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Hispanoamérica

20 años del chavismo en el poder: por qué esta vez Nicolás Maduro parece cerca del final

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Por Darío Mizrahi.- “Venezuela está herida en el corazón; estamos al borde de un sepulcro. Pero como los pueblos no pueden morir, porque los pueblos son la expresión de Dios, (…) más allá de toda esta catástrofe inmensa, hoy en Venezuela estamos viviendo una verdadera resurrección (…). Yo llamo a que unamos lo mejor de nuestras voluntades, porque es el momento de salir de la tumba”.

El discurso, que leído en estos días parece de Juan Guaidó, fue pronunciado por Hugo Chávez el 2 de febrero de 1999, ante lo que en ese momento era el Congreso de la República. El teniente coronel, que había ganado las elecciones del 6 de diciembre de 1998 con el 56,2% de los votos, hizo en su toma de posesión una descripción lapidaria sobre el estado de Venezuela, y prometió un futuro de prosperidad para todos.

Hoy, tras 20 años de hegemonía de su proyecto político, el país atraviesa una crisis más terrible que cualquiera de las que conoció en el pasado. El gobierno de Nicolás Maduro, que lo sucedió en la presidencia el 5 de marzo de 2013 —elegido y preparado por él mismo en sus últimos meses de vida—, parece al borde del colapso.

“La figura de Chávez cambió el escenario político venezolano, pero su cuenta es deficitaria. Es cierto que se le debe el hecho de tener una agenda social para las personas de menos recursos, pero el chavismo acabó con la institucionalidad y con la economía del país. Es muy difícil anotarle algo en el haber, porque la realidad es que en su historia democrática Venezuela no había estado nunca en las condiciones en las que está en la actualidad”, sostuvo Domingo Alberto Sifontes, profesor de historia en la Universidad de Carabobo, consultado por Infobae.

Del humanismo a la lucha por la supervivencia

Un proceso que nació arrasando en las urnas y que prometía la “resurrección de Venezuela”, con una democracia participativa y una “economía humanista”, se convirtió en un régimen atrincherado en el Estado, que reprime la voluntad popular y que degradó las condiciones materiales a niveles impensables.

El PIB se achicó un 41,5% en la última década, algo pocas veces visto. La hiperinflación trepó a 1.698.488% en 2018, la más alta en la historia de América Latina y la sexta a nivel mundial. Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), realizada por las universidades Andrés Bello, Central y Simón Bolívar, el 94% de los hogares son pobres por ingresos, y un 48% padece pobreza multidimensional.

Esos indicadores permiten comprender el éxodo masivo de venezolanos: 2,6 millones huyeron del país desde 2015, de acuerdo a la Organización Internacional para las Migraciones. La opción por el escape creció con el deterioro socioeconómico y con la constatación de que un cambio político parecía imposible.

Las grandes protestas contra el gobierno de Maduro comenzaron en 2014, un año después de su ajustado y discutido triunfo contra Henrique Capriles en las elecciones presidenciales. En ese momento empezó a quedar claro que el chavismo estaba dispuesto a todo para aferrarse al poder.

La respuesta a las movilizaciones fue la represión indiscriminada, que dejó más de 40 muertos, y el encarcelamiento de dirigentes opositores. El caso más emblemático fue el de Leopoldo López, condenado a 13 años y 9 meses de cárcel, en una causa en la que “el 100% de las pruebas se inventaron”, según admitió desde el exilio el fiscal Franklin Nieves.

La erosión de la democracia terminó de consumarse en 2017 y 2018. Primero, con el uso del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) como un instrumento para vaciar de poder a la Asamblea Nacional, controlada por la oposición tras el triunfo resonante que obtuvo en 2015, en las últimas elecciones libres que se realizaron. Después, con los fraudulentos comicios del 20 de mayo pasado, en los que Maduro obtuvo la reelección con los principales líderes y partidos opositores proscritos, y sin permitir ninguna instancia de fiscalización independiente.

“La democracia no es simplemente hacer elecciones. Es frágil y difícil de mantener. Venezuela es un país que vivió durante 40 años bajo un proceso democrático de separación de poderes, pero no creó una cultura. Cuando una sociedad no está educada en términos democráticos, una herramienta como las elecciones puede terminar sirviendo para que venga una persona y la convierta en un instrumento para un proyecto autoritario”, afirmó Félix Seijas, profesor de estadística en la Universidad Central de Venezuela y director de la consultora Delphos C.A., en diálogo con Infobae.

