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Nostalgia

Siete años sin Miliki, el más entrañable de los ‘Payasos de la Tele’

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Dos de los recordados payasos de la tele: Fofó y Miliki
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Siete años sin Emilio Alberto Aragón Bermúdez. Siete años sin Miliki, un artista que muchos recuerdan como aquel payaso que saludaba por las tardes junto a sus hermanos cuando el color todavía no había llegado a la televisión. A otros se les viene la imagen a la cabeza de ese simpático señor que cantaba canciones infantiles como ‘Don Pepito’, ‘Había una vez un circo’ o ‘La gallina Turuleca’ entre muchas otras.

Nacido en una familia de artistas, Miliki, al igual que sus hermanos Gabriel Aragón (Gaby) y Alfonso Aragón (Fofó), cogió el relevo de sus predecesores. Su andadura en el mundo del espectáculo comenzó al término de la Guerra Civil, guerra que le había separado por un tiempo de sus familiares.

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A sus 10 años Miliki empezó a recorrer de función en función los pueblos de España hasta que en 1946 el Circo Santos y Artigas, el más importante de Cuba, se interesa por Miliki y sus hermanos, a los que les ofrece un contrato de cuatro meses pero, lo que empezó siendo una aventura de cuatro meses al otro lado del charco acabó durando veintisiete años.

Después de actuar durante tanto tiempo en países como Cuba, México, Puerto Rico, Venezuela, Estados Unidos o Argentina, Miliki y sus hermanos regresaban a España. Es desde este último país sudamericano que los tres artistas vuelven en la península española. Lo hacen con un contrato de Televisión Española, la única cadena de televisión en España de la época.

Es el 19 de julio de 1973 la fecha en la que se estrena el programa de los tres hermanos, ‘El gran circo de TVE’. Un espacio televisivo exitoso y de gran audiencia que el ente público mantuvo durante varios años.


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Nostalgia

10 curiosidades sobre la mítica ‘Sonrisas y lágrimas’

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‘Sonrisas y lágrimas’, la película de 1965 dirigida por Robert Wise, se trata de uno de los mejores musicales del Hollywood clásico. . La inolvidable cinta fue nominada a diez Oscar de la Academia y ganó cinco de ellos, el de mejor película, mejor director, mejor sonido, mejor montaje y mejor banda sonora.

El relato (basado en una historia real) de María von Trapp (Julie Andrews), la novicia que descubre su verdadera vocación haciendo de institutriz para los hijos del orgulloso capitán Von Trapp (Christopher Plummer), todo en el contexto de una Austria abocada al Anschluss de la Alemania nazi, sigue haciendo las delicias de generaciones de espectadores más de cincuenta años después de su estreno.

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A continuación, te descubrimos algunas curiosidades relacionadas con ‘Sonrisas y lágrimas’:

Charmian Carr, que interpreta a Liesl, la mayor de los hermanos, tenía 22 años durante el rodaje de la película. En su autobiografía, escribió que en todo momento se sintió atraída por Christopher Plummer. Por su parte, el actor también confesó que el sentimiento era mutuo, aunque aseguró que no llegó a haber nada entre los dos.

Julie Andrews acababa de terminar el rodaje de ‘Mary Poppins’. La actriz tomó la costumbre de cantarles a los niños la canción de ‘Supercalifragilisticoespialidoso’ en los descansos entre escenas. Como la película de Disney aún no se había estrenado, los jóvenes actores pensaron que Andrews se la había inventado expresamente para ellos.

Como parte de la preparación de la película, William Wyler (que iba a dirigir la película en un principio) se entrevistó con la María von Trapp real y con el alcalde de Salzburgo. Wyler estaba preocupado por el hecho de que la población local pudiera alarmarse al ver los edificios de la ciudad engalanados con esvásticas y a tropas de uniforme nazi desfilando por sus calles solo 25 años después del Anschluss. La respuesta del alcalde fue que los habitantes de Salzburgo ya habían sobrevivido una vez al Anschluss y que volverían a hacerlo.

Después de que los Von Trapp reales huyeran de Austria, su casa fue ocupada por Heinrich Himmler. El mismo Hitler le visitó en varias ocasiones allí.

Christopher Plummer confesó que encontró insufrible a Julie Andrews durante el rodaje y que solía llamarla “Señora Disney” (en referencia a su reciente papel en ‘Mary Poppins’). Años después admitió que se comportó de forma inmadura y que había cambiado de opinión sobre Andrews, diciendo de ella que era una gran actriz. Los dos siguen siendo buenos amigos en la actualidad.

