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Historia

Hispanoamérica: origen del conflicto interno español

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Colón tomando posesión de Guanahaní en nombre de los Reyes Católicos el 12 de octubre de 1492.
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José Francisco Rodríguez Queiruga*.- España hoy, reflejo del pasado: La España actual está viviendo una profunda crisis de identidad que la desgarra desde el interior y pone en duda su historia y su destino como nación, donde los viejos fantasmas vividos en el período 34/36 se despiertan y nos reenvían a la mal cicatrizada herida de la ruptura del imperio.

Esta herida se abrió por primera vez a principios del siglo XIX con la atomización de los territorios americanos. Esta disgregación fue, en parte, causada por el agotamiento que supuso para España la lucha por liberarse del yugo de Napoleón y por la trama urdida por Inglaterra, con la inestimable ayuda de la francmasonería y de una porción de los criollos.

La trama tenía como objetivo resarcirse de las innumerables derrotas infringidas a Inglaterra por España en los tres siglos precedentes y escindir desde el interior los territorios americanos, para crear un nuevo monopolio comercial a beneficio de la industria inglesa que, además, pretendía suplantar la moneda hispana, es decir, el “real de a ocho”, como moneda internacional de intercambio y de reserva, por la libra.

Este fue un proceso largo y doloroso que condujo España a vivir varias guerras civiles y concluyó con la pérdida definitiva de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898.

2.- La leyenda “de color”

El subconsciente colectivo español quedó profundamente marcado por la pérdida de los territorios de ultramar, generando una profunda sensación de fracaso, de confusión y de impotencia.

Este conjunto de circunstancias históricas ha hecho dudar a la nación española no solo de su destino sino también de su pasado, olvidando sus gestas gloriosas, sus descubrimientos, el impacto de sus universidades y lo que estas habían aportado al mundo.

Al mismo tiempo, empezaron a extenderse falacias sobre su comportamiento y la criminalidad de sus instituciones, así por ejemplo, la Inquisición española empezó a asociarse al oscurantismo, a la intolerancia y a la represión, frente a hechos como la Revolución Francesa, cuya imagen simbólica asociada es “libertad, igualdad y fraternidad”, revolución que no obstante produjo en tan solo 10 meses casi 40.000 ejecuciones, frente a las 2.500 de la oscurantista Inquisición española en “tan solo 350 años”. Y este ejemplo no es el único, los españoles han ido asumiendo que no solo eran ladrones, violadores, genocidas, difusores de enfermedades y explotadores; hasta han intentado hacerles creer que su expansión industrial en América es la que está causando el cambio climático.

Las dudas sobre sí mismos han generado un proceso de introspección social que dejó entrar en su estructura, en su ADN colectivo, en sus universidades, en su clase política y en el pueblo llano, la “leyenda negra”, sin preocuparse por poner freno a su expansión en Hispanoamérica.

3.-La manipulación histórica

Por estas razones, el español y el hispano de hoy tienen un referencial histórico parcial y muy manipulado, exclusivamente cargado de derrotas y de incompetencia científica y económica, todo esto aderezado por la atribución, al Ser español, de un espíritu maligno, cavernario, estúpido, asesino y miserable del que nada bueno podía salir y que deslegitima toda acción de futuro.

Para enfrentarse a esta situación, un buen número de intelectuales, científicos, historiadores, economistas y sociólogos intentan desde hace varias décadas, recuperar las hazañas e hitos militares, científicos o político-económicos y culturales, más notorios y de mayor impacto tanto en la historia de América como en la de la España de hoy, con el fin de evitar su desmembramiento y disolución en la comunidad de gregarios del nuevo fundamentalismo internacionalista, para el que los Estados nación son una rémora del pasado y por lo tanto estarían abocados a desaparecer.

El trabajo que están realizando es muy intenso, se han publicado miles y miles de páginas de las hazañas hispánicas tanto científicas como culturales o sociopolíticas, sin embargo, algo no está funcionando, las continuas explicaciones y demostraciones contra la leyenda negra no son retenidas ni creídas por la población y además, nuestra clase política tira piedras contra su propio tejado, animada por los intelectuales que malgastan su tiempo en estériles discusiones bizantinas, debatiendo la existencia o inexistencia de España, ahogando de esta manera los gritos de la verdad e imposibilitando una opción de futuro.

¿Por qué esta persistencia de la leyenda negra?

España ha construido una nueva civilización en América, ha generado las bases del Derecho Internacional de Gentes con las Leyes de Indias, ha revolucionado la navegación marítima y la cartografía, ha creado las bases intelectuales del renacimiento con la Escuela de Salamanca, los tratados más importantes de farmacopea, medicina e ingeniería civil y militar son españoles entre 1500 y 1800.

En los nuevos territorios americanos creó nuevas estructuras de desarrollo socio-económico que permitieron que las poblaciones del nuevo mundo alcanzasen un nivel de vida nunca antes alcanzado en Europa. En tan solo 100 años, entre 1525 y 1625, crearon 30 nuevas universidades, mejoraron la agricultura y el nivel alimenticio y de salud de sus poblaciones, salvaguardaron sus propiedades, sus idiomas y sus referencias culturales en sendas gramáticas y diccionarios, y permitieron el acceso de todas sus poblaciones, sin diferencia de color o de sexo, a la formación profesional y universitaria, lo que hasta el S.XIX ningún otro país había hecho, y sin embargo ….

4.-Endeudamiento de las nuevas repúblicas americanas e inducción de la culpa

Ante estos hechos históricos incuestionables, ¿cómo es posible que uno de los elementos de la leyenda negra más repetidos por los hispanoamericanos, y también por los españoles, diga lo siguiente?:
“Si los españoles lo hicieron tan bien y los territorios en América estaban tan desarrollados, ¿por qué ahora las repúblicas hispanoamericanas, ex colonias españolas, tienen tan bajo nivel de desarrollo respecto a las ex colonias británicas o francesas?” y algunos llegan a decir “hubiera sido preferible que nos colonizaran los ingleses, así hoy seriamos ricos”.

Esta pregunta lleva implícito el fracaso de la colonización española, sin embargo, este enunciado parte de una premisa completamente falsa, cuya realidad, tanto españoles como hispanoamericanos deben desconocer, pues el desarrollo humano de la mayor parte de las ex colonias inglesas o francesas es infinitamente inferior al de las “ex colonias españolas”, cuando no se ha dado el caso de eliminación casi completa de sus poblaciones originarias, como es el caso de Australia y, con matices, de EEUU. El caso francés de Taití también clama al cielo.

Sabemos por escritos de viajeros y de analistas de la época, como Humboldt, que antes de que se produjesen las “independencias”, el nivel de vida de las poblaciones hispanas era superior al de cualquier otra población del resto del mundo.

No obstante, 50 años después de sus independencias, ya se encontraban completamente endeudadas, ¿era la culpa de España? Evidentemente que no, su desarrollo posterior como repúblicas independientes, ya no dependía de España, eran “libres”.

¿Qué pasó entonces?

Pasaron de estar bajo la protección de España a estar bajo el sistema de explotación depredador de Gran Bretaña y nada mejor que el ejemplo para comprender:

Provincias Unidas del Río de la Plata

“El 2 de febrero de 1825 la protección que Su Majestad Británica dio a los movimientos independentistas comienza a dar sus frutos. Ese día, tan sólo cuatro días después de haber sido designado, el representante de las Provincias Unidas del Río de la Plata firma con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda el llamado “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación”.

Dicho tratado, en su artículo 2º, contemplaba que los súbditos británicos podrían arribar con sus buques y cargas para ejercer el comercio a cualquier puerto, paraje o río argentino, con exclusión de cualquier otra bandera. Al mismo tiempo, en su art. 7º se establecía que, para verse amparados en este tratado, los buques argentinos debían ser propiedad y haber sido construidos en las Provincias Unidas. Ahora bien, dado que, la Argentina no contaba con astilleros ni industria naval alguna, en la práctica significaba que no podían alquilarse ni comprarse buques franceses o estadounidenses.

Expoliación de Perú, Colombia y México

En marzo de 1825, el mismo tratado es firmado por los representantes del Perú y en abril hace lo propio Colombia. México caerá en noviembre de ese mismo año y pocos años más tarde, cederá casi la mitad de su territorio a EEUU.

En el caso peruano, el tratado confirmaba la autorización de “el Libertador” José Francisco de San Martín a los comerciantes británicos para vender sus mercancías importadas en territorio peruano, copia exacta (según Julio C. González) del Edicto de 1806 del invasor inglés Beresford en Buenos Aires. Asimismo, el Empréstito usurario contraído por San Martín con Gran Bretaña, durante su protectorado, por la suma de dos millones de libras esterlinas, se convertirá en el modelo de los otros empréstitos escandalosos que han sumido a Hispanoamérica en la esclavitud de la Deuda Externa, sobre todo si se tiene en cuenta que dichos créditos fueron concedidos con la garantía de los fondos robados por los ingleses en las Arcas de los Virreinatos, otrora ricos.

¿Dónde se encontraba la responsabilidad de España en ese proceso de endeudamiento? ¿Cuál fue el papel de San Martín?

San Martín asumió el 3 de agosto de 1821 el mando y el poder del Perú con el título de ‘Protector’, sin embargo, renunció al protectorado del Perú el 20 de septiembre de 1822. Su gobierno duró, por lo tanto, un año, un mes y diecisiete días. ¿Qué hizo durante ese período?

  1. Lord Cochrane (inglés), el jefe de la flota de apoyo a San Martín, se apoderó de todos los fondos del gobierno peruano (Tesoro de la Real Hacienda), y de fondos particulares de Lima, que San Martín había resguardado en los buques peruanos Jerezana, La Perla y La Luisa, con el fin de evitar que dichos fondos cayeran en poder de las fuerzas realistas leales a España en caso de que éstas tomasen la ciudad de Lima. Lo que pasó es que los caudales colocados en esos tres buques fueron presa fácil de Lord Cochrane, el cual, partió inmediatamente hacia Londres con el botín.

  2. Ocurrió lo mismo que en Buenos Aires en 1806, donde Beresford embarca el Tesoro de la Real Hacienda (40 toneladas de oro) en el navío Narcissus con rumbo a Londres.

  3. Es lo mismo que sucedió en Potosí, donde Pueyrredón asalta y destruye la Casa de Moneda (agosto de 1811), enviando a Buenos Aires un millón de piezas de plata que el gobierno entrega por títulos de crédito a comerciantes británicos, que lo envían a Londres.

  4. En 1822 los británicos se apoderan de doce toneladas de oro amonedadas en Sant Fé de Bogotá (ahora Colombia). Coetáneamente acontece lo mismo en Guatemala (América Central Unida) y México. Textos extraídos de Dr. Julio C. González, “La involución hispanoamericana”.

Colombia no pagó su deuda a Inglaterra hasta principios del siglo XX. Recordemos que en 1822 Francisco Antonio Zea – el entonces el primer vicepresidente del país– negoció con la británica Herrings, Graham y Powles, un crédito de dos millones de libras esterlinas para ayudar al establecimiento de la joven república, cuyas arcas habían sido vaciadas por los propios ingleses.

Muchos políticos –y no sólo políticos– que lo sucedieron han sugerido irónicamente que dichos empréstitos no fueron un gran negocio para Colombia, escribe en su sitio web Matthew Brown, profesor de historia latinoamericana de la Universidad de Bristol, en Reino Unido. De hecho, agrega este profesor, consideran que dejó sobrecargada de deudas a Colombia desde su origen.

(Según lo investigado por Brown, Zea fue enterrado en la abadía de la ciudad inglesa de Bath, donde murió en el mismo año en que consiguió el empréstito que lleva su nombre).

Está claro, según se deduce de los textos históricos de ese período, que las nuevas repúblicas separadas de España tenían un gran capital que fue expoliado por los ingleses, que estos últimos concedieron los empréstitos de la reconstrucción de post guerra gracias al oro y reservas robadas a condición de obtener exclusividad portuaria y de comercio con estos nuevos países. Que estas circunstancias impidieron controlar los precios de sus productos y quedaron a merced de Inglaterra, endeudándose con ésta durante un siglo, y generándose así una gran inestabilidad política y social.

5.-Silencio de sus logros y deslegitimación de España

El fracaso socio-económico de estas revoluciones fue acallado, vertiendo todo tipo de mentiras sobre la gestión española y España acabó por asumir esa culpa, culpa que se extendió a los principios del descubrimiento del nuevo mundo con el fin de deslegitimar, a posteriori, toda la acción española y, por lo tanto, sus derechos a reivindicar los logros obtenidos.

Hoy España lucha por no desmembrarse (el nuevo proceso electoral que se abre el 10 de noviembre es un claro ejemplo de su lucha interna) pero su porvenir será incierto mientras no consiga cerrar la herida hispanoamericana, manifestada por los silencios de sus logros, por la amplificación de sus defectos y por la difusión de innumerables mentiras sobre su pasado, lo que le impide aceptar la legitimidad de su construcción actual, de su ser como nación histórica de valor, obscureciendo toda posible acción positiva sobre su destino.

Ahí está el origen del problema de la España de hoy, ahí está su solución.

*Economista y Président de la Chambre de Commerce Latino-Américaine

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Historia

Desvelan la olvidada represión de la II República: “No es un mito, se asesinó a 7.000 religiosos”

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España vive todavía una época de azules y rojos en la que los grises no tienen cabida. Buscar la anhelada objetividad en un período tan reciente (y estudiado) como la Guerra Civil parece una tarea imposible. En primer lugar, porque estamos obsesionados con colgar carteles simplistas que definan (en una palabra) a los profesionales de la investigación. Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense, quiere huir de este maniqueísmo barato. «No tomo partido ni de un bando ni de otro, solo quiero entender qué les pasó a todos durante el enfrentamiento», explica. En un momento de tensión política agitado más, si cabe, por la exhumación de Francisco Franco, este experto incide en que no le gusta hablar de muertos de uno y otro bando; para él todos ellos fueron víctimas del momento histórico que atravesó el país entre 1936 y 1939.

Su última obra ( «Retaguardia roja» -Galaxia Gutenberg, 2019-) está elaborada sobre los pilares de esta filosofía. No pretende señalar y no busca cargar tintas contra unos y otros (los «hunos y hotros» de Unamuno). Es, sencillamente, una investigación que detalla la represión republicana que se desató en Ciudad Real desde el momento en el que los sublevados se alzaron contra la Segunda República en julio de 1936. Un análisis concienzudo, todo sea dicho, pues le ha llevado más de 30 años de trabajo en los que ha hecho 60 entrevistas a otros tantos supervivientes. Podría parecer localista, pero pensar así es un error. Y es que, como bien explica, las conclusiones de su estudio se pueden extrapolar a toda la España rural.

Además de las suculentas novedades que alberga, su nueva obra también sirve para recordar «verdades como catedrales», como el mismo Del Rey las define. Una de ellas, que los estudios publicados en los años sesenta ya determinaron que «en España se asesinó a 7.000 religiosos». «No es un mito», completa. El autor, de hecho, dedica un capítulo a hablar de la «clerofobia» y la violencia de los republicanos más radicales contra los religiosos de la localidad.

Las hipótesis que baraja a la hora de establecer las causas de la violencia anticlerical son dos: la asimilación por parte de la sociedad de que los sacerdotes eran «agentes del enemigo» encargados de extender sus ideas a través de un púlpito y, por otro lado, la interiorización de los tópicos más exagerados sobre los religiosos (por ejemplo, su homosexualidad). Mención a parte merecen los frailes que residían en monasterios y que, según el doctor en historia, no encajan en este arquetipo. «Su caso es más extraño. ¿Por qué se enconaron con ellos?». La pregunta, difícil, la intenta responder en su obra.