A pesar de la debacle económica, social y política, Maduro creyó que tenía asegurada la continuidad en el cargo. Sus adversarios estaban divididos y debilitados, y las presiones de la comunidad internacional parecían estériles.

No obstante, el escenario cambió radicalmente este 10 enero, cuando asumió su segundo mandato. La ratificación de un gobierno considerado ilegítimo por gran parte de los venezolanos y del mundo occidental creó la oportunidad para que la oposición retome la iniciativa tras muchos meses de desconcierto.

La Asamblea Nacional declaró a Maduro usurpador del cargo y nombró a Juan Guaidó presidente encargado el 23 de enero. Tras más de un año de quietud, regresaron las protestas masivas a la calle. Y con ellas la represión, que ya causó al menos 35 muertes en dos semanas.

“La población venía de un período de mucho tiempo sin protestar, había una necesidad tremenda —continuó Seijas—. El 33% decía estar dispuesto a manifestarse si surgía un referente, y el 50% esperaba que apareciera alguien por fuera del liderazgo tradicional.

Aunque Guaidó viene de los partidos, tiene características de outsider. Menos del 3% de las personas sabía quién era. Es alguien joven, con un cuadro familiar muy estable, con un fenotipo muy venezolano y una forma de hablar que no es la de un político clásico. Era la figura que la gente estaba esperando, y se conjugó con el no reconocimiento internacional de la jura de Maduro”.

Los países enfrentados al chavismo lanzaron una ofensiva diplomática mucho más agresiva que cualquier otra. Por un lado, Guaidó fue reconocido como mandatario interino por Estados Unidos, por la mayoría de los países de América Latina y por la Unión Europea. Por otro, Washington ejecutó la acción más drástica desde el comienzo del conflicto: bloqueó los activos de PDVSA, impidiéndole al gobierno acceder a su única fuente relevante de ingresos genuinos.

Esta combinación de eventos dejó al chavismo en terapia intensiva. Pero, aunque no haya estado nunca tan cercado como ahora, sería un error darlo por muerto. En estos 20 años enfrentó tres crisis que parecían terminales y, sin embargo, logró reponerse. El desenlace está abierto, y lo que suceda en las próximas semanas será decisivo.

“Esta dualidad de poder sólo se puede mantener un tiempo corto, porque ninguno de los dos gobiernos tiene la capacidad total y reconocida para ejercer sus compromisos. A Guaidó le faltan los recursos y el apoyo militar, y Maduro tiene muchas dificultades financieras. Es una situación que se agota y que reduce las posibilidades de que haya un equilibrio político. Mientras más tiempo pase, peores se ponen las condiciones y hay menores probabilidades de buscar un diálogo entre las partes”, dijo a Infobae Carlos A. Romero, profesor de ciencia política en la Universidad Central de Venezuela.

Las tres grandes crisis del chavismo

Chávez, que saltó a la fama liderando un fallido golpe militar el 4 de febrero de 1992, fue él mismo víctima de uno diez años después. El 11 de abril de 2002 una protesta liderada por Fedecámaras y por la Confederación de Trabajadores de Venezuela terminó en un confuso enfrentamiento armado con manifestantes oficialistas, que dejó 19 muertos.

En las primeras horas del 12 de abril, el inspector General de la Fuerza Armada, Lucas Rincón Romero, confirmó el golpe. Dijo que el alto mando militar le pidió la renuncia a Chávez, y que este la aceptó —algo que él negaría después—. Pedro Carmona, titular de Fedecámaras, asumió la presidencia y disolvió la Constitución, la Asamblea Nacional y el TSJ.

Pero el alzamiento duró menos de 48 horas. Miles de chavistas salieron a las calles de Caracas a protestar contra el gobierno de facto, que había sido reconocido por Estados Unidos y por algunos países más, pero que era repudiado por muchos otros. Militares leales a Chávez lo liberaron de prisión y le permitieron reasumir la presidencia. Carmona fue arrestado y luego se exilió en Colombia.

