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Historia

Las falacias históricas sobre Hernán Cortés del presidente de México

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Cortés, junto a Moctezuma
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CC.- Cuando parece que hemos logrado extirpar la Leyenda Negra que persigue a España desde hace más de cinco siglos, la mentira y la exageración brotan de nuevo de la mano de alguna figura pública con pocas ganas de acercarse de forma rigurosa a la historia. Es lo que tienen los mitos, que suelen estar tan arraigados que extraerlos del imaginario colectivo supone un esfuerzo hercúleo. Si hace poco fue Teresa Rodríguez (coordinadora andaluza de Podemos y presidenta del grupo parlamentario Adelante Andalucía) la que enarboló el cliché de la Córdoba de las tres culturas y la barbarie de los Reyes Católicos, en este caso el que ha pedido la vez ha sido el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.

Más conocido como AMLO, el político tuvo el pasado lunes la feliz idea de solicitar al Rey Felipe VI y al Papa Francisco que se disculpen por la conquista de México. Así lo corroboró el presidente minutos antes de dar un discurso para conmemorar los 500 años de la batalla de Centla, el primer enfrentamiento de cierta envergadura entre las tropas de Hernán Cortés y los mayas-chontales. Durante su intervención, el político afirmó que los españoles protagonizaron «una invasión» en la que «hubo matanzas e imposiciones». «La llamada conquista se hizo con la espada y con la cruz. Se edificaron iglesias encima de los templos», añadió.

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Por si fuera poco, también se armó de ironía e hizo referencia a la «Noche alegre», un sustituto de la « Noche triste», el término histórico con el que la historia se refiere al día en el que Hernán Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir de Tenochtitlán para evitar ser masacrados por la población local. No terminó en este punto su ristra de golpes. Por el contrario, López Obrador también cargó contra las matanzas que, según él, perpetraron los españoles en el Imperio mexica (que no México, creado nada menos que tres siglos después). Entre ellas señaló la de Cholula, sucedida en octubre de 1519 y en la que fallecieron entre 3.000 y 6.000 nativos.

Lo que el político ha evitado señalar es que existe una gran controversia sobre este hecho y que, según los cronistas, las bajas fueron perpetradas tanto por los españoles como por sus aliados tlaxcaltecas (nativos). Y todo, después de saber que los dignatarios de la ciudad habían urdido un plan para acabar con los conquistadores y, así, evitar su entrada en la región. Tampoco afirma que el extremeño intentó por todos los medios que los lugareños abandonaran prácticas tan extendidas en la zona como el canibalisnmo y los sacrificios rituales. Eventos documentados (a pesar de que a muchos les duela reconocerlo) y que los mexicas practicaban mucho antes de que aparecieran por allí los súbditos de la corona.

Es lo que tiene, en definitiva, la historia, que siempre alberga sorpresas…

No fueron solos

Cortés, junto a La Malinche

Cortés, junto a La Malinche

Lejos de la imagen pretendida por la Leyenda Negra, Cortés exhibió una enorme inteligencia política y un impresionante verbo durante su conquista. Moctezuma quedó encandilado por la figura del español en una mezcla de síndrome de Estocolmo y de extraña amistad hacia el hombre que pretendía derribar su imperio.

En medio de un tumulto de profecías que advertían al Emperador Moctezuma II de la llegada de «hombres blancos y barbudos procedentes de Oriente» con la intención de conquistar el Imperio azteca, los malos augurios se materializaron con el desembarco de Hernán Cortés, 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros en la costa mejicana en 1519. El conquistador extremeño, tras varios meses de batallas contra tribus menores en su camino hacia la capital azteca, tomó una decisión radical, destruir las naves: o ricos, o no volverían a Cuba.

El 8 de noviembre de 1519 iniciaron el viaje definitivo hacia Tenochtitlán los 400 españoles supervivientes, acompañados de 15 caballos y siete cañones, que pasarían a la historia como los principales responsables del derrumbe del estado mexica. El Imperio azteca, por su parte, era la formación política más poderosa del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados ya habían establecido un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca.

Los sacrificios humanos masivos eran un mecanismo clave en el sistema azteca. Cada año entre 20.000 y 30.000 personas, capturados entre las tribus vecinas, eran inmoladas en estas ceremonias. Cientos de tribus celebraron con júbilo la desaparición de aquella máquina de matar que, define María Elvira Roca Barea, como «un totalitarismo sangriento fundado en los sacrificios humanos». Como señala la historiadora australiana Inga Clendinnen, lamentar la caída del Imperio azteca es como sentir pesar por la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial.

