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Opinión

Qué es el antifranquismo: sus señas de identidad

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En su evolución histórica se aprecian tres antifranquismos. El primero fue el de la guerra, salido de unas elecciones fraudulentas –verdadero golpe de estado–, y distinguió a los criminales que pretendían disgregar España, imponer regímenes totalitarios y supeditar la nación a la URSS ( mediante la entrega de las reservas financieras a Stalin). De paso, aquellos antifranquistas asesinaron, torturaron y, en especial su sector socialista, robaron en gran escala. Y todo lo hacían, faltaba más, en nombre de la libertad y la democracia. Fue un apogeo de la estupidez y la canallería, como diagnosticó el médico e intelectual liberal Gregorio Marañón.

El segundo fue el de la posguerra hasta la muerte de Franco. La derrota desanimó a aquellas bandas de delincuentes federados en el Frente Popular, excepto a los comunistas. Salvo actuaciones de menor enjundia de algunos socialistas y anarquistas, los comunistas fueron los únicos que mantuvieron la lucha por sus objetivos (¿hay que explicarlos?) durante todo el franquismo. Primero intentaron una nueva guerra civil mediante el maquis, y al fracasar organizaron la infiltración en la universidad, en sectores intelectuales y en los sindicatos falangistas, donde, muy lentamente y con grandes sacrificios, fueron ganando posiciones. Por supuesto, todo lo hacían en nombre de la “democracia y la reconciliación nacional”: pretendían que la gente se reconciliara con ellos para aplastar a los muy justos vencedores de la guerra. A última hora surgió del separatismo vasco la ETA, grupo comunistoide de asesinos profesionales, también empeñado en “liberar” a los vascos e imponerles su democracia. Y grupúsculos maoístas pro o abiertamente terroristas. Esta fue la oposición real al franquismo.

Y el tercer antifranquismo es el que cobra impulso en la transición agrupando –a menudo en torno a los comunistas– a quienes no habían hecho oposición a Franco ni asumido ningún riesgo o sacrificio, sino que habían prosperado bajo el régimen y a menudo en su propio aparato de estado: separatistas, socialistas y personajes variopintos ansiosos de hacer carrera política (y a menudo económica). Así se formó un informal segundo frente popular con la pretensión de saltar sobre los muy fructíferos cuarenta años de gobierno de Franco para enlazar la democracia con el Frente Popular de la guerra. La gente acababa de salir del franquismo y su satisfacción se mostró en un referéndum que por abrumadora mayoría apoyó la democracia desde y no contra el franquismo, y sí contra cualquier aventura de frente popular. La nueva derrota les hizo ser más cautos por bastantes años, pero ni por un momento cesaron en su propaganda antifranquista, a base de falsificar la historia sistemáticamente. Falsificación aceptada por la derecha, primero inhibiéndose y pronto colaborando con ella. Y de paso extendieron la corrupción de forma masiva, vendieron progresivamente la soberanía española, ahora ya no a la URSS sino a la burocracia de Bruselas, promovieron y financiaron los procesos de disgregación de España, convirtieron Gibraltar en un emporio invasor, corrupto y corruptor de toda la política española, y avanzaron en políticas abortistas, homosexistas y ultrafeministas.

Necesitaron un proceso bastante largo para invertir por completo la decisión popular de 1976. Pero ya el gobierno de Aznar, ideológicamente vacuo y muy colaborador con los separatismos, propició la victoria de Zapatero, debida en parte a su alevosa explotación del más brutal atentado de nuestra historia. Zapatero creó un tercer frente popular de facto, compuesto, como siempre, de separatistas y grupos de inspiración totalitaria. Y una de sus líneas fundamentales de actuación consistió en la revancha contra el franquismo, imponiendo una ley de “memoria histórica” tan totalitaria y liberticida como falsaria. Fue un nuevo triunfo de “la canallería y estupidez, del “Himalaya de falsedades” denunciado por Besteiro. Como siempre, en nombre de la democracia, cuya defensa, así como la muy necesaria del franquismo, fue abandonada por una derecha hundida en una bajeza insondable. Rajoy mantuvo una ley tan inicua, que ahora pretende empeorar el gobernante más indigno y delincuente que ha sufrido España desde la transición. Y completarla con el ultraje a los restos del hombre que derrotó felizmente al primer Frente Popular. Esta es la democracia… de los liberticidas y ladrones.

Así pues, el antifranquismo nunca dejó de ser la misma cosa: alianza de hecho o de derecho entre separatistas y totalitarios, cuajada por tercera vez en un Frente Popular que es preciso derrotar política e intelectualmente. Si la democracia ha de salir de su actual estado putrefacto debe convertirse en democracia franquista, que reconozca su origen en aquel régimen, reconozca la necesidad histórica del mismo y lo respete profundamente. El franquismo no fue democrático, no podía serlo después de las experiencias funestas de la república y el Frente Popular. Pero la democracia ha de ser franquista y recordar el pasado, o repetiremos lo peor de él, como advertía el filósofo J. Santayana. Esta es la tarea histórica del momento para los españoles patriotas y demócratas.

 


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¿Por qué me fui de VOX en septiembre de 2014?

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Esta pasada semana estuvo cargada en lo personal de sucesos que me han tenido lejos de lo noticiable, aunque lo poco que he podido seguir es que “todo sigue igual”, como aquella canción que le dio el premio del Festival de Benidorm a Julio Iglesias allá por 1968, el año de aquel Mayo parisino que quizás supondría un antes y un después en la Universidad española y el inicio de esa corriente izquierdista que poco a poco se fue imponiendo, primero con cierta clandestinidad “simpática” y sin tapujo alguno a partir de 1982, cuyo alcance no se podía prever entonces, pero que ahora estamos viendo su efecto devastador en las siguientes generaciones. Siguen sin gobierno Madrid y Murcia, después de haber visto unidos en el sentido del voto a los dos populismos, de izquierda y derecha, para evitar lo que unos no querían por principio y otros juraban que llegaban para impedirlo, mientras sigue el flirteo entre el gobierno okupa en funciones y su socio “preferente”, uno de los que le ayudó a llegar. Lo dicho, “todo sigue igual”, tirando a peor, porque el tiempo pasa y cuesta el dinero público.

Y ante esta situación inmovilista que puede llevar a España al tsunami de una nueva cita con las urnas, o a varias, se me ha ocurrido remontarme en el tiempo y rescatar algunas de mis reflexiones sobre mi salida de VOX que no vieron la luz en su momento, aunque puede que las haya compartido a título personal en charlas de café con determinados interlocutores.

Como ya es sabido, mi baja del partido que pudo ser la alternativa a la podredumbre que por aquellos tiempos venía siendo mucho más presente de lo deseable en el Partido Popular –al menos eso creíamos bastantes de los ilusos que nos acercamos a su llamada-, se produjo tras nueve meses de militancia, un “parto” duro en el que los primeros tres meses fueron de ilusión que muy pronto se vio aflojar al comprobar que era más de lo mismo o peor, porque a partir del día de las elecciones europeas de 2014 se destapó el cisma que ya latía desde un poco antes, pareciendo que lo querían para seguir con los privilegios que la política activa otorgaba o para tratar de conseguir lo que esa política, de la que alguno vivió hasta entonces de apaño en apaño, no le había permitido consolidar convirtiéndolo en su chiringuito personal al que junto a sus tres fieles “mosqueteros” -uno de ida y vuelta según soplara el viento, el “señorito” y ahora portavoz Iván Espinosa- ha ido hundiendo año a año hasta que la “jugada de fortuna” de hace poco más de un año -para ellos, claro- les dio un impulso que ni los más optimistas pudieron imaginar y empezaron a aparecer, día sí, día también, en los medios de comunicación que antes denostaban, en una política evidente de “divide y vencerás” que le vino muy bien al Dr. Falconeti cum Fraude, sin duda diseñada por su jefe de Gabinete, el otro Iván, en este caso Redondo.

Fue poco después de la asamblea del 20 de septiembre de 2014 -ya había habido una fallida por innumerables defectos de forma y de fondo el 26 de julio anterior, que acabó como el rosario de la aurora, con la Policía Nacional y la Municipal en el recinto de San Chinarro ante sendas denuncias de varios militantes- cuando se consumó el “golpe” y la deslealtad ya patente de Santiago Abascal para con quien tan generosamente le había dado de comer recogiéndolo de la calle, donde lo dejaba el Partido Popular de Madrid. Deslealtad que, como apuntaba, ya se había puesto de manifiesto antes de las citadas europeas, pero que en un exceso de optimismo se permitió porque eran “chiquilladas que ya habrá tiempo de corregir conseguido el escaño”, para evitar hacer público un cisma interno que hubiera acabado con las expectativas de un partido que todavía no era nada en plena precampaña electoral. Craso error no haber cortado por lo sano en su momento.

Esta situación de cisma se puso de manifiesto ya sin tapujos el 26 de mayo -día siguiente al de aquellos comicios europeos-, cuando en un chat interno, uno de los principales “palmeros” de Santiago Abascal entonces -coordinador provisional de una conocida provincia castellana y hoy creo que también fuera del partido, aunque de ser así desconozco sus razones- dejó este mensaje: “2) compartir proyecto con personas como José Antonio (Ortega Lara), Santiago, Iván o Cristina (Seguí) es las personas que quiero llevar a mi lado” (sic, y bastante mal redactado, por cierto) -entonces, la señora ‘monjasterio’ era simplemente militante consorte de a pie-. Es decir, al parecer, este compañero, como le hice ver al entonces Secretario General provisional -Abascal- en la carta que le dirigí el 14 de junio siguiente -que nunca respondió, como era habitual en él-, no quería a su lado al resto del Comité Ejecutivo Nacional (CEN), Alejo Vidal-Quadras, José Luis González Quirós o Ignacio Camuñas -por citar sólo a los tres principales- y por ende a los que habíamos llegado al proyecto por ellos por lo que el 22 de septiembre me fui -como cientos de militantes- tras un verano de intentos vanos por parte de un grupo -al que nos bautizaron despectivamente como “Voxistas”- para salvar la esencia del partido, cuyo relato alargaría demasiado este artículo.

Y me fui también porque hasta esa fecha del 20S, el aspirante a presidir el partido esgrimía una serie de “principios” -antítesis del comportamiento personal que pudimos constatar en aquellos meses de cercana convivencia-, como su razón de ser para tan inmerecido propósito.

Entre otras cosas, VOX -o sea él- decía que defendía un “Modelo económico sostenible”; una “Educación de calidad”; a la “Familia y a la Vida”; las “Raíces cristianas de nuestra civilización” y la “Unidad de España”, entre otras cosas. Este era el discurso para convencidos fieles que no cuestionaban lo que dijera su carismático líder, con el que se presentaba a la elección como presidente, después de impedir candidaturas alternativas y fabricarse una desde el engaño al “candidato” con promesas que nunca cumplió para demostrar la “democracia interna” que nunca existió -ni existe, según leo en los últimos meses- en VOX. Pero como mi experiencia vivida en su entorno me decía que no estaba precisamente cerca de esos buenos puntos de partida, le escribí estos argumentos, contradictorios de su prédica, que ahora comparto con mis lectores:

  • Para defender un “modelo económico sostenible” hay que saber de qué se habla, empezando por explicar las propias cuentas del partido con claridad y detalle, lo que no se hizo nunca hasta entonces -después creo que tampoco- pese a las peticiones realizadas por muchos afiliados. Si las dos hojas con tres líneas presentadas en el conato de asamblea del 26J significaban que ‘las cuentas se explicaron…’, como decía en uno de sus comunicados para desinformados el ahora candidato, que baje Dios y lo vea.

  • Para defender una “educación de calidad en libertad” el entonces candidato no era el mejor ejemplo a seguir, pues distaba mucho en su día a día de demostrar esa “educación de calidad” que proponía -su trato déspota y totalitario con muchos militantes y la rueda de prensa del Club Siglo XXI del pasado enero son un buen ejemplo-.

  • Para defender “familia y vida” hay que demostrar que se cree en esos conceptos más allá de las meras palabras, muy bonitas para el discurso a fieles seguidores, “ignorantes” -que nadie lo tome como insulto personal- de la realidad. “Haz lo que yo diga pero no mires lo que yo haga” es una frase que forma parte de su “aserto intelectual”.

  • Para defender las “raíces cristianas de nuestra civilización” hay que demostrar en el comportamiento diario que se tienen esas raíces y que se trata de algo más que una frase para convencidos de la ‘causa’, sin entrar en más detalles.

  • Para defender la “unidad de España” hay que empezar por defender la unidad de “todos” los españoles en lugar de descartar a los que son críticos en su partido con la “doctrina” del carismático líder y permitir campañas de calumnias, amenazas y mentiras que lejos de unir separan.

Hasta aquí unas pequeñas pinceladas de lo que me alejó de VOX aunque el asunto daría para mucho más. Claro que, ahora caigo, no me acordaba de una de las frases que hicieron más popular al entonces Alcalde de Madrid, el desaparecido Profesor Tierno Galván, cuando dijo aquello de “Las promesas electorales se hacen para no cumplirlas”.

