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Internacional

El Papa Negro ha hablado: Desaparecerán las naciones, y nacerá un Gobierno Mundial Todopoderoso «Para estabilizar el sistema financiero»

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Tal y cual y sin cortarse, por decirlo castizo. 

Si de verdad hay alguien que al enterarse de semejante tropelía y atropello masivo permanezca pasivo, con esa expresión facial que tan española se ha vuelto, que nos define política y moralmente, y que se resume en una imagen visual «Como vaca lechera mirando pasar el tren», es como para mandarlo directamente al desolladero.

No ya es porque el Papa -Monarca absolutista él, como debe de ser- no deba entrometerse en las labores políticas de los ciudadanos, sino porque lo que propone es de tal magnitud que solo sirve para que la Iglesia se busque enemigos y quede debilitada. Pero en fin. Suponemos que este Papa Negro es lo que busca. 

El Vaticano dice que si no nace un “gobierno mundial” con capacidad para afrontar la especulación a gran escala, “se generará progresivamente un clima de creciente hostilidad e incluso de violencia hasta minar las bases de las instituciones democráticas”.La propuesta incluye una Banca Central Mundial, impuestos sobre transacciones financieras proporcionales a la sofisticación del producto financiero, un Fondo mundial de recapitalización bancaria, y reglas distintas para banca comercial y de inversiones.

SIGUE MÁS ABAJO EL TEXTO COMPLETO DEL DOCUMENTO:

 

 

POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PROSPECTIVA DE

UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL

 

 

Prólogo

«La presente situación del mundo exige una acción de conjunto que tenga como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la polí­tica de los Estados, “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guí­a del Espí­ritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido».

Con estas palabras Pablo VI, en la profética y siempre actual Encí­clica Populorum progressio de 1967, trazaba de manera lí­mpida «las trayectorias» de la í­ntima relación de la Iglesia con el mundo: trayectorias que se cruzan en el valor profundo de la dignidad del ser humano y en la búsqueda del bien común, y que además hacen a los pueblos responsables y libres de actuar según sus más altas aspiraciones.

La crisis económica y financiera que está atravesando el mundo convoca a todos, personas y pueblos, a un profundo discernimiento sobre los principios y de los valores culturales y morales que son fundamentales para la convivencia social. Pero no sólo eso. La crisis compromete a los agentes privados y a las autoridades públicas competentes a nivel nacional, regional e internacional a una seria reflexión sobre las causas y sobre las soluciones de naturaleza polí­tica, económica y técnica.

En esta prospectiva, la crisis, enseña Benedicto XVI, «nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada, más que resignada».

Los lí­deres mismos del G20, en el Statement adoptado en Pittsburgh en el año 2009, han afirmado como «The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility».

Recogiendo el llamamiento del Santo Padre y, al mismo tiempo, haciendo propias las preocupaciones de los pueblos – sobre todo de aquellos que en mayor medida sufren los efectos de la situación actual – el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, en el respeto de las competencias de las autoridades civiles y polí­ticas, desea proponer y compartir la propia reflexión “Por a una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal”.

Esta reflexión desea ser una contribución a los responsables de la tierra y a todos los hombres de buena voluntad; un gesto de responsabilidad, no sólo respecto de las generaciones actuales, sino sobre todo hacia aquellas futuras, a fin de que no se pierda jamás la esperanza de un futuro mejor y la confianza en la dignidad y en la capacidad de bien de la persona humana.

Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partí­cipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así­] a la voluntad de Dios».

1. Desarrollo económico y desigualdades

La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las polí­ticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones polí­ticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economí­a mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.

En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un lí­mite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.

Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo, hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un lí­mite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las economí­as nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habí­an otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economí­a.

A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los tí­tulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.

Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Paí­ses en ví­as de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.

La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.

Mientras las crisis en los Paí­ses en ví­as de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los paí­ses más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008, se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economí­a y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remiten todaví­a la gran mayorí­a de los intercambios internacionales.

Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.

Las consecuencias sobre la denominada «economí­a real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Paí­ses desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en ví­as de desarrollo, es inmenso.

En Paí­ses y áreas donde se carece todaví­a de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.

