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Europa

Erdogan envía miles de inmigrantes a la frontera con Grecia y el Gobierno heleno lo considera “una invasión”

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Refugiados regresando después de intentar cruzar ayer de Turquía a Grecia por el río Evro
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Erdogan le declara la guerra a la UE y envía miles de inmigrantes a la frontera con Grecia. “Es una invasión”, dice en televisión el ministro griego de Desarrollo.

“Turquía no sólo no persigue a los traficantes de personas, sino que se ha convertido en uno”, añade un compañero de Gabinete.

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Así suena el lenguaje de la “alerta máxima”, declarada el domingo por Atenas para protegerse de lo que considera un asalto a sus fronteras alentado por Ankara.

Angustiada por el súbito aumento de infiltraciones, Atenas advirtió ayer que las solicitudes de asilo de aquellos que crucen ilegalmente durante el mes de marzo serán rechazadas sistemáticamente. Sin embargo, fuentes de la ONU han apuntado que la condición de refugiado no puede ser escamoteada.

Justicia griega

También los magistrados griegos se han unido a la cruzada. Un tribunal condenó ayer a los primeros detenidos por haber cruzado ilegalmente la frontera terrestre greco-turca a cuatro años de cárcel y una multa de 10.000 euros. En total, desde la madrugada del sábado, han sido detenidas 183 migrantes sin papeles procedentes de Turquía.

La carga derivada de guerras lejanas, en las que nada tiene que ver Grecia, han colmado muchas paciencias. Sobre todo en el eslabon débil de las islas del Egeo, reconvertidas en cárceles de la UE al aire libre. Allí la simpatía hacia los solicitantes de asilo hace tiempo que se agotó. Pero su utilización como ariete por parte del secular enemigo turco ha endurecido aún más las actitudes.

Miltos, nativo de Lesbos, conoce bien el abarrotado campamento de Moria por haber entrado allí docenas de veces en su ambulancia. “La situación en la isla es muy mala desde el domingo, cuando entraron en botes pequeños unas cuatrocientas personas desde Turquía –1.200 a última hora de ayer– que se suman a las 40.000 que ya había”, explica.

“La gente de aquí está muy enfadada, nadie los quiere y algunos se tomaron la justicia por su mano. Algo malo va a pasar y será por Turquía”, predice.

El nuevo Gobierno conservador de Nueva Democracia abonó el terreno con descalificaciones genéricas de las organizaciones humanitarias. Declaraciones que no desmerecerían a un Viktor Orban, pero que han quedado camufladas por el nuevo tratado de defensa suscrito con Estados Unidos, a los que cede una base militar cerca de los Dardanelos.

Turquía también asegura –aunque Grecia lo niega– que un sirio, que aparece ensangrentado en un vídeo, murió al ser repelido por la guardia fronteriza griega. A medida que se desvanece la esperanza de burlar masivamente a la guardia fronteriza y desbordar los límites de la UE, los intentos se reparten por grupos más pequeños a lo largo de los diez kilómetros de frontera terrestre.

Y cada vez más, por la frontera fluvial del Evros, donde barqueros vuelven con la barca vacía y los bolsillos llenos. Los refuerzos militares en estas lindes podrían provocar un repunte, en cuestión de días, del recurso marítimo por el Egeo, vía tradicional del 80% de las infiltraciones.

Tras el hostigamiento de anteayer a oenegés y solicitantes de asilo, Miltos sabe que la internacional cooperante que brilla en Mitilene está a dos minutos de sentenciar que en Lesbos son todos unos fascistas. “Habría que explicarles que el pueblo que queda cerca de donde desembarcan gente se hizo famoso en toda Grecia porque, de tan comunista, en la final de la Eurocopa de Baloncesto de 1987 apoyaban a la URSS antes que a Grecia”.

El niño fallecido ayer por la mañana frente a Lesbos viajaba en un bote con cuarenta y siete inmigrantes y refugiados, que zozobró. Según la guardia costera, la balsa fue acompañada por una embarcación turca hasta la linde marítima y, una vez allí, fueron los migrantes los que hicieron volcar la embarcación para forzar su rescate en aguas griegas.

Según la guardia costera, esta es una práctica común recomendada por los traficantes para forzar el salvamento marítimo. Sin embargo, ayer se difundieron también imágenes de una patrullera maniobrando rápida y peligrosamente junto a otro bote para hacerlo zozobrar. En cualquier caso, ayer, aunque pudieron rescatar a todo el pasaje, dos menores tuvieron que ser llevados a un hospital y uno ingresó cadáver.

El de ayer es el primer incidente mortal en los cuatro días desde que Turquía decidió suspender de facto su acuerdo migratorio.

Mientras tanto, en la frontera terrestre algunos miles de inmigrantes, que entraron ilegalmente a Turquía desde terceros países –casi siempre a través del sudeste de Turquía fronterizo con Irán– y que llevan meses o años en el país, junto a refugiados de la guerra de Siria, jugaban al gato y el ratón con la policía griega.

Asimismo, miles de personas están pasando la noche al raso en las afueras de Edirne –la antigua Adrianópolis– muy cerca de la frontera greco-turca, esperando para poder cruzar. Se encuentran atrapadas entre la policía turca que les anima a intentarlo y la helénica, que trata de impedirlo con gases lacrimógenos, cañones de agua y granadas aturdidoras.

“Ayer estuve con un grupo de cientos de personas, con familias y niños, en la valla. Desde el frente nos lanzaban gas y detrás, la policía turca nos impedía retroceder. Estuvimos quince horas atrapados”, relata un testigo.

”No nos dejan volver. Vienen con autobuses privados y nos llevan desde este paso a otro. Y desde allí a otro. Y luego nos traen de vuelta. Juegan con nosotros, nada más”, asegura Nasser Abu Sami, un sirio, que lleva allí dos días con su familia.

Así que empieza a cundir la decepción, con retornos a Estambul. “Nos intentan convencer diciéndonos que nos llevarán a un punto de la frontera sin vigilancia, pero ya estuvimos ayer allí y sabemos que no es verdad: la policía griega no deja pasar a nadie y nos gasea”, dijo a Efe Mohamed, un sirio oriundo de Alepo.

Recep Tayyip Erdogan dijo que “serán millones” y que son ya “cientos de miles” los que empujan contra las verjas de Europa, pero los testigos dan por más creíble la cifra de trece mil llegadas, avanzada por la ONU.

Mientras tanto, según una asociación de prensa, al menos diez periodistas extranjeros habrían sido retenidos ayer hasta cuatro horas en puestos militares turcos para responder a su presencia en una “zona sensible”.

Erdogan vincula su política de puertas abiertas –que suspende en la práctica el acuerdo migratorio firmado con la UE en el 2016– con los acontecimientos en la provincia siria de Idlib. Pero también hay elecciones presidenciales en la autodenominada República Turca del Norte de Chipre el mes que viene, mientras no ceja la disputa por el gas en el Mediterráneo Oriental, siempre con Grecia en la trinchera opuesta.

Miles de migrantes y refugiados, sirios, afganos, iraquíes, palestinos o somalíes, comenzaron el viernes a acercarse a la frontera tras el anuncio de vía libre. Horas antes, docenas de soldados turcos habían muerto en un bombardeo en la provincia siria de Idlib, en la que apoyan a islamistas suníes contra Damasco.

Milicianos que combaten en la misma trinchera que la exfilial siria de Al Qaeda: yihadistas irredentos tras nueve años de guerra. Gente que ya no tiene adónde huir ni nada que perder. Aunque sólo sea por eso, para la UE es imprescindible no confundir el prurito humanitario con un colador.


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Europa

Hungría, faro moral de Europa: prohíbe a las personas transexuales registrar oficialmente su cambio de sexo

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El Parlamento húngaro ha aprobado este martes una ley que impide modificar el sexo con el que los ciudadanos aparecen identificados en los documentos oficiales, bloqueando así el reconocimiento legal del cambio de sexo, en una medida que afecta a unas 30.000 personas trans en el país.

El cambio legal, impulsado por el Gobierno húngaro, ha sido aprobado gracias a la mayoría absoluta de que dispone el Fidesz, el partido del primer ministro Viktor Orbán. La ley determina que en los documentos oficiales debe registrarse el sexo biológico, determinado por los cromosomas, y que ese dato no puede ser modificado nunca.

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Organizaciones europeas de defensa de los derechos de las personas de la comunidad LGBTI (lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales), como ILGA-Europe y Transgender Europe habían pedido que se retirara la propuesta al entender que aumentará la «discriminación y violencia» que sufren las personas transexuales.

También habían protestado la comisaría de Derechos Humanos del Consejo de Europa, Dunja Mijatovic; el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU, y diversas ONG y partidos de la oposición húngaros.

Las críticas se centran en que la nueva legislación dificultará la vida de mucha gente, que tendrán que explicar las contradicciones entre sus documentos y su identidad o que, por ejemplo, serán hospitalizadas en alas que no corresponden con su identidad sexual. El Gobierno de Orbán afirma que, pese al cambio legal, las personas trans podrán vivir su vida y expresar su identidad tal como lo han hecho hasta ahora.

La Sociedad Háttér, de defensa de los derechos LGBTI, ha denunciado que se trata de una ley inconstitucional y que pedirá al presidente que no firme la ley y la recurra ante el Tribunal Constitucional. Aseguran también que contradice la normativa internacional en derechos humanos. Amnistía Internacional ha calificado la reforma de «escandalosa» y ha denunciado que «empuja a Hungría de vuelta a la Edad Media».


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Europa

(VIDEO HIJAS DE EUROPA) Tommie Lindh: el héroe de 19 años que murió apuñalado evitando la violación de una niña de 14 años y del que la #PrensaAmaestrada no habla

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Tommie Lindh ha muerto.

Y a nadie parece importarle: solo a unos pocos a los que la prensa mansa, apesebrada, aleccionada, mamporrera y obediente del poder socialista en boga en toda Europa califica de “fascistas”, “ultraderechistas” y “racistas”. ¿No les suena de algo?

Tommie Lindh tenía 19 años y vivía en Suecia, en la ciudad de Härnosand. Una ciudad que debido al perenne y corrupto Gobierno izquierdista sueco, se ha visto, como casi toda Suecia, invadida por lo peor de la inmigración islámica radical, como aquí el innoble animal Abubaker Mohamed, el asesino y violador con antecedentes de agresión, violencia y asalto sexual. Gracias a las bondades del Gobierno Sueco, se movía en completa libertad. 

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Abubaker Mohamed

Aquí tienen el enlace directo al muro público del asesino en Facebook: no sabemos cuanto durará, pero no parece que la policía sueca quiera o haya pedido suspenderlo, suponemos que para no “coartar” los derechos de Abubaker Mohamed.

Cuando vio lo que ocurría, se lanzó valientemente contra el agresor, que intentaba violar a una muchacha de apenas 14 años. El perro sarnoso, loco de rabia, apuñaló repetidamente a Tommie Lindh, hasta que cayó muerto, y ni las asistencias ni los médicos pudieron hacer nada por el.

La policía sueca tiene órdenes políticas de ocultar a la prensa y a la sociedad estos crímenes, para así no “provocar odio”. Enferma y nauseabunda es la sociedad que, para evitar el odio, silencia los crímenes ¡En lugar de impedirlos!

Hoy, la Hermandad Española de las Hijas de Europa le dedican un vídeo a su memoria imperecedera: nos unimos al pésame a su familia y honramos la memoria de este joven mártir sueco, que dio la vida por defender la de una inocente.


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Europa

En Bélgica caen como moscas: “Coronavirus: la masacre belga”

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Ministro belga (el que protege a Puigdemont, por cierto) demuestra su absoluta incapacidad para ponerse una mascarilla.
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Por Drieu Godefridi.- (*)

Aún es muy pronto para hacer una evaluación definitiva sobre la gestión del covid-19 en cada país, pero una cosa está clara: Bélgica está viviendo una auténtica masacre.

Todo empezó en 2015, cuando el Gobierno del primer ministro Charles Michel (actual presidente del Consejo Europeo) decidió destruir todo el ‘stock estratégico’ del país –63 millones de mascarillas, entre las cuales figuraban las tan valiosas FFP2–, cuidadosamente almacenado por el Ejército en un cuartel de Belgrade (Namur), porque estaba «desfasado», según declaró la ministra de Sanidad, Maggie de Block, que aún sigue en el cargo. «Para nada», afirmó el principal sindicato del Ejército; «esas máscaras fueron incineradas… para hacer sitio a los refugiados». En 2015, Bélgica y Europa se vieron inundadas de inmigrantes por la invitación a acudir al continente que les cursó la canciller alemana, Angela Merkel, y tanto las leyes de la UE como la Convención Europea de Derechos humanos hicieron materialmente imposible rechazarlos.

Todo el stock estratégico fue incinerado, sí; y nunca fue reemplazado, otra decisión de De Block que, dada la frecuencia con que se producen epidemias y pandemias, equivale a un crimen. «Gobernar es prever», que dijo Emile de Girardin.

Así que cuando la pandemia del coronavirus se extendió por Bélgica, este desgraciado país apenas tenía máscaras: ninguna para los ciudadanos, ninguna para la Policía, ninguna para las residencias de ancianos y casi ninguna para los hospitales.

La pandemia hizo erupción mucho antes en Italia que en Bélgica. El norte de Italia, tan ligado a China por medio de las industrias textil y de la moda, fue el epicentro de la pandemia en Europa. El 31 de enero Italia prohibió los vuelos procedentes de China, decisión lamentablemente tardía, y el 21 de febrero varias localidades del país transalpino quedaron completamente confinadas.

Muchos belgas tienen raíces italianas, especialmente en el sur (Valonia), y muchos más adoran Italia. De ahí que, pese al brote, entre el 22 y el 23 de febrero decenas de miles de belgas partieran a Italia para festejar el Carnaval. Y el Gobierno belga no abrió la boca.

Cuando esa gente regresó, principalmente por los dos mayores aeropuertos del país –el de Bruselas Sur (Charleroi) y el de Bruselas (Zaventem)–, no fue sometida a ningún chequeo. Sí lo fue cuando arribó a Italia, pero no cuando regresó a Bélgica. En ese entonces la ministra De Block manifestó que tomar la temperatura a la gente era inútil, y que cerrar la frontera no tenía sentido: «Un virus no se detiene en una frontera», dijo. Cuando el doctor Marc Wathelet trató de advertirle de los riesgos, De Block le llamó, en un tuit que posteriormente borró, «histérico».

Parece que la epidemia hizo eclosión en Bélgica, mayormente, de la mano de esos viajeros no chequeados.

A primeros de marzo, el Gobierno de la primera ministra Sophie Wilmès –del mismo Movimiento Reformador centro-izquierdista que su predecesor, Charles Michel– no veía problema en que los belgas asistieran a acontecimientos de masas, como el Salón Batibouw (una feria inmobiliaria), la Feria del Libro y, por supuesto, la manifestación por el Día de la Mujer del 8 de marzo. Para ese día, en Italia ya habían muerto 366 personas como consecuencia del virus.

Cuando Wilmès decidió finalmente ponerse en acción, por medio de unas directivas fechadas el 23 de marzo, lo hizo principalmente para proscribir cualquier iniciativa privada relacionada con las mascarillas y los medicamentos: el Gobierno se iba a hacer cargo.

Por desgracia, esos políticos profesionales y sus expertos no tenían la experiencia necesaria en el campo del comercio internacional. El primer cargamento de mascarillas solicitado por el Gobierno belga jamás llegó; las mascarillas del segundo cargamento eran muy eficaces… para hacer cafés, y cuando un emprendedor local tomó la iniciativa y encargó millones de mascarillas para que les fueran entregadas a las autoridades, fue demonizado –sin la menor justificación– como un «bandido». Pero, «hey, esto es una emergencia, ¡no tenemos tiempo para aportar pruebas!».

A principios de abril, dos meses después de que la pandemia se extendiera por Europa, en Bélgica aún no había mascarillas prácticamente, ni siquiera para los profesionales sanitarios que se exponen a diario al contagio, así que imagínense para el ciudadano del común.