El populismo confluyente en Vistalegre de “soluciones sencillas para problemas complejos”, el oportunismo de aspirantes al poder público que todavía no lo habían probado o el desecho de políticos caídos de otros partidos y acostumbrados a la cosa pública, desde la que se vive muy bien, por no extenderme demasiado, hicieron el resto y así estamos, con el atisbo en el horizonte de una nueva crisis interna en VOX que ya veremos en qué acaba después del batacazo electoral en tan sólo cuatro semanas, en las que se quedaron por el camino la mitad de los votos de la “amarga victoria” de las elecciones generales.


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¿Son las mujeres efectivas en el Ejército?

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En la pregunta va implícita el debate entre el militar institucional (o vocacional) y el ocupacional, que parece ser el caso de esta comandante, que sigue abierto, pues responde, también al modelo de FAS que se pretende, máxime cuando está abierta la cuestión sobre la profesionalización del Ejército. La profesión militar, para ser auténtica, hay que vivirla vocacionalmente. Y ello sin perjuicio de que cada día gane más en un pretendido ocupacionalismo fruto de la inevitable especialización técnica.

La única cuestión que parece haber suscitado, aquí y en otros lugares, algunos problemas es la de la integración de las mujeres en las FAS. El principio constitucional de igualdad veta cualquier discriminación por razón de sexo; y en virtud de la necesaria desigualdad a la que lleva la igualdad bien entendida han existido, en ocasiones, dobles baremos: el masculino y el femenino, menos exigente por estar adaptado a las globalmente inferiores capacidades y condiciones físicas de la mujer.

El problema tiene dos importantes variaciones: en primer lugar, si es posible que la mujer ocupe cualquier puesto en las FAS; y, en segundo, si es necesario y conveniente un doble baremo de pruebas para el acceso a la carrera militar o a algunos de sus puestos y funciones.

Como término general existen las siguientes diferencias:

1.- Físicas: menor peso, menor estatura, menor resistencia a la fatiga, mayor resistencia al dolor, diferencias constitucionales, menor fuerza, mayor flexibilidad, mayor elasticidad.

2.- Psicológicas: menor estabilidad emocional, menor resistencia al estrés, menor control emocional, mayor capacidad verbal, menor agresividad física, mayor sumisión, menor independencia.

Muchas de estas diferencias, además de las fisiológicas derivadas de las físicas y con posibles consecuencias psicológicas (periodo, embarazo, lactancia, menopausia), son las que llevan a numerosas fuerzas armadas a vetar el acceso de la mujer a determinados puestos en las FAS o, en general, a primera línea de fuego (éste es el caso de Inglaterra, Francia, República Checa, EEUU y Grecia). Otros ejércitos, como es el caso del israelí, tras la experiencia de movilización general y participación de la mujer en combate han comprobado que existen una serie de circunstancias que obligan a apartarla de esa primera línea, aun cuando hace un papel insustituible en segunda línea. Finalmente, en otros países se permite que las mujeres ocupen cualquier puesto, como son los casos de Hungría, Canadá, Suecia, Belgica, Holanda y Noruega, aunque muchos de ellos tengan limitaciones puntuales en los destinos como submarinos, tanquistas, comandos especiales o fuerzas navales. Hay países en los que en ningún caso participa la mujer en las Fuerzas Armadas. Italia y Alemania, principalmente.

Lo que en ningún caso debe hacerse es rebajar el baremo para cubrir los puestos vacantes con quien sea. Es decir, a cada tipo de puesto le corresponde un mínimum físico y psíquico que debe ser superado por quien sea para ocupar ese puesto. Pues, de otro modo, se perdería la efectividad militar y, por tanto, la guerra.

La fallecida ex ministra socialista de Defensa, Carmen Chacón, junto a un grupo de mujeres militares.La fallecida ex ministra socialista de Defensa, Carmen Chacón, junto a un grupo de mujeres militares.

En España, la incorporación de la mujer a las FAS es una cuestión que se ha legislado tarde y mal. El Decreto Ley 1/1988 trató de ordenar esta cuestión sin demasiado éxito. (Derogado por el R.D 562/1990 de ingreso en los centros docentes militares). Y es que a los problemas derivados de la legalidad se unen otros reales: instalaciones en cuarteles, campamentos, buques, etc. La regulación posterior ha sido incompleta e incoherente, entre otras cosas, porque nunca se ha sabido hacia dónde ir.
En este sentido, existían diferentes baremos de pruebas físicas para acceso a militar de empleo en la modalidad de tropa y marinería, y no, en cambio para las Escalas Superiores y Medias del CGA. ¿Es justificable ese doble baremo? ¿Por qué no pueden ingresar varones que, no pasando su baremo, sí pasan el de las mujeres? Pero aún resulta más clamoroso que se vetara de forma general el acceso de soldados femeninos a destinos de tipo táctico u operativo en destinos de la Legión, de operaciones especiales, paracaidistas, así como de fuerzas de desembarco, dotaciones de submarinos o de buques menores, unidades que sí podian estar bajo el mando de oficiales y suboficiales féminas.

