos, como ha apadrinado la invasión islámica de Europa, que no se refugie por más tiempo en circunloquios tan falsos como la falsa caridad que predica. La jesuítica sabiduría del papa Francisco debería conocer que hay un tiempo para sembrar y otro para recoger. Que hay un tiempo para construir puentes y otro para levantar muros, sobre todo cuando la Civilización es amenazada por los nuevos bárbaros.

Su jesuítica sabiduría olvida los “silencios sangrantes” de sus admirados Juan XXIII y Pablo VI ante los muros- con “vopos” incluidos- que los regímenes marxistas levantaron por doquier para evitar que sus ciudadanos huyesen del terror rojo. Seguro que el papa habría dicho eso “de no soy yo nadie para juzgar” a los marxistas; esos que masacraban cristianos igual que ahora hacen los musulmanes, sus indignos herederos.

Sí. Cuando una Civilización es fuerte puede prescindir de muros, pues su misma fortaleza le garantiza la seguridad y la inviolabilidad de sus fronteras, ya que que nadie osaría cruzar sus límites de manera ilegal. Una Civilización que tenga la suficiente fortaleza para garantizar que sus fronteras no serán violadas por terroristas fanáticos, criminales, violadores, narcotraficantes, maras, asesinos y toda la amplísima gama de indeseables pretendiendo imponer su salvaje y anticristiana vida.

Nuestra Civilización ha sido debilitada por el buenismo, el relativismo, la apostasía y la cobardía más extrema. Debilitada porque el enemigo no solo viene de fuera, sino porque también está dentro, comenzando por estos pastores cristianos tan modernos, que profesan la religión de lo “políticamente correcto”, para escándalo y confusión de sus cada vez más escasos fieles. Se han empeñado en convertir la Iglesia en una sucursal filantrópica de la masonería, en una “onejeta” de bazar de caridad, ignorando a propósito la salvación de las almas, y sin otro propósito que alimentar los cuerpos de los que quieren exterminarnos, como ya ocurre en los países donde son mayoría.

La jesuítica sabiduría del papa nunca alcanzó a condenar el apoyo de la Administración de Obama al aborto. O cómo subvencionaba las trituradoras de vidas inocentes en otros países. Nunca.
Raperos contra Trump.

Más clamoroso es su jesuítico silencio ante la política pro-vida del Presidente Trump, lo que desboca los planes mundialistas para el recambio poblacional en los países de mayoría cristiana y de etnia blanca.

La jesuítica sabiduría de Francisco debería comprender la utilidad del principio cristiano de la “legítima defensa”, que no solo es un derecho, sino un deber y no un capricho de los estados soberanos, en tanto garantes de la seguridad de sus ciudadanos. Todo sea por contentar a los amos del momento, ¿verdad, Santo Padre?

En resumen, cada vez estamos más convencidos de que la llegada de Trump al poder no ha sido un capricho de la Historia, sino el regalo providencial que la sobrenaturalidad ha querido hacer al país más importante del Occidente cristiano, acaso como nuestra última oportunidad de cristalizar en un nuevo y operante orden moral lo que hoy se halla difuso y gaseoso. Defender la obra de Donald Trump es no sólo nuestro deber, sino un imperativo moral que da sentido al esfuerzo y el sacrificio de nuestros antepasados. Nosotros somos la única razón de que hayan existido.


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Internacional

Donald Trump representa la lucha del Bien contra el Mal, del patriotismo identitario contra el globalismo satánico

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La de Donald Trump ya no es una lucha ideológica entre demócratas y republicanos. Lo que está en juego es una lucha entre el Bien y el Mal, entre el patriotismo identitario y el globalismo satánico.

Hace sólo un lustro, jamás hubiésemos podido imaginar que pudieran realizarse campañas de tal envergadura contra el presidente de los Estados Unidos de América. La mafia mediática de dentro y fuera de Estados Unidos no ha cejado en el empeño de desacreditar al hombre que rompió todos los pronósticos al convertir en realidad lo que se antojaba una quimera: arrebatarle la Presidencia del país más poderoso de la tierra a la candidata de las elites globalistas, que controlan más del 90 por ciento de los periódicos, cadenas radiales y canales televisivos en todo el mundo.

