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Abandonan a una perrita en una alcantarilla y sus dueños le pegan los ojos para que no les siga

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Acto de tremenda crueldad el que se ha registrado en el distrito colombiano de Barrancabermeja. Un hombre ha encontrado a una pequeña perrita abandonada en una alcantarilla y con los ojos cerrados y pegados con pegamento instantáneo.

Tal y como informa «Debate», el hombre que la encontró trasladó al animal con urgencia a un centro veterinario. Allí, los facultativos observaron al can y se dieron cuenta de que presentaba una grave infección ocular debido al efecto del producto adhesivo.

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De acuerdo con el citado medio, los profesionales concluyeron que los antiguos dueños habían decidido pegar los ojos al animal cuando la abandonaron. De ese modo, trataron de evitar que les siguiera y volviese a marchar junto a ellos, así como que emprendiese el camino de vuelta a su domicilio.

Pero afortunadamente para el animal, los veterinarios lograron remover el pegamento de sus párpados y salvar su vida. Actualmente, se encuentra en tratamiento con antibióticos para tratar de recuperarse.

La perrita, de edad adulta, fue además adoptada por el hombre que la encontró, por lo que ya tiene nueva familia. De acuerdo con «Debate, el hombre ha recibido mucho apoyo por parte de diferentes organizaciones y fundaciones, que le ayudarán a sufragar los gastos de mantenimiento del animal, que disfrutará de una segunda vida.


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Si todo el mundo se arrodilla, ¿quién se alzará en defensa de la historia y la cultura de Occidente?

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La estatua de Churchill en Londres fue cubierta por las autoridades municipales durante las últimas protestas. Su eliminación visual evoca las estatuas desnudas de Roma tapadas para complacer al presidente iraní Hasán Ruhaní, o las desapariciones en las fotografías soviéticas.
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Por Giulio Meotti.- «El antirracismo ya no es la defensa de que todo el mundo es igual en dignidad, sino una ideología, una cosmovisión», ha manifestado el filósofo francés Alain Finkielkraut, hijo de supervivientes del Holocausto.

El antirracismo ha sido transformado (…) En tiempos de la gran migración, ya no es una cuestión de dar la bienvenida a los recién llegados integrándolos en la civilización europea, sino la exposición de los errores de ésta.

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Finkielkraut habla del «autorracismo» como «la patología más grotesca y desalentadora de nuestra época».

Londres es su capital.

Derribar a los racistas es un mapa que contiene 60 estatuas de 30 ciudades británicas cuya eliminación se está demandando en apoyo del movimiento surgido en EEUU después de que un policía blanco, Derek Chauvin, matara a un hombre negro, George Floyd, poniéndole la rodilla en el cuello.

En Bristol, una multitud arrojó a las aguas del puerto la estatua del filántropo y propietario de esclavos Edward Colston. Posteriormente, en Londres unos manifestantes vandalizaron las estatuas de Winston Churchill, el Mahatma Gandhi y Abraham Lincoln. Tras retirar del exterior del Museum of London Docklands la estatua del esclavista escocés Robert Milligan, el alcalde de la capital británica, Sadiq Khan, anunció la creación de una comisión para quitar las estatuas que no reflejen «la diversidad de la ciudad». Otras dos estatuas han sido eliminadas de dos hospitales londinenses.

El vandalismo y el autoodio han ido ganando terreno rápidamente. La épica de los grandes descubrimientos asociados al Imperio Británico se ha tornado ominosa. Las protestas no son sobre la esclavitud. Nadie en el Reino Unido actual celebra ese periodo. Es más bien un llamamiento a la limpieza cultural de todas las obras que contradigan el nuevo mantra de la diversidad.

«En el Reino Unido de hoy ha nacido una nueva variante del Talibán», ha escrito Nigel Farage, en referencia a los dos budas gigantes dinamitados por los talibanes en Afganistán en 2001. «A menos que nos dotemos rápidamente de un liderazgo moral, no va a merecer la pena vivir en nuestras ciudades».

