Opinión
Hijos sanos del feminismo
Manuel de Bernoy. Hércules. – En un tiempo donde el ritmo de las noticias es frenético y no es inverosímil que mañana el tema del momento esté muerto y sepultado escribo unas no muy originales reflexiones sobre el último escándalo político-sexual con en el que el PSOE ha decidido entretenernos; a un tiempo cortina de humo que cubre el constante brotar de corruptelas del Gobierno; y al otro, enésimo ajuste de cuentas de la izquierda caníbal.
La gran Ángela Rodríguez “Pam” resumía así en un tuit el asunto Errejón: «hijos sanos del patriarcado, ni más ni menos». Y sin embargo, no por muy extendida y aceptada esta tesis es menos falaz y absurda. No es una casualidad que casi todas las personalidades caídas en desgracia en nuestro particular y fallido metoo respondan a un mismo patrón, que no es precisamente el del macho machista, el hombre tradicional, que uno se esperaría tras tantos años de propaganda destinada a hacer creer a las mujeres que el lugar más peligroso para ellas es la cama que comparten desde hace dos décadas con su marido.
Para los que no hemos renunciado a mirar el mundo con valiosos prejuicios, nada de esto nos pilla por sorpresa —y no me refiero a que conociéramos los rumores que circulaban por los mentideros de Madrid como las feministas encubridoras—, porque el perfil de lobo con piel de cordero que tan arquetípicamente encarnaría Errejón no es un producto inédito de nuestro tiempo sino un espécimen más viejo que la tos. Si hay algo novedoso en el asunto es que la sociedad moderna ha creado las condiciones perfectas para dejar desprotegidas a las mujeres víctimas de muchos hombres convertidos en bestias.
Un hombre débil, inseguro, acomplejado, que no ha cosechado demasiados éxitos con las mujeres en una sociedad sexocéntrica será con mucha probabilidad un resentido. Si repentinamente se ve con la capacidad, aparentemente ilimitada, de tener relaciones sexuales sin poner dinero de por medio, solamente haciendo uso de su recientemente alcanzada posición de poder, la cantidad de papeletas que tiene para desarrollar una patología sexual es enorme. Pero hay que tener en cuenta que su ideología es su peor aliada, pues no contempla ningún límite a una conducta sexual exacerbaba, antes al contrario, promueve un estilo de vida desordenado que exalta la satisfacción inmediata de todas las pasiones «mientras no se haga daño a nadie y sea consentido».
Precisamente, la única denuncia cuyos detalles han trascendido relata unos hechos difícilmente delictivos, pero sí sumamente vergonzantes (mujer casada con un bebé enfermo que sale de fiesta y que se va a casa de un hombre) con los que la denunciante parece querer erigirse en víctima de unas prácticas de las que intuye que algo no estuvo bien. Sin embargo, en un mundo en el que solo el consentimiento y la voluntad determina lo moral, si lo que consentí, quise y deseé me ha hecho sentir como una mierda, entonces la única explicación pasa por convencerme de que en realidad no quería. Pero además, —mujeres oportunistas incapaces de asumir su responsabilidad aparte— cuando tu manera de vivir te lleva a desarrollar placer por la violencia y la dominación, aliñado con el consumo de sustancias que anulan o distorsionan la voluntad, con más facilidad acabarán transgrediéndose también los límites de lo consentido.
Está por ver el recorrido judicial que acabarán teniendo estas denuncias o si simplemente Errejón probará en sus propias carnes esta cacería que la izquierda inventó para imponer su Terror y perseguir a sus enemigos en la que el guillotinador parece que siempre acaba guillotinado.
Muy lejos de todo esto, lo que caracteriza el modelo clásico, patriarcal, ahora denostado y «tóxico» de masculinidad es precisamente el dominio de las pasiones. Tener más de 35 años y no haber asentado cabeza sino seguir enlazando una relación tras otra es un signo de inmadurez que no puede llevar sino el sello de aprobación de la izquierda feminista, que aspira a romper con todas las normas e imposiciones de la sociedad tradicional que habrían puesto insoportables cotos a nuestra libertad. Los hombres débiles de hoy han perdido las instituciones y los mecanismos que antaño advertían de los peligros y que mantenían encauzados sus impulsos naturales para que estos no acabasen arruinándoles la vida. Y así se entiende también las otras adicciones que se han aireado y contras las que Errejón estaría batallando.
Las mujeres que orbitan estos ambientes, necesariamente, no salen bien paradas. Llevan décadas proyectando sobre el conjunto de la sociedad lo que solo sucede en sus entornos y que es fruto de una cosmovisión muy particular y averiada. Los hombres débiles han creado mujeres incapaces de hacer valer su dignidad y que han demostrado estar dispuestas a aguantar cualquier cosa y de encubrir cualquier mal para mantener su estatus, o para no cerrarse las posibilidades de ascenso —que pasan por las manos de sus abusadores protegidos— mientras consagran sus vidas casi exclusivamente a levantarle el dedito a todos los demás.
Es por todo esto que del curso contra machismos que ha anunciado Sumar para sus cargos como solución al asunto Errejón podemos esperar el mismo éxito que de sus demás políticas para solucionar los problemas del país. No será más que gasolina al fuego.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
