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Vanessa Rísquez: una joven promesa de VOX para la alcaldía de Figueras

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Ya saben ustedes, señores lectores, que este medio es furiosa y radicalmente independiente. No nos paga ningún partido, y por eso podemos permitirnos el lujo -y el placer, no lo duden- de afear las conductas a todos los que lo merezcan. Sean quienes sean. La independencia y la información es nuestra divisa, y lo hemos demostrado. Nadie, de ningún partido, puede decir lo contrario.

Dicho lo anterior, también sabemos reconocer las cosas bien hechas y las personas honradas, rectas y eficaces. En este caso, nos ha llamado la atención -en realidad se la ha llamado a nuestra genial corresponsal Carlota Sales- la jovencísima candidata que presenta VOX a la alcaldía de la muy española villa de Figueras.

Una persona preparada, culta: con todo un programa de gobierno para la alcaldía que ha sabido explicar y desarrollar ante sus convencidos -que han abarrotado el acto de presentación de dicho programa- y que según nuestras fuentes, tiene verdaderas posibilidades de alcanzar el triunfo en las elecciones del domingo.

Fíjense en ella; y vean también cómo, junto a la candidata, muchos jóvenes de VOX escuchan, con cierto aire marcial e impasible el ademán, nuestro himno nacional.

Si hubiera más jóvenes como Vanessa, el futuro sería de color rojo y gualda.

 


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11-M, la gran mentira del PSOE y el PP. Conferencia por Miguel de Cervera

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Miguel De Cervera
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La Asociación Alfonso I de Santander concedió el viernes, en un raro ejemplo de libertad en nuestros días, una conferencia cuyo título lo dice todo: “11-M, la gran mentira del PSOE y el PP”. Su autor, Miguel de Cervera, es un investigador especializado en crimen de Estado y manipulación de las masas.

En un lenguaje claro y directo, y apoyado nada más que en los datos, Miguel de Cervera describió la esencia de lo ocurrido en el 11-M. “La explicación oficial del atentado ha navegado entre dos grandes mentiras. Una es la versión oficial islamista, que vino a sustituir la mentira inicial de ETA y que resultaba, en interesado popurrí de ambas versiones, todo ello una enorme mentira de Estado que nunca se pudo creer nadie. Y la segunda gran mentira es negar esa versión, que es falsa de raíz, pero sin dar ninguna explicación sobre lo que realmente sucedió en esos trenes y esas elecciones. Y así es cómo la celda queda vacía”.
El conferenciante culpó a Losantos de constituirse en el gran defensor y beneficiario de esa segunda manipulación, sin la cual no hubiera sido posible dividir a la sociedad y dejar atrás un crimen sin culpables. “Los magrebíes y asturianos a los que acusaron no pudieron ser, por muchas razones, pero Losantos se ha limitado a insistir en eso e instalarse en lo que no pasó. El “queremos saber la verdad”, para este personaje, se ha quedado en eso: una vacía declaración de intenciones. Todo para que los verdaderos (y poderosos) asesinos sigan sueltos. Libres para seguir manipulando elecciones, aunque sea a costa de matar a 200 españoles. Hoy en día, menos mal, los pucherazos salen más baratos, y ahí tenemos a Sánchez para demostrarlo”.
Miguel de Cervera tuvo duras palabras para el PSOE, pero sobre todo para un PP que no es nada inocente de lo ocurrido: “no se puede obviar que los que gobernaban entonces eran los amigos de las gaviotas, que fueron los que presentaron todas aquellas falsas pruebas y detenidos. Y es cierto que el PSOE se benefició de la tragedia, cómo no, pero no era la primera opción de los verdaderos terroristas del 11-M. Un poderoso grupo que está por encima del Estado y que decidió que iba a ganar el PP, en primera, pero Aznar fue tan chantajeado con la autoría del atentado que prefirió ceder a regañadientes La Moncloa. Dejarse ganar las elecciones, sí, antes que aceptar dicho chantaje, porque claro está que ahí ocultaban algo muy gordo. Por eso, también, echaron luego pelillos a la mar y se dejaron hasta acusar de asesinos. Y eso fue lo que pasó y lo que Losantos oculta, todavía hoy”.


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“Sin el racialismo, el identitarismo es como una flor sin fragancia”

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Portada del libro de Pedro Carlos González Cuevas
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El historiador Pedro Carlos González Cuevas acaba de publicar bajo el sello de La Tribuna del País Vasco el libro “Vox, entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria”, un sensayo dedicado al partido liderado por Santiago Abascal que parte de una premisa: “La incidencia de VOX en la vida política española es tan necesaria como lo ha sido antes de las elecciones. Cuarenta años de indiscutida hegemonía de la izquierda cultural, del nacionalismo separatista y, sobre todo, de la “razón cínica” centrista, ha imprimido carácter a la sociedad española; y de esas telas de araña no se sale fácilmente, lo estamos viendo; más bien todo lo contrario. En cuanto a VOX, su dilema está claro: debe elegir entre el liberalismo conservador, es decir, un PP bis, o configurarse como una auténtica derecha identitaria y socialmente transversal. No hay otra alternativa”.