El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.

Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Paí­ses y entre ellos. Mientras que algunos Paí­ses y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Paí­ses han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economí­a, e incluso han empeorado en su situación.

Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encí­clica Populorum progressio. El Pontí­fice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».

A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocí­a, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.

Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economí­a mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.

¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?

Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideologí­a, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teorí­a las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideologí­a económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Paí­ses que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.

Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.

A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideologí­a del liberalismo económico, la ideologí­a utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legí­timo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espí­ritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.

En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habí­an puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorí­as, que hoy se han transformado en ideologí­as y praxis dominantes a nivel internacional.

Un efecto devastante de estas ideologí­as, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.

Benedicto XVI, en su encí­clica social, ha individuado de manera precisa la raí­z de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economí­a, en efecto – observa el Pontí­fice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así­ como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y polí­ticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideologí­a, la «ideologí­a de la tecnocracia».

2. El rol de la técnica y el desafí­o ético

El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economí­a y, en primer lugar, a las finanzas.

Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideologí­a neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparí­an a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encí­clica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideologí­a de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales ví­ctimas de la crisis.

También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoí­smo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Paí­ses en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, polí­tico y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.

Por el reconocimiento de la primací­a del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economí­a, los pueblos de la tierra deberí­an asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoí­smo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberí­an, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».

Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II habí­a puesto en guardia contra el peligro de «una idolatrí­a del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancí­as». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintoní­a con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.

3. El gobierno de la globalización

En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encí­clica Pacem in terris del 1963, él advertí­a ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, habí­a disminuido la correspondencia entre la organización polí­tica a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un dí­a, una «Autoridad pública mundial».

Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economí­a real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en dí­a, aún más vital y digna de urgente concretización.

El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad polí­tica mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economí­a y en las polí­ticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.

Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correrí­a el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».

La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoí­smo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economí­a real», en especial de los Paí­ses más débiles.

Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurí­dico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que deberí­a ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Deberí­a surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así­ como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recí­proca, la autonomí­a y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Paí­ses que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial deberí­a, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.

La constitución de una Autoridad polí­tica mundial deberí­a estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guí­a eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada Paí­s exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Paí­ses más desarrollados sobre los Paí­ses más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.

Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Paí­ses, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitarí­a la eficacia de la correspondiente Autoridad.

Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Paí­ses miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, polí­ticas y jurí­dicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por polí­ticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.

En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así­, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantí­a tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.

Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrí­nsecamente inadecuados o no logran hacer por sí­ mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.

«El gobierno de la globalización» – se lee en la Caritas in veritate – «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recí­procamente». Sólo así­ se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correrí­a el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podrí­a fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.

Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearí­a que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas deberí­a ser una mayor capacidad de adopción de polí­ticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las polí­ticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: polí­ticas financieras y monetarias que no dañen los Paí­ses más débiles; polí­ticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.

En el proceso de la constitución de una Autoridad polí­tica mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad polí­tica mundial. La constitución de una Autoridad polí­tica mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión polí­tica a interdependencias y cooperaciones preexistentes.

4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos

En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economí­a y de las finanzas internacionales.

¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?

Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.

El segundo factor es la necesidad de un corpus mí­nimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economí­a real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.

En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.

Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la polí­tica económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Paí­ses más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así­, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Paí­ses menos desarrollados o emergentes.

La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Paí­ses ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así­ del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economí­a y las finanzas globales, la responsabilidad de Paí­ses con una población más elevada, en ví­as de desarrollo y emergentes.

En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.

Los lí­deres mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economí­a global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las polí­ticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».

Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo ví­as creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.

Una atención especí­fica deberí­a reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implí­cita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Paí­ses emergentes y en ví­as de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.

En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podrí­a realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requerirí­a, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel polí­tico, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.

Estas medidas se deberí­an ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy dí­a serí­a en vano tratar de prever.

En dicho proceso, es necesario recuperar la primací­a de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primací­a de la polí­tica – responsable del bien común – sobre la economí­a y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.