En la lista de estatuas eliminables figuran los nombres de Oliver Cromwell y Horatio Nelson, dos figuras mayores de la historia británica, así como el de Nancy Astor, la primera parlamentaria británica electa (1919), y los de Sir Frances Drake, Cristóbal Colón y Charles Gray, el primer ministro cuyo Gobierno supervisó la abolición de la esclavitud, en 1833. El actual premier, Boris Johnson, ha mostrado su oposición a la campaña de esta manera:

«No podemos tratar de editar o censurar nuestro pasado. No podemos pretender haber tenido una historia diferente. Las estatuas de nuestras ciudades y pueblos las erigieron generaciones anteriores que tenían perspectivas diferentes, una comprensión distinta del bien y del mal. Y esas estatuas nos enseñan sobre nuestro pasado, con sus errores. Derribarlas sería mentirnos acerca de nuestra historia, y empobrecer la educación de las generaciones venideras».

La culpa poscolonial británica está teniendo repercusiones que van mucho más allá de las estatuas. Véase, por ejemplo, el silencio total sobre los cristianos perseguidos, según el obispo británico que comanda la comisión gubernamental que analiza su sufrimiento. O, llamativamente, la retirada del escenario glocal. «Cuando Occidente pierde la confianza en sí mismo, debido a un sentimiento de culpa excesivo o extraviado sobre el colonialismo, vira hacia el aislacionismo», comenta Bruce Gilley, profesor de ciencia política. «Tememos que todo lo que hagamos sea colonialista. Hay una miríada de países dispuestos a llenar el vacío en la gobernanza global: China, Irán, Rusia, Turquía».

La culpa poscolonial está igualmente asfixiando la libertad de expresión en el Reino Unido. El exjefe del observatorio británico para la igualdad Trevor Phillips fue suspendido de militancia en el Partido Laborista tras ser acusado de «islamofobia». ¿El motivo? Su crítica al multiculturalismo. Esto es lo que tiene que decir al respecto Philips:

«En mi opinión, la renuencia a afrontar la cuestión de la diversidad y sus descontentos lleva aparejado el riesgo de que nuestro país se dirija como un sonámbulo hacia una catástrofe en la que las distintas comunidades se enfrentarán entre sí, se condonarán las agresiones sexuales, se suprimirá la libertad de expresión, se revertirán libertades civiles que ha costado mucho conseguir y se minará la democracia liberal, que tan bien ha servido a este país durante tanto tiempo».

Asimismo, Philips denuncia que a los políticos y periodistas británicos les «aterroriza» hablar de la raza, con lo que dejan que el multiculturalismo se convierta en un «fraude» explotado por quienes se han hecho fuertes en la segregación. He aquí a un individuo de origen guyanés, un veterano laborista, un comisionado por la igualdad, diciendo la verdad sobre los multiculturalistas.

Los activistas que hacen campaña por la eliminación de estatuas quieren alterar radicalmente el perfil de la capital británica. El enfrentamiento parece darse entre unos censores violentos que acosan a todo el mundo, por un lado, y, por el otro, unos políticos cobardes y apaciguadores que se doblegan ante los vándalos. Los monumentos son una parte vital de una ciudad global; dan cuenta del lugar en la Historia de la ciudad. Sin ellos, sólo quedarían las paradas de autobús y los Burger Kings. Estos protestatarios parecen anhelar una Historia revisada y saneada. Si no lo entendemos rápidamente, si borramos nuestro pasado, como trató de hacer la URSS, les será más fácil generar una visión de nuestro futuro que no remita a nuestros valores. No nos dejarán más que esquirlas de nuestra historia y nuestra cultura.

Este movimiento de odio a Occidente –que, como todo, tiene una historia imperfecta– parece haberse iniciado en las universidades británicas. En Cambridge, profesores de literatura pidieron reemplazar a autores blancos por otros representativos de las minorías para descolonizar el currículum. El sindicato de estudiantes de la prestigiosa Escuela de Estudios Africanos y Orientales londinense demandó la eliminación de autores como Platón, Kant, Descartes y Hegel del plan de estudios porque «todos eran blancos»; como si el color de nuestra piel fuera el determinante único de nuestros pensamientos. En Manchester, unos estudiantes pintarrajearon un mural inspirado en el poema «Si» de Kipling.

Un estudioso del colonialismo, Nigel Biggar, ha afirmado que en las universidades británicas se ha vuelto a instalar un «clima de miedo». La Universidad de Liverpool acordó recientemente renombrar un edificio que rendía homenaje al primer ministro William Gladstone. En Oxford, la estatuta de Cecil Rhodes, filántropo y fundador de Rodesia (actual Zimbabue), corre el riesgo de ser la siguiente en la lista.