En todo caso, «Retaguardia roja» no se limita a analizar la violencia contra el clero y se adentra también en la represión que se vivió en las ciudades que se mantuvieron leales a la Segunda República tras el levantamiento militar de 1936. En sus páginas caben desde la violencia que se desató contra los primeros enemigos del gobierno (una buena parte, falangistas) hasta la labor, enterrada en las páginas de la historia, de los militantes más moderados que quisieron detener aquella locura. Pero no es lo único, Las seiscientas páginas de este ensayo dan para mucho más y se dedican además a destruir mitos como, por ejemplo, aquel que afirma que el golpe militar fue una respuesta a una presunta movilización comunista. Algo que Del Rey define como una «soberana estupidez» multitud de veces refutada.

Tampoco se muerde la lengua al acabar con el mito de las dos España. «Hubo muchas más. La mayoría estaba formada por una mayoría que se vio arrastrada a la violencia», insiste.

Microhistorias

Del Rey forja su discurso mediante las determinantes microhistorias. Un total de diecinueve ejemplos prácticos, del día a día, que permiten al lector poner cara y ojos a los protagonistas del conflicto. «Las microhistorias locales nos permiten llegar a conclusiones similares en el resto del territorio español», afirma. Gracias a esta forma de estudiar la Guerra Civil, el autor establece que ha logrado destrozar mitos arraigados como el que explica que los republicanos más exaltados eran «incontrolados y delincuentes comunes». «Era gente corriente. Vecinos que mataban a otros vecinos. Es algo que ya demostraron muchos estudios de la Segunda Guerra Mundial al analizar la figura de las SS», señala.

Algo similar sucede con Ciudad Real. «Al palpar un universo pequeño que no se ciñe a las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Zaragoza…) te percatas de que encuentras respuestas que no hallas al estudiar las grandes ciudades», explica. Para él, esta urbe es un escenario privilegiado al encontrarse cerca de la capital y supone un ejemplo claro de cómo fue la vida en los pueblos rurales afines a la Segunda República.

Pero no todo lo encontrado ha sido bueno. En su investigación, Del Rey se ha topado con «cosas tremendas» que «no sabía si contar». «Al final me decidí a explicarlas porque partes de la base de que la sociedad española actual lleva cuarenta años de democracia y se merece que intentemos mostrarle una realidad lo más cercana al pasado y lo menos ideologizada posible», finaliza.

Violencia contra el clero

Mediante estas microhistorias, Del Rey se adentra en la «clerofobia» que se vivió al comenzar la contienda. La época de la «violencia en caliente», como la denomina. «Por violencia en caliente se entiende la que se sucedió en las primeras semanas de la guerra allí donde los sublevados habían sido derrotados», señala a este diario. Poco después del 18 de julio de 1936, cuando se produjo el Alzamiento, los partidarios de la Segunda República se ofuscaron en acabar con el «enemigo interior»: todo aquel sospechoso de ser partidario de la sublevación y que pudiera unirse al ejército enemigo si este llegaba hasta la zona. «Se detuvo a miles de derechistas que fueron a parar a las cárceles. En ese proceso, y sin que respondiera a una planificación previa, hubo algunos muertos cuando se produjeron choques. Hay que entender que muchos se resistieron a ser detenidos y que a algunos milicianos se les iba la mano», desvela.

Los religiosos de sotana y misa se vieron envueltos en este torbellino de tensión, miedo y desaire debido a que el miliciano de base los veía como unos «compinches de los golpistas». Ello, a pesar de que, en palabras del experto, «muchos se limitaban a rezar». Esa idea del «monje trabucaire partidario del enemigo solo por el hecho de serlo» era general. «El clero de base, el secular, era visto como un agente político. Ejercía el papel de ideólogo de la derecha en esa dialéctica de odio político», añade.

En su obra, el autor afirma que esta mentalidad estaba instaurda desde el siglo XIX, cuando «la fe religiosa se ligó en la cultura de las izquierdas europeas a la idea de la opresión del “pueblo”». Ejemplo de ello es que el marxismo la comparaba con el «opio del pueblo» y aseguraba que estaba al servicio de los ricos y de los poderosos. «Tales postulados se interiorizaron pronto en España, primero en los medios republicanos anticlericales y después en las distintas corrientes obreristas», completa.

Del Rey, como hace a lo largo de toda su obra, ofrece datos fehacientes sobre la represión contra el clero que se vivió en Ciudad Real durante la «violencia caliente». Entre el 19 de julio y el 31 del mismo mes las víctimas sumaron un total de 157. «Esto representa el 38,85% de los muertos en la “fase caliente” de la revolución, un porcentaje elevadísimo si se tiene en cuenta que la población religiosa en su conjunto -compuesta por poco más de un millón de personas entre curas, religiosos y monjas- apenas rondaba el 0,20% de los habitantes de la provincia», completa. En el interior de su obra, por descontado, analiza y compara esta cifra con multitud de informes relacionados.

En todo caso, también deja claro que la mayor parte no tuvieron que soportar torturas, como afirman algunos expertos. También rechaza que se califique a la represión general como «genocio» u «holocausto».

Lo que llama la atención al autor es el caso del clero que trabajaba en monasterios y no predicaba desde los púlpitos. «¿Por qué mataron en las dos primeras semanas a casi sesenta frailes?», se pregunta el historiador. La respuesta se encuentra en la imagen negativa que se había asociado al clero. «Creo que no funcionó la lógica del combate político previo tanto como en el estereotipo. Todos los tópicos denigratorios (como que eran homosexuales) se cernieron sobre esa figura», desvela. Las muertes de esta parte del clero fueron fomentadas, en parte, por la administración. «Decían que había que tener ojo con los conventos porque podían servir como fortalezas para refugiar fascistas. Había verdadera obsesión con los campanarios. Y en el fondo era verdad porque eran auténticas fortalezas arquitectónicas», añade.

Según Del Rey, una orden ministerial obligó a los frailes y monjas a salir de sus conventos en las dos primeras semanas de la guerra. «Los extrajeron mediante una orden gubernativa. Es decir, acompañados de un juez». En principio, la idea era meterles en la cárcel, aunque no pocos alcaldes se apiadaron y les ofrecieron salvoconductos para viajar hasta zonas seguras. «Lo sorprendente es que, en cuestión de días, los cazaron», señala. Telefonazo a telefonazo, y chivatazo a chivatazo, los milicianos se enteraron de dónde se encontraban y acabaron con ellos. El que aquel mandato gubernamental estableciese un día concreto para expulsarles de sus centros de culto es lo que hizo, en palabras del autor, que las muertes se concentraran en unas jornadas muy específicas en toda Ciudad Real.

Como ejemplo de esta violencia pone casos como el de Francisca Ivars Torres (sor Vicenta), la única religiosa muerta en la provincia. A esta monja la guerra le sorprendió en el colegio San José de Valdepeñas. Sin embargo, el devenir de los acontecimiento hizo que decidiera marcharse. Como otras tantas recibió un salvoconducto. El 23 de septiembre tomó un tren para Alcázar de San Juan, desde donde pretendía viajar a Alicante. Jamás lo consiguió. «Avisados por sus compañeros de Valdepeñas, los milicianos estaban esperándola en Alcázar. […] Sirviéndose de engaños, le propusieron conducirla a la casa que la orden tenía en Herencia. La subieron en un camión y, pocos kilómetros antes de llegar a ese pueblo, la mataron en una viña junto a un hombre. Tenía 68 años», completa Del Rey en su documentada obra.

La violencia vivida en Ciudad Real, con todo, es un mero ejemplo de la que sufrieron los miembros de la iglesia de toda España en estas primeras semanas. «La represión contra el clero se conoce desde 1960, cuando salió un estudio estupendo de un sacerdote en el que se contabilizaba la población religiosa asesinada en unas 7.000 personas. No es un mito, es una realidad como una catedral. Luego se han corregido levemente sus cifras. Fue un estudio impresionante hecho en una época en la que no había ordenadores. Otra cosa es que se hable de eso en el vacío y sin hacer referencia al anticlericalismo que se había extendido en la época, sin contextualizar», completa Del Rey.

Mitos, asesinos y víctimas

En las páginas de «Retaguardia roja», Del Rey también se cuestiona máximas como la idea de que la democracia había cuajado en España. «La democracia no se adquiere en 24 horas, supone un aprendizaje muy amplio. La aceptación del adversario es un elemento clave para saber si uno es democrático o no, lo mismo que la alternancia en el poder. En la España de los años treinta eso no estaba claro. Algunas minorías que venían de la España de la Restauración, la España oligárquica, se adaptaron a ello. Pero aquella sociedad todavía no estaba dentro del juego democrático porque procedía de un mundo caciquil», explica. Eso no significa, sin embargo, que no tuvieran a su disposición el armazón institucional para ello.

Del Rey también es partidario de que la sublevación fue la que provocó las revueltas violentas en el seno de la Segunda República. «Los estudiosos de la violencia política tienen claro que hubo una multicausalidad, pero hay que establecer una jerarquía en base a criterios racionales. La conclusión a la que llego es que hay unos factores mucho más importantes que otros. Para empezar, el golpe fue decisivo porque supuso un desafío a la legalidad y rompió el monopolio que tenía el estado sobre la violencia. Así, un golpe que se creía preventivo para contener una supuesta revolución comunista en ciernes (que se ha demostrado falsa), provocó la revolución por el desafío de poder que generó», sentencia.

Otro tanto sucede con la idea de las dos Españas. «Insisto en que no existían. Había muchas más: la España revolucionaria, la España contrarrevolucionaria, la España de los moderados (liberales, socialistas y católicos, todos ellos en su versión moderada) y la España que no estaba ideologizada, pero se vio arrastrada por el resto. Esta última era la más extensa», completa. Según cree, a pesar del alto nivel de politización de la sociedad de los años 30, la realidad es que los protagonistas de estos combates fueron minorías que arrastraron a la mayor parte del país. De hecho, una de sus tesis es que la violencia fue generada por una minoría que muy ruidosa. «Siempre eran militantes jóvenes y muy ideologizados», señala.

Del Rey también analiza la falsa imagen de los represaliados en la zona republicana. Personas que, en sus palabras, se ajustan a un arquetipo concreto. «Al analizar las víctimas de la violencia te das cuenta de que todos los que habían tenido un protagonismo público previo, tanto político como administrativo (un juez, un secretario de ayuntamiento…) estaban en la cabeza de las listas», señala. Para el autor, ser un personaje público en la España de los años treinta, aunque fuera a escala local, suponía un riesgo impresionante. «La fijación de objetivos humanos respondía a criterios ideológicos y políticos. «No es tanto la lucha de clases lo que determinaba estas matanzas, como la adscripción política. Las víctimas eran élites políticas que habían tenido protagonismo público en el período anterior. Hubo cierta lucha de clases, pero no se mataba a los ricos por ser ricos. Se mataba a los que habían tenido relevancia», finaliza.