El artículo 129.2 in fine de la Ley 17/99 dice expresamente que “entre los requisitos exigidos para ocupar determinados destinos se podrán incluir límites de edad o condiciones psicofísicas especiales (…), sin distinción ninguna por razón de sexo”. Pauta interpretativa que deroga, implícitamente, toda distinción de puestos en razón de sexo, como los antes señalados.

Por mandato de la Ley 17/99 y del RD. 66/2000, la OM. de 12 de abril de 2000 dispone que serán las correspondientes convocatorias las que establezcan un doble baremo físico para medir la capacidad de los aspirantes en los procesos selectivos. Así pues, en las resoluciones por las que se convocan plazas para los centros docentes militares de formación (así como para MPT.s) se incluyen ya dobles baremos.

Jurídicamente ya no tiene cabida la discriminación en el acceso y en la posterior carrera, aunque hay que revisar, precisamente, el concepto de igualdad en el acceso y la carrera, no pareciendo lógica la asimilación de políticas de “discriminación inversa” según modelos civiles y por la propia naturaleza de la función militar.

En cuanto a la existencia de dobles baremos se argumenta que en deporte las pruebas son diferentes, pero la guerra no es un deporte. También se señala que, en todo caso, la diferencia cualitativa entre hombre y mujer enriquece el funcionamiento de las FAS, y es cierto, sobre todo si nos dirigimos a los más altos escalones de mando y dirección, pero no es así en niveles inferiores en los que la capacidad física y ciertas actitudes de obediencia militar son todo.

Desde mi punto de vista y dado lo delicado de la cuestión (eficacia militar adversus igualdad civil), parece lógico establecer una sólida y rigurosa política de puestos que, con realismo, acepte al mejor, física y psicológicamente, sea hombre o mujer. Con unas pruebas únicas que sean lo duras que tengan que ser.

Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca


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Tres batallas decisivas

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Cuando aún gobernaban los socialistas, los cabestros de la Junta de Andalucía pretendieron desfigurar el sentido de las Navas de Tolosa convirtiéndolo en una especie de homenaje a la multiculturalidad, entre ignorante y malintencionado.

Vivimos en el reino del disparate, que podría ser divertido si no ocultara propósitos repulsivos. El hecho real es que el sultán almohade Muhammad al Násir (Miramamolín para los cristianos), decidió hacer un esfuerzo extremado para imponerse en la península y proseguir, si las armas le favorecían, hasta la misma Roma. Al efecto hizo predicar la guerra santa en el islam, reuniendo contingentes de muy diversas procedencias, hasta turcos, calculados en unos 120.000 hombres.

La yihad alarmó al rey castellano Alfonso VIII y a los cristianos en general, de los que acudieron a España hasta 30.000 de más allá del Pirineo, para unirse a unos 70.000 peninsulares. Visto el extremo peligro, los reinos españoles dejaron de lado las rencillas, bien participando directamente, como Navarra, con Sancho VII, y Aragón, con Pedro II, o permitiendo a sus súbditos acudir al encuentro, casos de Portugal y León. Sin embargo, las fuerzas ultramontanas, principalmente francesas, se volvieron atrás, disgustadas por lo que consideraban excesivas complacencias de los españoles con judíos y moros.

Los musulmanes, sagazmente, prefirieron esperar en Despeñaperros, a fin de que el ejército hispano, mal abastecido en una época de hambre, se cansase y desgastase en una larga marcha desde Toledo, bajo la canícula implacable de julio. Llegados los españoles al lugar donde esperaban los islámicos, comprobaron la imposibilidad de forzar el paso, y también de perder tiempo en rodeos, pues ello podía provocar deserciones en masa, después de las fatigas sufridas. Como es sabido, un pastor les orientó por un paso oculto que les permitió acercarse indemnes al campamento enemigo. Ante el primer choque, favorable a los musulmanes, Alfonso “animó” al arzobispo de Toledo: “Voy y yo aquí muramos”. Pero una carga impetuosa de los cristianos rompió las líneas contrarias y alcanzó el real del sultán, desbandando a su ejército.