Cuando todo estaba listo para filmar la secuencia de la boda entre María y el Capitán, el equipo de rodaje se dio cuenta de que no habían llamado a nadie para hacer del sacerdote que debía casar a la pareja protagonista. Julie Andrews cuenta que quien apareció finalmente en la película fue nada menos que el Arzobispo de Salzburgo, Andreas Rohracher.

Toda la música interpretada por Christopher Plummer, tanto la vocal como la instrumental, tuvo que ser doblada.

En el momento de su estreno, la película se convirtió en la segunda más taquillera de la historia, solo por detrás de ‘Lo que el viento se llevó’.

Grace Kelly fue la primera opción para el papel de la baronesa Schroeder, pero acababa de retirarse de la actuación tras su boda con Raniero III de Mónaco.

https://www.youtube.com/watch?v=QKg3dowDEj8


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¡Hasta siempre, mi capitán!

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Jesús Orea.- Ahora que hay tanto vendepatrias, tanto “inventa-naciones” y tanto sansirolé jugando a poner y quitar fronteras -sobre todo a ponerlas, pues quitarlas no es de bobos, sino de inteligentes-, he recordado una cita del poeta Rilke que afirma, con buen criterio, que “la verdadera patria de los hombres es la infancia”. Me he acordado de esta cita cuando he conocido una noticia de esas que suelen pasar desapercibidas para la gran mayoría porque van muy en cola en los diarios digitales, pero que a mi me ha removido el corazón: Ha muerto Félix Casas, el actor que encarnara al “Capitán Tan” en el programa infantil de TVE “Los Chiripitifláuticos” con el que merendábamos cada tarde los chavales de mi generación pues se emitió durante diez años, entre 1966 y 1976, cuando yo tenía entre 5 y 15 años. O sea, cuando viví en mi verdadera patria según la reflexión de Rilke.

“Los Chiripitifláuticos” lo conformaban un grupo de singulares personajes de sonoros nombres, como el sobreesdrújulo que les aglutinaba, cada uno con sus rasgos de personalidad muy bien acotados y diferenciados: El Capitán Tan era un hombre afable y muy viajado por lo largo y ancho del mundo; Locomotoro hacía el papel del niño disparatado metido en un cuerpo de hombre; el Tío Aquiles era un abuelo bonachón con mucho carrete y Valentina aportaba al grupo el toque femenino, además de mucha sensatez  e inteligencia. Había otros miembros secundarios, como “Barullo” y “Poquito”, además de los malos malísimos de verdad, los “Hermanos Malasombra”, que, por supuesto, eran los malos de la película.

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Aquella singular pandilla de personajes, que me saben a pan con chocolate o con mantequilla y salchichón, mis meriendas favoritas de niño, me huelen al hule de la mesa camilla del cuarto de estar de mi casa y al brasero de herraj y picón con el que entonces nos calentábamos, aunque también recuerdo de ese tiempo a las primeras estufas de butano, las llamadas “catalíticas”, que irradiaban no solo el calor bajo las faldas de la mesa como el brasero, sino por toda la habitación. “Los Chiripitifláuticos” me retrotraen a aquellos años sesenta en que comencé a despabilarme en la vida y de cuya mitad parten mis primeros recuerdos, mis primeros amigos, mis primeras heridas de guerras infantiles y hasta mis primeros amores de embozo, jamás declarados por temor a no ser correspondidos. Aquel programa de TVE emitido por VHF (muy alta frecuencia) en el primer canal -el segundo, precisamente, comenzó a emitir señal en 1966 en UHF (ultra alta frecuencia)- era inicialmente en blanco y negro, pero el color y el calor lo ponían Locomotoro y sus amigos que se colaron en nuestras vidas y en nuestras casas como si fueran unos miembros más de la familia. Aunque el Capitán Tan no hubiera salido nunca de su casa, él presumía de sus viajes “a lo largo y ancho de este mundo” y, dada la convicción con la que hablaba de ellos, nosotros le dábamos por muy viajado; pero para viajar no hace falta desplazarse, como demostró Emilio Salgari al no pisar jamás el sudeste asiático y, sin embargo, escribir “Sandokán”, la aventura del “Tigre de Malasia” que con tanto detalle describe aquellas exóticas y lejanas tierras y aquellos lejanos mares. El salacot del capitán Tan era suficiente para que los chavales que veíamos el programa con los ojos fijos en la pantalla y sin pestañear creyéramos que estábamos ante un aventurero de verdad y no uno de pacotilla. La credulidad de un niño la avivan la credibilidad de quienes le cuentan las cosas y aquellos “Chiripitifláuticos” eran nuestra “biblia” infantil, creyéndonos a pies juntillas todo lo que hacían y decían porque nos habían ganado el corazón.

