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Muere a los 70 años Niki Lauda, legendario piloto de Fórmula 1
El tres veces campeón del mundo de Fórmula 1 Niki Lauda ha fallecido este lunes, según ha anunciado su familia. «Con gran dolor anunciamos que nuestro querido Niki ha fallecido apaciblemente el 20 de mayo de 2019, rodeado de su familia», comunicaron los allegados del piloto y empresario de 70 años.
Lauda se había sometido el pasado verano a un trasplante de pulmón que le obligó a estar hospitalizado varios meses, y el pasado mes de enero tuvo que volver a ser internado a causa de una gripe que contrajo durante las navidades anteriores en Ibiza (España), donde el ex piloto tenía su segunda residencia.
Niki Lauda destacó por sus éxitos en la Fórmula 1 en la década de los 70 y principios de los 80, en una época en la que el automovilismo profesional acarreaba riesgos mucho mayores que ahora. Meticuloso, exigente y ambicioso, Lauda se convirtió en una leyenda de este deporte junto a la escudería Ferrari, con la que ganó dos campeonatos del mundo, y McLaren, que completó su triple corona.
Época peligrosa
En una época en la que los pilotos se jugaban la vida en cada carrera, cuando la lluvia se convertía en sinónimo de muerte o la Fórmula 1 no ofrecía la seguridad que sin duda los corredores merecen, y de la que actualmente sí disponen, uno de ellos destacaba por encima del resto, y sustituía estos riesgos por triunfos y gloria. Así era Niki Lauda. No fueron los circuitos los que acabaron con la vida del piloto austriaco, aunque poco le faltó. El hombre de la gorra roja y las cicatrices estuvo a punto de perder la vida por su pasión, la Fórmula 1. Un accidente, tres campeonatos del mundo y una rivalidad de leyenda fueron las señas de identidad que marcaron su trayectoria en este deporte. Ahora, a la edad de 69 años, un trasplante de pulmón ha supuesto la última carrera de su vida, en la que lamentablemente, no ha podido cruzar la línea de meta.
Sus comienzos en este deporte no fueron fáciles. El austriaco, de origen español (su abuelo era gallego) no contaba con el apoyo de su familia, que le dio la espalda cuando quiso dedicarse al arte del volante. Obsesionado con su sueño, Lauda se dedicó a pedir préstamos para financiar sus primeras carreras. De las carreras locales hasta su paso por la F3, Lauda fue poco a poco escalando en sus aspiraciones hasta conseguir una plaza en F1, con el equipo March, donde no cosechó ningún triunfo importante. Más adelante cambió de aires, hacia la escudería BRM, con el mismo resultado.
Su suerte cambió cuando Clay Regazzoni, el que era su compañero de equipo, fichó por Ferrari en 1974. El legendario propietario del equipo que llevaba su nombre, Enzo, requirió la opinión del suizo sobre Lauda. El efecto inmediato fue la contratación del austriaco.
Rivalidad con Hunt
Fue la llave que abrió su puerta hacia el éxito. Lauda y Ferrari marcaban, cogidos de la mano, como si de una relación platónica se tratase, el porvenir de los campeonatos del mundo de Fórmula 1. Solo un año después de recaer en la escudería italiana su nombre estaba en boca de todos al ganar su primer Mundial.
Pero toda bonita historia requiere de un enemigo. El rival íntimo de Lauda, James Hunt. Austriaco y británico firmaron uno de los duelos más bonitos de este deporte. Ambos alcanzaron la gloria. El inglés como campeón en 1976, arrebatándole el título a su máximo contrincante. El de Viena, por su parte, venció en otras dos ocasiones, en 1977 y 1984. «Conocía a James de la F3. Estábamos siguiendo más o menos el mismo camino para intentar llegar a la F1. Nuestra relación era muy buena. Cuando me ganó el campeonato por 0’5 puntos, le dije que estaba contento de que el campeón fuera él y no otro», confesaba Lauda en una de sus entrevistas, tiempo después del fallecimiento de Hunt. Un claro reflejo de la verdadera relación de amistad que mantenían. Casi un año después de estas palabras, el destino ha querido que ambos vuelvan a reunirse.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
