Hispanidad.- Hace unos días, el pasado martes 11 de junio, el Papa autorizó promulgar los decretos de martirio para la beatificación de María Pilar Gullón Iturriaga (1911-1936), Octavia Iglesias Blanco (1894-1936) y Olga Pérez-Monteserín Núñez (1913-1936), tres enfermeras católicas laicas de la Cruz Roja, que fueron martirizadas por odio a la fe el 28 de octubre de 1936, en Pola de Somiedo (Asturias), durante la Guerra Civil española.

Poco antes de quedarse ciega, Concha Espina relató el suplicio y el martirio de estas tres mujeres en uno de sus libros publicado en 1941, que es una auténtica joya literaria, desde el título, Princesas del martirio, hasta la última página. Concha Espina describe la geografía donde tuvieron lugar los hechos con estas palabras: “San Pedro de Somiedo, una collación montaraz en el límite de dos provincias, trágico frente de guerra que divide a dos marcas españolas: la de León, llena de la fe en Cristo; la otra de Asturias, envenenada por los enemigos de Dios, enemigos también de la Humanidad”.

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El victimario fue un socialista leonés, Genaro Arias Herrero, presidente de la Casa del Pueblo, que la noche antes de asesinarlas encerró a las tres enfermeras en la Casa del Pueblo del PSOE, convertida en checa, para que cuantos quisieran pudieran violarlas. El jefe de los socialistas trató de amortiguar los gritos de estas tres mujeres con el chirriar de una carreta de bueyes, que hizo circular alrededor de la checa durante toda la noche. La carreta llevaba el cadáver de un sacerdote, que él mismo había asesinado unas horas antes.

La noche antes de asesinarlas encerró a las tres enfermeras en la Casa del Pueblo del PSOE, convertida en checa, para que cuantos quisieran pudieran violarlas

Genaro Arias Herrero, conocido en la comarca por el alias de “El Patas”, tenía 34 años cuando asesinó a las tres enfermeras y todo un historial criminal, que le había convertido en el terror de su comarca. Había nacido en una aldea cerca de Cistierna (León), pero residía en Villaseca de Laciana a poca distancia de Villablino (León), donde era el líder del socialismo de la zona, ya que había sido elegido presidente del sindicato minero de la UGT y de la Casa del Pueblo del PSOE de Villaseca de Laciana.

Desde que se proclamó la Segunda República en 1931, El Patas dirigió todas las huelgas y las manifestaciones revolucionarias de la comarca. Cuando los socialistas fueron derrotados en las urnas y dieron el golpe de Estado en 1934, que algunos llaman falsamente Revolución de Asturias, Genaro Arias Herrrero asaltó la mina “Teófilo”. Y cuando estalló la Guerra Civil, concentró a un grupo de unos trescientos hombres, de los que se valió para realizar registros y saqueos en la zona de Villaseca de Laciana, robando animales, dinero y pertenencias de los vecinos. El Patas asaltó las casas cuartel de la Guardia Civil y detuvo a los guardias civiles de Villaseca de Laciana, Caboalles de Abajo, Villablino y Murias de Paredes y a las mujeres de los guardias civiles se las llevó a la zona roja.

A una de las vecinas, llamada Trinidad Feito, el socialista Genaro Arias Herrero le manifestó que no se ganaría la guerra, hasta que no se matara a todas las personas de derechas. El Patas, incluso, trató de asesinar a la madre de Trinidad Feito, alegando como motivo que cuatro de sus hijos luchaban en el ejército de Franco, crimen que el socialista no consiguió consumar, gracias a que los vecinos protegieron a aquella pobre mujer.

Cuando llegaron las tropas de los nacionales a Villaseca de Laciana, el 10 de agosto de 1936, El Patas huyó a Pola de Somiedo, donde se impuso como presidente del Comité revolucionario. En esta localidad asesinó a un guardia civil retirado, que ejercía como juez municipal, al secretario del juzgado y a otro vecino. Y aquello solo fue el principio de una serie de asesinatos y robos cometidos por él en el Valle de Somiedo, donde sembró el terror. Tras el asalto del ejército rojo al hospital de Somiedo, acudió al lugar para participar en la masacre, asesinó por su propia mano al sacerdote y se hizo cargo de los prisioneros de aquella avanzadilla del ejército nacional, entre las que se encontraban nuestras tres enfermeras de la Cruz Roja.