«Hay algo de hipocresía en que Oxford consiga dinero para que cada año cien becarios, una quinta parte de ellos procedentes de África, vengan aquí y luego decir que queremos arrojar la estatua de Rhodes… al Támesis», ha declarado Lord Patten, rector de la universidad. Patten sostiene que su opinión es la misma que «la expresada por Nelson Mandela en una ceremonia del Fideicomiso Rhodes en 2003» y que, pese a «los problemas asociados con el papel de Cecil Rhodes en la historia, si estaba bien para Mandela, está bien para mí». Pero no para los revisionistas.

Parece que se está rehaciendo la historia de Occidente para presentar toda la civilización occidental como un mero apartheid descomunal. Como si debiéramos deshacernos no sólo las estatuas sino de nosotros mismos. Pero una democracia exitosa no puede construirse sobre la eliminación del pasado.

La estatua de Churchill en Londres fue cubierta por las autoridades municipales durante las últimas protestas. Su eliminación visual evoca las estatuas desnudas de Roma tapadas para complacer al presidente iraní Hasán Ruhaní, o las desapariciones en las fotografías de aquellos que habían perdido el favor del Politburó en la URSS. Hay falsedad en el borrado de la historia propia. Puede que la historia de uno no sea perfecta, pero sigue siendo la historia de uno. Como ha escrito el historiador Victor Davis Hanson, un país «no tiene que ser perfecto para ser bueno». Sajar la parte desagradable no cambia los hechos; puede incluso ser reemplazada por una todavía más desagradable.

Algunos museos londinenses ya habían abrazado hace un tiempo la autocensura. La Tate Gallery vetó una obra de John Latham que mostraba un Korán entre cristales. El Victoria and Albert Musem exhibió pero posteriormente retiró una imagen devocional de Mahoma. La Saatchi Gallery exhibió dos desnudos con escritura árabe sobreimpresa, lo que provocó quejas de algunos visitantes musulmanes; el museo las cubrió. La Whitechapel Art Gallery purgó una muestra en la que había unas muñecas desnudas.

El diccionario Merriam-Webster acaba de revisar la definición de racismo para incluir la cualidad de «sistémico», presumiblemente para expresar que toda la sociedad es culpable e injusta.

Los censores parecen querer controlar nuestro universo mental, como en la novela de George Orwell 1984:

«Todo registro ha sido destruido o falseado, cada libro ha sido reescrito, cada cuadro ha sido repintado, cada estatua y edificio han sido rebautizados, cada fecha ha sido alterada. Y el proceso continúa, día a día y minuto a minuto. La Historia se ha detenido. Nada existe salvo el presente incesante, en el que el Partido siempre tiene razón».

Este proceso de autohumillación occidental empezó hace mucho. Así, los ayuntamientos en manos del Partido Laborista británico empezaron a examinar todas las estatuas bajo su jurisdicción. El alcalde de Bristol, Marvin Rees, en vez de defender el imperio de la ley, calificó de «historia poética» la violenta eliminación de la estatua de Colston. Cuando los vándalos empezaron a destruir estatuas, muchos aplaudieron. El primer ministro británico, Bori Johnson, habló de «iconoclasia políticamente correcta».

Una semana antes de la querella de las estatuas, en el Reino Unido la gente andaba arrodillándose por George Floyd. Parecía una demanda colectiva para que toda la sociedad occidental se arrepintiera. Parecía una suerte de histeria ideológica, no tan distinta de las de la Inquisición o la del proceso contra las Brujas de Salem: diríase que quienes se arrodillaban eran gente más moral, que estaban del lado de la Justicia. Se arrodillaron incluso policías británicos, así como la presidenta de la Cámara de Representantes norteamericana, Nancy Pelosi, y otros líderes demócratas. Ambos fueron actos de irresponsabilidad y capitulación. Días después, el establishment británico sucumbió ante el nuevo Talibán.

¿Qué pretende conseguir este macabro juego ideológico? No el derribo de monumentos como las estatuas de Colón, que han sido incluso decapitadas. Va más allá. Es una toma del poder para desatar una revolución cultural e impedir que nadie diga que no todas las culturas son iguales; para someter a juicio el pasado de Europa; para instilar un remordimiento perenne en las conciencias y esparcir el terror intelectual a fin de hacer avanzar el multiculturalismo.

¿Cuántos se negarán a comulgar con esta supresión coactiva de la Historia? Si son muchos los que se arrodillan ante el nuevo totalitarismo, ¿quién tendrá el coraje para defender la historia y la cultura de Occidente?