Hernán Cortés aprovechó en beneficio español este odio extendido. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas también a miles de guerreros de esta etnia.

El plan de Cortés para vencer a un ejército que le superaba desproporcionadamente en número, por tanto, se cimentó en incorporar a sus huestes soldados locales. Junto a los 400 españoles, formaban 1.300 guerreros y 1.000 porteadores indios, que se abrieron camino a la fuerza hasta la capital. Además del odio común contra el terror sembrado por los aztecas, el conquistador extremeño percibió otro síntoma de debilidad en el sistema imperial y lo explotó hasta sus últimas consecuencias. Moctezuma II –considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario– se dejó seducir, como las serpientes, por Hernán Cortés y fue claudicando ante sus palabras, en muchos casos con veladas amenazas, hasta terminar cautivo en su propio palacio.

Una supuesta matanza con muchas aristas

López Obrador

López Obrador

López Obrador ha cargado contra la matanza de Cholula, perpetrada presuntamente por Hernán Cortés y sus hombres. La realidad sobre este evento es, sin embargo, bien distinta (y bastante más gris) que la que afirma el presidente de México. El evento comenzó allá por 1519. Por entonces, el extremeño se hallaba en Tlaxcala, una ciudad gigantesca que el propio conquistador definió como «mucho más grande que Granada» en su Segunda Relación. La situación era halagüeña para los peninsulares, pues contaban con la ayuda de cientos de miles de tlaxcaltecas y acababan de confirmar la alianza con la vecina Uexotzinco.

En esa tesitura, sabedor de que empezaba a contar con un ejército potente de nativos, Cortés recibió la visita de una embajada enviada por Moctezuma que le invitaba a viajar hasta Cholula, una imponente urbe leal al Emperador. Según le informaron, allí recibiría instrucciones del mandamás. La región no representaba una amenaza ya que, en principio, también mantenía buenas relaciones con Tlaxcala. Por ello, el extremeño decidió cumplir los deseos del monarca. En su mente había dos ideas: aumentar su ejército y seguir forjando buenas relaciones con las tribus locales. «El 11 de octubre, Cortés salió de Tlaxcala, acompañado por cien mil guerreros indígenas. Su ejército se agigantaba», explica el historiador galo Christian Duverger en «Hernán Cortés, más allá de la leyenda».

Una jornada después, los pocos españoles que acompañaban a Cortés arribaron hasta Cholula. Fueron recibidos entre sonidos de caracolas por los sacerdotes de la ciudad, quienes se habían engalanado con sus mejores trajes. Sus hombres (apenas unos centenares) fueron instalados en el interior de la urbe, pero no ocurrió lo mismo con los 100.000 tlaxcaltecas que le acompañaban. Y es que, estos fueron obligados a mantenerse fuera de los muros de la ciudad. Aquel fue el primer comportamiento extraño de otros tantos. «Los emisarios de Moctezuma, que no dejan a los españoles ni un segundo, se vuelven día a día más enigmáticos. Ninguna cita con el soberano azteca se fija todavía. Pronto, por instrucciones del tlatoani mexicano, les cortan los víveres a los españoles. El ambiente se vuelve extraño, malsano y opaco», añade el experto.

Según las crónicas, Cortés pronto se enteró de lo que sucedía gracias a Malinche, la interprete nativa que se hallaba entre sus hombres. Ella le reveló que todo era parte de una conspiración: al parecer, los gobernantes de Cholula habían planeado disfrazar a sus combatientes de porteadores para, poco antes de la partida de las tropas, acabar con los españoles. No quedaba más que prepararse para evitar el desastre.

A la mañana siguiente (el 18 de octubre) Cortés reunió a los dignatarios del Emperador y a los señores de Cholula en los alrededores de la casa en la que se hospedaba y les informó de que sabía que todo era una trampa. Acto seguido, ordenó a sus soldados que acabaran con esta treintena de desgraciados, aunque dejó vivos a los emisarios para que informaran a Moctezuma de que el extremeño no tenía un pelo de tonto.