María Pilar, Octavia y Olga habían acudido voluntarias para atender a los enfermos del hospital del puerto de Somiedo. El 27 de octubre de 1936 comenzó su calvario, cuando los rojos asaltaron esa posición y arrasaron el hospital, rematando hasta matarlos a los heridos en sus camas y haciendo prisioneras a las tres enfermeras.

La llamada Revolucion de Asturias no fue otra cosa que un golpe de Estado de los socialistas. Golpe de Estado revolucionario, naturalmente

De nada valieron las súplicas de los mandos militares, del médico y del sacerdote en favor de los heridos y de los convalecientes del hospital de Somiedo. El comportamiento de quienes solicitaron piedad para los asaltados, lo describe Concha Espina con estas palabras: “Acaso esperaban compasión para ellos, con esa hidalguía natural del que es «hijo de algo», miembro de las alcurnias del alma, brote de una creencia y de una virtud que decoran al soldado, lo mismo que al general, dentro del ejército católico”. Por otra parte, a los socialistas que asesinaron a los enfermos y apresaron a las tres enfermeras, Concha Espina les enjuicia así: “Pero los asaltantes eran «hijos de nada», producto del anarquismo y la disolución de Europa, mortífero veneno de la sociedad”.

Durante el asalto, a las tres enfermeras se les presentó la oportunidad de huir y ponerse a salvo de sus captores, pero se negaron a abandonar a sus enfermos. Olga, la más joven de las tres pues tenía solo tenía 19 años recién cumplidos, fue alcanzada en una ceja por el roce de una bala y de la herida brotó la sangre, que tiño de rojo su uniforme blanco. Al momento uno de sus pacientes le sugirió que dejase de atenderlos, para curarse ella misma, pero la enfermera le respondió:

—“¿Curarme? ¿Para qué? Ya es inútil; no hay tiempo. Vamos a morir y enseguida a resucitar entre los mártires del Señor. Nos separaremos apenas unos instantes para reunirnos eternamente”.

Indudablemente que una respuesta como esa solo brota en un alma cristiana, alimentada por la oración y los sacramentos. Las tres enfermeras durante octubre, mes del Rosario, practicaron esta devoción mariana y asistían a diario a la Santa Misa, que celebraba el sacerdote en el hospital de Somiedo. María Pilar pertenecía a las Hijas de María y a las Conferencias de San Vicente de Paúl. Octavia era de las mismas asociaciones que María Pilar y además estaba inscrita en Acción Católica.

Los que quedaron vivos del asalto del día 27 deoctubre fueron hechos prisioneros y la mayoría llevados a Gijón. A las tres enfermeras, junto con dos falangistas de la guarnición, José Fernández Marvá y Salvador González, les condujeron desde el hospital del puerto a Pola de Somiedo, distantes doce kilómetros, que recorrieron a pie.

En torno a los milicianos que conducían a los prisioneros —escribe Concha Espina— “se había formado un cortejo de furias, un bronco sartal de milicianas vestidas de mono, arisco el pelo y el semblante, agresivas las voces salpicadas de blasfemias y de insultos. Llevaban como botín de su mezquina victoria varias prendas mujeriles: un abrigo largo, una chaqueta de cuero, un estuche de tocador y un bolso elegante. Se lo repartieron a las milicianas entre burlas y denuestos. Y todos juntos cambiaron opiniones a gritos sobre la terrorífica suerte que esperaba a los prisioneros”.

Conocemos el nombre de esas mujeres y su rango, descrito por Concha Espina. Lola Sierra, “número visible del ejército rojo mujeril”; Evangelina, la secretaria, “con aberraciones intelectuales”; Milagros, “la valiente rematadora de moribundos” y Emilia Gómez, “un monstruo infernal de veinte años y degeneración humana hasta el fondo satánico de la materia”. Ellas forman parte del cortejo de los verdugos y con todos los recursos de la indecencia de sus palabras, de sus gestos y de sus manoseos excitan todas las bajezas animales de los que pronto van a ser los depredadores sexuales de las tres enfermeras.

