Internacional
Dentro de cien años, Europa será un conjunto de taifas tercermundistas, pero Rusia seguirá siendo una nación blanca, cristiana, civilizada y pujante
Andrés Palomares.- El 18 de marzo de 2018, Putin ganaba las elecciones presidenciales y se aseguraba un cuarto mandato.
Otro disgusto para la moralla politiquera del Occidente todo. Las calumnias y la intoxicación antirrusas se estrellan una y otra vez contra la realidad. Vivimos inmersos en un sistema de mentiras y falsedades.
En el patio de colegio de la política enana de nuestras insignificantes y ridículas naciones es imposible entender nada de la vida real, fuera del deprimente escenario de nuestra decadencia.
Putin «El Envenenador» (el último de sus alias, por ahora, por el caso Skripal), ha arrasado en las elecciones, con el 76% de los votos, algo nunca visto y sin embargo esperado. Un sueño fuera del alcance de esa tropilla de grises dirigentes y pequeños funcionarios europeos: la casta desalmada, depredadora e inoperante de un continente que se va por el retrete emitiendo partes de victoria y cantando himnos de alegría. El ardor estomacal de los enemigos y detractores de Putin va a ser de larga duración. Los teólogos de la democracia y los popes del pensamiento único van a revolcarse en su lecho de víboras por mucho tiempo, acompañados en sus retortijones por la variada colección de sus acólitos y mentores: los charlatanes de los organismos internacionales, las grandes corporaciones financieras, la quinta columna del islamismo, los zánganos subvencionados de las ONGs, los sátrapas de Bruselas, los «filántropos» judíos, el establishment mediático, los negreros de la invasión organizada de los «refugiados»…
A diferencia de los europeos, el pueblo ruso no quiere desaparecer, no siente la menor tentación de suicidarse y de favorecer una Gran Sustitución, como sucede en la Europa en manos de la casta depredadora y desalmada que rige sus destinos, unos perros que responden dócilmente a la voz de sus amos.
El gobierno de Putin fomenta la natalidad y está superando el hundimiento demográfico de los primeros lustros postsoviéticos de Gorbachov y Yeltsin. Una aberración para la Europa de Conchita Wurst y del «Welcome Refugees». Este monstruo de Putin quiere llenar de niños los hogares rusos y de hogares rusos la inmensa e inacabable Rusia.
Está claro que no se ha dado cuenta de la ventaja que supone abrir las fronteras a flujos masivos de mano de obra barata, mientras la población nativa se dedica a comprar niños de colores en los mercados mundiales de la carne humana y a casar hombres con hombres y mujeres con mujeres (y pronto a hombres y mujeres con hamsters, taburretes de tres patas, mondas de patatas o corrientes de aire).
Dentro de cien años, si nada lo remedia, Europa será un conjunto de taifas tercermundistas, donde el canibalismo y la pedofilia serán las lacras más suaves de esa maravillosa era que ya está asomando las orejas, pero Rusia seguirá siendo una nación blanca, cristiana, civilizada y pujante. Frente a la imparable tribalización de Occidente, a su retroceso irrefrenable hacia a la barbarie, a su vertiginosa pudrición, a su babosa decadencia, Rusia se mantendrá unida y cohesionada, fuerte y orgullosa, vencedora y viva.
Otra diferencia entre Rusia y Europa Occidental es que el gobierno ruso no es cristofóbico, como los de las oligarquías europeas, masónicas y sionistas hasta la médula: satánicas en una palabra. Al revés, en los últimos decenios la defensa de la fe ortodoxa (la única de las iglesias cristianas que sigue viva y no se ha traicionado a sí misma) y su fomento como factor decisivo de la identidad nacional rusa han contado con el apoyo incondicional de Putin. Y eso no ha impedido que las demás religiones de la Federación Rusa (islam, budismo…) sean respetadas y defendidas. La afirmación de la ortodoxia de Rusia no supone la persecución o el maltrato de los fieles de otras creencias con medidas discriminatorias. Basta observar algunos gestos de Putin o de sus ministros y generales para comprender que no se trata de un cristianismo de fachada, blandengue y sentimentaloide, como el de los presidentes norteamericanos (de los dirigentes europeos ni hablemos), sino de la fe milenaria de la popular tradición ortodoxa rusa.
Los primeros tiempos de la era soviética, bajo la férula de Stalin, supusieron una persecución implacable de la fe ortodoxa y un destrozo enorme del patrimonio artístico religioso de Rusia, con la destrucción y voladura de miles de iglesias y monasterios, el saqueo de joyas y relicarios, la quema masiva de iconos y la aniquilación de la herencia artística y cultural de la iglesia nacional. Desde los años 90 en Rusia la ortodoxia ha experimentado una espectacular resurrección tras siete décadas de ese terrible experimento antirreligioso llevado a cabo en la extinta Unión Soviética.
Stalin y sus excesos han quedado lejos. Los rusos han sacado las oportunas lecciones de esos turbulentos años.
Mientras tanto, entre nosotros, Bruselas y el mundialismo pretenden llegar a idéntico fin, pero de un modo más insidioso: mediante la corrupción moral, el materialismo más grosero y el culto omnipresente a Mammón, dios único y verdadero de la Unión Europea. Y lo han conseguido: los comisarios de Bruselas triunfan donde fracasó Stalin. Sólo desterrando el cristianismo, anulando toda espiritualidad, se pueden implementar las medidas antinatalistas de la plutocracia dominante entre los europeos nativos, condición imprescindible de la Gran Sustitución, es decir de la desaparición pura y simple de Europa, inundada por una marea multicolor de la que sólo hemos visto los prolegómenos, pues es una quimera imaginar que pueda haber una Europa sin europeos.