Ha muerto el Capitán Tan a los 89 años de edad. El Tío Aquiles (Miguel Armario) murió hace 20 años y, si viviera, ya tendría 104. “Valentina” (Carmen Goñi) es octogenaria y reside en un pueblo de la sierra de Madrid, mientras que Locomotoro es el mayor del grupo que aún queda vivo y tiene más de 90 años. De los Hermanos Malasombra (Luis García Páramo y Carlos Meneghini) solo queda el primero, que está cerca ya de cumplir los ochenta, pues el segundo murió hace ya años. Dadas las edades de todos ellos, caigo en la cuenta de que quienes nos hacían pasar un rato entretenido y delicioso todas las tardes a través de la “pequeña pantalla” -el eufemismo más extendido para hablar del televisor- podrían haber sido nuestros propios padres e, incluso, nuestros abuelos, pero a nosotros nos parecían nuestros hermanos mayores.

Comenzaba citando a Rilke y termino haciéndolo con Facundo Cabral: “Lo mejor de la vida es gratis”. Y nosotros perdiendo el tiempo en retiñir por las cosas más absurdas y miserables, en elevar a noticia solo la política o la catástrofe y en ponernos unos enfrente de otros en vez de al lado. Hoy el diario de mi vida lo ha abierto una noticia que me entristece al tiempo que lleva a la nostalgia, que es la sonrisa amable de lo vivido: Se me ha muerto Tan, mi capitán Tan, que ya ha hecho su último viaje. ¡Hasta siempre!


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Cine y Televisión

Muere Félix Casas, el Capitán Tan de ‘Los Chiripitifláuticos’

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Felix Casas el Capitan Tan de Los Chiripitiflauticos
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El actor Félix Casas, recordado principalmente por su papel como el Capitán Tan en la serie de Televisión Española ‘Los Chiripitifláuticos’, ha muerto esta pasado noche por causas naturales a la edad de 89 años en su domicilio de Madrid.

Así lo ha confirmado a Efe su nieta Sonia Arcos, quien comentó que el entierro de su abuelo, que se encuentra en el Tanatorio Sur de Madrid (Carabanchel), lo celebrarán en la intimidad familiar.

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El actor, que nació el 8 de junio de 1930, se hizo muy popular a finales de los años 60 y principios de los 70 en el programa ‘Los Chiripitifláuticos’ junto a Valentina, el Tío Aquiles, Locomotoro y los hermanos Malasombra. “En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo” era su frase más conocida, con la que iniciaba sus relatos tocado con un salacot y una camiseta a rayas.

Programa mítico

‘Los Chiripitifláuticos’, con todos sus personajes, es uno de los programas que forma parte de la memoria televisiva de la infancia de la generación de españoles que hoy tienen entre 50 y 60 años. Antecesor de los payasos de la tele, fue el primer programa infantil de TVE. Popularizaron una serie de canciones que alcanzaron un gran éxito entre los niños españoles de la época. Entre ellas podríamos destacar ‘El barquito chiquitito’, ‘Los hermanos malasombra’, ‘La vaca de Aravaca’, ‘Si quieres ser Capitán’ y ‘El Reino del Revés’. Con la canción ‘El burro Perico’, cantada por El Capitán Tan, Locomotoro y Valentina, obtuvieron el primer premio en el primer Festival de la Canción Infantil de TVE, en 1967.

Cosas de la época: en los años en los que se emitía el programa, que debutó en 1965 y se despidió en 1974, era costumbre utilizar las mismas cintas magnéticas para copiar encima los sucesivos episodios. Así que apenas quedan registros de las andanzas e Locomotoro, Valentina, el Capitán Tan, el Tío Aquiles, los Hermanos Malasombra, Barullo y el resto de personajes que llenaron de aventuras, humor blanco, canciones naíf y ternura el popular espacio televisivo. El archivo de RTVE permite recuperar lo que se conserva.


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Cine y Televisión

A sesenta años del estreno de “Bonanza”, la legendaria serie que definió un género y acompañó a varias generaciones

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MB. Un mapa sepia que se consume bajo el fuego, una música repiqueteante y cuatro hombres que galopan desde el horizonte. Sesenta años atrás, se emitía en Estados Unidos el primer capítulo de un programa que se convertiría en parte de la historia de la televisión y que acompañaría a varias generaciones.

Bonanza, con su padre adusto pero magnánimo y sus tres hijos varones. El género de la serie es incierto. Un western familiar, un melodrama a caballo, con toques de humor, unos pocos tiros y diferentes peripecias.

