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Internacional

El Papa Negro ha hablado: Desaparecerán las naciones, y nacerá un Gobierno Mundial Todopoderoso “Para estabilizar el sistema financiero”

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Tal y cual y sin cortarse, por decirlo castizo. 

Si de verdad hay alguien que al enterarse de semejante tropelía y atropello masivo permanezca pasivo, con esa expresión facial que tan española se ha vuelto, que nos define política y moralmente, y que se resume en una imagen visual “Como vaca lechera mirando pasar el tren”, es como para mandarlo directamente al desolladero.

No ya es porque el Papa -Monarca absolutista él, como debe de ser- no deba entrometerse en las labores políticas de los ciudadanos, sino porque lo que propone es de tal magnitud que solo sirve para que la Iglesia se busque enemigos y quede debilitada. Pero en fin. Suponemos que este Papa Negro es lo que busca. 

El Vaticano dice que si no nace un “gobierno mundial” con capacidad para afrontar la especulación a gran escala, “se generará progresivamente un clima de creciente hostilidad e incluso de violencia hasta minar las bases de las instituciones democráticas”.La propuesta incluye una Banca Central Mundial, impuestos sobre transacciones financieras proporcionales a la sofisticación del producto financiero, un Fondo mundial de recapitalización bancaria, y reglas distintas para banca comercial y de inversiones.

SIGUE MÁS ABAJO EL TEXTO COMPLETO DEL DOCUMENTO:

 

 

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POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PROSPECTIVA DE

UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL

 

 

Prólogo

«La presente situación del mundo exige una acción de conjunto que tenga como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la polí­tica de los Estados, “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guí­a del Espí­ritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido».

Con estas palabras Pablo VI, en la profética y siempre actual Encí­clica Populorum progressio de 1967, trazaba de manera lí­mpida «las trayectorias» de la í­ntima relación de la Iglesia con el mundo: trayectorias que se cruzan en el valor profundo de la dignidad del ser humano y en la búsqueda del bien común, y que además hacen a los pueblos responsables y libres de actuar según sus más altas aspiraciones.

La crisis económica y financiera que está atravesando el mundo convoca a todos, personas y pueblos, a un profundo discernimiento sobre los principios y de los valores culturales y morales que son fundamentales para la convivencia social. Pero no sólo eso. La crisis compromete a los agentes privados y a las autoridades públicas competentes a nivel nacional, regional e internacional a una seria reflexión sobre las causas y sobre las soluciones de naturaleza polí­tica, económica y técnica.

En esta prospectiva, la crisis, enseña Benedicto XVI, «nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada, más que resignada».

Los lí­deres mismos del G20, en el Statement adoptado en Pittsburgh en el año 2009, han afirmado como «The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility».

Recogiendo el llamamiento del Santo Padre y, al mismo tiempo, haciendo propias las preocupaciones de los pueblos – sobre todo de aquellos que en mayor medida sufren los efectos de la situación actual – el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, en el respeto de las competencias de las autoridades civiles y polí­ticas, desea proponer y compartir la propia reflexión “Por a una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal”.

Esta reflexión desea ser una contribución a los responsables de la tierra y a todos los hombres de buena voluntad; un gesto de responsabilidad, no sólo respecto de las generaciones actuales, sino sobre todo hacia aquellas futuras, a fin de que no se pierda jamás la esperanza de un futuro mejor y la confianza en la dignidad y en la capacidad de bien de la persona humana.

Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partí­cipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así­] a la voluntad de Dios».

1. Desarrollo económico y desigualdades

La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las polí­ticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones polí­ticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economí­a mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.

En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un lí­mite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.

Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo, hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un lí­mite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las economí­as nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habí­an otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economí­a.

A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los tí­tulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.

Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Paí­ses en ví­as de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.

La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.

Mientras las crisis en los Paí­ses en ví­as de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los paí­ses más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008, se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economí­a y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remiten todaví­a la gran mayorí­a de los intercambios internacionales.

Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.

Las consecuencias sobre la denominada «economí­a real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Paí­ses desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en ví­as de desarrollo, es inmenso.

En Paí­ses y áreas donde se carece todaví­a de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.

El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.

Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Paí­ses y entre ellos. Mientras que algunos Paí­ses y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Paí­ses han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economí­a, e incluso han empeorado en su situación.

Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encí­clica Populorum progressio. El Pontí­fice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».

A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocí­a, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.

Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economí­a mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.

¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?

Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideologí­a, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teorí­a las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideologí­a económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Paí­ses que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.

Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.

A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideologí­a del liberalismo económico, la ideologí­a utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legí­timo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espí­ritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.

En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habí­an puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorí­as, que hoy se han transformado en ideologí­as y praxis dominantes a nivel internacional.

Un efecto devastante de estas ideologí­as, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.

Benedicto XVI, en su encí­clica social, ha individuado de manera precisa la raí­z de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economí­a, en efecto – observa el Pontí­fice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así­ como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y polí­ticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideologí­a, la «ideologí­a de la tecnocracia».

2. El rol de la técnica y el desafí­o ético

El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economí­a y, en primer lugar, a las finanzas.

Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideologí­a neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparí­an a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encí­clica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideologí­a de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales ví­ctimas de la crisis.

También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoí­smo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Paí­ses en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, polí­tico y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.

Por el reconocimiento de la primací­a del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economí­a, los pueblos de la tierra deberí­an asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoí­smo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberí­an, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».

Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II habí­a puesto en guardia contra el peligro de «una idolatrí­a del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancí­as». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintoní­a con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.

3. El gobierno de la globalización

En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encí­clica Pacem in terris del 1963, él advertí­a ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, habí­a disminuido la correspondencia entre la organización polí­tica a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un dí­a, una «Autoridad pública mundial».

Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economí­a real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en dí­a, aún más vital y digna de urgente concretización.

El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad polí­tica mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economí­a y en las polí­ticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.

Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correrí­a el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».

La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoí­smo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economí­a real», en especial de los Paí­ses más débiles.

Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurí­dico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que deberí­a ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Deberí­a surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así­ como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recí­proca, la autonomí­a y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Paí­ses que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial deberí­a, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.

La constitución de una Autoridad polí­tica mundial deberí­a estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guí­a eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada Paí­s exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Paí­ses más desarrollados sobre los Paí­ses más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.

Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Paí­ses, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitarí­a la eficacia de la correspondiente Autoridad.

Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Paí­ses miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, polí­ticas y jurí­dicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por polí­ticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.

En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así­, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantí­a tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.

Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrí­nsecamente inadecuados o no logran hacer por sí­ mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.

«El gobierno de la globalización» – se lee en la Caritas in veritate – «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recí­procamente». Sólo así­ se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correrí­a el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podrí­a fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.

Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearí­a que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas deberí­a ser una mayor capacidad de adopción de polí­ticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las polí­ticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: polí­ticas financieras y monetarias que no dañen los Paí­ses más débiles; polí­ticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.

En el proceso de la constitución de una Autoridad polí­tica mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad polí­tica mundial. La constitución de una Autoridad polí­tica mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión polí­tica a interdependencias y cooperaciones preexistentes.

4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos

En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economí­a y de las finanzas internacionales.

¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?

Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.

El segundo factor es la necesidad de un corpus mí­nimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economí­a real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.

En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.

Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la polí­tica económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Paí­ses más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así­, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Paí­ses menos desarrollados o emergentes.

La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Paí­ses ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así­ del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economí­a y las finanzas globales, la responsabilidad de Paí­ses con una población más elevada, en ví­as de desarrollo y emergentes.

En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.

Los lí­deres mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economí­a global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las polí­ticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».

Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo ví­as creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.

Una atención especí­fica deberí­a reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implí­cita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Paí­ses emergentes y en ví­as de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.

En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podrí­a realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requerirí­a, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel polí­tico, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.

Estas medidas se deberí­an ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy dí­a serí­a en vano tratar de prever.

En dicho proceso, es necesario recuperar la primací­a de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primací­a de la polí­tica – responsable del bien común – sobre la economí­a y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.

En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,

a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alí­cuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición serí­a muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podrí­a contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Paí­ses afectados por la crisis, así­ como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;

b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economí­a real»;

c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitirí­a una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de lí­mites.

Un sano realismo requerirí­a el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.

El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.

Conclusiones

En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.

Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, polí­tico, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarí­o entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.

Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.

Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberaní­a al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y polí­ticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.

Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí­. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tí­midamente ya se está en curso, asegurarí­a a los ciudadanos de todos los Paí­ses – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así­ como dentro de cada Estado […] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así­ también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».

Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí­ solos.

Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westphaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberaní­as para el bien común de los pueblos.

Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economí­a, y el progreso de la tecnologí­a trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.

La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.

En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espí­ritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».

En un mundo en ví­as de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.

La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehí­culo de egoí­smo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoí­smos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrí­nseca dignidad trascendente y su fraternidad.

