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¿Es cierto que los alemanes maltrataron a Jesse Owens en la Olimpiada de 1936?
Un gran deportista y un mejor hombre: el atleta estadounidense Jesse Owens
Todos hemos oído la frase de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, lo que se demuestra con tantos mitos nacidos en la confusión y el bombardeo mediático de una guerra, pero las mentiras siempre tienen las patitas muy cortas.
Y hablando de auténticas falacias, ¿Quién no ha oído hablar de Jesse Owens, ese atleta estadounidense a quien Hitler se negó a felicitar porque era de raza negra? Es una de las historias más conocidas de la Alemania de antes de la Segunda Guerra Mundial y supuestamente ocurrió en esas famosas Olimpiadas de Berlín de 1936. Sin embargo, hoy veremos que la realidad histórica fue muy diferente.
Un evento deportivo que ha sido considerado objetivamente como las primeras Olimpiadas modernas de la Historia, con una magnificencia en todos los posibles aspectos que desembocó en otra acusación por generaciones. Y es que se ha insistido muchísimo en que el Régimen Nazi utilizó el deporte como pantalla propagandística, a nivel internacional, pero hoy me quiero centrar en el deporte y los deportistas. Y en concreto de dos hombres de razas, orígenes y finales muy diferentes, pero unidos por una amistad cuyos recuerdos aún resuenan en la Historia, pese a los intentos de algunos de cambiarlo todo y ocultarlo todo.
Jesse Owens nació en el Sur de Estados Unidos en 1913 y estaba destinado a ser un perfecto desconocido toda su vida. Y así hubiera sido, sobre todo por la segregación racial que existía por entonces en EE.UU, de no ser por su talento natural para el atletismo, que le llevó en volandas hacia el mayor evento deportivo jamás conocido hasta la fecha.
Los comunistas intentaron boicotear la Olimpiada de 1936
Y aquí comienzan los primeros problemas para los deportistas y, en concreto, los del equipo de EE.UU, pues su Gobierno se negó en redondo a secundar una Olimpiada de Berlín que se celebraba en el territorio de su mayor enemigo de entonces. Pero esos poderosos políticos y banqueros yanquis no consiguieron su propósito de impedir un evento que por entonces era el gran acontecimiento mundial, para el que Owens y tantos cientos de deportistas internacionales se habían estado preparando durante años.
Y, a ver, ¿sabéis qué país fue el más comprometido en boicotear la Olimpiada de Berlín de 1936? Aunque pueda parecer sorprendente para algunos, pero no para mí, el Frente Popular de la España de esos días estaba completamente aconchabado con Washington, en éste y otros muchísimos asuntos. Y Roosevelt era por entonces el presidente de ese país, un auténtico comunista que fue el mejor aliado de Stalin y uno de los principales culpables de nuestra Guerra Civil Española.
A tanto llegaron los esfuerzos de sus satélites españoles por perjudicar la Olimpiada de Berlín que llegaron a organizar una Olimpiada paralela en Barcelona, que ellos llamaron popular, y que fue otro fracaso más cuando ese mismo año de 1936 estallaba la Guerra Civil Española. Guerra que ellos provocaron y perdieron, en su tónica habitual de fracasar en todo lo que hacían.
Lo que vivió en Alemania fue un sueño para Jesse Owens, que volvió a su país para ser ignorado de nuevo
Sin embargo, mientras nuestro pueblo vivía el dramatismo del primer episodio de la segunda guerra mundial, resto del mundo celebró unos Juegos Olímpicos de 1936 que resultado un inolvidable para todos los contemporáneos que los vivieron. Fue el auténtico triunfo de lo material, acompañado por la participación de los mejores artistas de la época. Tampoco se produjo ningún incidente de tipo violento, como si ocurría en Alemania posterior a la Guerra, en la Olimpiada de Munich, cuando un comando terrorista secuestró a varios miembros de la delegación olímpica israelí y terminaron ejecutándolos.
Nada de eso sucedió en el Berlín de 1936 y el único problema que el atleta estadounidense vivió, en la capital de los nazis, fue que un pelotón de soldados tuvo que proteger a Jesse Owens durante su estancia… Para salvarle de la muchedumbre de admiradores, de chicas alemanas, sobre todo, que se agolpaban a su paso y lo esperaban a todas horas para llevarse retales de su camiseta. Fue tanto su éxito entre la población alemana que tuvo que dejarse ayudar por otro compañero de color, quien se ofreció para firmar autógrafos en su nombre mientras Jesse se escabullía, y serían pocos los que notaron la diferencia.
Tengamos en cuenta que no había muchas personas de raza negra por aquel entonces en Europa, pero su recibimiento fue espectacular y sobre todo si se compara con la xenofobia real que se vivía en el Sur de EE.UU, donde Jesse fue ignorado por sus propios paisanos incluso después de sus éxitos deportivos. De hecho, tuvo que volver a su empleo anterior como gasolinero, como si todo lo ocurrido en Berlín hubiera sido un auténtico sueño.
El propio Presidente de EE.UU se negó a recibirlo a su vuelta y saludarlo, como el héroe deportivo que era para el mundo, pero,
¿Le negó el saludo Hitler a Owens en la Olimpiada de Berlín?
Es el propio Owens quien desmintió este mito del no saludo en el estadio de Berlín, una versión que mantuvo durante toda su vida, a pesar de que no era coincidente con la versión oficial que el régimen yanqui vendió a las masas:
Hitler tenía controlado su tiempo, tanto para llegar al estadio como para marcharse. Sucedió que debía marcharse antes de la ceremonia de entrega de medallas de los 100 m. Pero antes de que se fuera, yo me dirigí a aparecer en una transmisión televisiva y pasé cerca de donde él estaba. Él me saludó y yo le correspondí. Creo que es de mal gusto criticarle si no estás enterado de lo que realmente pasó.
Sin embargo, por intereses geoestratégicos de la época, alguien decidió que las fotos que constan de ese saludo de Hitler a Owens debían ser borradas de la Historia, pero Owens fue toda su vida un caballero de la cabeza a los pies y nunca negó la realidad.
Owens siempre afirmó que Hitler le había saludado
Eric Brown, piloto de la RAF, respaldó esta versión en un documental, puesto que él mismo fue testigo del saludo. Y en The Baltimore Sun de agosto de 1936 se publicó que Hitler le había mandado a Owens una foto suya dedicada. La realidad es que Owens siempre reconoció que lo vivido en la Alemania de 1936 había sido un sueño para él, la primera vez que se alojó en un hotel con atletas blancos y que fue tratado como lo que era: un hombre y un gran deportista, amado por las masas, pero cuyo legado fue tristemente manipulado por los mismos que en su propio país le relegaron al olvido.
Algunos dicen que Hitler me despreció, pero yo les digo que no fue así. Y no estoy diciendo nada en contra de nuestro Presidente, tengan en cuenta que yo no soy un político, pero también recuerden que el Presidente (Roosevelt) no me envió ninguna felicitación porque, dicen, estaba muy ocupado.
Y mantuvo esta misma versión durante una concentración política en Kansas City, formada por personas de raza negra como él:
Hitler no me ignoró. Fue nuestro Presidente el que lo hizo, cuando no me envió ni siquiera un telegrama.
Historia de la amistad entre Jesse Owens y Luz Long
Pero vamos a la parte más hermosa de esta historia que tiene dos claros protagonistas: Jesse Owens y Luz Long, atleta alemán que ayudó a su colega estadounidense en un momento clave de la Olimpiada de 1936. Y tanto fue así que el teutón terminó segundo, por detrás de su amigo Jesse Owens, con el que le uniría una amistad destinada a terminar de forma trágica.
Muchos años después de la Olimpiada, pero no tantos en realidad, Jesse Owens recibía una carta en su país enviada por su amigo. Luz Long estaba combatiendo como paracaidista en el frente italiano, precisamente contra el Ejército de EE.UU, y le pedía a su amigo que cuidara de su familia si él caía y que hablara a sus hijos de él. Sin duda adelantándose a la sarta de mentiras históricas que vendrían, por parte de los mismos que habían despreciado a Owens toda su vida, incluso después de sus éxitos deportivos, y que incluso habían llegado a acusar a Hitler de hacerle un feo al gran campeón.
Porque todos sabemos que los propagandistas de esos vencedores de la II GM han sido muy eficaces, presentando sus propias masacres y genocidios como actos de liberación democrática, desde Dresde a Hiroshima, y siempre con la mentira por delante para presentar unos únicos criminales de guerra: los alemanes.
Sin embargo, como el gran atleta y hombre que fue, Jesse Owens honró su amistad con su colega germano toda su vida, a pesar de ser criticado por éstas y otras actitudes, llegando a afirmar que todas las medallas que ganó no valían los kilates de la amistad de Luz Long. Otro gran atleta que cayó en combate, como diría el filósofo, muriendo como hombre tras haber vivido como atleta.
Descansen en paz estos dos grandes atletas.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.






