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España

La noche islámica o el amanecer de la libertad

Redacción

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LTY.- Estoy más que harto de que me traten de racista, de xenófobo, de fascista, de nazi (harto de la intención injuriante puesta en estos apelativos, que no de los apelativos en si, que viniendo de las cloacas de donde vienen me resbalan) porque me atrevo a defender mi identidad, mis tradiciones, la cultura de mi país y los valores de mi civilización. Tengo derecho a expresar mis opiniones, el amor por las cosas de mi mundo y mi rechazo por valores ajenos y tradiciones que no son las mías. Estoy en mi casa y no tengo ninguna obligación de ceder antes las pretensiones de los invasores que me quieren sojuzgar. Es mi derecho el no querer extraños indeseados fanáticos y agresivos en mi hogar. No estoy obligado a aceptar sin rechistar nada de lo que me agrede o perjudica.

¿Estar en contra de la sharia es ser racista? ¿No aceptar que las mujeres no sean tratadas como seres humanos completos es xenofobia? ¿Oponerme a que los animales sean torturados horriblemente es fascismo? ¿Denunciar la persecución de los cristianos es intolerancia? ¿Considerar la lapidación una práctica bárbara es demostrar estrechez de miras? ¿Si me escandaliza que se permita casar a niñas de nueve años soy un retrasado? ¿Si me gustan los belenes y los villancicos antes que la berrea del muecín y las flagelaciones de la ashura, si prefiero el vino y el tocino ante que el cuscús y el kebab, entonces soy islamófobo?

Lo que condenamos en este diario no son ni razas ni personas, ni siquiera musulmanas, es la crueldad, el atraso del islam, sus maquinaciones para imponer la tiranía universal y eterna, la ferocidad de una cosmovisión enemiga de la humanidad, un auténtico cáncer mundial en plena expansión. No atacamos a los musulmanes en sí por el mero hecho de serlo, sino al islam como una ideología preñada de monstruos. No condenamos a los esclavos sino a la esclavitud. No luchamos contra los ciegos sino contra la ceguera. No combatimos a los enfermos sino a la enfermedad. Nos oponemos al islam y a los que tratan de propagar esa brutal forma de vida basada en creencias malsanas y enseñanzas criminales y pervertidas. ¿Por qué mis compatriotas y yo mismo debemos cerrar los ojos ante los estragos de una cultura ajena y contraria a todos nuestros valores, creencias y logros? ¿En virtud de qué principio moral o ley de vida deberíamos aceptar una invasión que pone en cuestión nuestro modelo de sociedad, nuestra organización política, nuestras tradiciones, nuestro derecho a vivir en paz en nuestra tierra, nuestra seguridad, nuestro futuro y hasta nuestra propia existencia?

Combatimos al enemigo pues este es real y se comporta como tal. Ese enemigo es el invasor musulmán y sus complices autóctonos, que son tanto o más culpables y dañiños que los usurpadores que ya se comportan como en territorio conquistado, ayudado en sus arrogantes pretensiones y sus inadmisibles pretensiones por un arsenal de leyes colaboracionistas elaboradas para facilitarles la tarea. ¿En nombre de qué debería aprobar la represión sistemática de mis creencias y de mi propia cultura y la persecusión de mi inalienable derecho a la legítima defensa y a ser dueño en mi país sin tener que ser aplastado bajo la despiadada bota del usurpador?

¿Tal vez en nombre de la “tolerancia” y del respeto del “Otro”? ¿Los islamistas y sus colaboradores islamófilos acaso nos respetan, tal vez se muestran tolerantes con nosotros? ¿Nos piden permiso o consultan nuestra opinión cuando pretenden imponernos sus costumbres, sus leyes, su masiva presencia en nuestro país? Nos preguntan acaso si queremos comer halal (lo que ya sin duda hacemos sin saberlo)? ¿Nos piden permiso o nos consultan cuando pretenden financiar con nuestro dinero la construcción de mezquitas mientras nuestras centenarias iglesias se caen en pedazos? ¿Nos piden permiso o nos consultan cuando están alimentando con las ayudas que se nos niega demasiado a menudo a parásitos improductivos y polígamos que viven de nuestra sangre? ¿Nos preguntan acaso cómo nos sentimos cuando sabemos que hienas importadas del norte de África violan y asesinan a nuestros compatriotas a diario?

Vosotras, feministas que decís defender los derechos de la mujer, ¿donde coño estáis, miserables farsantes?