*Giulio Meotti, escritor y periodista italiano, es jefe de Cultura de Il Foglio.


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Una plataforma de activismo social y político pide que se le retire la nacionalidad española al argentino Pablo Echenique

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(Remitido) Pablo Echenique Robba nació en la ciudad de Rosario, en la bella Argentina, en 1978. A los 13 años se trasladó con su madre y su hermana a Zaragoza, donde reside desde entonces.

Desde la infancia, Pablo Echenique sufre de atrofia muscular espinal, una enfermedad degenerativa que le ha obligado a vivir en una silla de ruedas. Ese fue uno de los motivos principales por los que Echenique y su familia se mudaron a nuestro país: poder aliviar su terrible dolencia, y ser capaz de desarrollar una vida funcional y plena.

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La atrofia muscular espinal no es, no obstante, la afección más grave que sufre Pablo Echenique.

Tras su afiliación al partido político Ciudadanos (hasta 2014), Echenique se contagió del virus del progresismo más radical y desnortado. Desde entonces, es bien conocida su beligerancia contra el país que le vio – y le permitió – crecer, doctorarse en física y convertirse en uno de los políticos más controvertidos del panorama actual – además de mejor pagados, pues su actual sueldo como diputado y portavoz de la formación de Pablo Iglesias asciende, según el Economista, a más de 80.000 euros anuales.

En otro orden de cosas, Pablo Echenique no es la persona que cuenta con una mayor legitimidad a la hora de reclamar derechos para la clase obrera. Es por todos sabido que el político argentino mantuvo una relación laboral con un asistente personal entre 2015 y 2016 en unas condiciones más que irregulares. En el año 2019, la Justicia ratificó la sanción impuesta en su día a Pablo Echenique por dicha relación, en la cual no mediaba el correspondiente contrato, ni el alta en el régimen general de la Seguridad Social.

De lo que sí puede presumir Pablo Echenique es de fidelidad al partido y al líder supremo del mismo, Pablo Iglesias. Una fidelidad – un servilismo, para hacer honor a la verdad – que le ha valido para ser uno de los pocos privilegiados que no ha sufrido la purga del airado dirigente morado. Últimamente, su defensa de los despropósitos y disparates de sus superiores es, si cabe, más enconada e irracional que nunca – llegando, incluso, a señalar personalmente, desde su posición privilegiada, a periodistas y profesionales, por tener éstos la desfachatez de criticar al partido en que Echenique milita.

España ha dado a Pablo Echenique la oportunidad de desarrollar su potencial hasta unos niveles con los que el ciudadano español de a pie tan solo puede soñar. Sería perfectamente cuestionable, aunque nos limitásemos a considerar la naturaleza de la actividad política del personaje, si tales prebendas son merecidas. Pero, dadas las circunstancias, parece legítimo ir más allá, y preguntarnos si hay alguna razón por la que Echenique deba seguir gozando de los privilegios que van de la mano de la nacionalidad española.

Mucho más nocivo – remitiéndonos a las pruebas – que la epidemia que hoy nos tiene en vilo es el hecho de que el progresismo radical campe a sus anchas por nuestra nación. No parece haber nadie capaz de parar una tal pandemia, y está en juego nada menos que la integridad económica, política y moral de nuestro país. Un país que, haciendo gala de su tradicional apertura, no dudó en abrir los brazos a elementos como Pablo Echenique, que se han revelado extraños y dañinos. Manifestemos, pues, nosotros el amor por la patria que personajes como Echenique no han sabido – o no han querido – demostrar.

En estos últimos días, le hemos visto como instigado de una Fake News contra el periodista Vicente Valles que ha conseguido la repulsa de todos los medios y periodistas de esta nación.

PIDE  QUE SE LE RETIRE A ECHENIQUE LA NACIONALIDAD ESPAÑOLA


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Otra web financiada por George Soros intenta censurar una campaña provida de CitizenGO

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Se trata de al menos la segunda web financiada por George Soros que ataca una campaña pro vida de CitizenGO sobre la extensión del aborto por la ONU. Colombiacheck inició su actividad financiada por la Open Society de George Soros en el año 2016.

A pocos días de que La Silla Vacía intentara censurar una campaña provida de la plataforma CitizenGO en Facebook, un segundo sitio web colombiano financiado por George Soros lanzó una publicación similar.