Comienzan a temblar las tiorras, y como no consiguen apuntar, tres milicianos se colocan detrás de cada una de ellas, para sujetarles el arma

Así es que cuando llegan a la Pola de Somiedo separan a los dos falangistas de las tres enfermeras y las hacen subir a una habitación de la checa, que era la anterior Casa del Pueblo de los socialistas. Y allí, en la Casa del Pueblo del PSOE, donde dicen los seguidores de Pablo Iglesias que se democratiza la cultura para ponerla al servicio del pueblo, el socialista Genaro Arias Herrero, El Patas, les entregó a los suyos los cuerpos de aquellas tres mujeres, para someterlas al espantoso abuso de ellos durante toda una noche, antes de asesinarlas, a los que les dio la siguiente instrucción con estas palabras textuales: “Que aquella noche podían quedarse con las enfermeras y hacer de ellas lo que mejor les pareciera”.

Al día siguiente, cuando ya había salido el sol, El Patas sacó a las tres enfermeras de la checa, para fusilarlas. Y como hicieran el día anterior con las capas y los estuches de las cautivas, las “tiorras” —el calificativo es de Concha Espina— echan a suertes el gozo de matarlas. Y como discuten y no se ponen de acuerdo, tercia una de ellas:

—“A ver, que las señoritas escojan su propio verdugo ¡Vamos, pichonas! ¿Quién mata a quién?”

Por fin, Evangelina, Lola y Emilia se reparten la matanza. Se sitúan a tres metros de sus blancos y cuando las tiorras van a encarar el arma, un sargento detiene la ejecución y propone indultarlas, si levantando el puño gritan: ¡Viva Rusia! Pero como respuesta inmediata, tres gritos al unísono suben al Cielo:

—¡Arriba España! ¡Viva Cristo Rey!

Su respuesta deja paralizados a los milicianos y a las tiorras. María Pilar y Octavia rezan con los ojos fijo en el cielo. Y Olga, quizás por ser la más joven, la más atrevida, les mira a todos fijamente y les dice:

¡Hasta para matar sois cobardes!

Entonces comienzan a temblar las tiorras, y como no consiguen apuntar, tres milicianos se colocan detrás de cada una de ellas, para sujetarles el arma y ayudarlas a apuntar con firmeza. El desenlace se lo dejo contar a Concha Espina:

“Al fin las mujeronas disparan temblando. Y se desploman las muchachas de un solo golpe, una caída sorda en la hierba. Que, no obstante, levanta un eco pavoroso en todo el orbe civilizado. Y entonces cada mártir extiende el haz de sus cinco dedos, para balbucir todavía, un grito de fe en España y en la Cristiandad.

—Ya se acabaron las señoritas. —Ruge un cobarde.

—Falto yo.

 Hay un espasmo de terror y alarma entre el público. El capitán Sánchez se acerca a la moribunda, pistola en ristre.

—A ver ¿quién vive aquí? —protesta, iracundo.

Pilar, transfigurada su hermosura por una angélica lucidez, responde:

—¡Dios!

Recibe, sonriendo, el tiro de gracia, y se duerme entre sus compañeras”.

Y concluye su libro Concha Espina con una propuesta, que bien podría llevarse a cabo el día que tenga lugar la ceremonia de la beatificación de estas tres mártires. Esto es lo que propuso la autora de Princesas del martirio en 1941, cuando entonces ningún campanario de las iglesias españolas, fueran altos o bajos, se avergonzaba de nuestros mártires de la Segunda República y de la Guerra Civil y todos sin excepción llamaban a las cosas por su nombre: “Y desde el humilde tributo de estas páginas, yo solicito para las enfermeras de Astorga, un volteo nacional de los bronces, que aún se afirman en nuestros campanarios, un repique gozoso de aleluya, como cuando un niño transita, por inocente y puro, desde los brazos de su madre hasta el trono de la Virgen María”.

(*) Javier Paredes

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá