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Cartas del Director

La demagogia tiene precio

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Banco de España
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El Banco de España advierte en su informe trimestral sobre la evolución de la economía española de que se está produciendo un encarecimiento del tipo de interés medio aplicado a los nuevos préstamos hipotecarios, que estaría en torno al 2,4 por ciento, es decir, 30 puntos básicos, fenómeno que no se registra en ningún país de la eurozona y que tampoco tiene correlato con otras operaciones de préstamo, como los créditos al consumo. A falta de nuevos datos, el organismo que dirige Pablo Hernández de Cos, apunta a que este encarecimiento podría estar relacionado con los cambios legislativos impulsados por el Gobierno socialista en la legislación hipotecaria, que, entre otras cuestiones, hace que los bancos corran con el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, reduce los intereses de demora y de amortización anticipada de los crédito y extiende en el tiempo la protección frente al desahucio de los clientes morosos.

Pese a las protestas de la banca española, que niega la mayor y atribuye lo ocurrido al aumento de las hipotecas a interés fijo, el informe del regulador no hace más que confirmar lo que cualquier lego en la materia podía pronosticar: que las entidades de crédito, muy golpeadas por la política monetaria del Banco Central Europeo, que mantiene los tipos prácticamente en cero, no sólo iban a trasladar al consumidor el incremento de los costes impuestos por el Gobierno, sino, como también se está produciendo, a endurecer las condiciones y las garantías exigidas para la concesión de una hipoteca.

Que esta situación se produzca, además, cuando se desacelera la creación de empleo y aumenta la demanda en el mercado inmobiliario, con costes prohibitivos para los trabajadores más jóvenes o con menores ingresos, debería llamar a la reflexión ciudadana sobre los efectos del populismo en el la vida pública. Como señalamos en su momento desde estas mismas páginas, era imposible no reparar en el oportunismo político, demagogo en el exacto sentido del término, que suponía corregir desde el Ejecutivo la resolución del Tribunal Supremo sobre el pago del impuesto de Actos Jurídicos Documentados. Que la decisión judicial hubiera venido envuelta en una trifulca de magistrados poco edificante para los ciudadanos no exime lo más mínimo al Gabinete de Pedro Sánchez, que fue el que tomó la decisión, de sus consecuencias. Sin duda, la misma confusión creada por los jueces del Supremo, que sólo ayudaba a consolidar la percepción popular de que la banca siempre gana y daba pábulo a las teorías conspiratorias más variopintas, era una tentación irresistible para que un Gobierno en precario, como era el caso en noviembre de 2018, no aprovechara la oportunidad de presentarse ante la opinión pública como el valladar contra los malvados banqueros. Y ello, en un país donde la presión impositiva sobre el mercado inmobiliario es de las más altas de nuestro entorno.

En España, los gravámenes para una operación media hipotecaria suponen un coste añadido de 2.800 euros, frente a los 500 de Italia o los 250 de Francia. En Reino Unido, Alemania y los Países Bajos, por citar tres ejemplos próximos, no se paga nada. Y que sepamos, no es «la malvada banca» la que decide la política fiscal. Pero ese debate sobre las cargas impositivas que acosan a quien pretende adquirir una vivienda –que es la gran y, muchas veces, única inversión de toda una vida–, carece de la vistosidad que precisa el político populista, siempre a la búsqueda de un cabeza de turco que pague la cuenta. Con un riesgo añadido: que mientras «paguen los banqueros», se abre la veda para que la izquierda incremente la presión fiscal. La realidad, sin embargo, es tozuda y el Banco de España no ha hecho más que describir los primeros efectos de una mala decisión.

 


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Cartas del Director

Grecia da carpetazo al delirio populista

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La aventura política de Alexis Tsipras se puede resumir en un simple concepto: en el mejor de los casos, Grecia ha perdido cuatro años en un periplo que ha devuelto al país prácticamente donde estaba. Con un mensaje demagógico e imaginario -es decir, populista- Tsipras apareció en la arena política de la crisis más profunda que ha conocido la economía griega, prometiendo lo que nadie podía cumplir.