A partir de entonces se desató la batalla. O, al menos, así lo afirma el autor francés: «Españoles armados abren las puertas de la ciudad a los tlaxcaltecas que la cercan. La confusión es general; los españoles libran cinco horas de combate. Cortés hace quemar los edificios públicos y los templos que servían de refugio a los arqueros cholultecas». Tras la contienda (en la que fueron respetadas las mujeres y los niños) el extremeño contó 3.000 bajas, mientras que el cronista López de Gómara, el doble. En todo caso, ambos coinciden en que los caídos fueron guerreros preparados para acabar con la partida de peninsulares. Al final, y siempre en palabras del historiador, los dignatarios locales se rindieron y admitieron que habían sido obligados a preparar esta treta.

A su vez, el experto confirma que Cortés quería evitar el enfrentamiento: «No hay alegría alguna en el triunfo español; el propósito de Cortés no era verter la sangre de los indios. Contrariado, hará levantar una cruz en la cúspide de la gran pirámide y trabajará en la reconciliación con Tlaxcala y Cholula, que se habían enfrentado a causa de su presencia». El conquistador también les exigió detener los sacrificios rituales y el canibalismo. A partir de este punto se puede especular sobre qué versión es la más acertada, la que afirma que fue una masacre o la que explica que fue en defensa propia. En todo caso, conviene conocer los promenores del acontecimiento para entender que existe una escala de grises en la historia.

Canibalismo y sacrificios

A lo que tampoco ha hecho referencia López Obrador es al canibalismo y a los sacrificios rituales que se llevaban a cabo antes de la llegada de Hernán Cortés. Aunque las cifras son discutidas según las fuentes, todas convergen en la misma conclusión: la ingente cantidad de sacrificios humanos (entre 15.000 y 250.000) que perpetraban anualmente los sacerdotes mexicas antes de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo.

Y si los números del llamado «Holocausto azteca» causan tanta controversia, no parece extraño que suceda algo similar con la cantidad de cadáveres que –tras cada uno de los mencionados rituales- eran desmembrados, cocinados e ingeridos por este pueblo. Aunque algunos historiadores han llegado incluso a negar que se produjera tal antropofagia, los escritos de aquellos que acompañaron a Hernán Cortés (1485-1547) en sus conquistas corroboraron la triste verdad.

Y es que, los españoles que atravesaron el Atlántico dejaron constancia de las prácticas caníbales con las que se toparon en el mismo instante en el que desembarcaron en Tabasco allá por 1519. Desde Bernal Díaz del Castillo (1492-1584), hasta el franciscano Bernardino de Sahagún (1499-1590). Todos ellos pusieron sobre blanco el viaje que hacía el cuerpo de una víctima desde que era sacrificada en el altar, hasta que era devorada por los aztecas. «Después de que los hubieran muerto y sacado los corazones, llevábanlos pasito, rodando por las gradas abajo; llegados abajo cortábanles las cabezas y espetábanlas en un palo y los cuerpos llevábanlos a las casas que llamaban Calpul donde los repartían para comer», explicaba el segundo.


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Historia

1933, la última vez que se suspendió la Semana Santa de Sevilla

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Sevilla, que no celebrará su Semana Santa por la pandemia del coronavirus, no veía totalmente suspendida su Semana Mayor desde el año 1933, cuando ninguna cofradía salió en procesión por el enrarecido ambiente que provocó el enfrentamiento político y social en los años de la Segunda República.

En los primeros años treinta, las cofradías soportaban un ambiente hostil en la calle -ya en 1932 sólo salió en procesión la hermandad trianera de La Estrella-, pero la decisión última de no salir en 1933 fue adoptada por las propias hermandades, a manera de plante por el anticlericalismo del Gobierno y el que también se respiraba en la calle.

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Según ha explicado a Efe el escritor y periodista Francisco Robles -autor de “Tontos de capirote” y “Frikis de capirote”-, el Ayuntamiento republicano no actuó en ningún momento contra la Semana Santa, sino que la suspensión corrió a cargo exclusivamente de las hermandades, al igual que sucedió en 1932, si bien posteriormente, durante el franquismo, se tergiversó esa realidad para aprovecharla políticamente.

Ese año de 1932, una cofradía de pronunciado carácter popular como es La Estrella salió en procesión, pero no su día correspondiente, el Domingo de Ramos, sino el Jueves Santo, con lo cual no perdió la subvención que otorgaba el Ayuntamiento, como le pasó al resto de cofradías que no salieron. Una vez en la calle, al paso de La Estrella se produjeron altercados, insultos, gritos e incluso el lanzamiento de algunas piedras.

El ambiente enrarecido duró hasta 1934, cuando sólo salieron en procesión aproximadamente la mitad de las cofradías, las de carácter más popular, mientras que las consideradas más conservadoras o, de algún modo, más ligadas a la derecha política decidieron no salir. Ya en 1935 salieron todas las cofradías y en 1936, ya con el Gobierno del Frente Popular, volvieron a salir todas las cofradías, cuyas procesiones, hasta ahora sólo se habían interrumpido por la lluvia o la amenaza de lluvia.

El profesor de la Universidad de Sevilla Manuel Moreno Alonso recordaba recientemente otro caso en un artículo publicado por ABC de Sevilla hace justo dos siglos, en 1820, también por razones políticas derivadas de la presencia en Sevilla del general Rafael del Riego, entonces aclamado como el libertador de la nación.

Tras más de dos meses de la proclamación de la Constitución de 1812 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla), Riego entró en Sevilla el 20 de marzo de aquel año, lo que conllevó alborotos y suscitó temores que dieron con la suspensión de las procesiones el Jueves y el Viernes Santo y la “Madrugá”. Francisco Robles también ha recordado un curioso hecho histórico del periodo napoleónico, durante el reinado español de José Bonaparte tres cofradías de Semana Santa se acercaron al Alcázar, en el que se alojaba el hermano de Napoleón, para rendirle pleitesia pero el rey ni siquiera se dignó salir a recibirlas.


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Historia

Las catastróficas consecuencias económicas que dejó la Gripe española de 1918

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C.C.- La neutralidad en la Primera Guerra Mundial supuso un gran negocio para España, que alcanzó una cantidad de exportaciones nunca vista gracias a la falta de competidores y a la buena relación del Rey Alfonso XIII con ambos bandos. No obstante, los salarios en España se estancaron mientras los precios se disparaban y el país sufría los estragos de la llamada Gripe española, una pandemia mundial surgida en 1918 que, según algunos autores, causó a casi cincuenta millones de fallecidos.

España, un país que no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, dio nombre a la epidemia ante la creencia de que era el único país afectado o desde luego el origen. Sí fue, en todo caso, de los más infectados. El Monarca sufrió justo escarlatina durante la epidemia y se mantuvo inactivo en la última fase de la guerra.

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Las víctimas de la gripe no solo fueron los más vulnerables como los niños o los ancianos de los estratos socioeconómicos más desfavorecidos, sino que incluyó a los adultos jóvenes y sanos e incluso a algunos animales (fundamentalmente perros y gatos). La predilección por los individuos jóvenes adultos, que constituían la mayor parte 87 de la población activa, provocó que la actividad económica se redujera, e incluso en algunas localidades quedara prácticamente paralizada.

Como señala el monográfico «La pandemia de Gripe de 1918: Mitos y realidades desde la literatura científica» (investigación firmada por Manuel José Mejías Estévez, Rocío Domínguez Álvarez y Esperanza Blanco Reina), « el miedo se apoderó de la población, provocando situaciones dramáticas como el aislamiento social y la estigmatización de la enfermedad».

La gente se ausentaba de sus trabajos ante el miedo a salir de casa, produciendo un efecto directo y desastroso sobre la economía. En algunos lugares las autoridades declararon la cuarentena, prohibieron el derecho de reunión para evitar aglomeraciones, se cerraron escuelas, teatros, centros del culto… hasta el punto de que numerosos fallecimientos de niños fueron debidos al hambre (se les aislaba hasta el punto de prohibir llevarles alimentos).

La mejora económica con Primo de Rivera

En el verano de 1920, cuando la guerra llevaba dos años noqueada, el virus desapareció tal y como había llegado. La economía española debió enfrentarse a las consecuencias del virus y, a la vez, a la drástica disminución de exportaciones. Los empresarios habían olvidado emplear los beneficios de las exportaciones de la guerra para modernizarse y mejorar las condiciones de sus empleados. Los ánimos en las calles solo estaban peor que antes al término del conflicto. La cifra de huelgas anuales alcanzó el millar y solo en Cataluña se produjeron ochocientos crímenes entre 1917 y 1922 relacionados con la política.

Por vez primera, se pasó de un 57 % de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45 %
La situación no llegó a remontar hasta el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera, quien además de estabilizar la política logró una mejora en la economía en los primeros años de su dictadura coronada. El efecto de la política económica llevada a cabo por Primo de Rivera sobre la producción industrial fue bueno a corto plazo. Las regiones ya industrializadas, como Cataluña o el País Vasco, vieron un incremento notable de la prosperidad económica y un crecimiento de los puestos de trabajo. Por vez primera, se pasó de un 57 % de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45 % de industrial, y el parque automovilístico se duplicó en seis años.

También en estos años se produjo la conversión de la banca española (sobre todo la madrileña, el Hispano y el Español de Crédito) en una banca nacional, a la vez que se consolida la banca oficial como el Banco de Crédito Local y el de Crédito Industrial así como las cajas de ahorro. La Dictadura centró su propaganda en los logros económicos, que se beneficiaron en esos años de la favorable coyuntura internacional (los «Felices Años Veinte»), por lo que cuando la situación empeoró en torno al Crac del 29 y con la caída del valor de la peseta también lo hizo igual de rápido el prestigio de Primo de Rivera.

Una gran caída y un repunte igual de repentino

A nivel mundial también los efectos de la pandemia fueron desoladores: pérdida de familiares y seres queridos, economía deteriorada, miedo colectivo y las compañías de seguro arruinadas ante la muerte masiva de adultos jóvenes. Las distintas localidades y países tuvieron que conceder créditos especiales para poder sufragar todos los gastos derivados no solo de la asistencia médica y social de los afectados, sino de la implantación y cumplimiento de las distintas medidas de profilaxis pública.

Estos gastos extraordinarios consistieron básicamente en el establecimiento de la cuarentena; el aislamiento de los contagiados; el cierre de los lugares públicos; la desinfección de los individuos, las calles y los locales, el uso de las mascarillas, vacunas, etc. No obstante, la coincidencia de la enfermedad con la propia guerra dificultan mucho saber dónde empezaron las consecuencias de una y donde terminaron las de otra. Las falta de datos macroeconómicos impiden hacer un análisis global del impacto de la epidemia en la economía.

Los indicadores disponibles sobre el caso de Estados Unidos apuntan a que los índices de la producción industrial y la actividad comercial cayeron en octubre de 1918, en el momento más agudo de la epidemia, aunque repuntaron rápidamente. Las cifras sobre la nómina de las fábricas disponibles (se carece de datos sobre toda la fuerza laboral) también señalan una drástica caída seguido de un rápido repunte.

Un estudio reciente del Ministerio de Hacienda de Canadá estima que el impacto global sobre el PIB anual fue de solo un 0,4 %. Algunas zonas deprimidas concentraron la peor parte. En un estudio económico sobre la India, donde la mortalidad fue muy elevada, Schultz estimó en 1964 que la producción agrícola se contrajo un 3,3% durante la pandemia, en comparación con una reducción del 8% en la fuerza laboral agrícola.

¿Terminó con la guerra?

Las repercusiones políticas de la pandemia fueron notables, como explica María Isabel Porras Gallo en su investigación «Una ciudad en crisis: la epidemia de gripe de 1918-19 en Madrid»: «Quizás lo fundamental, dada la trascendencia internacional que tuvo, fue la influencia que ejerció en el desarrollo de la guerra y en la Conferencia de paz y el desastroso contenido del Tratado de Versalles». Las últimas operaciones militares se vieron dificultades e incluso paralizadas por el gran número de soldados afectados por la gripe en uno y otro bando.

Algunos autores han postulado incluso que actuó de modo decisivo sobre el curso de la guerra y que incluso precipitó su final. El historiador estadounidense Alfred Crosby ha vinculado el tercer brote de la enfermedad, tras la navidad de 1918, a las razones por las que se aceleraron las conferencias de paz de 1919 y se redactó de forma algo chapucera el Tratado de Versalles.

Desde su punto de vista, la mala actuación de la Delegación americana en la Conferencia de Paz habría sido provocada por el ataque gripal que algunos de sus miembros sufrieron y que les habría llevado a precipitar la redacción final del documento. Para él, esta fue la razón de que dicho tratado acabara siendo un acuerdo para los vencedores y no un pacto para evitar otro conflicto.

 


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A Fondo

El coronavirus se suma a la maldición de las pandemias de los años 20

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El coronavirus es hoy el tema del que nadie en el mundo puede escapar. Está en cada conversación y en todos los noticieros. Los muertos y los infectados crecen día a día y se extiende por diferentes países, paralelamente al crecimiento del temor a nivel global.

Es a raíz de ello que en las redes sociales se multiplican los mensajes en torno a que en cada década de años 20 el mundo enfrenta una crisis, epidemia o pandemia que generan caos, muerte y conflictos. Y es una realidad ya que los registros no mienten.

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Por ejemplo, hay publicaciones que sostienen que la Peste Negra golpeó duramente a Europa hace 700 años, precisamente en 1320. Aunque según la Enciclopedia Britannica, sucedió entre 1347 y 1351. Lo cierto es que se sabe históricamente que la enfermedad apareció hacia 1320 en el desierto de Gobi​, entre el norte de China y el sur de Mongolia; y que llegó a este último país por primera vez diez años después.

Si bien no existen números oficiales, estimaciones indican que la Peste Negra cobró la vida de cerca de 25 millones de personas en todo el viejo continente, la que era transmitida por pulgas a humanos luego de picar a roedores infectados.

Otra epidemia fue la Viruela, que causó estragos en la civilización Azteca en la década de 1520 luego que Hernán Cortés zarpara desde Cuba en febrero de 1519 con sus tropas a lo que hoy conocemos como México. Arqueología Mexicana recordó que a esa altura la viruela del ganado mayor, el sarampión de los perros, la varicela de las gallinas y la peste de la rata ya habían pasado del mundo animal al humano en Europa, por lo tanto fueron los invasores los que trajeron tales padecimientos a un área donde aquello no ocurría.

Según historiadores, la muerte de la población originaria ayudó a España en su conquista y pese a que las armas y las tácticas que los europeos traían jugaron un rol en la sumisión de los locales, la mayor parte del trabajo la hizo la enfermedad.

En tanto, la plaga de Marsella fue el último gran contagio de Francia. La enfermedad mató a cerca de 40 mil personas entre 1720 y 1723, de acuerdo a Britannica, y llegó a esta ciudad puerto en el ancla del barco San Antonio, según recopila el investigador Christian Devaux. En su cargamento, la nave traía sedas y algodón, los que llevaron el bacilo de Yersin a la urbe y, debido al contrabando, a ciudades próximas.

El cólera, por su parte, causó estragos en una serie de ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, en diversos sectores del planeta. Pese a que se cree que esta infección diarreica aguda, que en los casos más graves lleva rápidamente a la deshidratación, se dio en la década de 1820 hubo un brote devastador de cólera, lo cierto es que no esa no sería la primera vez que aquello ocurría. Según la Organización Mundial de la Salud “poblaciones de todo el mundo se han visto afectadas esporádicamente por brotes devastadores de cólera. Hipócrates (460-377 AC) y Galeno (129-216 DC) ya describieron en su día una enfermedad que probablemente era cólera, y hay muchos indicios de que los habitantes de las llanuras del Río Ganges conocían ya en la antigüedad una enfermedad similar al cólera”.

Los conocimientos más acabados y refinados al respecto partieron a partir de la gran pandemia de 1817 del Asia sudoriental, la que se propagó a todo el mundo y que, por su duración, también se desarrolló en parte de la década de 1820.

Por otro lado, una vez que culminó la Primera Guerra Mundial el mundo ya enfrentaba otra crisis, pero de salud. En 1918 comenzó la gripe española, la que -de acuerdo a diferentes estimaciones- mató a al menos 50 millones de personas en todo el mundo hasta 1921, año en el cual fue controlada. Según un informe publicado por Marcelo López y Miriam Beltrán, del Programa de Estudios Médicos Humanísticos de la Universidad Católica, América Latina también sufrió los embates de esta enfermedad, a la que catalogaron como “la pandemia más importante del Siglo XX”.

La plaga de Atenas es otro de los casos registrados. Previo a la era común, esa ciudad estaba bajo sitio durante la Guerra del Peloponeso (431 AC – 404 AC). De acuerdo a la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, la enfermedad mató entre 75 mil y 100 mil personas en tres años (430 AC – 427 AC). Los afectados sufrían fiebre y sed intensa, problemas de sueño y diarrea severa, y ya Tucídides observaba que la mayoría moría entre siete a nueve días tras el comienzo de los síntomas.

La enfermedad que causó esta plaga se habría originado en África Subsahariana, al sur de Etopía, y llegó a Grecia luego de azotar el norte y oeste de Egipto, Libia y cruzar el Mediterráneo.


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