España
Españoles: venid y vamos todos con flores a Franco
Laureano Benítez Grande-Caballero.- Confieso que entre mis aficiones no está la sadomaquista tentación de contemplar al esperpéntico Pedro Fraude en ningún medio de comunicación, pues me sucede con este impresentable lo mismo que con el Coletudo mayor: es ver su careto, y salir disparado a por una estaca de madera o una ristra de ajos, como si viera al mismísimo Vlad Tepes “El empalador”, a quien se considera como el Drácula histórico, un príncipe rumano del siglo XV que destacó por la inenarrable crueldad con la que masacraba a sus enemigos. Se calcula que entre 1456 y 1462 ordenó la ejecución de más de 60.000 personas, por empalamiento y otros métodos de tortura, hecatombes que adquirían incluso ribetes “artísticos” cuando con las “picas humanas” creaba bosques y formas geométricas.
Y, lo que son las cosas, ahora caigo en la verdadera causa por la que Lenin —un empalador que superó a Drácula— se llamaba Vladimir. Guiños del destino, le llaman a estas coincidencias.
He dedicado ya varios artículos a describir el horror que me produce el siniestro Sánchez , personaje que se ha draculizado de una forma portentosa, para pasmo de los que creían que los sociatas —protagonistas de una gran cantidad de golpes de Estado a lo largo de su sulfurosa historia—, con la Transición habían entrado por fin en la senda españolista y constitucional, remedando aquella famosa frase del ominoso Fernando VII, cuando, obligado por el pronunciamiento militar de Rafael de Riego, juró la Constitución de Cádiz de 1812 en el Palacio Real el 10 de marzo de 1820 con estas palabras: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. Esta sumisión forzada dio origen a lo que se conoce bajo el nombre de “¡Trágala!”, título de coplas con las que los jacobinos y luego los rojos se burlaban de católicos, derechistas y tradicionales, riéndose de ellos cada vez que se sentían victoriosos de haberles obligado a someterse a sus consignas.
Pero si los sociatas han tardado más de 40 años en enseñar sus garras draculianas, su totalitarismo largocaballeresco, no es porque se hubieran convertido en demócratas-de-toda-la-vida, sino porque la sociedad española estaba tan firmemente arraigada en el nacionalcatolicismo franquista, que les ha llevado todo ese tiempo corromperla y prepararla para los “trágalas” que ahora nos están imponiendo que es una barbaridad.
Y no, los socialistas no son traidores, ni mucho menos, ya que siempre han sido así: golpistas, totalitarios, antiespañoles, anticatólicos… bafométicos a tope, solo que lo estaban disimulando hasta que pudieran volver a los tiempos de sus “trágalas” y sus empalamientos.
Es por eso que la mejor manera de definir a Castejón el golpista y a toda la chusma sociata es esta maravillosa frase de la película “Muerte entre las flores”: “Es un tramposo, igual que su hermano. Seguramente sus padres eran unos tramposos, y sus abuelos… y engendrarán enanos tramposos”.
Eso es Pedro Dracûlea, el tramposo, un colosal “Trágala” con el que Bilderberg ha acelerado hasta extremos insospechados el empalamiento a que nos tiene sometidos desde la funesta Transición que nos impuso: otro “¡Trágala!”.
Pedro “el Vlad”, aliado con otro draculiano como el Rasputín de Galapagar, no van de empaladores —todavía no—, sino de profanadores, y nada les gustaría más que demoler el Valle de los Caídos y hacer con los cadáveres de los nacionales allí enterrados —y con los de los patriotas de ahora, por supuesto— un bosquecillo draculiano o una forma geométrica “artística”, que muy posiblemente sería algo relacionado con Bafomet. Luego se colocan femenvestales danzando sus rituales macabros entre las picas humanas, y el espectáculo sería muy del agrado del Señor de los Dráculas y Lenines, “performance” que cantaría un Valtonyc o un Hasel al son de una cítara arpegiada, estilo Nerón.
Es seguro que Vlad no ponía flores en la tumba de sus víctimas, pero mira que estos empaladores rojos quieren decretar que ponerle flores en la tumba a Franco sea delito de enaltecimiento del terrorismo, que ofrecer misas por su alma sea también un acto fascista, que sea legal profanar la tumba de nuestro Caudillo, y que —en el improbable caso de que lo consigan— sea ilegal que le entierren donde disponga su familia. Pero así son los totalitarismos, que pretenden llevar su tiranía hasta más allá de la muerte, imbuidos de la satánica práctica de perseguir a sus enemigos hasta más allá de la fosa, para demostrar así su poder absoluto, de vida, muerte y ultratumba. Es posible que ni aun el mismo Vlad se atreviera a tan demoníacas prácticas de terror.
No pueden soportar que la muerte de Franco se produjera entre las flores, agasajado por una abrumadora mayoría de españoles, homenajeado por un pueblo agradecido que le veneraba, y por eso pretenden ahora arrancar esas guirnaldas, destrozar su lápida, asaltar su tumba. Aquí tenemos a esta chusma de “Tomb Raiders”, pretendiendo pasar la pantalla del Valle de los Caídos para después pasar a la de los empalamientos, las chekas y las sacas.
Tienen miedo, por supuesto, porque saben que la mayoría del pueblo español sigue venerando a su Caudillo, que el esplendor de la España que creó eclipsa por goleada al espantajo que ha creado la partitocracia jacobina que nos ha arruinado y devastado. Pero que se enteren de una vez de que, aunque logren sacarle del Valle, allá donde le lleven, allí donde le inhumen, siempre habrá una multitud de españoles que irán a verle en procesión y peregrinación, en inacabables homenajes que pondrán en su tumba las flores que merece, las que nunca le faltarán.
Españoles: venid y vamos todos con flores a Franco.
¡Trágala!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