La asonada terminó fortaleciendo al chavismo, que encontró un argumento para desacreditar a toda la oposición. Desde ese momento, cada nueva manifestación en contra, por más legítima que fuera, pasó a ser acusada de golpista. Un artilugio dialéctico continúa operando en la actualidad, 17 años después.

Chávez no volvió a enfrentar una crisis comparable y murió con el aura de líder imbatible. Algo que no pudo trasladar a su heredero. Maduro llegó a la presidencia con la debilidad originaria de no tener un liderazgo propio, y de haber arribado a la cúspide del poder sólo por lealtad.

No había cumplido un año en Miraflores cuando lo pusieron contra las cuerdas por primera vez. El 12 de febrero de 2014 comenzó un ciclo de protestas que se extendería por buena parte del año, bautizadas como “la salida”.

Las movilizaciones estuvieron lideradas por estudiantes universitarios y por los opositores más radicales: Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado. Comenzaron protestando por el deterioro de la situación económica, por la violencia y por los abusos del gobierno, pero terminaron pidiendo la renuncia de Maduro.

El Gobierno salió adelante con una escalada autoritaria. La represión fue brutal y quedó documentada en videos que mostraron a agentes de las fuerzas de seguridad y a los “colectivos” —bandas armadas que responden al gobierno— disparando a quemarropa a jóvenes desarmados. Los presos políticos comenzaron a contarse de a cientos.

Como resultado del desgaste por el paso del tiempo sin resultados concretos, y por el miedo que se empezó a propagar en la población, el movimiento se diluyó.

Más puntos más de contacto pueden encontrarse entre lo que está ocurriendo ahora y los sucesos de 2017. El avance del gobierno sobre las instituciones democráticas se volvió obsceno tras el triunfo opositor en las elecciones legislativas de diciembre de 2015. Con el TSJ como arma, Maduro empezó a bloquear todas las resoluciones de la Asamblea Nacional (AN), volviéndola impotente, y en 2016 canceló arbitrariamente el referéndum revocatorio que impulsaba para que los ciudadanos pudieran decidir si lo querían como presidente.

El quiebre del orden constitucional se volvió explícito el 30 de marzo de 2017, cuando el TSJ cometió la torpeza de dejar por escrito lo que venía haciendo de hecho: por medio de la decisión 156, asumió formalmente las competencias de la AN. La disolución del Poder Legislativo, una forma de golpe de Estado vista muchas veces en América Latina, desató una condena internacional generalizada y propició el inicio de una nueva serie de movilizaciones.

El Gobierno volvió a responder reprimiendo, pero de forma mucho más desenfrenada. En los meses siguientes, los muertos fueron más de 150 y miles resultaron heridos o fueron arrestados de manera irregular.

En un nuevo paso hacia el establecimiento de una dictadura, Maduro creó la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Se suponía que era para redactar una nueva Constitución, pero se terminó convirtiendo en un suprapoder capaz de dictar leyes sin restricciones, reemplazando en la práctica a la AN. Sus miembros fueron electos en un proceso escandaloso, sin participación de la oposición, y con un fraude denunciado por la empresa Smartmatic, proveedora del servicio de voto electrónico, que reportó una diferencia de un millón de votantes entre los que informó el gobierno y los que fueron realmente.

La situación parecía insostenible para Maduro. Sin embargo, la ANC entró en funciones el 30 de julio de 2017, y las manifestaciones fueron perdiendo densidad, hasta que concluyeron. Rechazado por la mayoría de la población y por casi todos los países de Occidente, y en medio de una implosión económica pocas veces vista, el chavismo resistió gracias a que mantuvo el monopolio de la fuerza.

Los militares, beneficiarios como ningún otro sector de la gestión Maduro, que les entregó el control de los sectores más sensibles de la economía y del Estado, explican la supervivencia de un proceso que de otra manera sería inviable.

Una crisis distinta a las anteriores

“Una diferencia crucial es que los dos ciclos anteriores fueron provocados por protestas sociales. En esta ocasión, el disparador fue un poder público, la AN. Apelando a la Constitución, desarrolló un conjunto de actividades apoyadas por buena parte del mundo democrático internacional y por una enorme cantidad de venezolanos que aspiran a un cambio político. Esto es muy interesante desde la perspectiva de las transiciones en América Latina, que generalmente se dieron de facto, por la fuerza. Aquí se desarrolla a través de una acción constitucional”, dijo a Infobae el politólogo Luis Salamanca, profesor de la Universidad Central de Venezuela.