El espí­ritu de Babel es la antí­tesis del Espí­ritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espí­ritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común».


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Internacional

¡VIVA LA IZQUIERDA! Bebés a cambio de comida, el dantesco capítulo del hambre en Venezuela

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Una banda delictiva ofrecía 800 dólares a embarazadas venezolanas de bajos recursos, luego eran llevadas a clínicas colombianas para dar a luz y los bebés los enviaban a Europa.

En Venezuela hay hambre.

Las neveras vacías y la nula calidad de vida están llevando a las madres venezolanas a entregar a sus propios hijos a cambio de dinero para poder comer.

La situación que atraviesa el país es preocupante. Para 2019 estaba entre las 10 peores crisis alimentarias en todo el mundo. Cerca de 9,3 millones de venezolanos requirieron asistencia alimentaria de emergencia, es decir, 32 % de la población total, según la Red Global contra las Crisis Alimentarias del Programa Mundial de Alimentos.

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La realidad respalda esas cifras, los sectores más vulnerables se enfrentan a una dolarización de facto que convierte a los alimentos en bienes de lujo. Ni siquiera el pírrico aumento del salario mínimo a 3,40 dólares ordenado por Maduro permite acceder a la canasta alimentaria, valorada en casi 230 dólares. Para la cúpula chavista el tema no tiene importancia siempre y cuando ellos tengan sus propios privilegios.

Las personas de bajos recursos son las más perjudicadas y justo allí es donde las bandas delictivas ven la oportunidad. Recientemente uno de estos grupos delictivos fue desarticulado por autoridades colombianas. Se dedicaba a contactar a venezolanas embarazadas y les compraban sus bebés por 800 dólares.

El modus operandi

La banda ganaba unos 2000 euros por cada bebé exportado a Europa, detalló el director de Migración Colombia, Juan Francisco Espinosa, luego del arresto de los implicados.

«Estas mujeres tenían el apremio económico. La dificultad en Venezuela es muy grave y les ofrecían 800 dólares que allá es demasiado dinero porque el salario mínimo no cubre ni 1 % de la canasta familiar”.

Dentro del modus operandi, las futuras madres eran contactadas en la zona fronteriza, tanto del lado colombiano como del venezolano, dijo. Cuando nacían, los bebés eran registrados con partida de nacimiento colombiana de manera fraudulenta, luego eran enviados a través de Ecuador hacia Europa.

Pero las madres no daban a luz en cualquier parte. Una nota de El Tiempo señala que estas eran llevadas a clínicas de renombre, luego los niños eran sacados con los nombres de los padres cambiados.

Otro factor dantesco es que dentro de los cabecillas del grupo fue identificada una venezolana, quien se aprovechó de sus coterráneas e hizo negocio con el hambre. Otras cinco personas fueron capturadas. Se incautaron elementos de prueba y se detuvieron a tres personas más en flagrancia.

Producto de la desesperación

Los indicadores del reporte hecho por el Programa Mundial de Alimentos sobre el hambre en Venezuela solo llegaron hasta 2019. No fue posible llevar el registro de los años 2020 y lo que va de 2021 por la insuficiencia de datos.

Sin embargo, el informe señala que la situación seguramente empeoró. Un reporte de seguimiento de la FAO, refleja que en agosto-septiembre de 2020, el 70 % de los encuestados no tenía suficientes alimentos para satisfacer las necesidades básica o tuvo que limitar la diversidad de sus dietas, 32 % había agotado las reservas de alimentos y 11 % pasó 24 horas sin alimentos.

Este año tampoco pinta bien dada la restricción de circulación por la pandemia, la inflación y la escasez de combustible usado para el transporte de los alimentos. Todo este cúmulo de penurias genera este tipo de consecuencias dantescas producto de la desesperación.

Uno de los bebés fue rescatado antes de ser enviado fuera Colombia. Ahora está bajo el cuidado del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Por su parte, las autoridades están tratando de identificar cuántos fueron vendidos en total.

El hallazgo genera consternación, más aún porque no se sabe a dónde fueron a parar esos niños. Paralelamente, el hambre en Venezuela continúa en medio de la mayor crisis humanitaria de la región por la negligencia y la prepotencia de la dictadura comunista.