Los rusos tienen una mentalidad colectiva mucho más fuerte que cualquier otro pueblo. Su manera de pensar en el «nosotros» más que en el «yo» les ha permitido resistir lo irresistible y vencer a enemigos poderosos e implacables. Tienen un fuerte amor a la patria y un no menos intenso sentido del Estado, sienten la necesidad de un ser colectivo que organice la vida común y evite esas calamidades que de tanto en tanto han agitado Rusia a través de los siglos, los disturbios, las épocas convulsas de discordia y caos, la última de las cuales empezó hace un siglo con la guerra civil de 1918-1920. Los años 80, los 90 y el inicio del siglo actual fueron algo parecido, aunque en una escala mucho más benigna. Los rusos saben lo importante que es un Estado fuerte y una comunidad nacional que tenga conciencia de su cohesión.
La difícil herencia del régimen anterior se superó en cuanto Putin y las instituciones que lo apoyan recuperaron el poder, apartaron a los aventureros mundialistas del control político (Yeltsin y su camarilla de oligarcas judíos) y se restauró el sentido del Estado. Hoy los rusos son más ricos y libres de lo que nunca lo han sido sin duda en toda su historia: es lógico que la popularidad de Putin alcance cotas estratosféricas. El presidente de Rusia es un hombre que llegó al gobierno de la Federación después de una larga y difícil experiencia de estadista en medio del desastre de los años 90 y de comprobar qué tipo de “ventajas” trae abrirse a Occidente y a sus «valores».
El patriotismo ruso, inagotable e indoblegable, ha servido a los dirigentes del Kremlin para marcar unos objetivos y un espíritu. De esta manera, la Rusia nihilista y empobrecida de hace un par de décadas está hoy unida, se siente orgullosa de sus logros y disfruta de un nivel de vida decente, sobre todo si se compara con lo que se llegó a sufrir hace veinte años. No es Putin el que ha resucitado a Rusia, han sido los rusos (el pueblo que ha generado un Putin), bajo un mandatario inteligente, entregado a su pueblo y a su Estado y no a los lobbies mundialistas y sus intereses antinacionales y antihumanos.
El éxito de Putin es una bofetada a nuestra miserable decadencia. Hoy los rusos viven mucho mejor que sus padres o sus abuelos, mientras los europeos sabemos que nuestros hijos vivirán peor que nosotros y que nuestros nietos serán esclavos de un sistema como la humanidad no ha conocido otro de tan despiadado y bárbaro, y eso a pesar de esas misteriosas y maravillosas leyes del mercado y una inevitable y beneficiosa globalización que nos iban a llevar a Shangri-Lá en primavera, todos cogidos de la mano cantando «We are the World».
Las campañas de odio de la prensa occidental contra el presidente de la Federación Rusa son continuas. Ni que decir tiene que los rusos las ignoran. Los rusos, un pueblo culto y endurecido, inteligente y viril, sabe muy bien de qué les ha librado su líder, al cual van a reelegir dentro de poco. Pero la mentira permanente sobre Putin busca ante todo fomentar un prejuicio en la opinión europea, para que crea que su degradada ratonera moral, apadrinada por los peores poderes del planeta, es un paraíso. Lo será para las grandes fortunas, para los miembros de la casta gobernante y su rastrero y entregado servicio doméstico, pero no para los millones de europeos apartados de ese festín, para los que sólo hay empleos cada vez más precarios y sueldos cada vez más miserables gracias a la competencia a la baja de los «nuevos europeos» y a la apertura hacia nuevos mercados, eso que sus beneficiarios llaman mundialización.
¿Qué pasaría si cundiera el ejemplo ruso? En principio es difícil que eso suceda en Europa, dada la mentalidad individualista y la moral degenerada que impera, fruto venenoso del 68 que ahora es regla a seguir. Un continente que ha hecho de la corrupción moral un modo de vida y que pisotea con su legislación las instituciones básicas de la sociedad y el orden natural, difícilmente podrá regenerarse sino es a través de una muy dura penitencia. La inversión de los valores es tan irremediable, su perversión tan absoluta, que no se puede esperar un resurgir moral, material y político sin un profundo cambio en la forma en que los occidentales ven el mundo. Pero la Historia tiene sus imprevistos. Y más vale prevenir. Por eso, para conjurar el contagio, hay que desacreditar a Putin y lo que representa. Putin desestabiliza, es un mal ejemplo, un modelo peligroso, una tentación que hay que evitar.
De ahí la persistente campaña de insidias, mentiras y calumnias, un torrente de baba y odio contra el hombre que ha derrotado en Siria y antes en Chechenia a un enemigo que la casta política de la UE y sus peones locales nos están metiendo en casa. Es peligroso que descubramos que la Patria, el Estado, la Soberanía Nacional, la Familia, la Tradición y la Espiritualidad existen y que son fuerzas sociales constructivas, que no hay en realidad nada constructivo fuera de ellas. Eso es lo que ha descubierto Rusia tras setenta años de conmociones y desgarros, pero nuestro Sistema necesita átomos disgregados al máximo para poder sobrevivir en el caos que necesariamente producen sus rapiñas.
Rusia es justo todo lo contrario de lo que es Occidente: su resignada caída, su sometimiento a la tiranía, su autosatisfecha degeneración, su adoración de la inferioridad, su culto de la muerte. Por eso la atacan y por eso la defendemos.
¡Spasiba Vladimir Vladimirovich Putin, spasiba bolshoi!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