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Eran otros tiempos. Se buscaba integrar a diversos universos de público. Eran épocas de una sola televisión por casa, de la familia reunida alrededor del aparato. No había segmentación.

El ambiente del western, el aire recio de algunos de los protagonistas y unos tiros eran el anzuelo para los hombres. Para las mujeres se morigeraba la violencia y los conflictos tenían un profundo sentido humanista. No había demasiado espacio para las historias de amor. Cuando lograban colarse, su desarrollo no se extendía en el tiempo. Eran hombres sin mujeres. Las parejas no duraban en la familia Cartwright.

El padre era Ben Cartwright . Un hombre con fortuna personal pero evidente mala suerte: era viudo por triplicado. Y de cada difunta esposa le había quedado un hijo. Tal vez el asunto de la madre diferente (además cada una de ellas era de ascendencia distinta) era lo que habilitaba que las tres personalidades no se asemejaran en nada; eso le brindaba variedad a las historias narradas.

Como líder de familia, él imponía las líneas de acción. Ben era canoso y parecía un hombre grande. Pero el actor, aunque parezca mentira, sólo tenía 44 años al momento del primer capítulo (le llevaba poco más de una década a los que hacían de sus dos hijos más grandes).

El mayor de los hijos era Adam, interpretado por Pernell Robert, un galán serio y poco dúctil. Adam era arquitecto y había construido, gracias a sus conocimientos, la casa de la familia. Roberts, el actor, estaba incómodo con el rotundo éxito del programa. Creía que estaba para más, que su carrera necesitaba de otros desafíos. Luego de seis años dejó Bonanza. Se dedicó al teatro con moderado suceso.

La televisión le dio una segunda oportunidad quince años después. Lideró el elenco de la serie médica Trapper John, M.D., un spin off de MASH. Allí ya había asumido su calvicie y no utilizaba el aplique capilar de los tiempos de Bonanza. No era el único del elenco en recurrir al bisoñé; es más, podríamos decir que era una especie de norma no escrita de la que solo escapaba Michael Landon: tanto Lorne Greene como quien encarnaba a Hoss también lo utilizaban. Los westerns no admitían pelados.

Dan Blocker interpretaba al hermano del medio, llamado Eric pero al que todos conocían como Hoss. El segundo de los Cartwright era afable y simpático, tenía un aire algo bobalicón. Un ingenuo gigante con buen corazón. Blocker estuvo 13 temporadas. Solo faltó a la última, y no fue por razones contractuales.

Mientras la temporada 14 estaba en preproducción, el actor se sometió a una operación de vesícula, pero una complicación cardiovascular en el postoperatorio acabó con su vida.

El hijo menor era Joe. Impetuoso, comprador y atolondrado, su sonrisa lo sacaba de problemas. Michael Landon con 22 años era el más joven del elenco. Así comenzó su carrera como estrella televisiva. Landon consiguió la hazaña de tener enorme éxito en tres programas distintos, Bonanza, La familia Ingalls y Camino al Cielo.

Los actores televisivos no suelen reponerse de un gran suceso, no logran despegarse el personaje que los condujo a ser conocidos y millonarios. Michael Landon, como nadie (quizá solo pueda competirle Ted Danson en este rubro), encadenó tres éxitos consecutivos que lo mantuvieron en los hogares por treinta años ininterrumpidos. Entre el final de una serie y la otra nunca pasó más de un año.

Las cartas dirigidas a Joe escritas por las fans de Bonanza inundaban semanalmente el estudio. Landon aprovechó eso no solo para conseguir un mejor salario. Exigió participar de los guiones y dirigir algunos capítulos. Esa experiencia le serviría para sus siguientes proyectos.

Bonanza como serie familiar debía contentar a públicos muy disímiles. Y lo hacía. Su apuesta era exaltar los valores familiares. Fue el primer western en colores; la fotografía cuidada elevaba los standards a los que la televisión estaba acostumbrada. Encabezó el rating durante años. Y sus reposiciones conocieron el éxito durante décadas en todo el mundo. Su tema era la constante colisión entre el bien y el mal. Cada capítulo presentaba un dilema moral port resolver, o al menos por enfrentar. A veces los planteos argumentales eran básicos y maniqueos. Sin embargo, Bonanza incorporó en esa ficción ambientada en 1860 conflictos que aquejaban a la sociedad de un siglo después. De ese modo, la cuestión racial, las injusticias sociales y los abusos de poder se filtraban en las aventuras de los Cartwright.