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Internacional

Colombia: Soros se apoya en los violentos disturbios para avanzar en su agenda globalista

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Izda: El especulador internacional, George Soros. (Twitter/ @Elregreso777). Dcha.: Escena de las demostraciones violentas en Colombia, 5 de mayo de 2021. (Twitter/@Kheydire).
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Tras las violentas manifestaciones registradas en Colombia durante los últimos ocho días, estaría la influencia del financiador de los movimientos de izquierda en muchos países, George Soros.

Soros ha influenciado en actividades de desestabilización de las instituciones legales del país, por cerca de 30 años y se pueden apreciar señales que apuntan en dirección de su protegido, el senador Gustavo Petro, de acuerdo con la periodista colombiana Vanessa Vallejo en uno de sus tuits del 6 de mayo.

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Las violentas marchas en Colombia ya dejan varios muertos, 540 policías heridos, 21 estaciones de policía destruidas, otras 43 con daños severos, gran cantidad de pequeños negocios saqueados y vandalizados, y muchos daños más contra el patrimonio público.

Las causas de las manifestaciones violentas

Aunque las protestas se iniciaron por los intentos del gobierno del presidente, Iván Duque, de imponer una reforma tributaria insostenible, y otra reforma a la salud también perjudicial para los colombianos, el descontento está siendo aprovechado por Petro para tomarse el poder, sugiere Vallejo.

Petro, un antiguo militante del grupo guerrillero M19, acusado de asesinatos, secuestros y muchos crímenes más no purgados es acusado de estar detrás de la violencia que ocurre actualmente en Colombia, y de hecho, incitó a sus seguidores a impulsarla.

Soros y sus relaciones con Petro y con las FARC

La vida de Petro como guerrillero le une al movimiento guerrillero FARC, movimiento favorecido por el gobierno colombiano ante la enorme presión e influencia de las organizaciones patrocinadas por Soros. Petro también ha recibido financiación a través de entidades vinculadas a Soros.

Por otro lado, desde los años noventa Soros ha promovido la legitimación de los grupos narcoterroristas como las FARC, financiando una red de ONG que actuando como instrumentos suyos, han debilitado el Estado, bloqueado la erradicación de cultivos ilícitos e incentivado la legalización de las drogas, al decir de Lía Fowler, periodista estadounidense y ex agente especial de la CIA.

Ahora, en la etapa posconflicto, muchos analistas -entre ellos Ricardo Puentes Melo– creen que Soros hará negocios multimillonarios con las FARC, como beneficio por haber sido el principal promotor de los Acuerdos de Paz La Habana, mediante los cuales  esta retuvo la producción de coca y obtuvo poder político en el Congreso de Colombia.

Petro perdió las elecciones presidenciales en el año 2018, frente al actual presidente Iván Duque, supuestamente conservador, pero también sería el favorito para las del año 2022.

Soros y sus relaciones con el presidente Iván Duque y otros políticos

En este contexto, el presidente Iván Duque, está claramente vinculado con el magnate Soros desde que obtuvo una beca del National Democratic Institute, organismo financiado por el especulador, hace alrededor de 20 años.

Posteriormente exaltó públicamente los postulados de Soros y su modelo de sociedad. Luego, junto a Felipe Buitrago, publicó “Economía Naranja”, escrito con conceptos económicos que el consultor promovió en un seminario en Salzburgo patrocinado por Soros.

Asimismo, se rumora que su vicepresidenta, Martha Lucía Ramírez, también se ha beneficiado de jugosos contratos con las ONG de Soros.

Entre otros políticos, la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, quien ocupa el segundo puesto más importante del país, también ha sido visitada por Alejandro Soros, el hijo y aparente sucesor de su multimillonario padre. Alejandro también visitó al prominente político Sergio Fajardo.

Otro de los políticos que forma parte del círculo de Soros es el expresidente Juan Manuel Santos, quien pertenece a la junta directiva de una de las organizaciones de Soros con sede en Nueva York.

Para oscurecer aún más el incierto futuro de Colombia que parece estar ya en manos de los globalistas, Duque estrecha sus relaciones con el Partido Comunista de China (PCCh), con la mirada complaciente del partido Centro Democrático, sede del expresidente Álvaro Uribe, quien patrocinó a Duque para que subiera al poder.

José Hermosa


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Internacional

Alemania también pasa de las chorradas de la ideología de género: El Consejo Alemán de Ortografía rechaza el lenguaje «de género»

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El Consejo Alemán de Ortografía rechaza el uso de símbolos como el asterisco para significar un “‘lenguaje de género’. Los signos ‘de género’ “perjudican la inteligibilidad, legibilidad y traducibilidad automática, así como en muchos casos la singularidad y seguridad jurídica”.