Fue un episodio decisivo porque frenó una expansión islámica que ya había causado derrotas muy dolorosas a los hispanos; porque desprestigió al Imperio almohade en el norte de África, facilitando su descomposición interna y las rebeliones contra él en el Magreb; y porque la frontera española era desde siglos antes la defensa europea que contenía los embates musulmanes, y entonces corrió un muy grave riesgo de quebrarse, con efectos difíciles de calcular. De haber vencido los almohades, habrían tenido el camino libre hasta, al menos, los Pirineos.

Al año siguiente Pedro de Aragón, uno de los héroes de las Navas de Tolosa, se enfrentó en Muret, sur de Francia (o de la actual Francia) a una cruzada predicada por el papa Inocencio III contra los cátaros, a quienes protegían muchos nobles de la región. La cruzada congregó a numerosos nobles del norte de Francia al mando de Simón de Montfort, cuya intervención temían los señores del sur y el rey de Aragón, que por entonces se expandía más allá de los Pirineos, hacia Toulouse y Provenza. En esta ocasión Pedro II tuvo menos suerte, pues fue vencido y muerto.

El resultado tuvo importantes efectos históricos, pues afirmó la presencia francesa en toda aquella zona, bloqueando la expansión de aragoneses y catalanes, y obligó a estos a concentrar más sus energías en la otra dirección de sus avances, es decir, en la Reconquista. Quizá, aunque no es seguro, una victoria aragonesa en Muret habría apartado de la península los esfuerzos de aragoneses y catalanes, orientándolos al sureste francés. En todo caso, los nacionalistas suelen lamentar mucho el resultado de la batalla, pues, de haber sido otro, habría alejado a Cataluña (o eso piensan y desean ellos) de los asuntos de España. El hijo de Pedro, Jaime I el Conquistador, ya dedicó plenamente sus afanes a la Reconquista.

Y un año después tuvo lugar en Bouvines, al norte de Francia, otra batalla decisiva para la historia de Francia y de Europa occidental. Por entonces lo que hoy entendemos por Francia estaba dividido políticamente entre los territorios del oeste, los más extensos con diferencia, bajo la soberanía del rey de Inglaterra; amplias zonas al este pertenecientes al Sacro Imperio Romano Germánico; una serie de condados y ducados en el centro, bajo teórico vasallaje del rey francés, que lo era en la práctica poco más que de la región de París; y el sureste, prácticamente independiente o bajo el protectorado de Aragón hasta la batalla de Muret.

El rey Felipe II Augusto de Francia se propuso recobrar cuantos territorios pudiera de los ingleses y someter a su autoridad real, no solo teórica, a los nobles. Ello, más las intrigas en torno a la titularidad del Sacro Imperio, llevaron a la formación de una alianza entre Inglaterra (Juan Sin Tierra), el Imperio (Otón IV de Brunswick) y diversos nobles: Felipe Augusto quedaba cogido en una tenaza, con probabilidad de sucumbir él y sus proyectos, y hasta la misma Francia, al menos por largo tiempo. Por suerte para él, ingleses e imperiales actuaron mal coordinados y finalmente los franceses pudieron enfrentarse en Bouvines, en inferioridad material, a los imperiales de Otón, derrotándolos.

La batalla tuvo efectos extraordinarios: Otón fue derrocado y el Imperio entró en un período de descomposición; la alianza antifrancesa se disolvió y los ingleses tuvieron que ceder Bretaña, Normandía y otros extensos territorios; Felipe Augusto, quizá exagerando algo, vio en su victoria la salvación de Francia y la explotó para acrecentar el prestigio real y su poder sobre los nobles, impulsando una orientación unitaria que tardaría aún siglos en completarse. Una consecuencia indirecta, no menos crucial, fue el descontento de los barones ingleses que habían perdido sus posesiones en el continente, y las disputas entre la nobleza normanda y la anglosajona, que derivaron en la imposición, al rey Juan, de la CartaMagna.

Esta limitaba considerablemente el poder regio y aseguraba el de los nobles y la Iglesia, estableciendo al mismo tiempo el principio esencial del habeas corpus para impedir los juicios arbitrarios (un precedente de ese derecho se encuentra en la España visigoda). La CartaMagna, aunque de carácter netamente feudal, está considerada un precedente o semilla del liberalismo inglés y del estado moderno.


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