Estas campañas utilizan algunos de los argumentos tradicionales de la propaganda de guerra, tal y como los definió en 1928 el político británico Lord Arthur Ponsonby, en su libro Falsehood in Wartime y posteriormente precisados por la historiadora belga Anne Morelli en su obra “Principes élémentaires de propagande de guerre”:

– El señor Trump es una personalidad peligrosa.

– Nosotros defendemos una noble causa, la de los principios de nuestra Constitución –en Estados Unidos– mientras que el señor Trump sólo se preocupa por sus proyectos megalómanos.

– El señor Trump está portándose muy mal porque no sigue nuestras indicaciones, como han hecho todos los presidentes que le han precedido.

– El señor Trump recurre a métodos no ortodoxos.

– Los artistas e intelectuales comparten nuestra indignación.

– Nuestra causa es sagrada.

– Quienes cuestionan a nuestros medios de difusión no son verdaderos «americanos».

 

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, proclamando y demostrando con sus acciones que el único credo al que esta sujeta su presidencia es el americanismo y no el globalismo, tuvo en seguida un efecto inmediato sobre el sistema nervioso de las élites financieras, sus mariachis de Hollywood, sus oenegetas siempre ávidas de dinero y sus putas mediáticas a uno y otro lado del Atlántico.

Lo mejor que podemos destacar de Donald Trump es el mérito de tener tan rabiosamente en contra a tantos y tan grandes canallas. Que sus principales órdenes ejecutivas coincidan con lo que prometió a los electores durante la campaña, no parece haber conturbado la sensibilidad democrática de los que se erigen hoy en paladines de la libertad. Hasta en ese punto, Donald Trump está resultando ser un presidente radicalmente transgresor. Que un mandatario cumpla lo que promete a su pueblo está resultando demasiado turbador para un sistema donde las decisiones y los acuerdos se establecen casi siempre a espaldas de lo que ese mismo pueblo, y no las élites, haya elegido.

Ya antes de que Trump entrara por vez primera en la Casa Blanca como su inquilino, una muchedumbre tomó las calles de la capital del país para reclamar que se alterara la voluntad popular. Descubrimos que una de las organizadoras de “la marcha de las mujeres contra Trump” era Linda Sarsour, una activista islámica cercana a Hamas y promotora de la sharia.

El progresismo se disfraza como nosotros para destruirnos, de la misma manera que en ONGs, redes sociales y manifestaciones progres podéis encontrar a mujeres islamistas haciéndose pasar por feministas, e incluso haciéndose pasar por católicas. La hembra del cuco pone sus huevos en el nido de la lechuza, pues al ser físicamente parecidos, la lechuza no se da cuenta y cree que son suyos propios y los encuba. Pues lo mismo.

Donald Trump prometió a sus millones de votantes una América americana y no mundializada. Eso significa tener que tomar medidas que sirvan de muro de contención contra el progresismo destructor de los pueblos de raza blanca y también contra la corrupción política y científica. La ideología de Donald Trump está basada en el “nativismo”, que se caracteriza por defender los valores morales tradicionales de la sociedad norteamericana (allí conocidos como “familiy values”) y también por tener como patrón referencial la sociedad americana de los años 50 y 60 del pasado siglo, cuando EE.UU. era un país próspero y con una población de raza blanca abrumadoramente mayoritaria. La hercúlea tarea que Trump está llevando a cabo no consiste únicamente en enderezar el rumbo económico de su nación (los resultados económicos hasta ahora están siendo espectaculares), sino en destruir los perversos planes de las altas esferas para acabar con la América que retoza en cada iglesia, en el trabajo colectivo de cualquier comunidad rural, en el fuego del hogar que aglutina a las familias, en cada interpretación country, en la fuerza de la razón y también en la razón de la fuerza. La gigantesca tarea que Trump nos concierne a todos. Del resultado de su lucha contra los poderes mundialistas, promotores del ateísmo, el multiculturalismo, las ideologías de género y la disolución de las identidades nacionales, dependerá nuestro destino histórico. Por ello no hay tarea más importante que tengamos por delante que la de servir de contrapeso a la descomunal fuerza a la que nuestro héroe americano tiene ya que enfrentarse.