Como no había máscaras, el Gobierno decidió anunciar que las máscaras no eran necesarias. La muestra suprema de la ineptitud gubernamental aún se puede ver en la web personal de la ministra de Sanidad: «Llevar máscaras para protegerse del coronavirus no tiene demasiado sentido».

Junto con las máscaras, el otro elemento imperativo para combatir al virus son los tests; hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha reconocido. Los tests son bastante sencillos de producir y el primer requisito para una respuesta eficiente ante cualquier pandemia. Los recursos sanitarios belgas son notables –hospitales, médicos, laboratorios públicos y privados, una enorme cantidad de compañías químicas privadas–, y el gasto público en sanidad belga es uno de los más elevados del mundo. Así las cosas, el Gobierno tenía la oportunidad de maquillar su ineptitud criminal con los tests.

Por desgracia, ocurrió todo lo contrario. Premió con el monopolio de facto sobre los tests al laboratorio de un tal Marc van Ranst, de la Universidad Católica de Lovaina. No hay razón concebible alguna para esa decisión, y las consecuencias fueron exactamente las mismas que con las mascarillas: la exclusión del sector privado y el racionamiento de los tests, de los que ha habido una cruel carestía desde el primer día.

La decisión es aún más sorprendente cuando uno se entera de que Van Ranst es no sólo médico sino un activista político. Declarado comunista e israelófobo, llegó a hablar un día del «Gazacausto», y se quedó tan a gusto con la palabreja. Este es el tipo al que se ha coronado Míster Test de toda Bélgica.

Cuando compañías privadas desarrollaron nuevos métodos de chequeo, el Gobierno belga publicó inmediatamente una nueva orden para proscribirlos, con el pretexto de que quizá no fueran 100% fiables.

Sin máscaras, rastreos y con apenas tests: esta viene siendo la situación en Bélgica en medio de la peor pandemia desde la gripe española de 1918. Es una situación dramática enteramente debida a las ominosas decisiones del Gobierno. Cuando Wilmès rompió el monopolio de facto que ella misma había creado, permitiendo tests de empresas privadas como GSK, ya era demasiado tarde.

Desafortunadamente, no acaba aquí esta triste historia de incompetencia criminal. Lo peor estaba aún por llegar. En vista de lo que sucedía en Italia y Alsacia (Francia), donde algunos hospitales se han visto temporalmente desbordados con los pacientes del coronavirus, el Gobierno belga tomó la que, en perspectiva, puede que sea la peor decisión adoptada desde 1945: los residentes en residencias de ancianos infectados tendrían que permanecer en las propias residencias. Así pues, no hubo hospitalización para esa pobre gente anciana.

Junto con la práctica total ausencia de máscaras y tests, esta directiva tuvo consecuencias cataclísmicas: muertes, muertes y más muertes. Bélgica habla ahora no de una sino de dos epidemias: la de la población en general y la de las residencias de ancianos. Trágicamente, prácticamente la mitad de las muertes por coronavirus en Bélgica han tenido lugar en asilos. Pese a los esfuerzos heroicos de sus trabajadores, los asilos belgas son de hecho trampas mortales. Para evitar contagios, a los moribundos que yacen en sus habitaciones no se les permite siquiera ver a sus familias una última vez; otra decisión del Gobierno belga que se ha proclamado, cancelado y vuelto a proclamar.

Sin máscaras, sin tests y con los asilos convertidos en trampas mortales: ahora entiende uno por qué Bélgica es el país del mundo con más muertes por coronavirus per cápita, con una cifra diez veces superior a la de Alemania [1].

La masacre belga es completamente debida a la trágica incompetencia de las elites gobernantes, y era completamente evitable.

NOTA:

[1] La inefable Maggie de Block ha anunciado que «recontará» las muertes en las residencias de ancianos porque algunos de los incluidos en las estadísticas sólo eran «sospechosos» de tener el coronavirus. Ahora bien, numerosos países, empezando por EEUU, han incluido los casos sospechosos en sus conteos.

(Gatestone Institute) Drieu Godefridi, escritor liberal, es el fundador del Instituto Hayek de Bruselas. Tiene un doctorado en Filosofía por la Sorbona de París y gestiona inversiones en varios países europeos.


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