En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,

a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alí­cuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición serí­a muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podrí­a contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Paí­ses afectados por la crisis, así­ como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;

b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economí­a real»;

c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitirí­a una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de lí­mites.

Un sano realismo requerirí­a el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.

El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.

Conclusiones

En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.

Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, polí­tico, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarí­o entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.

Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.

Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberaní­a al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y polí­ticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.

Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí­. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tí­midamente ya se está en curso, asegurarí­a a los ciudadanos de todos los Paí­ses – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así­ como dentro de cada Estado […] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así­ también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».

Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí­ solos.

Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westphaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberaní­as para el bien común de los pueblos.

Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economí­a, y el progreso de la tecnologí­a trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.

La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.

En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espí­ritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».

En un mundo en ví­as de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.

La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehí­culo de egoí­smo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoí­smos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrí­nseca dignidad trascendente y su fraternidad.

El espí­ritu de Babel es la antí­tesis del Espí­ritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espí­ritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común».

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España

Refugio español para un estafador: cómo un defraudador ucraniano evita la prisión mientras su empresa Mayon continúa con sus actividades delictivas

Redacción

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En España se encuentra actualmente a la espera de extradición Boris Konovalenko, ciudadano de origen ucraniano y propietario de la infraestructura internacional de fraude Mayon, a través de la cual, según la documentación presentada en procedimientos judiciales estadounidenses, más de mil inversores fueron despojados de decenas de millones de dólares. Ya en 2021, los tribunales federales y los organismos reguladores de Estados Unidos determinaron la magnitud del esquema: más de 1.100 víctimas, indemnizaciones y sanciones por valor de cientos de millones de dólares, así como prohibiciones de por vida para operar en los mercados financieros estadounidenses. Sin embargo, en lugar de responder ante la justicia, Konovalenko continúa ocultándose en España, mientras la infraestructura fraudulenta vinculada a él mantiene activos varios sitios web y sigue proyectando la apariencia de un negocio legítimo. No obstante, la investigación ha sacado a la luz un aspecto aún más preocupante: durante años, el entramado financiero creado por Konovalenko habría servido como una auténtica «lavandería» para canalizar y blanquear capitales procedentes de operadores rusos de casinos online sujetos a sanciones y vinculados a la economía sumergida. Hoy, con las cuentas de Mayon bloqueadas y con Interpol y el Departamento de Justicia de Estados Unidos acercándose a la fase final de desmantelamiento de la red, Konovalenko estaría intentando vender los restos de este negocio. Sin embargo, cualquier intento de adquirir esta marca altamente tóxica convertiría a un potencial inversor no en un comprador legítimo, sino en un participante consciente de una estructura criminal internacional ya identificada por las autoridades.

La gigantesca pirámide internacional de criptomonedas y Forex RoFx, que dejó a miles de inversores perjudicados en todo el mundo, está entrando en una nueva fase crítica para sus organizadores. Mientras los tribunales federales de Estados Unidos ya han emitido sentencias definitivas y el volumen total de multas e indemnizaciones supera los 250 millones de dólares, los principales beneficiarios del esquema parecen estar intentando ejecutar un último movimiento: monetizar o transferir los elementos de infraestructura que aún han logrado conservar.

En el centro de este proceso se encuentra el grupo de empresas Mayon y su presunto operador en la sombra, el ciudadano ucraniano Boris Konovalenko. Desde Europa, Konovalenko busca contrarreloj compradores para las estructuras de Mayon, con la esperanza de obtener beneficios antes de que la justicia estadounidense termine alcanzándolo. Sin embargo, para cualquier potencial comprador, esta operación difícilmente puede considerarse una inversión. Más bien, supondría la adquisición de un activo cargado de riesgos jurídicos, regulatorios y reputacionales, cuyas consecuencias podrían manifestarse mucho después de cerrada la transacción.

Cómo Mayon construyó un laberinto financiero

Oficialmente, el grupo Mayon, con estructuras registradas en Hong Kong, Estados Unidos y el Reino Unido, se presentaba como un respetable proveedor de servicios corporativos y financieros. Sin embargo, según la documentación del Tribunal Federal del Distrito Sur de Florida, esta red habría sido creada como una infraestructura especializada para el blanqueo de capitales (Money Laundering Enterprise). Del análisis de los documentos judiciales se desprende que Boris Konovalenko actuaba como el principal nexo de unión entre las distintas entidades de Mayon, que desempeñaban tanto funciones de empresas pantalla como de instrumentos para la adquisición de nuevas personas jurídicas al servicio del esquema fraudulento.