Profesor titular de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Pedro Carlos González Cuevas ha pasado esta mañana por los micrófonos de Radio Cadena Española para participar en el programa “Alt News”, que conduce y dirige Saniago Fontenla.

El colaborador de este espacio y director de AD, Armando Robles, ha mantenido una discusión con González Cuevas al refutar la naturaleza identitaria de Vox. “Usted llama identitaria a una formación política que defiende el relativismo antropológico. Es decir, califica a los inmigrantes de buenos o malos dependiendo de su procedencia. La racialidad es el fundamento del identitarismo. Las etnias son el fundamento de las sociedades. Alemania es lo que es por los alemanes, no por su cultura. Son las identidades raciales las que determinan el caracter y la capacidad creativa de las comunidades nacionales. Y una comunidad nacional es el resultado de una herencia biológica de siglos”.

Por su parte, el escritor e historiador minimizó la importancia del racialismo en el identitarismo, que definió como una respuesta política al globalismo. Abogó en ese sentido por el “mesticismo” defendido por Ramiro de Maeztu. Robles respondió rotundo: “El mesticismo que usted defiende es precisamente el arma destructiva que está utilizando el globalismo para la destrucción de los pueblos europeos. Sin racialismo, el identitarismo es como una flor sin fragancia”.


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La caída del Imperio de Occidente

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André Waroch (Traducción BD).- “Vivimos la hora del hombre nómada, sin patria, el ciudadano del mundo. Es el tiempo del que no tiene más ataduras que aquellas que puede llevarse en cualquier momento en su maleta. El mundo del día de mañana parece pertenecer a aquellos que prescindirán de sus vivencias terrestres, o incluso espaciales, de una “tierra”, de un “suelo”, arcaísmo cuya exhaltación huele a populismo rancio”.

Este es el discurso, apenas caricaturizado, de un cierto número de intelectuales provenientes de la izquierda y de la extrema izquierda convertidos al “liberalismo”, es decir para ser más precisos, al librecambismo globalizado. Es un trayecto menos duro que lo que parece, los fundamentos ideológicos de estos intelectuales no padecen, entre esos dos extremos, más que daños menores.

El núcleo duro de su compromiso no ha cambiado; se trata siempre del odio al enraizamiento, al particularismo, a la singularidad irreductible de los pueblos, a la nación en el sentido griego del término.

Una hiper-casta mundialista, cuyos contornos se dibujan con mayor nitidez a medida que pasa el tiempo, quiere creer todavía en un “progreso” a la manera de Julio Verne. La naturaleza domesticada por una tecnología que lleva a los hombres a la altura de los dioses; una cultura universal y uniformizada reinando sobre toda superficie terrestre; un gobierno mundial sabio, benéfico, consensual, que en este mundo pos-histórico sólo se ocupará de gestionar y administrar. En definitiva: el paraíso sobre la Tierra para estos hombres que llevan en ellos el sueño cristiano secularizado de las Luces.

En la mentalidad occidental, de la cual esta casta se reclama más que de cualquier otra cosa, al porvenir se le supone mejor que el presente, y el presente mejor que el pasado. El destino irrevocable de la humanidad parece ser de subir siempre más arriba en la inteligencia, la belleza, la bondad, la alegría, la felicidad, hasta un cénit improbable.

Reinaba en la Edad Media el sentimiento exactamente inverso. Los letrados tenían la convicción de una caída inexorable del mundo hacia el abismo, la certeza de un mundo llegado al estadio último de la vejez. Si es cierto que el paso de la Antigüedad a la Edad Media trajo consigo el abandono de una cierta concepción cíclica el tiempo (“el eterno regreso”) en provecho de una visión lineal debido al cristianismo, sin embargo hay que precisar que esta “linealidad” ha cambiado de alguna manera de sentido, de abajo hacia arriba, en algún momento entre el siglo XII y la Revolución Francesa. La Europa del Oeste ha pasado de la caída a la ascención. En la Edad Media, el pasado era visto como mejor que el porvenir, y fue la inversa que se impuso definitivamente a partir del siglo XVIII.

Esto no es simplemente una creencia religiosa: la Edad Media fue verdaderamente una regresión en comparación con la Antigüedad, y el progreso, en el sentido material del término (expansionismo más allá de los mares, descubrimientos científicos), fue una realidad incontestable para la Europa del Oeste a partir del siglo XV. No solamente una creencia religiosa, pues, pero también, y al mismo tiempo, una creencia religiosa.