El Consejo Alemán de Ortografía -equivalente para el idioma alemán a la Real Academia Española- ha confirmado su doctrina de rechazo a formas de escritura impulsadas por la ideología de género que no responden a las reglas gramaticales.

En concreto, la institución que vela por la corrección del idioma germano ha descartado a finales del pasado mes de marzo la inclusión del uso de asteriscos y otros símbolos que dificultan la comprensión de los textos.

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De esta manera confirma los criterios adoptados en 2018 respecto al lenguaje influido por la ideología de género. En ellos se establece que cualquier texto ha de ser, en todo caso, «objetivamente correcto» y «comprensible y legible» para cualquier edad.

El Consejo Alemán de Ortografía también exige que los textos han de «garantizar la seguridad y la claridad jurídicas», algo amenazado pro las formas del lenguaje propugnadas por determinados grupos feministas y de la ideología de género.

En este sentido, se establece que los textos además deben ser homologables para todos los países de habla alemana (Alemania, Austria y Suiza principalmente) y que deben estar escritos de tal forma que se asegure la comprensión de la información que se quire transmitir.

El Consejo alerta además de la amenaza que supone el lenguaje ‘de género’ para el aprendizaje tanto para los menores cuya lengua materna es el alemán como para los extranjeros que tratan de aprenderla.

El uso del guión bajo, el asterisco o los dos puntos como caracteres al servicio de la ideología de género en el lenguaje «perjudican la inteligibilidad, legibilidad y traducibilidad automática, así como en muchos casos la singularidad y seguridad jurídica de los términos y textos. Por ello, estos signos no se pueden usar», subraya el Consejo.

En el año 2018 la plataforma CitizenGO realizó una campaña dirigida al Consejo Alemán de Ortografía para que respondiera a la propuesta de la entonces ministra de de Justicia de Alemania, la socialista Katarina Barley, para que se aceptara el uso del asterisco para significar el lenguaje ‘de género’.


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Internacional

5 cosas que la izquierda no quiere que sepa sobre las protestas en Colombia

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Lo que ocurre en Colombia no son simples protestas, es terrorismo urbano, es una revolución molecular.

Colombia lleva ya varios días sumida en el caos y la violencia de lo que algunos llaman “estallido social”, pero que en realidad es una revolución. En el país suramericano intentan ganar con violencia lo que perdieron en las votaciones. En esta nota hago un resumen de asuntos fundamentales que debe saber para entender lo que ocurre y que no son muy mencionados en los medios.

Una reforma tributaria como excusa

En estos procesos revolucionarios que tienen lugar a lo largo de Latinoamérica, cualquier asunto puede ser la chispa que detone la revuelta. En Chile fue un aumento de 4 centavos de dólar en el transporte público. Las protestas, supuestamente por el incremento en el precio del transporte, terminaron en la destrucción de la Constitución chilena. En Colombia han utilizado como chispa una reforma tributaria que nació muerta.

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La reforma tributaria propuesta por el presidente Duque era rechazada por todos los sectores, incluso el propio partido del presidente, el Centro Democrático, se opuso desde el inicio al proyecto. No había posibilidad de que esa reforma fuera aprobada en el Congreso.

Además, llama la atención que la izquierda se opusiera tan ferozmente a este intento del presidente porque en gran medida esa reforma tenía puntos alabados y pedidos por los socialistas, como una renta básica y mayores impuestos a las clases altas.

Nada de esto importa. Ellos solo necesitaban una chispa, de modo que no importa si la reforma nunca iba a pasar o si tenía políticas de corte socialista. Tampoco importa que el presidente haya anunciado que retira su propuesta.

Aunque ya no existe reforma, el terrorismo urbano sigue, porque esa no era la causa, esa era la excusa para iniciar la revolución.

No son protestas, es terrorismo urbano

Hasta ahora las autoridades reportan más de 540 policías lesionados y uno asesinado, 306 civiles heridos, 20 buses de transporte público incinerados, 59 establecimientos comerciales saqueados, 21 estaciones de Policía destruidas y 43 vandalizadas.

Han sido vandalizados 94 bancos, 254 comercios, 14 peajes, 4 estatuas, 23 vehículos institucionales, 69 estaciones de transporte, 36 cajeros y 2 gobernaciones. El Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) ha desplegado 563 acciones.