La envergadura de su proyecto antiglobalista es de tal calado que ya ha obligado a los poderes mundialistas y a sus tontos útiles a desprenderse de sus caretas y mostrarnos sus verdaderos rostros. Y ahí los tenemos, debidamente conjurados contra Trump y en contra de cualquier otra forma de vida que la que unos pocos nos proponen. A los enemigos de su proyecto, que es también el nuestro, mal les deben ir las cosas cuando han obligado a los representantes de la mafia mediática a recurrir al victimismo.

Gigantesca manifestación antiabortista en EEUU.

Gigantesca manifestación antiabortista en EEUU.

 

Y quien habla de la mafia mediática habla también de esos representantes de la fanfarria hollywoodiense. Azuzan teatralmente a las masas para que se rebelen contra los planes antiinmigratorios de Donald Trump, mientras ellos y ellas viven pertrechados en sus lujosísimos territorios de Beverly Hills, a salvo de las intromisiones que defienden para otras zonas de los Estados Unidos. Y quien habla de los actores habla también de los jueces y burócratas, que han vivido durante décadas del dinero público vitalicio, a cambio de elaborar y aplicar normas tóxicas contra el pueblo. No soportan que los votos de la gente sencilla les hayan desposeído de sus prerrogativas palaciegas. Y quien habla de estos corrompidos funcionarios habla también de los representantes de la prensa.

Hace poco tuvo lugar en las calles de Washington la mayor manifestación antiabortista que se recuerda. Ni una sola mención en los medios. Y si la hubo fue para demonizar a los cientos de miles de manifestantes, llegados desde todos los rincones del país, por la presencia entre ellos del vicepresidente Mike Pence. De la corrupción y prostitución de la prensa europea y de Estados Unidos, poco más podríamos apuntar que ustedes no sepan. Tal vez ha llegado el momento de encauzar nuestra indignación proscribiendo de nuestras casas y de nuestras vidas la presencia de estas “deshonestas” voces siempre al servicio de sus amos y de nuestra destrucción colectiva.

 

El “fenómeno Trump”, sin embargo, no sólo está poniendo al descubierto las vergüenzas de la profesión periodística. El procaz sectarismo que ésta acredita está permitiendo que millones de personas se liberen de las anteojeras que siempre han llevado. Los medios del planeta están dando visibilidad a las voces detractoras contra Trump, pero no duden ustedes de la existencia de una mayoría silenciosa, en Estados Unidos fuertemente armada, que terminará rompiendo todas las espitas de la corrección política para que el caudal de su inmensa indignación anegue a sus causantes. A la “cruzada” planetaria contra Trump, se han unido, cómo no, los representantes de esa Iglesia tan jacarandosa y progresista que lidera Francisco I. Cuando leemos a muchos purpurados arremeter contra Trump por su anuncio de levantar un muro con México, nos preguntamos por qué el Vaticano no predica con el ejemplo y deja que en sus amplísimos y vacíos aposentos hallen acomodo al menos una parte de los “sin techo” y pobres de solemnidad que salpican las calles de Roma. ¿Por qué se opone la oficialidad de la jerarquía católica a que un país como Estados Unidos decida defender sus fronteras y también quiénes deben entrar y quiénes no? Si tan ardorosamente defienden el derecho de cualquiera a vivir dónde y cómo les plazca, por qué no comienzan predicando con el ejemplo y abren sus palacios episcopales, sus desocupados seminarios, sus colegios elitistas y sus iglesias, a toda esa legión de yonquis, desahuciados, sin papeles y menesterosos que tienen que dormir al raso en nuestras ciudades.