Una de las virtudes innegables de la serie es la contundencia de los guionistas para nombrar personas y lugares. Más allá de la sonoridad del nombre de la serie, otro hallazgo es el bautismo de la propiedad de la familia: La Ponderosa. Esa denominación hace referencia a un pino bien angosto y alto que es muy frecuente en el norte de Estados Unidos.

La música tuvo su parte en la leyenda. El leit motiv de la serie es inconfundible. Una guitarra eléctrica que emula un galopar urgente de caballos. Cualquiera puede tararear la música de Bonanza, se fija de inmediato en nuestro cerebro. Una especie de fanfarria del Oeste que nos estimula mientras se nos presentan los Cartwright.

El tema tuvo varias versiones y muchas letras, aunque en los títulos de apertura solo sea instrumental.

La más conocida fue la de Johnny Cash. El éxito del programa, además del merchandising con el que lucraron los productores, dejó espacio para que varios aprovecharan. Tal vez la derivación más inesperada sea la que usufructuó Lorne Greene, el que interpretaba al padre. En 1964 sacó un disco en el que cantaba/contaba historias del Oeste. Un típico producto derivado de un programa televisivo. Pero una de sus canciones se independizó y adquirió vida propia. Superó las expectativas y ambiciones de sus creadores. La voz de Lorne Greene, profunda y sólida, narra la historia de Ringo, un desclasado, de fondo la guitarra de Tommy Tedesco y la percusión de Hal Blaine, los dos integrantes más representativos de la Wrecking Crew, el batallón de músicos de sesionistas de Los Ángeles que tocaron en casi todos los éxitos de los sesenta y principios de los setenta. En un año en que el número 1 del ranking Billboard fue para I want to hold your hand, Pretty Woman o Baby Love, Lorne Green y Ringo llegaron a la cima del ranking en diciembre. El actor no canta, solo recita su historia y de tanto en tanto aparece un coro masculino detrás que estira grave y solemne el Ringooo, Ringooo. Posiblemente se trate del número 1 más bizarro de la música pop luego del quiebre que provocó la aparición de los Beatles.

Que Ringo haya llegado a ser un gran hit grafica el suceso enorme de la serie. Estuvo entre los cinco programas más vistos de la televisión norteamericana durante una década y en tres de esos años fue el más sintonizado. Soportó los cambios de época y la pérdida de uno de sus actores principales. No se resintió su estructura con la salida de Pernell Roberts en 1964. En cambio Bonanza no pudo resistir la muerte de Dan Blocker, el actor que interpretaba a Hoss. Solo duró una temporada más. El interés del público se fue extinguiendo. No soportaron la ausencia del personaje más entrañable.

Hasta ese momento por más que el favor del público se inclinaba por Landon, el protagonismo estaba compartido por los cuatro actores principales. En los títulos de apertura se rotaba capítulo a capítulo quien encabezaba el elenco. Y en el desarrollo argumental, con el correr de los años, el peso recaía en dos de los cuatro Cartwright en cada episodio, sin que el público supiera quién sería el protagonista ese día.

Guy Williams, el Zorro, actuó en cinco capítulos con bastante éxito. Se lo contrató para suplir la anunciada ausencia de Pernell Roberts. Pero este, quizá movido por los celos de la aceptación que tuvo de inmediato el personaje interpretado por Williams (hacía de un primo de los hermanos Cartwright) decidió quedarse un año más en Bonanza. Cuando doce meses después Roberts se fue definitivamente, ya era tarde para traer de vuelta al ex Zorro.

La mayor curiosidad de la serie es que excepto en las primeras temporadas, en las once restantes, en más de trescientos capítulos, los personajes están vestidos siempre exactamente igual. Cada uno tenía una especie de uniforme que no modificaban jamás. El motivo era que de esa manera podían insertar escenas de acción y en las que los caballos tenían protagonismo filmadas con anterioridad. Esas escenas eran las más complejas de rodar, las más caras y las que mayor tiempo insumían. Con esa unidad de vestuario solucionaron un problema de presupuesto.

Bonanza nació hace seis décadas. Fue elegida por las audiencias de todo el mundo durante muchos años. Sus repeticiones siguieron cautivando al público mucho después de que se filmara su último capítulo. Era otra televisión. En sus historias había una inocencia, una simpleza, una previsibilidad en la que el público se cobijaba. Se reconocía en esos personajes a pesar de que los personajes estuvieran en una polvorienta Virginia de 1860. Bonanza, a pesar de su ambientación de western, define como pocos títulos de esa época clásica de la televisión lo que era un programa familiar.


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