El esquema RoFx.net, lanzado en 2018, captaba fondos de los clientes prometiendo beneficios ilimitados mediante operaciones en el mercado Forex gestionadas por una supuesta «inteligencia artificial automatizada», además de garantizar una cobertura del 100 % frente a cualquier pérdida. En realidad, no existía ninguna actividad de trading genuina. Más de 57 millones de dólares —y hasta 75 millones según la demanda colectiva presentada en Estados Unidos— habrían terminado en manos de los organizadores del esquema.

El elemento central de este «laberinto financiero» era precisamente el grupo Mayon. El equipo de Konovalenko estructuró el esquema de tal manera que los inversores afectados no enviaban su dinero directamente a los creadores de la plataforma, sino a cuentas bancarias pertenecientes a empresas pantalla registradas en Estados Unidos (Front Companies): Notus, LLC; ShopoStar, LLC (Colorado); Easy Com, LLC (Nuevo Hampshire); Global E-Advantages, LLC / Kickmagic LLC (Delaware/Nueva York); y Grovee, LLC (Delaware)

Desde allí, los fondos eran transferidos de forma inmediata a través de cuentas de tránsito controladas por Mayon y dispersados entre jurisdicciones offshore y plataformas de intercambio de criptomonedas. Actuando como propietario, director o gerente de distintas entidades de Mayon entre agosto de 2019 y 2023, Konovalenko ejercía personalmente la gestión operativa de estas Front Companies en nombre de RoFx.

Konovalenko figuraba como titular autorizado o cotitular de cuentas bancarias en Estados Unidos que recibieron más de 23 millones de dólares procedentes de clientes. En concreto, a través de cuentas abiertas en Bank of America se canalizaron aproximadamente 9,3 millones de dólares hacia la cuenta de Notus, 13,5 millones de dólares hacia dos cuentas de ShopoStar y otros 550.000 dólares hacia dos cuentas de Kickmagic. Además, según la documentación del caso, fue el propio Konovalenko quien dio instrucciones directas para liquidar la empresa pantalla Notus con el fin de eliminar por completo y ocultar el historial de transacciones asociado a la misma. La Financial Conduct Authority (FCA) del Reino Unido lanzó las primeras alertas ya en 2019, emitiendo una advertencia oficial sobre las actividades ilícitas de RoFx. Sin embargo, la maquinaria financiera vinculada a Mayon continuó operando hasta el colapso repentino de la plataforma en septiembre de 2021.

De pequeño empresario en Mariúpol a fugitivo internacional: la historia de Boris Konovalenko

La figura central sobre la que recaía la gestión operativa de esta red transnacional de fraude era el ciudadano ucraniano Boris Konovalenko. Fue él quien impulsó y coordinó el registro de empresas pantalla, abrió cuentas bancarias y supervisó la recepción de pagos procedentes de los clientes afectados por el esquema.

En Ucrania, su trayectoria personal parecía, en principio, poco llamativa. Hasta 2012, Konovalenko desarrolló actividades empresariales en Mariúpol, ciudad que actualmente se encuentra bajo ocupación rusa, y desde 2006 fue copropietario, junto con su entonces esposa, de una pequeña empresa en Donetsk. Asimismo, su exesposa —de quien se divorció en 2021— mantiene procedimientos judiciales para reclamar el pago de pensiones alimenticias.

Durante ese mismo periodo, Konovalenko también figuró como fundador de una organización sin ánimo de lucro. Entre los demás cofundadores se encontraban el padre de su exesposa y los cónyuges Nedin. Posteriormente, Eduard Nedin se convertiría en el primer director y propietario de la sociedad británica Mayon Solutions Ltd. (Mayon UK), cargo que ocupó entre 2016 y 2019.