Si la Iglesia quiere apadrinar la invasión mexicana de Estados Unidos, como ha apadrinado la invasión islámica de Europa, que no se refugie por más tiempo en circunloquios tan falsos como la falsa caridad que predica. La jesuítica sabiduría del papa Francisco debería conocer que hay un tiempo para sembrar y otro para recoger. Que hay un tiempo para construir puentes y otro para levantar muros, sobre todo cuando la Civilización es amenazada por los nuevos bárbaros.

 

Su jesuítica sabiduría olvida los “silencios sangrantes” de sus admirados Juan XXIII y Pablo VI ante los muros- con “vopos” incluidos- que los regímenes marxistas levantaron por doquier para evitar que sus ciudadanos huyesen del terror rojo. Seguro que el papa habría dicho eso “de no soy yo nadie para juzgar” a los marxistas; esos que masacraban cristianos igual que ahora hacen los musulmanes, sus indignos herederos.

Sí. Cuando una Civilización es fuerte puede prescindir de muros, pues su misma fortaleza le garantiza la seguridad y la inviolabilidad de sus fronteras, ya que que nadie osaría cruzar sus límites de manera ilegal. Una Civilización que tenga la suficiente fortaleza para garantizar que sus fronteras no serán violadas por terroristas fanáticos, criminales, violadores, narcotraficantes, maras, asesinos y toda la amplísima gama de indeseables pretendiendo imponer su salvaje y anticristiana vida.

 

Nuestra Civilización ha sido debilitada por el buenismo, el relativismo, la apostasía y la cobardía más extrema. Debilitada porque el enemigo no solo viene de fuera, sino porque también está dentro, comenzando por estos pastores cristianos tan modernos, que profesan la religión de lo “políticamente correcto”, para escándalo y confusión de sus cada vez más escasos fieles. Se han empeñado en convertir la Iglesia en una sucursal filantrópica de la masonería, en una “onejeta” de bazar de caridad, ignorando a propósito la salvación de las almas, y sin otro propósito que alimentar los cuerpos de los que quieren exterminarnos, como ya ocurre en los países donde son mayoría.

La jesuítica sabiduría del papa nunca alcanzó a condenar el apoyo de la Administración de Obama al aborto. O cómo subvencionaba las trituradoras de vidas inocentes en otros países. Nunca.

Raperos contra Trump.

Raperos contra Trump.

 

Más clamoroso es su jesuítico silencio ante la política pro-vida del Presidente Trump, lo que desboca los planes mundialistas para el recambio poblacional en los países de mayoría cristiana y de etnia blanca.

La jesuítica sabiduría de Francisco debería comprender la utilidad del principio cristiano de la “legítima defensa”, que no solo es un derecho, sino un deber y no un capricho de los estados soberanos, en tanto garantes de la seguridad de sus ciudadanos. Todo sea por contentar a los amos del momento, ¿verdad, Santo Padre?

En resumen, cada vez estamos más convencidos de que la llegada de Trump al poder no ha sido un capricho de la Historia, sino el regalo providencial que la sobrenaturalidad ha querido hacer al país más importante del Occidente cristiano, acaso como nuestra última oportunidad de cristalizar en un nuevo y operante orden moral lo que hoy se halla difuso y gaseoso. Defender la obra de Donald Trump es no sólo nuestro deber, sino un imperativo moral que da sentido al esfuerzo y el sacrificio de nuestros antepasados. Nosotros somos la única razón de que hayan existido.


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Trump: “Estos ideólogos de izquierda quieren suprimir nuestros valores”

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Donald Trump continúa en pie de guerra contra las congresistas demócratas. En su vuelta a los actos de campaña y sólo horas después de que el Congreso aprobara una condena contra sus comentarios identitarios, el presidente sigue atacando a los demócratas que “odian Estados Unidos”.

