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España

¿Votar a Vox?

Redacción

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Antonio Heredia.- El incremento de las expectativas electorales de Vox nos obliga a quienes sentimos cercanía por algunas de las ideas que dice defender a preguntarnos si es razonable concederle nuestro voto, si el rechazo a las políticas del Partido Popular que más han irritado al electorado conservador en los últimos años se debe traducir en el voto a ese partido. El voto a Vox es legítimo, pero lo que quiero es valorar su oportunidad y su conveniencia.

Es comprensible que muchos españoles que votaban al PP se hayan sentido atraídos por una posición beligerante que rompe con la tibieza de ese partido, inducida por las encuestas y no guiada por las convicciones y los intereses de sus electores más fieles. Es perfectamente comprensible que muchos votantes quieran expresar su descontento con el PP de la última década castigando al PP de ahora mismo. El perdón es pura gratuidad y, en el caso de los partidos políticos, ese perdón debiera haber sido pedido de manera explícita, porque para muchos españoles hartos del marianismo las renovaciones de muchas personas y los gestos pueden no ser aún suficientes.

Por otra parte, la demonización hipócrita que la izquierda ha querido hacer de un partido que tiene perfecto derecho a concurrir con sus ideas y que no representa una amenaza ni mayor ni equivalente a la que puedan representar los actuales socios del PSOE, incluido Bildu, produce un hartazgo más que comprensible en una parte del electorado. Tratar de expulsarlo del ámbito de lo respetable es injusto y es, además, un error práctico. Vox está en su escenario cuando está en el cuadrilátero, busca el choque dialéctico y no le importa esperar contra las cuerdas. Es su territorio, y sonríe cuando se le califica de fascista porque no lo es, y porque así se nutre de algo muy propio de esta sociedad de masas sentimentales: el victimismo, que le hace crecer entre los que comprenden que no hay derecho a negarles su espacio con acusaciones falsas.

Por tanto, a mi juicio, no hay ninguna razón moral dura o de principio, de puro respeto a los procedimientos democráticos, que impida el voto a Vox, aunque no se compartan las formas, el estilo o incluso algunos contenidos bien conocidos.

Ahora bien, sí conviene preguntarse si, además de esto, existen buenas razones políticas para votar a Vox castigando así a partidos más moderados, especialmente al PP. Y a mi juicio, no las hay.

En primer lugar, me referiré a lo que considero esencial para el voto de los católicos, para añadir después razones más generales. Me parece, y lo he visto en muchas conversaciones, que hay personas de Iglesia en las que coinciden tres actitudes: su aversión al Papa Francisco; su entusiasmo por La opción benedictina, de Rod Dreher, y su esperanza en Vox. Cada una de las tres inspiraciones, por separado, podrían incluso llegar a entenderse, pero las tres juntas forman un conglomerado contradictorio que, en mi opinión, resulta indigerible para alguien de fe. Porque demuestran muy a las claras que se tiene puesta la esperanza en la moral y no en la fe; porque no se vive de una presencia sobrenatural, sino de la ley; porque se profesa una religión política basada en la salvación política (políticas de la fe); porque se ha roto con la sucesión apostólica, y porque tanto Rod Dreher, como Steve Bannon -gurú para buena parte de los populismos de hoy- son enemigos declarados de la Iglesia católica.

Vox bebe de estas fuentes y profesa un nacionalismo que, como tal, y por muy español que sea, resulta abiertamente incompatible con la fe. Seamos claros en esto: el nacionalismo de Vox es anticatólico, y limítrofe con las ‘religiones políticas’ que provocaron los desastres en el siglo XX. No se puede tener más esperanza en la política que en la religión. El creyente no puede entregarse a una fe política, tiene que mantener un escepticismo sano y crítico ante toda pretensión de absolutismo político, y por ese camino Vox puede llegar a convertirse en una amenaza para la libertad. Los católicos deberíamos estar muy en guardia frente a ese riesgo.

En segundo lugar, y ahora me dirijo a un público más amplio, no solo católico, Vox no me parece una opción razonable porque manipula de manera evidente un núcleo psicológico muy típico de la sociedad de masas: la explotación de una emotividad primaria y desinformada. Por ejemplo, su actitud ante la inmigración. Pero, ¿acaso ese es un problema real ahora mismo en España? En Bélgica, Austria, Francia y otros países vecinos puede serlo, ¿pero aquí? ¿Ahora? No lo es, sin negar la existencia y la importancia de episodios aislados en lugares concretos, y el hecho de que se exageren y deformen sus perfiles es un signo claro de demagogia y de manipulación sentimental.

Vox no actúa como un partido prudente cuya función sea la de representar a la sociedad española -a la parte que le vote, en primer lugar-, para conseguir determinados resultados políticos. Por el contrario, Vox se está especializando en la manipulación de las emociones, en explotar el descontento para obtener rédito político, y ese es un camino equivocado para quienes creen en la libertad, en la moderación y en que la política es, entre otras cosas, el arte de evitar el conflicto y, en último término, la guerra. Vox promueve y maneja el descontento, en lugar de mitigarlo, lo fomenta exagerando la división, subrayando las diferencias, acusando a los adversarios, magnificando al «enemigo» y presentando la política como un combate agónico y maniqueo entre «buenos y malos», y en eso se parece bastante más a cualquier partido totalitario que a ninguna fuerza conservadora. El derecho a la vida le importa como mucho en igual medida que al PP, pero lo ha convertido en piedra de escándalo. La bandera es su bandera, y cuando habla de la «España viva», habla de una España tópica, de pandereta y postal, que nada tiene que ver ni con la realidad actual de los españoles, ni con nuestra rica y diversa -sí, diversa- historia cultural. No olvidemos que el descuido de la cultura y de los jóvenes por una clase burguesa generó el caldo de cultivo para los movimientos fascistas y comunistas. Esto es un toque de atención para los partidos y los sectores moderados de nuestro país. Cuidado.

Vox, al carecer de un ideario positivo y definido, se puede ver arrastrado por sus vecinos europeos (y por sus coyunturales aliados norteamericanos) hacia una pura estrategia electoral y de poder. Vox está agitando irresponsablemente la visceralidad y la irreflexión. Esto puede que dé algunos resultados inmediatos, pero implica un riesgo excesivo para la estabilidad política de España. Es la experiencia de Podemos en la izquierda, pero no está claro que la derecha vaya a saber liquidar ese tipo de extremismo, como parece que va a poder hacerlo el PSOE, porque no está en su cultura política, que es mucho más de moderación que de extremismos y de histerias.

Por tanto, si se puede comprender que haya quien decida votar a Vox, resulta difícil considerarlo, de ninguna manera, como una opción prudente, ni para el electorado católico ni para el votante conservador. A las razones aludidas, de fondo político, se añade, como es obvio, la necesidad de unir el voto en la única alternativa posible y necesaria actualmente para impedir que el Gobierno se mantenga en manos de Pedro Sánchez y los acérrimos y perseverantes enemigos del bien moral que representa la unidad de España.

Antonio Torres es empresario.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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