Al mismo tiempo, varios bancos ucranianos iniciaron procedimientos de ejecución a través de los servicios estatales competentes para recuperar préstamos vencidos y otras deudas impagadas de Konovalenko.

Con el fin de proteger los activos que aún conservaba frente a una posible confiscación dentro de Ucrania, Konovalenko habría eliminado apresuradamente su presencia en los registros públicos. En la actualidad, no figura a su nombre en Ucrania ningún inmueble ni otros activos de relevancia.

Inmediatamente después del abrupto cese de operaciones de la plataforma RoFx en septiembre de 2021, y ante la perspectiva de una inevitable persecución penal, Konovalenko abandonó apresuradamente el país y pasó a operar de forma clandestina en Europa. Al mismo tiempo, las investigaciones no han identificado nuevas sociedades mercantiles vinculadas jurídica o indirectamente a Konovalenko en las jurisdicciones analizadas. Tampoco se han detectado empresas activas registradas a nombre de personas que hubieran mantenido previamente una relación directa con él.

El veredicto de Estados Unidos y la trampa española

Mientras Konovalenko permanecía oculto, el proceso judicial contra su infraestructura en Estados Unidos llegó a su conclusión. Dado que los organizadores optaron por darse a la fuga y no comparecieron ante la justicia, el Tribunal Federal del Distrito Sur de Florida dictó severas sentencias en rebeldía (Default Judgments).

Las empresas del grupo Mayon —Mayon Holding Ltd. (Hong Kong), Mayon Solutions LLC (Estados Unidos) y Mayon Solutions Ltd. (Reino Unido)—, junto con sus beneficiarios finales, fueron declaradas responsables en virtud de la legislación federal estadounidense RICO (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act), una de las normas más severas utilizadas para perseguir actividades de crimen organizado, conspiración y estructuras delictivas complejas.

El veredicto oficial de la Commodity Futures Trading Commission (CFTC) de Estados Unidos estableció sanciones sin precedentes. Entre ellas figura una condena solidaria al pago de 56 millones de dólares en concepto de restitución directa a los inversores perjudicados, en un caso que involucra a más de 1.100 víctimas. Además, se impuso una sanción civil superior a los 169 millones de dólares, lo que eleva el volumen total de las reclamaciones financieras de las autoridades estadounidenses a más de 225 millones de dólares. Como consecuencia adicional, los responsables quedaron sujetos a una prohibición permanente para participar en cualquier actividad de negociación, intermediación o registro relacionada con los mercados financieros de Estados Unidos.

La investigación determinó que la sociedad matriz Mayon Holding, con sede en Hong Kong, actuaba como principal coordinadora de la estructura, ejerciendo un control efectivo sobre sus filiales en el Reino Unido y Estados Unidos. Según los documentos del caso, la división británica Mayon UK, a través de Boris Konovalenko y de su directora Olga Tielly, proporcionaba directamente a RoFx empresas pantalla y facilitaba la apertura de cuentas utilizadas para el movimiento y presunto blanqueo de fondos.

Asimismo, según la documentación judicial estadounidense, la red internacional de colaboradores vinculada a Konovalenko y al grupo Mayon incluía a Marina Garda, accionista de Mayon Holding con residencia en Hungría, quien habría participado en la puesta en marcha de diversas Front Companies, y a Olga Tielly, antigua propietaria de Mayon UK, señalada en los expedientes judiciales por haber suscrito acuerdos relacionados con la operativa de RoFx. Los flujos financieros que transitaban por las cuentas de las sociedades pantalla Notus y Global E-Advantages eran gestionados desde el Reino Unido por la responsable Olga Abrykosova. Por su parte, la ciudadana canadiense Alla Skala habría utilizado fondos canalizados a través de estas estructuras para realizar pagos y distribuciones económicas vinculadas a la red investigada. Según los documentos del caso, con el objetivo de eliminar posibles pruebas, Anna Shymko, miembro gestor de Notus en Estados Unidos, procedió personalmente a la disolución de la compañía en septiembre de 2021. Posteriormente, en septiembre de 2025, la ciudadana maltesa Vitalia Borg fue designada con rapidez como directora nominal de la sociedad británica Mayon Solutions Ltd.