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Historia

Hispanidad a la española: del Himalaya a Los Andes

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Recuerdo que una de las historias que más me cautivaron en mi niñez y adolescencia fue la que protagonizó el niño italiano de nombre Marco, que emprendió un viaje épico desde Italia hasta América con el fin de encontrar a su madre, que había emigrado a tierras del Nuevo Mundo para trabajar y dar una mejor vida a sus hijos.

La historia tenía como título «Marco: de los Apeninos a los Andes», relato breve incluido por Edmundo de Amicis en su novela «Corazón», editada en 1886.

Si cambiamos los Apeninos por el Himalaya, nos quedaría un título perfecto para explicar con pocas palabras la nauseabunda catarata de mentiras con las que los rojiprogres pretenden destrozar nuestra historia: «Del Himalaya a los Andes». Como se ve, todo se reduce a una simple cuestión orográfica, pues por algo somos el segundo país más montañoso de Europa, de modo que estudiar nuestra historia equivale a hacer un «trekking» ―perdón por el palabro inglés― por cordilleras gigantescas, a hacer escaladas más allá del Naranco de Bulnes, en un juego de la oca que tiene como estribillo «y miento porque me toca».

En efecto, el Himalaya de mentiras por cuyas barrancas se han despeñado generaciones enteras de españoles aborregados hasta la náusea tiene varios ochomiles majestuosos, cumbres negras construidas engaño a engaño, embuste a embuste, leyenda a leyenda. Las falsedades sobre nuestra Historia son de tal magnitud, que, además del Himalaya, el movimiento tectónico causado por las patrañas ha levantado en España incluso un Andes de mentiras, otra cordillera más para atacar la Hispanidad, para manipular la historia patria a conveniencia de la «Sinagoga de Satanás», que nos acosa desde del mismísimo «Big Bang».

Extraña y sorprendente magia luciferina la de los giliputienses progres, que convierten la Reconquista en una aventura imperialista contra una civilización musulmana excelsa, y nos exigen pedir perdón por la conquista de Granada; pasmosa visión de nuestra Patria, que según la patulea de giliignorantes ha sido gobernada por siniestros individuos hijos de Torquemada, genocida macabro que quemó a cientos de miles de inocentes, cuando los documentos históricos demuestran que, en sus 400 años de existencia, solo se le pueden imputar unas 2.000 víctimas, pecata minuta al lado del holocausto que sufrieron los católicos a manos de los protestantes y los anglicanos, cifra que palidece ante las más de 10.000 víctimas católicas ―18.000 si se les suman las matanzas del genocida Lluis Companys― provocadas por el Frente Popular.

Pero a lo que íbamos, después del Everest de la inicua memoria histórica antifranquista, tenemos el espectáculo del famoso Aconcagua andino, que con sus 6960 metros es la mayor cumbre delos hemisferios sur y occidental. Aconcagua de mentiras con las que la ideología izquierdista ha tergiversado la historia dela conquista y colonización de América, magno evento civilizador que, en palabras del papa León XIII, «es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás».

Extraño caso el de España, perpetradora de los más tremendos genocidios de la Humanidad según los lobotomizadores rojos: musulmanes, brujas, protestantes, indígenas, milicianos… Enormes muchedumbres que cayeron bajo nuestra cruel guadaña, que inmisericorde segó vidas inocentes, alcanzando su paroxismo de horror con los indiecitos lindos como corderitos en flor, y con los nobles y puros y pobres milicianitos que curraban por construir el paraíso de las famélicas legiones.

Y así tenemos que los sherpas perrofláuticos del Himalaya de mentiras sobre el franquismo han abierto desde tiempo inmemorial una franquicia en los Andes, la cual ha lavado el cerebro a incontables generaciones presentando la epopeya americana como la madre de todos los genocidios. ¿Por qué será que la patulea comunista, responsable de la muerte de más de 100 millones de personas, se empeña en ver genocidios en nuestras empresas más gloriosas?

Esta mentira cósmica que hace de la Hispanidad la «fiesta del genocidio indígena» resiste contra viento y marea la verdad histórica, archisabida, pero archiolvidada, de que la mortandad indígena no fue causada por mengeles españoles, ya que fue provocada por el hecho de que los españoles transmitieron a los autóctonos unas enfermedades contagiosas para las cuales los indios carecían de defensas ―especialmente la viruela y el sarampión―, enfermedades infecciosas que provocaron entre un 75 y un 95% de la mortandad indígena.

Otras verdades como panes demuestran fehacientemente que los españoles pudieron conquistar esos imperios enormes porque contaron con el apoyo de la gran mayoría de los pueblos que estaban hartos de la opresión totalitaria de esos imperios, la mayoría de los cuales se alimentaban de las torrenteras de sangre de los satánicos sacrificios humanos.

