Opinión
«En su decadencia, y decrépito, Ansón sigue siendo el mismo ruin de siempre.» Por Pablo Gasco de la Rocha
[C]omo el famoso cartero de la película de título “El cartero siempre llama dos veces”, lo mismo ocurre con los bufones de corte, que siempre vuelven. Vuelven cuando su amo y señor les necesita, bien sea en lo personal, bien sea porque se obra o lo que sostiene con su presencia está en peligro.
Vuelve Luis Mari Ansón, bufón que ejercicio con corazón y cuerpo en aquella corte de los milagros que fue Estoril, que después lo vino haciendo, bien es cierto que no con tanto cariño, en la del Emérito, para terminar haciéndolo hoy también en la de Felipe VI.
Vuelve, digo, y como bufón taimado y astuto que es, lo hace con disimulo, porque los bufones no solo son al estilo y modo de José Miguel Monzón Navarro, el imbécil que se hace llamar Wyoming. Así, para salvar la cosa, Ansón tira a matar contra lo contrario. ¿Y qué cosa es la que quiere salvar Luis Mari, bufón de profesión y oficio? Pues el performance que ahorna como bóveda el nieto de su indisimulado amor de sus amores, don Juan de Borbón Battenberg. Para lo cual aprovecha, como siempre hace el taimado, una coyuntura en que apoyarse. En esta ocasión, un libro, el último del inglesito bucanero Paul Preston, que habla de todo lo nuestro, pero que no se atreverá nunca hablar de la espelúznate Familia Real inglesa.
Con fecha del 5 al 11 de noviembre, en El Cultural de El Mundo, pág. 3, este canelo cobarde y afeminado vuelve a cargar contra Franco, en esta ocasión puede que por asunto que le escueza, pues tengo para mí que aparte de cobarde, contrahecho y afeminado, que sería suficiente, puede que Ansón sea también masón.
Así, tomando la patente al corso Paul Preston, Ansón insulta a Franco a tenor del último libro del inglesito, Arquitectura del terror, haciendo suyos los insultos que igualmente profiere el rastrero inglés a los generales Mola y Queipo de Llano por el motivo de haberse alzado contra la canalla roja. Insultos del que Ansón salva a José María Pemán, al que también insulta el inglesito rastrero en su libro, no porque fuera un afín, al menos durante algún tiempo, a nuestra Cruzada Nacional de 1936-39 o un gran intelectual, sino porque en un determinado momento perdió la razón, se hizo liberal, participo con la canalla en diferentes conjuras contra Franco y, sobre todo, porque formó en el servicio doméstico de aquella corte de los milagros, que fue Estoril.
De esta forma, Ansón, bufón, cobardón y afeminado, demuestra la misma lealtad a su amo y señor, Juan de Borbón, que la que muestra la tropa socialista del GAL, la beatiful people socialista, que de la pana pasaron a ser grandes rentistas, respecto a su hijo, el hoy Emérito.
Por mi parte nada que objetar más allá de defender a Franco, pues todo está en su línea. A saber, que los reyes, príncipes y pretendientes tienen bufones. Como los tiene ya la niña Leonor: HOLA, Lecturas, Pronto, Ya es mediodía, El programa de Ana Rosa y Salsa Rosa.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