Para comprender la verdadera dimensión de las actividades del grupo, es importante diferenciar entre el agresivo marketing corporativo de Mayon y su presencia jurídica real. En la mayoría de los países donde la compañía afirmaba operar, no existían oficinas físicas ni entidades legales registradas bajo su nombre. En la práctica, la firma actuaba como intermediaria en la creación y gestión de estructuras corporativas, utilizando una imagen de consultoría empresarial como cobertura para sus actividades. El sitio web mayon.solutions promocionaba activamente servicios de constitución de sociedades y obtención de licencias, asegurando haber completado supuestamente más de 1.000 registros corporativos exitosos y la apertura de más de 2.000 cuentas bancarias en distintas jurisdicciones.

Hoy, Boris Konovalenko permanece en territorio español con la esperanza de que la jurisdicción europea le proteja de una eventual condena en Estados Unidos, mientras intenta desesperadamente monetizar los restos de la marca Mayon.тSin embargo, lo que parecía una vía de escape se está convirtiendo en una trampa. El escenario español, lejos de ofrecerle un refugio seguro, amenaza con transformarse en el punto de partida de su entrega definitiva a la justicia estadounidense.

Su historial ya incluye un episodio de detención y encarcelamiento en España relacionado con el caso estadounidense. Sin embargo, en aquella ocasión logró recuperar la libertad, aunque solo de manera temporal. España no es un refugio seguro, sino un miembro plenamente integrado en los mecanismos de cooperación internacional de Interpol y una jurisdicción que mantiene una política de tolerancia cero frente al fraude transnacional. El proceso judicial español avanza progresivamente hacia una posible extradición internacional solicitada por las autoridades estadounidenses. Si finalmente Madrid accede a la petición presentada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, las consecuencias podrían extenderse de forma inmediata a las estructuras vinculadas a Mayon en distintas jurisdicciones, comprometiendo seriamente la continuidad de la compañía y acelerando la desaparición de los activos que aún permanecen operativos.

Mayon como presunta plataforma de blanqueo para casinos online ilegales vinculados a Rusia

Durante la investigación salió a la luz otro aspecto especialmente relevante de las actividades de Mayon, que refuerza aún más el nivel de riesgo regulatorio asociado a esta estructura. Los hallazgos sugieren que la pirámide RoFx estaba lejos de ser el único cliente que utilizaba esta red internacional. Según los elementos analizados, Mayon habría prestado servicios a diversos actores a través de una compleja infraestructura transnacional, ampliando significativamente el alcance de las actividades investigadas y atrayendo una atención cada vez mayor por parte de reguladores y organismos de control internacionales.

Mención aparte merece la profunda conexión con Rusia que aparece en el caso Mayon y que, según la investigación, habría sido ocultada mediante estructuras corporativas y financieras especialmente complejas. El análisis de las transacciones y de la documentación jurídica apunta a que Konovalenko desarrolló una amplia cooperación con operadores vinculados a la Federación Rusa, convirtiendo su red en un centro de pagos para negocios opacos y entidades sujetas a sanciones. Un papel clave dentro de esta estructura habría sido desempeñado por el controvertido intermediario de pagos «británico» ePayments Systems Ltd. Esta plataforma, controlada por empresarios de origen ruso, operaba en lengua rusa, realizaba procesos de compensación a través de Rietumu Banka, en Letonia, y estaba gestionada por los ciudadanos británicos de origen ruso Andrei Fetin y Mikhail Rymanov. En febrero de 2020, la Financial Conduct Authority (FCA) del Reino Unido suspendió de forma urgente las operaciones de ePayments al detectar graves deficiencias en sus controles de prevención de blanqueo de capitales (AML) y posibles riesgos relacionados con el lavado de dinero. Según los materiales analizados, tanto en la estructura de RoFx como en la red Mayon, ePayments desempeñó un papel esencial como canal intermediario para la transferencia y posterior legitimación de importantes flujos de capital procedentes de Rusia, eludiendo controles y restricciones internacionales. Una de las evidencias que apuntan a esta integración con los circuitos financieros rusos es la figura de Olga Abrykosova, considerada una de las colaboradoras más cercanas de Konovalenko. Antigua ciudadana rusa que posteriormente obtuvo la nacionalidad británica, Abrykosova ejercía funciones de responsable financiera dentro de varias de las empresas pantalla vinculadas a Mayon. De acuerdo con la documentación del caso, era ella quien, siguiendo instrucciones de Konovalenko, gestionaba manualmente los movimientos de fondos a través de distintas sociedades instrumentales, conectando la estructura financiera de Mayon con beneficiarios radicados en el entorno empresarial ruso.

