A Fondo
La nueva religión del rebaño
LTY.- Asistimos hastiados, entre la repugnancia intelectual de algunos y la cretina complacencia (cuando no la grosera satisfacción) de otros muchos, al triunfo casi indiscutido de la dictadura de lo políticamente correcto; una verdadera inquisición contra toda manifestación de reflexión independiente, una censura implacable contra todo atisbo de opinión divergente: la conjura de los necios contra cualquier forma de pensamiento adulto, cabal reflejo de esa anorexia cerebral generalizada, cuyas funestas consecuencias ya avizoramos con espanto en el horizonte de nuestra irrefrenable decadencia.
Vemos imponerse, con la arrogancia de una vociferante ignorancia y el brío de un fanatismo avasallador que es la expresión más sincera de ese nuevo progresismo deslavazado y pánfilo reverenciado como la religión de nuestros días, la entronización de peregrinos dogmas como la igualdad de las culturas, la equivalencia de las civilizaciones, la hermandad universal de pueblos y razas, y otras desafinadas gaitas del mismo palo (música de fondo: “We are the world, We are the children”), como si todo fuera lo mismo y valiera por igual: los griegos del Partenón y los cafres del Monomotapa, los constructores de catedrales y los reductores de cabezas, San Juan de la Cruz y el penúltimo chamán embrutecido de Mongolia Exterior, Beethoven y King Africa, Marie Curie y la mujer-jirafa ¡tomados de la mano!
Desde las cátedras de una prepotente incultura venerada como los Santos Evangelios, por esa izquierda simplona de seso jibarizado, se proclama con una falta de complejos admirable y una imbécil alegría, un nivelamiento general por decreto de la humanidad que es un insulto a la inteligencia y a la razón. Piedra angular del pensamiento único y pusilánime actualmente vigente es la exaltación perversa de todo aquello que ha supuesto en tiempos pasados y aún presentes, un freno, un revés o un impedimento al progreso, al desarrollo, al florecimiento del genio humano: una revisión en sentido negativo de nuestra historia, un radical cuestionamiento de nuestros valores, ideales, logros, creencias, reglas morales, costumbres sociales y patrones culturales como europeos, cristianos y occidentales (en suma, como pueblos y naciones civilizados), un ataque masivo contra nuestra doble herencia grecorromana y cristiana, una negación viciosa de nosotros mismos, un repudio total de nuestras más profundas esencias, una frenética manía autoflageladora acompañada por una inquietante fascinación y un vocinglero entusiasmo por los olores de la barbarie y el caos, el salvajismo y la maldad.
Fruncir el ceño y hacer muecas de asco cuando se trata de la historia y la cultura europeas es el “no va más” de la progresía actual. Amar sin reservas y ensalzar con devoción las lacras del Tercer Mundo y despotricar contra nuestra casa limpia y ordenada que es la Biblia de los paladines de ese cosmopolitismo corruptor, una manada de papanatas entregados con una pasión enfermiza y una saña hotentote a una empresa de acoso y derribo de cuanto hay de bello, noble, decente y sagrado. Cuanto más grueso sea el esputo lanzado, generalmente con más odio que puntería, contra la Civilización del hombre blanco europeo, más medallas y galones se gana en este absurdo y grotesco campeonato antioccidental que lleva a cabo este balante rebaño de seudointelectuales de pensamiento chirle y casero, cuya máxima aspiración vital parece consistir en impresionar al personal con un patético discurso de un raquitismo ideológico y una miseria intelectual que asombran y que consiste en un popurrí incoherente de consignas de boys-scouts, lemas de revolucionarios de la Señorita Pepis y aforismos para porteras. Hay más inteligencia y cordura en el rebuzno de un asno que en el cacofónico cacareo de esa puerilizada caterva lanzada cuesta abajo en la resbaladiza pendiente de su disentería mental.
De creer a estos adalides de la uniformidad a ultranza –por abajo–, la historia europea (su esencia, su espíritu, su legado) sería solo error y desatino, crimen y aberración. El Paraíso, nos dicen los heraldos de la ofensiva antieuropea, esas “almas bellas” dedicadas en cuerpo y alma a todo cuanto hiede y mancha, está donde siempre estuvo: allende las fronteras cristianas de Europa. Los campeones de la demagogia igualitaria, los apólogos de esa calamidad llamada multiculturalismo (el nuevo opio de los bienpensantes, el último juguete de la beatería progre, el caballo de Troya de la quinta columna antioccidental) pretenden vendernos este corrompido producto. Nosotros, en cambio, podemos no comprarlo.
A Fondo
Pánico total en los sindicatos. Por Jesús Salamanca Alonso
«Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, …»
Dos insignes sindicalistas vallisoletanos me confiesan que los sindicatos mal llamados «obreros» han entrado en pánico ante futuros gobiernos de VOX y de la «derechita cobarde», que se ha tenido que amoldar al acuerdo para formar gobierno regional. Ya sucedió en Castilla y León la legislatura pasada hasta que la insigne derecha de VOX se rasgó las vestiduras, pero se dio un paso importante de legislatura como fue eliminar las subvenciones multimillonarias que recibían los sindicatos «comegambas» o «rebaña-ostras».
