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Religión

¿Sabes de dónde viene la historia de la Virgen del Pilar?

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Hoy, día 12 de octubre se celebra el Día de la Virgen del Pilar: la Patrona de la Hispanidad y de Zaragoza. Pero, sabes realmente ¿de dónde viene esta tradición?

Se cuenta que los orígenes se remontan al siglo I, cuando la Virgen María se apareció a el Apostol Santiago. Este se encontraba predicando en España, cuando a su paso por tierras zaragozanas sucedió algo que lo cambió todo…

Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro. Después de haber predicado en España, cansado y exhausto, al ver que nadie le hacía caso decidió emprender su regreso, cuando tal y como cuenta la leyenda “oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol”.

La Virgen, que aún vivía, le pidió al Apóstol que le construyese allí una iglesia. Y este, se puso manos a la obra junto con la ayuda de sus discípulos. Antes de regresar a Judea, Santiago la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar.

Una basílica que ha resistido al paso del tiempo y de las guerras. Durante la Guerra Civil Española sufrió un bombardeo, en donde ,dos bombas fueron arrojadas contra el templo, por suerte, no estallaron por lo que la basílica se mantiene intacta.

La talla de la Virgen se encuentra situada en dicha basílica en Zaragoza, es de madera y está sobre un pilar de 1,70 metros de altura. Además, todos los días 2, 12 y 20 de cada mes la Virgen del Pilar no se cubre con manto. El resto de días del año, varía de manto según la fecha.

En el año 1898, poco tiempo después de inventarse el cine, se rodó allí la primera película española, llamada “Salida de la misa de doce de la Iglesia del Pilar de Zaragoza”.

Además, esta iglesia cuenta con el privilegio de ser la primera en estar dedicada a la Virgen María.

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Historia

Desvelan la olvidada represión de la II República: “No es un mito, se asesinó a 7.000 religiosos”

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España vive todavía una época de azules y rojos en la que los grises no tienen cabida. Buscar la anhelada objetividad en un período tan reciente (y estudiado) como la Guerra Civil parece una tarea imposible. En primer lugar, porque estamos obsesionados con colgar carteles simplistas que definan (en una palabra) a los profesionales de la investigación. Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense, quiere huir de este maniqueísmo barato. «No tomo partido ni de un bando ni de otro, solo quiero entender qué les pasó a todos durante el enfrentamiento», explica. En un momento de tensión política agitado más, si cabe, por la exhumación de Francisco Franco, este experto incide en que no le gusta hablar de muertos de uno y otro bando; para él todos ellos fueron víctimas del momento histórico que atravesó el país entre 1936 y 1939.

Su última obra ( «Retaguardia roja» -Galaxia Gutenberg, 2019-) está elaborada sobre los pilares de esta filosofía. No pretende señalar y no busca cargar tintas contra unos y otros (los «hunos y hotros» de Unamuno). Es, sencillamente, una investigación que detalla la represión republicana que se desató en Ciudad Real desde el momento en el que los sublevados se alzaron contra la Segunda República en julio de 1936. Un análisis concienzudo, todo sea dicho, pues le ha llevado más de 30 años de trabajo en los que ha hecho 60 entrevistas a otros tantos supervivientes. Podría parecer localista, pero pensar así es un error. Y es que, como bien explica, las conclusiones de su estudio se pueden extrapolar a toda la España rural.

Además de las suculentas novedades que alberga, su nueva obra también sirve para recordar «verdades como catedrales», como el mismo Del Rey las define. Una de ellas, que los estudios publicados en los años sesenta ya determinaron que «en España se asesinó a 7.000 religiosos». «No es un mito», completa. El autor, de hecho, dedica un capítulo a hablar de la «clerofobia» y la violencia de los republicanos más radicales contra los religiosos de la localidad.

Las hipótesis que baraja a la hora de establecer las causas de la violencia anticlerical son dos: la asimilación por parte de la sociedad de que los sacerdotes eran «agentes del enemigo» encargados de extender sus ideas a través de un púlpito y, por otro lado, la interiorización de los tópicos más exagerados sobre los religiosos (por ejemplo, su homosexualidad). Mención a parte merecen los frailes que residían en monasterios y que, según el doctor en historia, no encajan en este arquetipo. «Su caso es más extraño. ¿Por qué se enconaron con ellos?». La pregunta, difícil, la intenta responder en su obra.

En todo caso, «Retaguardia roja» no se limita a analizar la violencia contra el clero y se adentra también en la represión que se vivió en las ciudades que se mantuvieron leales a la Segunda República tras el levantamiento militar de 1936. En sus páginas caben desde la violencia que se desató contra los primeros enemigos del gobierno (una buena parte, falangistas) hasta la labor, enterrada en las páginas de la historia, de los militantes más moderados que quisieron detener aquella locura. Pero no es lo único, Las seiscientas páginas de este ensayo dan para mucho más y se dedican además a destruir mitos como, por ejemplo, aquel que afirma que el golpe militar fue una respuesta a una presunta movilización comunista. Algo que Del Rey define como una «soberana estupidez» multitud de veces refutada.

Tampoco se muerde la lengua al acabar con el mito de las dos España. «Hubo muchas más. La mayoría estaba formada por una mayoría que se vio arrastrada a la violencia», insiste.

Microhistorias

Del Rey forja su discurso mediante las determinantes microhistorias. Un total de diecinueve ejemplos prácticos, del día a día, que permiten al lector poner cara y ojos a los protagonistas del conflicto. «Las microhistorias locales nos permiten llegar a conclusiones similares en el resto del territorio español», afirma. Gracias a esta forma de estudiar la Guerra Civil, el autor establece que ha logrado destrozar mitos arraigados como el que explica que los republicanos más exaltados eran «incontrolados y delincuentes comunes». «Era gente corriente. Vecinos que mataban a otros vecinos. Es algo que ya demostraron muchos estudios de la Segunda Guerra Mundial al analizar la figura de las SS», señala.

Algo similar sucede con Ciudad Real. «Al palpar un universo pequeño que no se ciñe a las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Zaragoza…) te percatas de que encuentras respuestas que no hallas al estudiar las grandes ciudades», explica. Para él, esta urbe es un escenario privilegiado al encontrarse cerca de la capital y supone un ejemplo claro de cómo fue la vida en los pueblos rurales afines a la Segunda República.

Pero no todo lo encontrado ha sido bueno. En su investigación, Del Rey se ha topado con «cosas tremendas» que «no sabía si contar». «Al final me decidí a explicarlas porque partes de la base de que la sociedad española actual lleva cuarenta años de democracia y se merece que intentemos mostrarle una realidad lo más cercana al pasado y lo menos ideologizada posible», finaliza.

Violencia contra el clero

Mediante estas microhistorias, Del Rey se adentra en la «clerofobia» que se vivió al comenzar la contienda. La época de la «violencia en caliente», como la denomina. «Por violencia en caliente se entiende la que se sucedió en las primeras semanas de la guerra allí donde los sublevados habían sido derrotados», señala a este diario. Poco después del 18 de julio de 1936, cuando se produjo el Alzamiento, los partidarios de la Segunda República se ofuscaron en acabar con el «enemigo interior»: todo aquel sospechoso de ser partidario de la sublevación y que pudiera unirse al ejército enemigo si este llegaba hasta la zona. «Se detuvo a miles de derechistas que fueron a parar a las cárceles. En ese proceso, y sin que respondiera a una planificación previa, hubo algunos muertos cuando se produjeron choques. Hay que entender que muchos se resistieron a ser detenidos y que a algunos milicianos se les iba la mano», desvela.

Los religiosos de sotana y misa se vieron envueltos en este torbellino de tensión, miedo y desaire debido a que el miliciano de base los veía como unos «compinches de los golpistas». Ello, a pesar de que, en palabras del experto, «muchos se limitaban a rezar». Esa idea del «monje trabucaire partidario del enemigo solo por el hecho de serlo» era general. «El clero de base, el secular, era visto como un agente político. Ejercía el papel de ideólogo de la derecha en esa dialéctica de odio político», añade.

En su obra, el autor afirma que esta mentalidad estaba instaurda desde el siglo XIX, cuando «la fe religiosa se ligó en la cultura de las izquierdas europeas a la idea de la opresión del “pueblo”». Ejemplo de ello es que el marxismo la comparaba con el «opio del pueblo» y aseguraba que estaba al servicio de los ricos y de los poderosos. «Tales postulados se interiorizaron pronto en España, primero en los medios republicanos anticlericales y después en las distintas corrientes obreristas», completa.

Del Rey, como hace a lo largo de toda su obra, ofrece datos fehacientes sobre la represión contra el clero que se vivió en Ciudad Real durante la «violencia caliente». Entre el 19 de julio y el 31 del mismo mes las víctimas sumaron un total de 157. «Esto representa el 38,85% de los muertos en la “fase caliente” de la revolución, un porcentaje elevadísimo si se tiene en cuenta que la población religiosa en su conjunto -compuesta por poco más de un millón de personas entre curas, religiosos y monjas- apenas rondaba el 0,20% de los habitantes de la provincia», completa. En el interior de su obra, por descontado, analiza y compara esta cifra con multitud de informes relacionados.

En todo caso, también deja claro que la mayor parte no tuvieron que soportar torturas, como afirman algunos expertos. También rechaza que se califique a la represión general como «genocio» u «holocausto».

Lo que llama la atención al autor es el caso del clero que trabajaba en monasterios y no predicaba desde los púlpitos. «¿Por qué mataron en las dos primeras semanas a casi sesenta frailes?», se pregunta el historiador. La respuesta se encuentra en la imagen negativa que se había asociado al clero. «Creo que no funcionó la lógica del combate político previo tanto como en el estereotipo. Todos los tópicos denigratorios (como que eran homosexuales) se cernieron sobre esa figura», desvela. Las muertes de esta parte del clero fueron fomentadas, en parte, por la administración. «Decían que había que tener ojo con los conventos porque podían servir como fortalezas para refugiar fascistas. Había verdadera obsesión con los campanarios. Y en el fondo era verdad porque eran auténticas fortalezas arquitectónicas», añade.

Según Del Rey, una orden ministerial obligó a los frailes y monjas a salir de sus conventos en las dos primeras semanas de la guerra. «Los extrajeron mediante una orden gubernativa. Es decir, acompañados de un juez». En principio, la idea era meterles en la cárcel, aunque no pocos alcaldes se apiadaron y les ofrecieron salvoconductos para viajar hasta zonas seguras. «Lo sorprendente es que, en cuestión de días, los cazaron», señala. Telefonazo a telefonazo, y chivatazo a chivatazo, los milicianos se enteraron de dónde se encontraban y acabaron con ellos. El que aquel mandato gubernamental estableciese un día concreto para expulsarles de sus centros de culto es lo que hizo, en palabras del autor, que las muertes se concentraran en unas jornadas muy específicas en toda Ciudad Real.

Como ejemplo de esta violencia pone casos como el de Francisca Ivars Torres (sor Vicenta), la única religiosa muerta en la provincia. A esta monja la guerra le sorprendió en el colegio San José de Valdepeñas. Sin embargo, el devenir de los acontecimiento hizo que decidiera marcharse. Como otras tantas recibió un salvoconducto. El 23 de septiembre tomó un tren para Alcázar de San Juan, desde donde pretendía viajar a Alicante. Jamás lo consiguió. «Avisados por sus compañeros de Valdepeñas, los milicianos estaban esperándola en Alcázar. […] Sirviéndose de engaños, le propusieron conducirla a la casa que la orden tenía en Herencia. La subieron en un camión y, pocos kilómetros antes de llegar a ese pueblo, la mataron en una viña junto a un hombre. Tenía 68 años», completa Del Rey en su documentada obra.

La violencia vivida en Ciudad Real, con todo, es un mero ejemplo de la que sufrieron los miembros de la iglesia de toda España en estas primeras semanas. «La represión contra el clero se conoce desde 1960, cuando salió un estudio estupendo de un sacerdote en el que se contabilizaba la población religiosa asesinada en unas 7.000 personas. No es un mito, es una realidad como una catedral. Luego se han corregido levemente sus cifras. Fue un estudio impresionante hecho en una época en la que no había ordenadores. Otra cosa es que se hable de eso en el vacío y sin hacer referencia al anticlericalismo que se había extendido en la época, sin contextualizar», completa Del Rey.

Mitos, asesinos y víctimas

En las páginas de «Retaguardia roja», Del Rey también se cuestiona máximas como la idea de que la democracia había cuajado en España. «La democracia no se adquiere en 24 horas, supone un aprendizaje muy amplio. La aceptación del adversario es un elemento clave para saber si uno es democrático o no, lo mismo que la alternancia en el poder. En la España de los años treinta eso no estaba claro. Algunas minorías que venían de la España de la Restauración, la España oligárquica, se adaptaron a ello. Pero aquella sociedad todavía no estaba dentro del juego democrático porque procedía de un mundo caciquil», explica. Eso no significa, sin embargo, que no tuvieran a su disposición el armazón institucional para ello.

Del Rey también es partidario de que la sublevación fue la que provocó las revueltas violentas en el seno de la Segunda República. «Los estudiosos de la violencia política tienen claro que hubo una multicausalidad, pero hay que establecer una jerarquía en base a criterios racionales. La conclusión a la que llego es que hay unos factores mucho más importantes que otros. Para empezar, el golpe fue decisivo porque supuso un desafío a la legalidad y rompió el monopolio que tenía el estado sobre la violencia. Así, un golpe que se creía preventivo para contener una supuesta revolución comunista en ciernes (que se ha demostrado falsa), provocó la revolución por el desafío de poder que generó», sentencia.

Otro tanto sucede con la idea de las dos Españas. «Insisto en que no existían. Había muchas más: la España revolucionaria, la España contrarrevolucionaria, la España de los moderados (liberales, socialistas y católicos, todos ellos en su versión moderada) y la España que no estaba ideologizada, pero se vio arrastrada por el resto. Esta última era la más extensa», completa. Según cree, a pesar del alto nivel de politización de la sociedad de los años 30, la realidad es que los protagonistas de estos combates fueron minorías que arrastraron a la mayor parte del país. De hecho, una de sus tesis es que la violencia fue generada por una minoría que muy ruidosa. «Siempre eran militantes jóvenes y muy ideologizados», señala.

Del Rey también analiza la falsa imagen de los represaliados en la zona republicana. Personas que, en sus palabras, se ajustan a un arquetipo concreto. «Al analizar las víctimas de la violencia te das cuenta de que todos los que habían tenido un protagonismo público previo, tanto político como administrativo (un juez, un secretario de ayuntamiento…) estaban en la cabeza de las listas», señala. Para el autor, ser un personaje público en la España de los años treinta, aunque fuera a escala local, suponía un riesgo impresionante. «La fijación de objetivos humanos respondía a criterios ideológicos y políticos. «No es tanto la lucha de clases lo que determinaba estas matanzas, como la adscripción política. Las víctimas eran élites políticas que habían tenido protagonismo público en el período anterior. Hubo cierta lucha de clases, pero no se mataba a los ricos por ser ricos. Se mataba a los que habían tenido relevancia», finaliza.

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Religión

Un cura italiano convierte su parroquia en un centro de acogida con la oposición de los fieles

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La iglesia de Pistoia ha perdido el decoro de un lugar de culto: colchones por el suelo, literas, mochilas... - ABC
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Ha convertido su parroquia en una especie de campamento para inmigrantes. Don Massimo Biancalani ha transformado su iglesia en Pistoia, municipio de 90.000 habitantes en Toscana, al norte de Italia, en un gran centro de acogida para 250 inmigrantes. Desde luego, quien espere ver el decoro de un lugar de culto, no lo encontrará al entrar en esta parroquia de Santa María Mayor en Vicofaro. Todos los espacios están cubiertos: Colchones por el suelo en una extensión ininterrumpida, literas, y por doquier un revoltijo de ropa, mochilas y zapatos de los extranjeros. Don Biancalani ha permitido a los inmigrantes ocupar toda la iglesia, la nueva y una vieja adyacente, el salón parroquial, los pasillos e incluso el piso en el que hasta ahora vivía el párroco solo. Ahora, según cuenta Repubblica, el sacerdote comparte todo el espacio con quien llame a su puerta, convirtiéndose en uno de los curas más conocidos de Italia.