En el año 1521 Andrés Tapia, acompañante de Hernán Cortés, dio testimonio de una torre de cráneos en Tenochtitlán, que pertenecían a hombres mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el imperio azteca. Este siniestro monumento fue descubierto en el 2017, como prueba material de que eran verídicos los testimonios de los cronistas sobre el genocidio que se practicaba en los imperios precolombinos.
Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, afirmaba en una carta datada en 1524 que en todo el imperio azteca se sacrificaban al año más de 72.000 personas, entre ellas 20.000 niños. Para el investigador Mariano Cuevas (1879-1949), esa cifra estaba en torno a los 100.000 sacrificios anuales. En el primer volumen de su «Historia de la Iglesia en México», afirma que Andrés Tapia y Gonzalo de Umbría estimaron en 136.000 calaveras los restos de los sacrificios que hallaron en las vigas y gradas de Mixcoatl. En dicha obra, Cuevas sostiene que el objetivo de las guerras entre los pueblos precolombinos era capturar el mayor número de prisioneros para luego sacrificarlos, ritual que consistía en arrancar el corazón a las víctimas, decapitarlos, y comérselos después. Estas prácticas eran comunes en prácticamente todas las culturas precolombinas. Estos horrendos genocidios cesaron tras la conquista española y, por supuesto, han sido silenciados en los libros de texto.

Para rematar la mentira genocida, es un hecho ya aceptado entre los historiadores que los españoles fuimos los creadores de los Derechos Humanos, cuya ideología se aplicó al trato con los indígenas del Nuevo Mundo, impulsada por la misma Isabel la Católica.

Pero no hace falta ser experto en historia para descubrir que los Andes de mentiras es un burdo intento por manipular la verdad de nuestra historia, ya que basta darse una vuelta por Madrid para desmochar sin cuartel esa cordillera de estafas y engaños.

En efecto, que me digan a mí y a los madrileños que la colonización de América fue un genocidio, cuando nos vemos transportados en un plis-plas a exóticos lugares, en fantásticas excursiones por Macchu-Picchu y alrededores, tal es la calidad indígena del ADN de muchos sudamericanos que pululan por nuestras calles.

Al verme rodeado por ellos en cualquier esquina de Madrid ―y no digamos en alguno centros comerciales del extrarradio madrileño― no puedo por menos de pensar que fue muy extraño el presunto genocidio que hicieron nuestros antepasados conquistadores en las Américas, porque, aparte de tenerlos a cientos de miles en nuestras calles con una fisonomía plenamente indígena, tiene que haberlos por millones en los actuales países hispanoamericanos. Si el genocidio fue como lo pintan los giliprogres, ¿cómo se explica que quedaran tantísimos indígenas? Chi lo sa. Y también hay que contabilizar a aquellos que no tienen tanta pureza racial por haberse mezclado con españoles, ya que fuimos el único imperio en el que los conquistadores se no tuvieron reparo a la hora de mezclarse con las poblaciones nativas, caso insólito en los imperios anglosajón, francés, holandés…

Caso bien distinto es el de los indios que tuvieron la desgracia de habitar las tierras de América del Norte, donde, además de los búfalos ―que exterminaron sin piedad con el fin de matar de hambre a los indios que se alimentaban de ellos―, los blancos anglosajones diezmaron sin piedad las tribus nativas, hasta el punto de que hoy se calcula que éstas ―contando también Alaska― sólo cuentan con poco más de 4 millones de individuos: espeluznante cifra. Por ejemplo, solamente quedan unos 96.000 apaches, 18.000 cheyennes, 19.376 comanches, 80.000 iroqueses… ¿para qué seguir? Es decir, que antes daban para alguna película del Oeste como extras y poco más, pero hoy ya ni eso, porque ya no se hacen.
Dato tremendo es que, de las 570 etnias indias en América del Norte, más de la mitad están asociadas a reservas. No he estado nunca en América del Norte, pero me da que es sumamente difícil toparse por las calles de sus ciudades con cherokees, comanches, apaches, chirikawas, sioux, etc, incluso en la multirracial Nueva York.

En cuanto a la salvaje explotación de los indígenas, es cierto que la sufrieron las poblaciones autóctonas, pero los países o imperios que no incurrieran en esta práctica que tiren la primera piedra, y eso no es óbice para que estén orgullosos de su historia y proclamen su patriotismo urbi et orbe.

Si los rojiprogres hispanófobos quieren denunciar genocidios, más les valdría denunciar los ignominiosos ejemplos de algunos países elogiados por su civilización y su democracia, los cuales tuvieron lugar en un tiempo donde ya existían los derechos humanos y las ONGs.

Ahí tenemos el siniestro caso de la maravillosa y moderna Suecia, paradigma de socialdemocracia —aún recuerdo al hipócrita primer ministro Olof Palme pasando la hucha por las calles para conseguir dinero contra Franco con el fin de protestar contra la condena a muerte de unos terroristas—. Pues en este país tan deslumbrante se esterilizó a 230.000 personas entre 1935 y 1996 «en el marco de un programa basado en teorías eugénicas» y por razones de «higiene social y racial», orientado a preservar la «pureza de la raza nórdica». Lapones, gitanos, poblaciones de raza mixta… ninguna minoría escapó a este horror. Eso sí que era una «solución final» —por cierto, los suecos no pudieron disimular sus simpatías por el nazismo—.

También animo a estos gilirrojos antiespañoles a investigar el espantoso genocidio que se perpetró en el Congo cuando era colonia de la Bélgica del rey Leopoldo II, fundador y único propietario del Estado Libre del Congo, corrupto y salvaje explotador de los indígenas que se hizo con una enorme fortuna explotando el caucho y los diamantes de ese territorio africano, para lo cual no dudó en masacrar a la población nativa como si fuese mano de obra esclava, hasta el punto de que la carnicería afectó a la mitad de la población, unos 10 millones de personas. Una campaña de investigación que estremeció a Europa destapó el increíble horror de este genocidio, donde destacó el hecho de que los encargados de las concesiones exigían a los soldados nativos que les llevaran las manos cortadas de aquellos a quienes habían asesinado, para asegurarse de que no habían desperdiciado cartuchos.