Alentado por su estrambótico ministro de Economía, Yanis Varufakis, se dedicó primero a empeorar las cosas a base de enfrentarse con los socios europeos, los únicos dispuestos a ayudar a su país, hasta que se dio cuenta de que caminaba en la dirección equivocada. Y a pesar de que desde que empezó a aplicar -siquiera parcialmente- las recomendaciones de la denostada Troika la situación ha mejorado sensiblemente, al final los votantes griegos han preferido confiar en un dirigente de centro-derecha como Kyriakos Mitsotakis. Pura ligereza ideológica, Tsipras se dio a conocer como un extremista radical de izquierda, pero no le importó pactar con grupos ultranacionalistas y filonazis, antes de coquetear con la socialdemocracia con una mano, mientras que con la otra se resignaba a aplicar las recomendaciones europeas, incluyendo un control radical del gasto público. No debe extrañar que su gestión haya acabado irritando a unos y a otros.

Este fue el modelo para cierta izquierda que durante la crisis se aferró a las recetas demagógicas más extremistas, empeñada en prometer la solución con recetas que solo servían para empeorar las cosas. Junto a la dictadura chavista, Alexis Tsipras fue el modelo de Pablo Iglesias, que soñaba con una internacional populista mientras acudía a Atenas a los mítines de Tsipras. El mismo Iglesias que ahora dice que quiere ser ministro.


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Cartas del Director

El PSOE se encomienda a Bildu

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María Chivite (c) ha alcanzado un acuerdo con Geroa Bai, Podemos e Izquierda-Ezkerra.
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El Partido Socialista de Navarra formalizó ayer el acuerdo alcanzado con Geroa Bai, Podemos e Izquierda-Ezkerra para la investidura de María Chivite en la Comunidad Foral, a la espera de que los proetarras de Bildu lo refrenden como mínimo con su abstención. Se trata de un acuerdo bendecido por Pedro Sánchez, por el que el PSOE vuelve a aliarse con el nacionalismo anexionista y por el que aceptará gustoso los votos de Bildu, despreciando cualquier pacto con los partidos constitucionalistas integrados en la lista mayoritaria de Navarra Suma. El PSOE podrá disfrazar este acuerdo como quiera, e incluso podrá alegar que no ha pactado absolutamente nada con Bildu, pese a ser el único beneficiado con su previsible abstención. Lo que debería ser una buena noticia -que el nacionalismo vasco y navarro pierde el poder de la Comunidad Foral-, se convierte en una noticia alarmante, puesto que el PSOE, que no ganó las elecciones, ha decidido dar la espalda a los partidos defensores de la unidad de España para gobernar junto con quienes defienden el derecho de autodeterminación o la absorción de Navarra por parte del País Vasco.

El PSOE tenía distintas alternativas. La primera asumir su derrota y abstenerse para permitir la gobernabilidad de Navarra Suma; la segunda, haber pactado incluso, como en su día hicieron en el País Vasco el PSE y el Partido Popular, para impedir un Gobierno del PNV sustentado en los batasunos; y la tercera, pactar con partidos como los que ha pactado, la marca navarra del PNV y la extrema izquierda con el beneplácito de Bildu. Ya resultó indiciaria hace unas semanas la claudicación del PSN cuando permitió que Bildu se hiciera con un puesto clave en la Mesa del Parlamento Foral, lo que evidenció el doble rasero del discurso de Ferraz al respecto. Todas aquellas afirmaciones de José Luis Ábalos, Carmen Calvo o el propio Pedro Sánchez de que la «línea roja» era negociar con Bildu han resultado ser una grosera mentira. Por acción o por omisión, el resultado es el que es, y el PSN gobernará con el aval de Bildu porque sin él sería absolutamente imposible. No iban desencaminados quienes advertíamos de que el proceso de blanqueamiento de Arnaldo Otegui en la mesa del Consejo de Ministros o en Radiotelevisión Española tenía un solo objetivo, el de garantizarse el poder a toda costa. Y ello, con la indignidad que supone hacerlo incluso sobre la memoria de todos aquellos militantes socialistas asesinados por ETA, sin que un terrorista convicto y confeso como Otegui haya siquiera pedido perdón.