“Estos ideólogos de izquierda (…) quieren destruir nuestra Constitución, suprimir los valores cristianos sobre los cuales nuestro magnífico país fue construido”, dijo Trump en Greenville, Carolina del Norte.
“Esta noche, renovamos nuestra determinación de que Estados Unidos no se convierta en un país socialista”, agregó.

Ante una marea de gorras rojas con la leyenda “Make America Great Again”, el presidente citó a las cuatro congresistas demócratas integrantes de minorías a las que había instado a “regresar” a sus países de origen, “lugares infestados por la criminalidad”, en unas declaraciones que prendieron la polémica dentro y fuera de Estados Unidos.

“¡Que la echen! ¡Que la echen!”, clamó la multitud cuando mencionó a Ilhan Omar, estadounidense nacida en Somalia y una de las primeras mujeres musulmanas en llegar al Congreso, quien generó una polémica con comentarios sobre Israel juzgados como antisemitas por varios legisladores.

Muy crítico respecto a las cuatro mujeres, a las cuales se refiere ahora como “las malvadas jóvenes legisladoras socialistas”, Trump se mostró particularmente irónico respecto a Alexandria Ocasio-Cortez, diputada por Nueva York de madre puertorriqueña.

“No tengo tiempo de mencionar tres nombres, llamémosla Cortez”, lanzó el presidente.

La muy mediática “AOC”, benjamina de la Cámara de Representantes, desató una polémica a mediados de junio al comparar los centros de retención de inmigrantes de la frontera con México con “campos de concentración”.

Un proyecto de destitución “ridículo”

El millonario republicano de 73 años, que en noviembre de 2020 buscará un segundo mandato de cuatro años, está haciendo una apuesta decidida, pero también arriesgada.

Las cuatro legisladoras demócratas aludidas, entrevistadas en conjunto por la cadena CBS, aseguraron que la ofensiva de Trump en su contra es una maniobra política.

“Es una maniobra de distracción (…) no hablar de temas que realmente preocupan a los estadounidenses”, dijo Ayanna Pressley, legisladora negra por Massachusetts.

El magnate republicano se congratuló por otra parte con el rechazo por el Congreso de una propuesta para destituirlo.

La Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, que había aprobado el martes por la noche una condena a los comentarios de Trump por considerarlos “racistas”, se negó sin embargo a respaldar los intentos de iniciar el proceso de destitución del mandatario, ilustrando las divisiones dentro del partido opositor.

Trump celebró en Twitter el fracaso de la iniciativa, a la que calificó como “ridícula”. “No debería permitirse que esto le pase nunca a ningún presidente de Estados Unidos”, sentenció.

A pesar de que la votación del martes tuvo un fuerte significado simbólico, Trump sabe que puede contar con el apoyo de los congresistas republicanos.

Los legisladores de este partido en general son muy cautelosos al momento de criticar al que será, si no hay grandes sorpresas, su candidato en 2020. Solo cuatro republicanos en la cámara baja votaron a favor del texto de la mayoría demócrata de condena de los comentarios. Interrogado respecto a los tuits del presidente, el jefe de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, opinó que a sus ojos Trump “no es racista”.

Trump mantiene su popularidad

Los tuits no parecen afectar la popularidad de Trump entre los electores republicanos: su tasa de aprobación aumentó cinco puntos, a 72%, según una encuesta de Reuters/Ipsos realizada el lunes y martes. En comparación con la semana pasada, su índice de popularidad en la población general se mantuvo estable en 41%.

Y en el tema de la inmigración, un aspecto central de su campaña de 2016, parece dar en el blanco.
Según una encuesta del centro de investigaciones Pew publicada el miércoles, 57% de los republicanos estiman que Estados Unidos “corre el riesgo de perder su identidad como nación” si “se abre demasiado a la inmigración”.

Evocando su victoria de 2016, “una de las jornadas más extraordinarias de la historia de la televisión”, Trump lanzó en Greenville: “Tenemos que volver a hacerlo”.

La entusiasta multitud no paraba de alentarlo: “Cuatro años más, cuatro años más”.


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