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Cartas del Director

Hacia el pacto con la extrema izquierda

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La pretensión de Pedro Sánchez de gobernar en minoría es legítima, pero su dependencia de Unidas Podemos y de Pablo Iglesias es muy evidente tras la contundente negativa de PP y de Ciudadanos a facilitar su investidura. Por eso, una de las claves de la legislatura estará en determinar si Sánchez podrá formar un Gobierno en solitario con apoyos puntuales de otros partidos basados en una aritmética parlamentaria variable, o si sucumbirá al chantaje de Iglesias, que ya en campaña electoral, y antes de abrirse las urnas, ansiaba un ministerio en un Ejecutivo socialista. Sánchez podrá presentarse ante la opinión pública como un presidente reforzado en las urnas -porque es cierto-, pero difícilmente podrá engañar a nadie: su verdadero objetivo no pasa por pactar nada con Cs, y menos aún con el PP, sino liderar un Ejecutivo de izquierdas, de aspiración radical, receptivo con el separatismo y cómplice del populismo comunista. Entre otros motivos, porque no tiene más alternativas realistas. Un Gobierno socialista en minoría sería infinitamente mejor que poner dinero público en las manos de ministros podemitas al servicio de la propaganda extremista, y de un proyecto de ingeniería social excluyente y sectario. Si Iglesias se impusiera, sería un síntoma muy preocupante sobre la evolución de la calidad de nuestra democracia, y de nuestra deriva hacia un populismo trasnochado capaz de hundir las cuentas públicas. Pero no conviene ser ingenuos. Es muy probable que Sánchez e Iglesias avanzaran ayer en este proyecto ideológico, por más que aparenten reservas mutuas y dificultades para alcanzar un acuerdo de gobierno en coalición. Eso es solo puro tacticismo electoral ante los comicios del 26-M para evitarse un desgaste recíproco. Los dos se necesitan mutuamente si Sánchez no quiere iniciar la legislatura bajo el estigma de una extrema debilidad, porque es Iglesias quien tiene la llave de muchas de las leyes que La Moncloa pretende aprobar.

El presidente del Gobierno en funciones también recibió ayer a Rivera para escuchar otro taxativo «no» de Cs a su investidura. De cambiar de opinión, Rivera no solo faltaría a su palabra, sino que se expondría a una pérdida masiva de votos el 26-M, y perdería toda la credibilidad para alcanzar su objetivo último, que no es tumbar a Sánchez, sino a Pablo Casado. Rivera fingió ayer acudir a La Moncloa como líder de la oposición. Pero no solo los escaños, sino también Sánchez, se encargaron de recordarle que no lo es. Además, acudía con un truco demagógico bajo el brazo: ofreció sus votos a Sánchez para aplicar desde ahora el artículo 155 en Cataluña, aunque ni sus escaños serían necesarios llegado el caso, ni Sánchez maneja mínimamente esa opción.


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