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El Barcelona remata a Lopetegui

Redacción

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El Barcelona le hizo un favor al Madrid aplastándolo. Sin Messi, liquidó cualquier atisbo de duda sobre el entrenador. El Madrid salió del Camp Nou vapuleado y devuelto a otras épocas. Dio una sensación de absoluta debilidad general, de desorientación táctica y de sonoro fracaso personal en algunos jugadores.

El inicio del partido estuvo presidido por una infamante pancarta política que le hablaba al mundo de España como «dictadura». De dictadura algo sabe el Barcelona, que bien condecoró a Franco. El Barcelona, por tanto, fue fiel a la ilegalidad y a la pelota y sustituyó a Messi por «estilo». Hasta seis centrocampistas en el campo. En el Madrid, Lopetegui volvía a hacer la de Vinicius, dejándolo en la grada y apostaba por el mismo insuficiente 4-3-3 que creíamos abandonado ante el Viktoria.

El desastre que fue el Madridse explica con dos pinceladas. El Barcelona salió a presionar fieramente y a tener la pelota y la respuesta del Madrid, lo único que parecía responder a un plan, eran balones largos a Benzema. Envíos directísimos de Courtois, de Ramos y hasta de Bale en una carrera. ¿Es Benzema el jugador más rápido para salir a la contra desde el mediocampo? No. Asensio es mejor para eso y también lo es Bale. Asensio estaba en el banquillo, ¿y qué hacía Bale? Echado en la banda perseguía a Alba. En la jugada anterior al gol Bale estaba pendiente del lateral, por detrás de Modric. Que Bale, el potencial peligro del Madrid, el que debía revelar la lentitud de Piqué, estuviera pendiente de Alba, y no al contrario, hablaba a gritos de la situación del Madrid.

Siendo así, estando el Madrid boca abajo pendiente del rival, como un equipo pequeño y además de pequeño bobo, fue precisamente por Alba por donde se abrió el partido. Era el único rápido, el único desequilibrante en un equipo plagado de futbolistas para el control. Es decir, era cualquier cosa menos una sorpresa. Pero fue por donde Alba por donde empezó a morir el Madrid: balón a su espacio, Coutinho se llevó la atención de Nacho al anterior y Alba esprinta en el extremo y cede a Coutinho en algo parecido a una pared conceptual.

Contra lo que podía pensarse, la banda derecha del Madrid siguió siendo un coladero, como ya había sido en el partido contra el Viktoria. El Barcelona se quedó con la pelota con un dominio abusivo y el Madrid quedó agazapado, traumatizado por la presión, incapaz de dar tres pases.

Courtois hizo un paradón a Arthur en el 19. La mezcla de El desorden del Madrid puede analizarse siguiendo a Bale. Durante la primera parte empezó en ese puesto impreciso en la derecha y acabó en la izquierda pasando por el centro. Isco se desesperó y en una especie de indisciplinado martirio fue errante allá donde pudiera estar la pelota.

Modric no se vio, y el «Lukita, Lukita» debería ser recogido por los estatutos del Madrid como un delito de leso madridismo. La mezcla de presión más Suárez más la indefinición de Loptegui (ese estupor) convirtió al Madrid en un siniestro total, mientras las diagonales de Rafinha, como automatismos de Messi sin Messi, recordaban a todos que encima faltaba el 10.

El desastre defensivo del Madrid había de culminarse con la acción del penalti. Varane se dejó ganar el espacio por Suárez, que se «ganó» un penalti por listo. Con el Camp Nou presionando era imposible que no se activara el VAR. El penalti lo marcó Suárez y casi se oyó caer la cabeza de Lopetegui rodando por el césped.

El Madrid quedó lejos de todo. Lejos de la portería el rival, lejos de la Liga. Lejos de sí mismo. Esos once jugadores (sin Keylor, sin Cristiano, pero ellos) llevaban cuatro partidos sin perder en Barcelona. Hasta el descanso, el partido entró en unos minutos un poco más broncos y desordenados. Alba, sin embargo, seguía correteando con peligro por una banda abierta como una herida.

Cambio de sistema

Moribundo y todo, Lopetegui corrigió eso. Se fue Varane con molestias y aun justo de centrales, apañó un 3-5-2 con Casemiro de último hombre. El Madrid tuvo quince minutos excepcionales. Puede que fueran el último estertor del muerto. La última bocanada de vida. El espíritu diciendo aquí estoy yo.

Kroos controló la salida de pelota, por fin, y el Madrid recuperó la posesión, el juego, el sitio. El Barcelona se vio sorprendido. Lucas, nuevo dueño de la banda, le puso a Marcelo el balón del 2-1 y a partir de ahí, con un Isco protagonista, el Madrid tuvo oportunidades para empatar. Un cabezazo de Bale, un palo de Modric… una sensación de inconcreto asedio. Isco y Benzema rozaba el gol, siempre al filo del último balón definitivo que no terminaba de llegar. En esos minutos, del 45 al 60, se vio lo que fue este Madrid de Lopetegui, que ni aun reaccionando tuvo la suerte, el acierto o el don de la oportunidad. En esos minutos aparecieron todos menos Bale.

En el 60 el Barcelona comenzó a rehacerse. Apareció ya Alba y Suárez, que había sido neutralizado por Casemiro, recuperó el cetro del partido con un palo. Todo el gol que no tuvo el Madrid lo tenía él y en el 75 remató genialmente un centro de Sergi Roberto. Lopetegui, con 3-1, tuvo la humorada de sacar a Asensio.

Ya era tarde para todo. Valverde sacó a Dembelé que se aprovecharía de un Madrid aun más roto por la lesión de Marcelo.

Suárez redondeó su espectáculo pisando a Nacho con alevosía y una precisión cirujana. El árbitro, asustado, le sacó solo amarilla. Del VAR no se tuvo noticia. Es difícil que el Barcelona pierda en España por algo que depende de la unión de lo arbitral y lo audiovisual.

El Madrid estaba despanzurrado y Ramos se equivocó con su habitual garbo, que es el mismo en lo bueno y en lo trágico. Suárez completó el hat-trick.

Y la goleada se redondeó por donde empezó, por la banda izquierda del Barça. Dembelé, solísimo, rompió a Nacho y centró para que Vidal marcara el quinto, como un héroe del más recalcitrante antimadridismo. Merecida euforia local. Hacían la mítica manita que devolvía al Madrid a lo peor de los años 90.

Todo eso sin Messi, que lo miraba divertido. Daba casi miedo pensar en la carnicería que hubiera sido el Clásico con él en el campo.

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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy

Redacción

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zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.

La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.

Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.

También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.

Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.

En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.

La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).

Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.

Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.

 

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