Pero los muchos ejemplos de genocidios que se podrían citar quedan eclipsados por la apocalíptica hecatombe producida por los regímenes comunistas. Sin salir de la Rusia estalinista, durante La Gran Purga entre 1937 a 1939 se contabilizaron 8,5 millones de detenciones, más de un millón de ejecutados, y más de dos millones de muertos en los campos de internamiento.

Anteriormente a esta Gran Purga había tenido lugar el dantesco apocalipsis del «Holodomor», nombre bajo el cual se conoce la devastadora hambruna que asoló Ucrania durante los años 1932-1933, que causó la muerte de entre 1,5 y 10 millones de personas, horror que según muchos historiadores fue provocado intencionadamente por Stalin el exterminador, que pretendía acabar con el nacionalismo ucraniano colectivizando despóticamente las tierras de los campesinos.

La China maoísta, por su parte, es responsable de 65 millones de muertos.

Ya lo decía Jean François Revel: «El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Solo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso». Chapeau, maestro.

Por cierto, el relato «De los Apeninos a los Andes» finaliza con las palabras que el médico que atendía a su madre ―enferma de gravedad, y desahuciada por los médicos― le dice a Marco, ya que el niño había motivado a su madre a curarse de la grave enfermedad que la aquejaba: «¡Eres tú, niño, quien ha salvado a tu madre!».

Magnífica parábola para describir la situación de España: una madre enferma que hay que buscar y salvar… Si yo fuera Marco, sé perfectamente dónde buscarla. ¿Y usted?

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Historia

La histórica hazaña española que cambió el destino de nuestro país

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Tal día como hoy, un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubría América. El navegante desembarcó en el primero de sus cuatro viajes financiados por los Reyes Católicos en la isla de Guanahaní, isla perteneciente a las Bahamas y que fue bautizada con el nombre de San Salvador. Un territorio que en aquel momento se encontraba habitado por el pueblo lucayo o taíno.

Colón prosiguió su viaje por El Caribe y el 28 de octubre llegó a Cuba, y más tarde, según la versión de Bartolomé de las Casas, el 5 de diciembre a La Española. En el primer viaje de Colón participaron tres embarcaciones: La Pinta, La Niña y La Santa María, que comenzaron la expedición desde el puerto de Palos (Cádiz). De ellas tan solo regresaron dos carabelas, La Pinta, a cargo de Martín Alonso Pinzón que desembarcó en la localidad gallega de Bayona, y La Niña, que se encontraba capitaneada por Cristóbal Colón llegó a Portugal. La Santa María se había ido a pique frente a la actual República Dominicana.

Hasta este 2019 no se conocía la existencia de ningún documento oficial que confirmase que Colón llegó a América y regresó. Es el primero y único que existe en el mundo y fue hallado el pasado mes de junio en el Archivo Histórico de la Nobleza. El documento en sí se trataba de una carta que Juan II de Portugal envió a Fernando de Aragón en la que informaba al monarca aragonés del regreso de Cristóbal Colón de los nuevos territorios descubiertos. La carta, escrita en portugués antiguo y con letra gótica, informaba del regreso de Colón a la península. “Llegó aquí con fortuna de mar a nuestro porto de nuestra ciudad de Lisboa vuestro Almirante que holgamos mucho de ver y mandar tratar bien”, de esta forma informó el Rey Juan II de Portugal a Fernando el Católico sobre la llegada de Colón de su primer viaje al nuevo continente, aunque el navegante nunca llegó a conocer en vida que había descubierto un nuevo continente.

Origen de Cristobal Colón

La nacionalidad de Cristóbal Colón es uno de los mayores interrogantes en la vida del hombre que descubrió América. Existen dos vertientes que son las más repetidas durante el paso de los años.

La primera siempre ha dicho que es italiano, y más en concreto, genovés. Este argumento tiene mucho peso ya que en otro documento firmado por el propio almirante afirma que “siendo yo nacido en Génova (Italia), les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla”. Las pruebas conducen más a esta vertiente debido a que fue nieto de Giovanni Colón, un tejedor de lana de un pueblo cercano a Génova.

La otra teoría que siempre ha tenido mucha fuerza ha sido la idea de que Colón es español. Pero nunca se ha tenido claro, en caso de que así fuera, en qué parte de España habría nacido. En Galicia se sitúa el posible origen del almirante. Esta idea surge a través del libro publicado en el 1914 por el historiador Celso García de la Riega, bajo el título, ‘Colón, español. Su origen y patria’. Para demostrar esta afirmación se basó en unas pruebas documentales de los siglos XV y XVI. También se dio cuenta de que empleaba el castellano con marcados rasgos gallegos y lusos.

Además de las dos teorías que siempre se han barajado, existen distintas ideas que sitúan el nacimiento de Colón en Guadalajara, Plasencia, Mallorca, Cataluña o Portugal.

La hazaña que conmemora el día de la hispanidad

El Día Nacional de España, también conocido como Día de la Hispanidad, se celebra cada año el 12 de octubre conmemorando la hazaña que Cristóbal Colón realizó hace ya más de 500 años, una celebración que se encuentra regulada por la Ley 18/1987 como Fiesta Nacional.

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