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Descuidos de un Madrid anterior a Bernabéu

Redacción

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La ballena de Bernabéu

Hughes.- Perdón, será el último texto futbolero en el blog durante mucho tiempo, pero hay que contar algo que en las crónicas se pierde, se diluye.

De niño me fijaba en el palmarés de los clubes y los separaba por décadas. Era una forma aproximada de conocer las épocas, los dominios. Era como mirar la historia de los imperios. A veces no tiene mucho sentido, otras sí. Por ejemplo: la Quinta del Buitre (o la Quinta del Macho que le daba la hormona que faltaba) se acaba con la Liga 25ª en 1990. Ahí empieza la crisis del mendocismo.

Es en el 2000 cuando llega Florentino.

Después de los dos partidos recientes contra el Barcelona en los que el Madrid perdía Liga y Copa del Rey, quería escribir algo que llevo comentando melancólica e inútilmente en las crónicas durante años. Algo al margen de la suerte que corriera en Champions. Lo voy a hacer mediante una incursión en el “periodismo de datos” (jeje, es broma).

Simplemente se trata de contar lo que ha ganado el Madrid en las competiciones nacionales década por década para comprobar que la sensación de deterioro deportivo no es producto de la imaginación.

He separado el palmarés nacional del Madrid por décadas, comenzando en los años 20, porque fue entonces, en el 28, si no recuerdo mal, cuando comenzó el Campeonato Nacional de Liga.
El interés en los campeonatos naciones es doble: tiene un halo romántico de cariño por el viejo fútbol y contiene una especie de indicador: es la prueba de la regularidad, la mejor evidencia de un fútbol de equipo.

Bien. Las Ligas y Copas del Madrid han sido las siguientes:

Años 20: 0 ligas/0 copas

Años 30: 2 ligas/2 copas

Años 40: 0 ligas/ 2 copas

Años 50: 4 ligas/0 copas

Años 60: 8 ligas/ 2 copas

Años 70: 6 ligas/3 copas

Años 80: 5 ligas/2 copas

Años 90: 2 ligas/1 copa

Años 2000: 4 ligas/0 copas

Años 2010: 2 ligas/ 2 copas

Esto exige alguna matización.

La primera: en esta década falta una temporada.

La segunda: en los años 30, por razones obvias, hubo un parón del 36 al 39. El Madrid era campeón entonces, de modo que muy probablemente hubiera ganado algo más.

La tercera: Di Stéfano llega en 1953. Lo que se gana en los 50 se gana ya desde entonces, concentrado.

Con esto se ve algo curioso. El nivel de éxitos del Madrid en España es actualmente digno de los tiempos anteriores a Bernabéu. Se sostiene la comparación con los 50 porque ese Madrid empezó tarde. Pero no con los 60, ni los 70, tampoco con los 80 (con De Carlos y compañía, los 80 tuvieron algo de inercia). Es decir, este Madrid en España se parece más al de los años 30 que al de Bernabéu, que es presidente en el 43 y en los 40 se dedica al estadio.

El Madrid cae en los 90 y no se recupera. Ni siquiera con la llegada de Florentino, que llega después de la Séptima y la Octava (que gana Sanz, ojo al dato) y precisamente contra la Ética de la Séptima: abandonar la Liga y autogestionarse en Europa. Florentino aspira, y así lo dice, a que el Madrid compita siempre. Y lo logra durante un tiempo. En la actualidad, se ha vuelto a aquello de lo que se huía, de la misma forma que esta temporada tiene algo de revival de los 90.

Pero es que además hay que hacer precisiones aquí, precisiones que dan aun más sentido a esto.

En los 80, el Madrid gana las 5 Ligas de la Quinta, pero antes, del 80 al 84, están las cuatro Ligas vascas.
El Madrid compite tres de ellas, perdiendo alguna en el último partido. De esos tiempos es el Madrid del Di Stéfano entrenador: cinco subcampeonatos. ¿Era Di Stéfano acaso un perdedor?

En los 90, el Madrid pierde dos ligas en el último partido (y de aquella manera) en Tenerife.

Y en la década de los 2000 gana cuatro ligas, pero dos son del nada memorable presidente Ramón Calderón. Lo digo porque tienen algo de improvisación, de cosa rara (quizás la segunda gran obra de Mijatovic) en el paréntesis entre el primer y segundo Florentinismo (2006-2009).

Hay más precisiones que hacer. En el pasado, la competición española era más igualada. Durante los últimos años, con la Champions, la televisión, etc, ha habido una separación entre el Madrid y el Barcelona y el resto (se ha llegado a hablar de una liga escocesa).

No es solo cuestión de Florentino (aunque también es de Florentino): el declive empieza antes, en los 90, cuando surge el Barcelona de Cruyff y su estela deportiva.

Hay una tendencia en el madridismo a explicar lo que pasa por Messi. Puede que sea autoengaño. Messi agrava algo que empieza antes, en 1990.