Seguramente hay que ver el origen de este cambio de dirección en la Reforma Gregoriana, acontecimiento capital que el historiador Harold J. Berman ha rebautizado “Revolución papal”. Sea como sea, la creencia está ahí. De ahí el célebre y estúpido adagio: “¡Es increible ver cosas tales en el siglo XXI!”. El tiempo, una vez más, es visto como una subida inexorable de la humanidad hacia la civilización suprema.

La realidad, para la Europa occidental, parece nuevamente invertir el sentido de la marcha. La evolución actual se emparenta de manera sorprendente al proceso que caracterizó la degeneración final del Imperio Romano de Occidente, a partir del siglo III, hasta la deposición del último emperador en 476 (principio de la Edad Media para los historiadores).

Este proceso, que puso fin al mundo antiguo, se caracterizó por:

  • Un caos étnico en aumento. Después del edicto de Caracalla que acordaba en el año 212 la ciudadanía a todos los varones no esclavos de las provincias, los bárbaros germánicos y húnicos comienzan a abalanzarse sobre las Galias. Al final del siglo IV, la mayoría de los soldados y hasta los generales “romanos” son en realidad germanos naturalizados. Las cepas propiamente romanas son apartadas, de hecho, del poder.

  • Un gigantismo mortal. El Imperio, en su apogeo, se extiende desde el sur de Escocia hasta el Mar Rojo. Atacado por todas partes, su economía desorganizada, los efectivos del ejército y de la administración en aumento incesante, el Imperio agobia al pueblo bajo tasas e impuestos. En las Galias aparece el fenómeno de los “bagaudes”, campesinos que se echan al monte para escapar al fisco. Uno de sus jefes, Eudoxio, buscará refugio acerca de Atila. La impotencia del ejército romano (cerca de 400.000 hombres bajo Diocleciano) para proteger un territorio tan vasto, añadida a la prohibición hecha a los civiles indigenas de llevar las armas, le abre una avenida a los invasores. Visigodos, francos y demás burgundios someten las poblaciones del Imperio y toman poco a poco posesión de las tierras en el Oeste.

  • Un éxodo urbano. La economía del Imperio, a partir del Siglo III, se ve totalmente desorganizada por las incursiones bárbaras. La circulación de las mercancias de provincia a provincia declina, incluso se suspende. Las ciudades, a partir del siglo V, empiezan a vaciarse. La población urbana, grupo de consumidores que se alimentan de importaciones, se ve obligada a efectuar un “retorno a la tierra”, es decir un regreso a la explotación directa de las materias primas, ya que la circulación de los productos manufacturados las importaciones de mercaderías de base se han vuelto demasiado débiles para alimentar a las ciudades.

  • Un cambio religioso. En el año 312, Constantino, primer emperador converso, instaura la igualdad entre el cristianismo y las demás religiones, lo que ya es, en la lógica conquistadora de los monoteísmo surgidos del judaísmo, un paso decisivo hacia la religión única y obligatoria. En la década siguiente, Constantino demuestra claramente hacia donde van sus preferencias y empieza a prohibir algunas prácticas paganas como la adivinación. Interviene en los debates teológicos. Es él quien convoca en el año 325 el Concilio de Nicea, asunto central en la historia del catolicismo. Los sucesores de Constantino continuarán su política de cristianización forzada de la sociedad. En 354 es decretado el cierre de los templos paganos y la prohibición de los sacrificios.

En 381, Teodosio, verdadero verdugo del paganismo, emite un edicto por el cual impone a todos los pueblos del Imperio el cristianismo como religión obligatoria. En los dos decenios siguientes, se da el golpe de gracia jurídico a las antiguas religiones, con el punto culminante de la prohibición definitiva en el año 395, por el emperador Arcadio, de toda práctica religiosa distinta al catolicismo romano (las herejías cristianas como el arianismo eran combatidas tanto como las prácticas politeístas).

  • Una regresión demográfica subrayada por muchos historiadores. La despoblación de algunas zonas es evidentemente una llamada par los bárbaros que sólo tienen que colonizar unas tierras desocupadas.

La Europa del oeste, católica y protestante, heredera del Imperio de Occidente, se encuentra confrontada a una situación cuya analogía con lo que precede es alucinante. El caos étnico está aquí, es incontestable. Los recien llegados no se convierten, como los antiguos germanos, a la religión de los autóctonos, sino que llevan con ellos el islam, ideología belicosa, conquistadora, totalitaria.