La noche del 28 de abril, el capitán Jesús Alberto Solano Beltrán, jefe de la Unidad Investigativa de Soacha, quien tan solo tenía 34 años, fue apuñalado por manifestantes cuando intentaba detener el robo en un cajero automático. Solano deja viuda a su esposa y huérfana a una niña de 5 años. Aunque el capitán tenía su arma de dotación, nunca la usó, seguramente por miedo a ser juzgado si hacía uso de ella.

Las imágenes de negocios saqueados e incendiados son impactantes. En ciudades como Cali hay desabastecimiento de productos básicos y gasolina; los vándalos han bloqueado las vías de acceso. Han incendiado edificios con gente adentro. En Usme, Bogotá, incendiaron una estación de policía con 10 uniformados adentro. Afortunadamente lograron salvarse, aunque cuando salieron huyendo de las llamas fueron atacados por una turba que los quería matar.

Lo que ocurre en Colombia no son simples protestas, es terrorismo urbano, es una revolución molecular.

Revolución molecular

El 3 de mayo, el representante a la Cámara por el partido de las Farc, Sergio Marín, tuiteó:

Que la estrategia se trata de una revolución molecular era evidente, pero no está demás que un guerrillero de las Farc lo diga abiertamente.

Es importante que los defensores de la libertad, y los gobiernos, sepan lo que significa una revolución molecular. Es necesario entender e identificar claramente la amenaza para combatirla. Este término viene de la escuela de la deconstrucción y es un modelo revolucionario que surge de repensar la estrategia para lograr el comunismo.

El psicoanalista Félix Guattari escribió un libro titulado La revolución molecular, donde plantea una estrategia diferente a las revoluciones que se conocían hasta el momento. La idea es cambiar la estructura vertical de siempre por una horizontal. No hay un líder identificable, no hay una raíz que se pueda cortar y por lo tanto acabar con la revolución. Son moléculas.

Estas moléculas hacen ataques simultáneos y luego se dispersan, para posteriormente volver a atacar de manera inesperada. El objetivo es generar caos y atemorizar a la población, que se sientan abandonados y desesperanzados y ahí surja la izquierda como salvador.

En Colombia no hay líderes visibles de estas manifestaciones, se presentan —con la complicidad de los medios de comunicación— como estallido social, pero en realidad se trata de una revolución para cambiar el gobierno.

Más de 15 centros de atención inmediata (CAI) de la Policía fueron vandalizados en medio de las Protestas en Colombia. (EFE)

La astuta estrategia de #NosEstánMatando

Como siempre, hábiles en el lenguaje y en las comunicaciones, han adoptado como eslogan la frase “nos están matando”. Intentan que la población colombiana vea a la policía y a las fuerzas de la autoridad como el enemigo, piden el desarme de los escuadrones que atienden las protestas en Colombia, presentan al policía como el malo y el culpable de la violencia.

Necesitan desmoralizar a la policía y quitarle autoridad para tomar el país con violencia.

Son tan astutos moviendo sentimientos que han logrado que una parte de la población crea que esto se trata de un pueblo que espontáneamente sale a manifestarse en contra de impuestos y que es reprimido brutalmente por la autoridad. Cuando en realidad Colombia enfrenta terrorismo urbano y son la Policía y los militares los que han salvado vidas y frenado los ataques terroristas.

Han publicado vídeos y fotos falsas para que la gente vea como víctimas a los terroristas urbanos y entienda como enemigos a los policías.

Las particularidades de Colombia

Colombia es un país con una derecha muy fuerte, que entiende que el individuo tiene derecho a defender su vida y su propiedad privada. Sumado a eso, es un país donde las armas son muy comunes, aunque es difícil conseguir un permiso legal para tenerlas. Esas características particulares han hecho que Colombia, en diferentes momentos de su historia, viviera enfrentamientos que fueron dolorosísimos, pero que, en algunos casos, frenaron el avance de la izquierda. La historia ha mostrado que los colombianos no están dispuestos a perder su libertad y ser esclavos de un régimen comunista, sin antes dar la batalla.

Lo que hemos visto en los últimos días indica que la mayoría de los colombianos sigue con ese carácter y con la firme disposición de oponerse a la pérdida de sus libertades. En muchos casos son los civiles los que han evitado el ataque y la muerte de los policías. En redes sociales circulan vídeos de gente que hace “rondas”; vecinos organizados para proteger sus viviendas. En Twitter han sido tendencia frases como #MilitarizarLasCallesYa y #YoApoyoAMiPolicia.

Mientras en Chile la “derecha” salió a marchar con la izquierda, en Colombia la derecha pide militarizar calles y exige al presidente tener mano dura.


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