El barrio protesta

Don Massimo afirma que «mucha gente ha comprendido que no se debe tener miedo de los inmigrantes; nunca hemos tenido problemas de seguridad». No lo deben pensar así muchos parroquianos, que hace una semana recogieron firmas y enviaron un escrito al ayuntamiento, la comisaría y el obispado, explicando que se hace imposible vivir en el barrio, a causa de una serie de graves problemas surgidos con los inmigrantes.

Don Massimo Biancalani admite que su comunidad parroquial se ha reducido drásticamente: «Estamos aislados en nuestro territorio. Esta es la parroquia más grande de la ciudad, con 7.000 fieles, pero muchos nos han abandonado. En este año, en la catequesis hemos pasado de 120 niños a 20. Pero hemos ganado laicos que vienen a practicar el Evangelio: Tuve hambre y me disteis de comer… era extranjero y me habéis acogido».

Vida cotidiana

Entre los inmigrantes que pernoctan en la iglesia está Diba, 19 años, de Senegal, que cuenta así su dramática historia: «Era un niño de que vivía en la calle, abandonado por la familia, crecido con amigos y con ellos partí: Niger, Libia y después Italia. Llegué a los 14 años. Al principio fui acogido en una comunidad para menores. Después, viví en la calle. Algunos amigos me dijeron que viniera aquí y don Massimo me ha acogido. Me levanto cada mañana a las 4.30, cojo un tren y voy a Prato para trabajar en la limpieza durante dos horas en una multisala, después vuelvo aquí. Por la tarde cojo otro tren y voy a Florencia para trabajar como repartidor en Glovo. Al final de mes gano unos 300-400 euros». En la parroquia vive también Colmar, que pasó un año y 4 meses en prisión acusado de ser traficante de seres humanos, pero después fue absuelto y ahora ya no puede hacer petición de asilo.

Llamamiento del Papa

La iglesia transformada en centro de acogida funciona como un modelo de autogestión. “No se come en mesa comunitaria. Hay frigoríficos en diversas partes, dos cocinas que funcionan las 24 horas del día, y ocho baños químicos portátiles. Se sale adelante con donaciones, ofertas, recogida de alimentos, la generosidad de algunas asociaciones y una muy pequeña contribución de los inmigrantes que trabajan.

A menudo surgen problemas. «Nos han cortado el gas porque no hemos pagado un recibo de 4.000 euros. Lo pagaré con mis ahorros de profesor de religión», afirma don Massimo Biancalani. «Yo solo he respondido al llamamiento que el Papa lanzó en el 2016 cuando invitó a los sacerdotes a abrir las iglesias a esta gente. Por desgracia, su llamamiento cayó en el vacío», asegura don Massimo.

(ABC)

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Religión

El prior del Valle de los Caídos no opondrá “resistencia violenta” a la exhumación de Franco

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El prior de la Abadía del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, no opondrá resistencia para que el Gobierno entre en la basílica para proceder a la exhumación de los restos de Francisco Franco, aunque no renuncia a agotar la vía legal.

Según ha adelantado Vida Nueva y ha confirmado Europa Press, el prior del Valle de los Caídos no se opondrá finalmente a la entrada a la basílica. En concreto, fuentes directas de la Abadía han puntualizado que no opondrán “resistencia violenta” para que entren en el templo pero que la Abadía puede recurrir “según las vías legales”.

Precisamente, el Gobierno ha informado este viernes 11 de octubre de que exhumará los restos de Franco antes del 25 de octubre. Además, el Valle de los Caídos ha cerrado sus puertas a las 18.00 horas de este viernes y cuando vuelva a abrirlas ya no reposarán en ella los restos de Franco.

El prior Santiago Cantera había precisado antes que la Abadía ha actuado “siempre dentro de la legalidad”.

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