Por qué la compra de activos de Mayon podría convertir a un inversor en cómplice

A pesar de la contundente derrota sufrida en los tribunales estadounidenses, los sitios web mayon.solutions y mayon.hk continúan activos, las licencias financieras de Hong Kong siguen formalmente vigentes y la página de Facebook de la compañía mantiene actividad regular, proyectando la imagen de un negocio legítimo. Según la investigación, este aparente funcionamiento normal responde a un único objetivo: Boris Konovalenko estaría intentando vender discretamente el grupo Mayon, transferir sus licencias o reintroducir la estructura en el mercado bajo la apariencia de una empresa de consultoría completamente legítima.

Sin embargo, cualquier potencial comprador debe ser consciente de una cuestión fundamental: tras la divulgación pública de los hechos y antecedentes relacionados con Mayon, cualquier parte que decida participar en una operación de adquisición difícilmente podrá ampararse en la condición de «inversor de buena fe» o alegar desconocimiento de los riesgos asociados a la compañía.

En la actualidad, las principales estructuras de Mayon en el Reino Unido y Estados Unidos se encuentran oficialmente bajo medidas judiciales de intervención y embargo. La situación de la sociedad matriz en Hong Kong sigue siendo incierta; sin embargo, el uso de todas sus cuentas bancarias permanece completamente bloqueado. Además, la orden judicial de búsqueda y detención emitida contra Boris Konovalenko continúa vigente y mantiene plena validez legal. Esta situación ha limitado de forma significativa su capacidad para desarrollar actividades empresariales de manera legal, constituir nuevas sociedades o abrir cuentas bancarias en aquellas jurisdicciones sujetas a acuerdos internacionales de cooperación y extradición.

Toda la información relevante sobre el caso se encuentra ya en el dominio público. Quien decida adquirir esta marca altamente tóxica o sus licencias en Hong Kong estará asumiendo conscientemente los riesgos asociados a una estructura señalada por presuntos vínculos con esquemas de fraude y blanqueo de capitales relacionados con operadores rusos de juego online, así como el previsible interés de las autoridades encargadas de su investigación. Desde la perspectiva de los reguladores estadounidenses, el FBI y numerosas entidades financieras europeas, una operación de este tipo podría ser interpretada como un intento de mantener activa una estructura ya sometida a un intenso escrutinio regulatorio y judicial. En consecuencia, bancos, proveedores de servicios de pago y socios comerciales que mantengan relaciones con activos vinculados a Mayon podrían verse expuestos a controles reforzados, restricciones financieras, investigaciones regulatorias e importantes riesgos de cumplimiento normativo. Todo indica además que Boris Konovalenko difícilmente podrá seguir contando con una vida discreta y tranquila en España. Las investigaciones en curso continúan avanzando y las autoridades implicadas parecen decididas a llevar el caso hasta sus últimas consecuencias. En caso de que prospere una eventual extradición a Estados Unidos, Konovalenko podría enfrentarse a graves consecuencias judiciales, mientras que quienes adquieran activos relacionados con Mayon asumirían riesgos financieros y legales de enorme magnitud. Por otra parte, la infraestructura asociada al grupo permanece bajo la atención simultánea de periodistas de investigación, organismos reguladores y fuerzas de seguridad de distintos países. Cualquier actuación futura podría extenderse de forma coordinada a varias jurisdicciones, incluidas el Reino Unido y Hong Kong. En ese escenario, no solo se verían afectados Konovalenko y sus socios comerciales, sino también el conjunto de estructuras corporativas vinculadas a Mayon.

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