Las nacionalidades francesa, británica, belga y ahora la alemana también (la lista no es exhaustiva) le dan la nacionalidad sin restricción a los hijos de los inmigrantes nacidos sobre suelo europeo. Estos se vuelven inexpulsables en el sistema jurídico actual y se transforman en el vector de una sustitución de población que comienza con la inmigración, y continúa desde el interior, como un cáncer.

La Unión Europea, que se extiende cada vez más rápidamente, se vuelve una especie de inmenso terreno baldío. Mientras que las empresas son aplastadas por impuestos destinados a poner en marcha políticas sociales, los productos manufacturados provenientes de China o de otros países emergentes (que no practican ninguna politica social) llegan a nuestras fronteras prácticamente sin ningún derecho de aduana.

El resultado es previsible: liquidación de las industrias, transformación total de la economía de los países de la UE en economía de servicios, y dependencia cada día más gigantesca de Europa de la “fábrica del mundo” neo-confucianista, o sea China.

El éxodo urbano ya ha comenzado, aunque no se note aún. Las ciudades no pierden habitantes (menos Paris) pero ven desaparecer las clases medias que dejan el sitio a otros recién llegados, atraídos por una vida parasitaria que no pueden encontrar en las zonas rurales. Cada vez con mayor frecuencia muchos franceses, y ya no exclusivamente de las clases favorecidas, huyen al extranjero.

La baja dramática del poder adquisitivo ocasiona el desarrollo creciente de las compras directas a los agricultores. Como en el Bajo Imperio, asistimos a un comienzo de derrumbe de la economía desarrollada, economía mormalmente basada sobre una red muy densa de intermediarios entre el productor y el consumidor.

El alza contínua del precio de la gasolina, asociada a una pauperización creciente, hace que el europeo se desplace cada vez menos. Los destinos de vacaciones y de fin de semana son cada vez más cercanos al domicilio (incluso cada vez son más los que no salen de vacaciones o de “puente”). Asistimos a una verdadera inmobilización de los individuos totalmente en contradicción con las teorías del “hombre nómada”.

El horizonte mental y físico del hombre europeo, en este principio de siglo XXI, se estrecha rápidamente, tanto más que el nivel cultural de las nuevas generaciones (cierto es que cada vez menos europeas) se derrumba a toda velocidad. Se estima que más del 25% de los bachilleres franceses son iletrados y que el 20% de la población adulta es analfabeta. Como en el final del Imperio Romano asistimos a una aculturación, a una pérdida de memoria colectiva que precede y causa la destecnificación, preludio a una nueva Edad Media.

Las zonas fuera del imperio de la ley, territorios librados a las bandas de jóvenes musulmanes que hacen reinar en ellas una especie de orden islamo-mafioso, constituyen el embrión de una nueva feodalidad, mucho más agresiva que la primera, ya que está construída sobre el fanatismo y sobre un odio de esencia totalitaria. En muchas de las llamadas “banlieues”, auténticos futuros sultanatos independientes, la Policía ya no se aventura más que con sumas precauciones, incluso no entra nunca en alguna de ellas.

Las invasiones bárbaras pusieron fin al Imperio Romano, por lo menos en Occidente. El Imperio de Oriente, llamado más tarde Bizantino, siguió llevando el sueño durante un milenio. Justiniano enprendió incluso, en el siglo VI una gigantesca expedición punitiva para arrancar los territorios del ex-Imperio de Occidente de las manos de los bárbaros.

Si los EEUU han sido a menudo comparados a Cartago, lo que es más una ocurrencia o un eslógan que una analogía coherente entre las dos entidades, la Europa actual tiene su Imperio Bizantino, un país gigantesco, construido él también sobre bases imperiales, ortodoxas, mesiánicas, y que domina el arte de la maniobra política. Este país, que la religión y el alfabeto cirílico ha mantenido apartado, al menos desde el sisma de 1054, de los europeos convertidos al catolicismo y despúes a la Reforma (que no es más que una reforma interna del catolicismo, reforma cuyo empuje se paró a las puertas de la Europa ortodoxa como delante de un muro de cemento armado) es la última pieza del puzzle que permite una analogía casi mística entre los siglos V y XXI.

Rusia, ya que se trata de ella, a pesar de sus debilidades (demografía catastrófica, ausencia de tejido industrial, presencia masiva de musulmanes rusos y de Asia Central), ha decidido perpetuar el sueño imperial. Por eso mismo vuelve a ser un actor cuando la Europa del oeste no es más que una puesta en juego, un envite, situación que recrea la dicotomía de la Antigüedad tardía. En esta óptica, los EEUU jugarían más bien el papel del Imperio Persa Sasánida.

Por segunda vez, el Imperio de Occidente, que había desaparecido una primera vez en su forma estatalo, pero se había reconstruído bajo una forma civilizacional, por el intermedio de la Iglesia Católica Romana, está derrumbándose.


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