El PSOE tendrá que evaluar el coste de este tipo de decisiones en términos de congruencia, ética política e impacto sobre sus propios votantes. Pero de momento, las sonrisas de María Chivite durante las negociaciones de los últimos días, o en las fotografías de ayer, sobran.


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Cartas del Director

La soberbia castiga a la derecha

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El portavoz del grupo parlamentario del PSOE en la Asamblea Regional de Murcia Diego Conesa (i) conversa con la portavoz de Ciudadanos Isabel Franco
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Vox y Ciudadanos volvieron a dinamitar ayer cualquier posibilidad de acuerdo que permitiese al candidato del PP, Fernando López Miras, ser designado presidente de Murcia. El día fue tan frenético como inútil para el centro-derecha. De nuevo, Albert Rivera y Santiago Abascal, culpables a partes iguales de esta absurda falta de entendimiento, se enrocaron en una incomprensible posición política que prolonga la incertidumbre en Murcia y amenaza con enterrar toda opción de acuerdo también en la Comunidad de Madrid. El enquistamiento de las relaciones entre ambos partidos ha aumentado en las últimas horas y amenaza con un bloqueo que, en definitiva, solo beneficia a la izquierda. Vox y Ciudadanos tendrán sus respectivos motivos para aborrecerse, no firmar juntos ningún documento, no aparecer públicamente unidos y ni siquiera para posar ante los fotógrafos. Rivera está en su legítimo derecho de creer que ceder ante Vox es tóxico y contamina su marca. Y a su vez, Abascal tendrá sus motivaciones para desconfiar de Rivera y de sus mensajes ambivalentes, confusos y ambiguos. Pero lo ocurrido ayer en Murcia supone un desprecio al votante conservador en la medida en que los vetos mutuos pueden desencadenar o bien gobiernos socialistas o bien la repetición de elecciones. Es inquietante la incapacidad de dos partidos con un objetivo común -impedir que la izquierda gobierne- para ponerse de acuerdo por una simple cuestión de gestos, por puro tacticismo o por mera cuestión de imagen. Más que nada, porque la imagen que ofrecieron ayer es irritante.

La obsesión política por retratar al culpable es lo de menos ahora. Tanto Vox como Ciudadanos tienen su parte alícuota de responsabilidad en lo ocurrido ayer, más allá de que el error cometido pueda corregirse dentro de unos días. Sin embargo, Ciudadanos no puede pretender beneficiarse de los votos de Vox sin siquiera agradecer con un mínimo gesto la generosidad de ese partido al regalarle vicepresidencias y consejerías autonómicas. Más aún, la división interna en Ciudadanos es palpable, y quien impone el veto drástico es la dirección del partido en Madrid. Si Abascal tiene la llave para consensuar gobiernos de centro-derecha, Ciudadanos no debe imponer el ordeno y mando de una negociación que ningunee a Vox, que desprecie a sus diputados como si no hubiesen sido democráticamente elegidos y que lo esconda en un gueto del que son aprovechables sus votos gratis, pero no sus demandas. Parece razonable empezar a pensar también que este tipo de bloqueos tienen más que ver con una pugna de egos y soberbia que con diferencias programáticas insalvables. Rivera y Abascal están a tiempo de reconducir una deriva que, de mantenerse, solo beneficia a Pedro Sánchez. Justo lo que ninguno de los dos quiere. No cabe mayor contradicción.


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