El 1 de julio de este año, el sitio web Colombiacheck, financiado por la Fundación Open Society, publicó “No, la ONU no quiere ‘imponer’ el aborto tomando como excusa el coronavirus”. El título es casi idéntico al usado días atrás por La Silla Vacía: “Detector: No, la ONU no quiere imponer el aborto con la excusa del coronavirus”.

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La campaña a la que se refiere Colombiacheck, como antes lo hizo La Silla Vacía, es “La ONU quiere IMPONER ABORTO… con la excusa del coronavirus”, que ya ha recolectado más de medio millón de firmas.

Colombiacheck recoge similares argumentos a los de La Silla Vacía para desacreditar la campaña provida, como que “el documento que muestra el portal es falso”. Sin embargo, CitizenGO ha precisado que se trata del “borrador de la 53ª sesión de la Comisión de Población y Desarrollo. Que no esté publicado oficialmente no significa que no exista”.

“Que no hayan tenido acceso solo significa que no tienen fuentes internas en los representantes de los estados de Naciones Unidas”, añade CitizenGO.

Colombiacheck: proyecto financiado por Soros y con apoyo jesuita

En su sección “Sobre nosotros”, el sitio web colombiano reconoce que “en sus inicios en 2016, Colombiacheck estuvo financiado por Open Society Foundations”.

Según el sitio web de Open Society Foundations, el proyecto Colombiacheck recibió 43.475 dólares en 2017.

Entre 2017 y 2018, la matriz de Colombiacheck, Consejo de Redacción, recibió de la fundación de George Soros un total de 323.480 dólares.

La Pontificia Universidad Javeriana, dirigida por la Compañía de Jesús (jesuitas) y que se autodefine como una “universidad católica”, de acuerdo a Colombiacheck “ofrece un espacio para las oficinas administrativas en Bogotá de Consejo de Redacción, desde sus inicios, y ofrece espacios para reuniones, conferencias y otros eventos”.

George Soros y el aborto

La Fundación Open Society, creada por Soros en 1993, financia diversas campañas a favor del aborto en todo el mundo.

En 2016 se conoció que la fundación de Soros movió 1.5 millones de dólares para callar el escándalo de la multinacional del aborto Planned Parenthood, acusada de vender órganos y tejidos de bebés abortados en sus instalaciones.

En 2017, el Gobierno de Irlanda ordenó a Amnistía Internacional devolver a Soros los más de 160 mil dólares donados por su Fundación Open Society para una campaña a favor de la legalización del aborto en ese país.

Un documento de la Fundación Open Society filtrado por DCLeaks.com en 2016 reveló que para la organización de Soros era importante “una victoria” a favor del aborto en Irlanda para “impactar a otros países fuertemente católicos en Europa”.

La revista de economía Forbes calcula la riqueza de George Soros en 8.3 mil millones de dólares.

El sesgo pro aborto en Colombiacheck

El artículo de Colombiacheck contra CitizenGO es firmado por Laura Castaño Giraldo, que ha expresado en redes sociales su posición a favor del aborto.

A través de su cuenta de Twitter, Castaño Giraldo dijo el 20 de febrero de este año que “me angustia ver personas de la misma edad mía (21) marchando contra el aborto, contra la homosexualidad, etc.”.

“Preocupan las personas que aun conociendo todo y teniendo la información a la mano, siguen con su pensamiento anti derechos”, añadió.

También se ha expresado a favor de la agenda transgénero. En diciembre de 2018 manifestó su deseo de “llenar los medios de comunicación con noticias, crónicas y reportajes sobre la gente trans, por ejemplo”, para así “meterle a la gente el asunto por los ojos hasta que todo se normalice y se borre la brecha discriminatoria”.

“No nos van a callar”

En diálogo con ACI Prensa, Luis Losada Pescador, director de campañas de CitizenGO, subrayó que se trata de “la segunda web financiada por George Soros, el gran patrocinador del aborto en el mundo” en publicar un artículo contra la campaña provida.

“Podrán intentar censurarnos, pero no nos van a callar. No respetan las diferencias ideológicas. ¿Cómo lo van a hacer si no respetan el primero de los derechos,  el derecho a la vida?”, cuestionó.

Para sumarse a la campaña “La ONU quiere IMPONER ABORTO… con la excusa del coronavirus” puede ingresar AQUÍ.

*Publicado originalmente por David Ramos en Aci Prensa.


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