Aquel paso, que llevaba tiempo reclamando la ciudadanía, tuvo una vergonzosa retrocesión por parte del PP al verse desamparado, acobardado y sin apoyos, pero quedó patente que los ciudadanos exigen que ese paso se dé de forma permanente. Y ahora se debe hacer; los sindicatos clasistas de la izquierda ventajosa y fomentadora de odio y desigualdad no han hecho nada importante para ser mantenidos por papá Estado a toda costa y a lo grande. Hasta la ministra, Yolanda “Varufakis” Díaz o Yoli «cohete», alias «Tucán», ha hecho el más burdo ridículo con las subvenciones sindicales. Lo raro es que no los haya traicionado, que es su especialidad, aunque nunca es tarde. Está apartada del Consejo de ministros desde que se marchó a la entrega de los Óscar. Cada día despierta más desprecio y menos simpatías. Doy fe.
En los últimos siete años de izquierda presuntamente (y sin presunta) corrompida con apoyos golpistas, comunistas, independentistas y terroristas ha habido infinidad de motivos para convocar huelgas sectoriales y hasta generales, pero el dúo «comegambas» practica el famoso «do ut des». En pocas palabras: dame pan, llámame perro y lléname la faltriquera. ¡Manda huevos! Bien es verdad que han perdido la calle, se han hecho casta, incluso se creen con derecho de pernada con los trabajadores y hoy corren el riesgo de que se les echen encima esos trabajadores responsables, honrados y que no viven de un mundo subvencionado ni duermen hasta las doce de la mañana por estar liberados. Las movilizaciones contra esos sindicatos no se harán esperar y conocerán la horma de su zapato. Al tiempo.
Hay sindicatos sectoriales que no reciben ni un euro, ¿por qué estos vividores sí las reciben? Nunca serán respetados mientras no se hagan cargo de las nóminas de sus propios liberados, ¿qué es eso de que sean las empresas quienes sigan pagándolos si no producen? ¿Qué es eso de que Yolanda y los dos sindicatos más denostados socialmente decidan las subidas salariales sin contar con la patronal? No estaría de más que alguna vez pagaran ellos con el dinero público que reciben. Ellos invitan y el Estado paga con dinero público. ¡Cuánta indignidad y descontrol tienen y cuánta acumulan cada día! ¡Joder, qué tropa!, repetiría incesante don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones.
Este modelo sindical ya no sirve, nadie cree en ellos, son la mofa y el hazmerreír permanente y, cuando salen en TV los líderes de esas formaciones izquierdosas y ultra-izquierdosas, lo primero que se escucha en los bares, restaurantes y mesones es «¡ladrones!» y, además, se enfatiza, repite y contagia a los asistentes. Incluso calificativos, o descalificativos, muchos más gruesos. Y es que han hecho méritos para ello, llevan siete años holgando y presenciando la corrupción de varios miembros del Gobierno y aledaños, incluso viendo y comprobando como huye el galgo de Paiporta o se esconde, a la vez que miente o entorpece la acción judicial, el avestruz de Adamuz o cómo la UCO saca los colores a la «fontanera», «la Paqui», Ábalos, Koldo, Cerdán y demás parroquia, a veces amparados por las hojas parroquiales de izquierdas: las misma que acusan al juez Peinado de tener dos DNI o a Julio Iglesias en falso.
Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, el Ministerio de Transportes o la presidencia de las Cortes, por no añadir a Felisín Bolaños, Yolanda «Tucán» o Isabelita Rodríguez, más parada que un baile agarrado de los años setenta.
El gran logro sindical español se alcanzará cuando los sindicatos paguen la nómica de sus propios liberados y los gastos de mantenimiento del propio sindicato. Ese día llegará, doy fe de que llegará y tendrá el apoyo de los organismos europeos y de los propios trabajadores. Precisamente será el momento del nacimiento de la modernidad sindical en España y sospecho que Juanma Moreno será quien dé el primer paso junto con Castilla y León, que ya tiene práctica de ello.
Tras las elecciones andaluzas, y el futuro nuevo gobierno de Moreno, ha anunciado que revisará y recortará drásticamente las subvenciones públicas que reciben CC.OO. u UGT cada año. Hablamos de decenas de millones de euros que reciben esas formaciones y cuyo control deja mucho que desear. Ni siquiera sabemos si actúa el Tribunal de Cuentas al respecto ni cómo actúa. Lo del patrimonio sindical lo dedicaremos artículo aparte y en exclusiva.
Los líderes sindicales ya han salido en tromba y planean movilizaciones para seguir mangoneando y chupando del bote, aunque saben que no tienen apoyo de los trabajadores y menos de la ciudadanía en general, pero tranquilos, que llega el día grande de las gambas, el 1º de mayo.
Está claro que lo que proyectan esos sindicatos es «¡un ataque a los trabajadores!» y una amenaza a la Administración para seguir mangoneando y desprestigiándose, aunque ya no pueden desprestigiarse más.
Yo, como trabajador, sigo luchando para acabar con esos privilegios de señoritos y abusadores. Ni creo en ellos ni he creído nunca y jamás me han reportado nada. De ello, doy fe.