Apoyando la inmigración masiva de musulmanes, ayudando a cavar la fosa en que seréis enterradas hasta el cuello para ser lapidadas mejor. ¿Por qué no le hacéis extirpar el clítoris a vuestras hijas de 3 años en vuestro próximo viaje a Marruecos, en un momento cualquiera, entre el zoco y la playa, en nombre de la tolerancia y el respeto de las culturas? ¿Creéis acaso que la defensa de los derechos de la mujer incluye la aceptación de la tortura, la mutilación y la sumisión? ¿O pensáis que aceptando la inmigración masiva de musulmanes y defendiendo una religión de odio y de violencia, dando el visto bueno a esas prácticas bárbaras, y condenado a los que se oponen a la tortura de las niñas y los malos tratos hacia las mujeres, estáis favoreciendo el progreso y la libertad, prohijando una nueva era de paz, luz y harmonía? Estáis locas de remate o soís unas arrastradas amantes del látigo. O ambas cosas a la vez.
Vosotros, colaboracionistas, traidores manipulados y manipuladores, estáis sacrificando vuestro país y vuestro pueblo (los míos en realidad, vosotros sois mercenarios apátridas vendidos al mejor postor) en nombre de vuestra buena conciencia, de vuestra estúpidez y de ideologías gaseosas, sin consistencia ni fundamento. Pretendéis militar por la libertad de expresión: la vuestra y únicamente la vuestra. Todos aquellos que no piensan como vosotros y tienen la ocurrencia de amar a su país y su cultura y querer defender sus valores y su familia, los atacáis, los denunciáis, los condenáis, los metéis en prisión…

Me tratan de racista, xenófobo, fascista, nazi… La voluntad de preservar su cultura, su herencia histórica, sus valores, no tiene color político ni es una ideología particular. Cualquier ser humano con instintos sanos, dotado de sensibilidad e inteligencia, quiere de manera natural su libertad y la de su pueblo y se opone a toda forma de opresión, de sumisión, de violencia y de barbarie.

Mientras los colaboradores de la barbarie y demás descerebrados pegan grititos de alegría y excitación aplaudiendo y repitiendo como monos de feria los mantras de la “integración”, la “diversidad”, la “tolerancia”, la “aperturta al Otro”, el “mestizaje”, la “multicultura”, ahí fuera los nuevos bárbaros violan a nuestras hijas, ocupan nuestra tierra, saquean nuestros recursos, destruyen nuestras raíces, escupen sobre nuestra leyes, desafían nuestro Estado, se cagan sobre nuestra libertad. Esa libertad por la que hemos luchado y sufrido durante siglos y por la que han muerto tantos para que vivíeramos mejor. Digamóslo claro y alto: han muerto para nada, inútilmente, su sacrificio no ha servido más que para que ahora se pisoteen los valores y la lucha de nuestra estirpe. Vivimos en tiempos de vileza, cobardía y traición.

“La tolerancia y la apatía son los últimos valores de una sociedad moribunda”, decía Aristóteles. Que sigan, pues, los tolerantes con su tolerancia y los apáticos con su apatía, que acepten sin rechistar la islamización si quieren ver su país morir, su cultura destruida, su futuro robado y sus hijos y nietos esclavizados.

Los europeos que deseamos simplemente conservar nuestra cultura y vivir en paz con nuestros compatriotas, somo tachados de racistas y xenófobos, nuestras palabras son censuradas, nuestras opiniones nos convierten en criminales. Pero no comulgar con una ideología incompatible con nuestros valores y negarse a aceptar su dominación es un derecho legítimo, y es además una cuestión de supervivencia. Nuestros antepasados han luchado por nuestra libertad, ¿por qué deberíamos nosotros renunciar a ella?

Los indios de América, los aborigenes de Australia, las tribus de la Amazonia, los nativos del Tibet, los esquimales de Groenlandia o los pueblos del Ártico, todos tienen derecho a defender su cultura, sus tradiciones, su territorio. ¿Por qué los europeos no han de tener ese mismo derecho inalienable? Por qué los europeos han de aceptar la ocupación de sus tierras por gentes que no los respetan, que los parasitan y que los agreden?

Se habla a veces de una guerra civil latente en Europa, otras veces de guerra civil étnica y racial, tratando de ajustarse más a la realidad de los factores en cuestión. Pero hay que llamar las cosas por su auténtico nombre: lo que ha de llegar es una guerra de liberación nacional. Los europeos se van a ver obligados a luchar contra un enemigo que se ha infiltrado dentro de sus muros y que actúa para aniquilarlos desde el interior. Hemos llegados al punto en que vamos a tener que defendernos, defendernos de los invasores y de sus colaboradores del interior. Los políticos y los intelectuales al servicio de la invasión están favoreciendo y llevando a cabo una auténtica persecución contra sus compatriotas, favoreciendo el exterminio de la población nacional y su reemplazo por por una población extranjera que pretende apoderarse de nuestros países y ponernos el yugo de su brutal opresión.

En nombre de la tolerancia, Europa ha abierto sus puertas a la intolerancia, en nombre de la democracia estamos entregando nuestros hijos al verdugo que los esclavizará y los convertirá en dhimmis, en siervos de la brutalidad de los nuevo amos que se frotan las manos ante nuestra desidia y apatía y las facilidades que los traidores les ofrecen a sus ansias de conquista y dominación.

La noche avanza sobre esa desventurada Europa. La necesaria lucha por venir verá el triunfo final de la noche eterna o un nuevo amanecer.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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