Es cierto que en 2017 ya había destrucción de riqueza, desabastecimiento e hiperinflación, ingredientes que pueden hacer caer a cualquier gobierno. Pero no es lo mismo una suba de precios de 2.600% como la que registró Venezuela en 2017, a un porcentaje que ya supera el millón y medio. Con el agravante que implica la percepción de que las cosas están cada vez peor.

También es cierto que en 2017 el aislamiento internacional era bastante claro. Desde hace dos años, los únicos apoyos que conserva el régimen son Rusia, China, Irán, Bolivia y Nicaragua. Pero una cosa es la condena y la expulsión de foros multilaterales, y otra es el desconocimiento del gobierno y el reconocimiento de otro en su lugar.

“Hay dos elementos que ayudan a comprender esta situación como distinta —dijo Romero—. En primer lugar, el activismo de una parte de la comunidad internacional bajo el liderazgo de EEUU, que prácticamente la ha impuesto un ultimátum al gobierno. Lo segundo es la agudización de la crisis económica, que ha contribuido a que en las encuestas una mayoría de los venezolanos diga que quiere que se vaya Maduro”.

El factor que parece continuar vigente es el apoyo de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). El alto mando militar, encabezado por Vladimir Padrino López, ministro de Defensa, grabó un video en el que llamó golpe de Estado a la proclamación de Guaidó como presidente y ratificó su lealtad a Maduro. Pero eso no significa que no haya grietas en los círculos castrenses.

“Desde 2017 han sido continuos los pronunciamientos de militares activos —dijo Seijas—. No están las cosas cómodas internamente, porque la crisis económica ha puesto a los mandos medios a dudar. Cuando Guaidó fue juramentado, el alto mando tardó 24 horas en aparecer en televisión. Dijeron que era un golpe, pero se tomaron un día. Además, no han estado reprimiendo los militares ni la Guardia Nacional, sino el FAES (cuerpo especial de la Policía), que es una institución distinta. Por eso no ha habido un día en que Maduro no se muestre con militares. La necesidad de recalcar eso es porque las cosas no están bien”.

Lo más difícil para la FANB en este momento debe ser contener a las bases, a los soldados rasos, que son ciudadanos que padecen el desastre económico como el resto, y que no acceden a los privilegios de los estamentos superiores. Pero Maduro viene haciendo un importante trabajo de depuración para neutralizar posibles levantamientos.

“Los niveles más bajos están en una situación de calamidad, como todos los venezolanos. Eso se reflejó en la protesta militar del 21 de enero en un destacamento llamado Cotiza. El 23 de enero, en algunos estados como Monagas, la Guardia Nacional dejó pasar a los manifestantes. Pero los cuadros medios, que son los que históricamente han dado los golpes de Estado en Venezuela, están presos, fueron desmantelados el año pasado, cuando se detuvo a los principales comandantes de batallón. Se calcula que hay 180 arrestados. Entonces, ¿Maduro conjuró el resigo militar con esas detenciones? Puede ser que por un tiempo. Pero la crisis sigue expandiéndose”, sostuvo Salamanca.

La dimensión temporal se volvió una de las más decisivas de este periplo. Si bien la sensación compartida por la mayoría de los observadores es que Maduro tienes pocas probabilidades de sostenerse en el largo plazo, nadie sabe realmente cuánto puede durar ese largo plazo. Por otro lado, para salir de la encerrona en la que está ahora necesita que pase el tiempo, porque eso puede debilitar a la oposición.

“Siempre está la posibilidad de que Maduro resista. Todos los signos muestran que va a intentar atrincherarse y aguantar. El tiempo es su principal arma, porque le da la posibilidad de que la población se canse y de que la oposición dé un paso en falso y pierda el apoyo. Están tratando de llevarla a un diálogo para desprestigiarla. Pero es complicado, porque la comunidad internacional parece decidida a terminar con la salida de Maduro del poder y los opositores han dado muestras de unidad y no han caído en trampas. El cerco es muy grande y se reduce la capacidad de maniobra del gobierno. Esto crea mayores incentivos para que el entorno civil y militar de Maduro abandone el barco”, concluyó Seijas.


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