Cultura y Tendencias
Muere Kentaro Miura, autor de ‘Berserk’, obra clave del manga fantástico que queda definitivamente incompleta
Con tan solo 54 años ha fallecido el autor de manga Kentaro Miura, autor de ‘Berserk’. Murió el pasado 6 de mayo a causa de una disección aórtica aguda, pero no ha sido hasta ahora que se ha conocido su muerte a través de la cuenta oficial del manga. ‘Berserk’ no solo es una de las obras más respetadas del manga moderno, sino también una cuya publicación se ha prolongado inusualmente en el tiempo, ya que empezó a editarse en 1989 y hasta ahora han visto la luz cuarenta volúmenes de la misma, que abarcan más de 350 capítulos.
Con 40 millones de copias en circulación, ‘Berserk’ es uno de los mangas más vendidos de todos los tiempos. Cuenta una historia de fantasía oscura y toques medievales cuyo protagonista es Guts, un mercenario criado en la violencia y que crece sin familia hasta convertirse en un temible guerrero. La historia, que se divide en dos grandes arcos, ha sido adaptada en dos series de anime, una a finales de los noventa y otra en 2016, y en tres películas. ‘Berserk’ ha sido elogiado por el preciosismo de sus dibujos, que retrotraen a clásicos pictóricos como El Bosco o Doré.
El agotador ritmo de la producción manga
El fallecimiento, siendo tan joven, de Miura, pone sobre la mesa un tema que marca a todos los autores de obras de éxito en ese país: los exigentes ritmos de entrega y la devoción de los fans que piden más velocidad a la hora de crear nuevos contenidos. Miura tuvo que tomarse varios descansos, a veces incluso de varios años, por problemas de salud y agotamiento, mientras los fans hablaban de que el autor de ‘Berserk’, en realidad, era adicto a los videojuegos bemani.
Aunque mangas como ‘Bakuman’ u ‘Opus’ han tratado el tema desde una perspectiva humorística, la presión que soportan los autores, que tienen que recurrir a estudios y ayudantes para soportar el ritmo de publicación, es apabullante. El fallecimiento de Miura es una nueva llamada de atención sobre una profesión que tiene unos ratios de enfermedades y suicidios inusualmente altos.
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Tesoros olvidados del baño español de posguerra y su memoria
Los tesoros olvidados del baño español de posguerra
En muchos pisos viejos, cuando se abre el armario del baño, todavía asoman fantasmas amables de una España que ya no existe. Frascos de colonia gastados, cajas de cartón descoloridas y tarros de cristal cuentan una historia de escasez, ingenio y dignidad. No son simples cacharros viejos, sino pequeñas reliquias de la economía doméstica de posguerra.
El cuarto de baño como pequeño santuario
En la España de los años cuarenta y cincuenta, el baño no era el spa luminoso de revista que se anuncia hoy. Muchas casas ni siquiera tenían baño propio y la higiene se organizaba con barreños, jarras de agua caliente y jabón de pastilla que servía para todo. Cuando por fin entraba un retrete decente en el piso, aquel cuartito se convertía casi en símbolo de progreso, aunque siguiera siendo frío y estrecho.
Frascos que se repetían en todas las casas
Si se recorren los recuerdos de quienes crecieron en la posguerra, se repiten siempre las mismas estampas: la colonia “de domingo”, que sólo se usaba para ir a misa o a una boda; la loción para después del afeitado, con olor intenso; y las cajitas metálicas que duraban años. En las baldas del espejo aparecían peines de cuerno, navajas heredadas del abuelo y, en muchos casos, algún frasco de aceite de ricino para el pelo, guardado como si fuera oro líquido y usado con total normalidad por varias generaciones.
Botiquines familiares y medicina de andar por casa
El botiquín, muchas veces una simple caja de galletas reciclada, hablaba también de aquel país en blanco y negro. Gasas, esparadrapo, alcohol de farmacia y una o dos pastillas milagrosas que servían “para casi todo”. Las madres sabían curar cortes, golpes y resfriados con cuatro cosas, y los niños crecían viendo cómo se reaprovechaba cada frasco. Nada se tiraba a la ligera, porque el vidrio servía luego para guardar horquillas, botones o clavos.
De la barbería al baño de casa
La cultura del tocador doméstico no puede separarse de las barberías de barrio. Allí se aprendía a afeitarse, a peinarse con raya impecable y a comentar la política del día. Muchos productos que hoy parecen exóticos bajaban del sillón del barbero a la repisa del cuarto de baño. El hombre de a pie reproducía en casa aquellos rituales sencillos, pasando de padre a hijo la misma brocha, el mismo peine y hasta el mismo olor.
Lo que cuentan estos objetos de España
Estos viejos objetos de tocador no son simple nostalgia. Muestran un país que, pese a la pobreza material, mantenía cierto orden y cuidado personal, sin caer en el culto superficial a la imagen que domina hoy. Detrás de cada frasco hay historias de familias que salieron adelante con poco, de mujeres que estiraban la economía doméstica y de hombres que se arreglaban con seriedad para ir al taller o a la oficina. Quien se para a mirar esas reliquias del baño entiende mejor de dónde viene España y por qué tantos se resisten a olvidar lo que se vivió entre azulejos agrietados y espejos empañados.