Pero no es solo el Barcelona. Mientras el Barcelona afianzaba un estilo y una pauta, que no es sino la racionalidad en el juego, el Madrid se precipitaba, sobre todo en el Segundo Florentinismo, por un auténtico elogio de la improvisación. Aquello de la Cofradía del Clavo Ardiendo paradójicamente se ha hecho “cultura”. El Madrid, se dice, es pasión, remontada, furia. Los goles de Ramos, las victorias en el descuento, las chilenas imposibles, la chiripa cósmica de Zidane, esa mezcla de tesón y genialidad, de vértigo e individualismo, se ha entronizado como lo madridista con las últimas Champions. El efecto es curioso: mientras el Barcelona (y el Atlético, a su modo) se hace más y más metódico, el Madrid se redefine en esta desviación.

Pero para ganar las Ligas en los 50, 60, 70 y 80, el Madrid tuvo que jugar bien, tuvo que ser un equipo regular. No las ganó con Furia. Las ganó un señor equipo.

Es increíble que la Selección abandonara ese mito furioso de la Furia y el “A mí, Sabino”, y el Madrid se lo haya quedado en su versión chic y canterana, pues la cantera sigue siendo, antes que nada, la búsqueda de la esencia sentimental. Lucas es más agónico que Carvajal, pero Reguilón es más agónico aun que Lucas. Los “valores”, el tesón, pero ¿y los Guti?

El otro día, Vila-Matas decía algo genial en una entrevista que le hicieron en el As. “Di Stéfano inventa el fútbol moderno”. Bien, esto es casi un lugar común. Pero luego añadió otra cosa luminosa: Di Stéfano fue el antecedente del fútbol total de Rinus Michels en el Ajax. De juego global,de un fútbol a la vanguardia.

Es decir, Di Stéfano fue modernidad del juego, totalidad. Fútbol puro. El Madrid tiene ahí la línea deportiva, el enganche, como lo tiene en la Quinta, como lo tiene incluso en la aleación germanófila de sus equipos de los 70 y 80, o en la Copa de Europa contra la Juventus en Cardiff en la que su mediocampo se paseó por Europa con la pelota.

En este sentido, y aunque se hable constantemente de Bernabéu como modelo, quizás Vila-Matas nos ayuda. EL Madrid es excesivamente presidencialista, excesivamente dependiente del presidente-autoritario-paternalista. Quizás el modelo debería ser deportivo, y el modelo es Di Stéfano. Mirarse en Di Stéfano, realmente en la emulación de ese equipo y de ese jugador, debidamente actualizado. Mentras surge un Cruyff (o se importa), mirar más a Di Stéfano: Copérnico del fútbol moderno.

Se está alargando esto y debo cortar. Pero hay una comparación fundamental. EL Barcelona puede ser un club eventualmente desordenado, con problemas judiciales, con la directiva cuestionada y la masa salarial por las nubes, pero agarrado al cruyffismo, en mayor o menor medida, ha proyectado racionalidad en el campo de fútbol. Sin ir más lejos, despidió a Xavi e Iniesta y los sustituyó por Arthur y De Jong. No son lo mismo, pero son de lo más parecido que pudieron encontrar. El pecado de Rochemback lo cometieron una vez.

El Madrid puede ser un club ordenadísimo, irreprochable, muy bien gestionado, modélico, una gran obra de Florentino, sin duda alguna, pero tiene problemas para trasladar ese orden al césped. El Barça puede ser caos fuera, pero orden dentro; el Madrid es orden fuera y algo nunca del todo comprensible en el campo: durante un tiempo no se fichaban centrales, luego no se fichaba “clase media”; una época se buscaban entrenadores invisibles y luego se buscó a Mourinho; ahora se anda sin nueve y durante años se jugó con siete mediapuntas. No se sabe si Conte o Pochettino. El Madrid es el cerebro de la Juventus de Agnelli con el corazón del Inter de Moratti. O más bien al revés. Algo entre medias se pierde.

Quiero repetir la idea en el final: el Madrid, en términos de competiciones nacionales, está en unos niveles anteriores a Bernabéu. Es decir, no propios de los tiempos clásicos, sino de los primitivos. Números indignos de Bernabéu. Es decir, que buscando emular al gran presidente que refundó el club, mirándose en Bernabéu, el Madrid se ha desviado un poco o incluso bastante de lo que venía siendo.

Gana en España lo que ganaba en los años 30. Las competiciones nacionales definen el fútbol de una entidad.

Conozco la contestación. Lo sé: las Champions. 4 de 5. Pero las Copas de Europa son un patrimonio del club, no un subterfugio. Para algunos, el Madrid real es lo que le pasa entre las Copas de Europa.

Persiguiendo la ballena de Bernabéu se fue haciendo el club, no deshaciendo. Es Moby Dick, no es un atajo.

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La figura del entrenador personal: de lujo exclusivo a necesidad real en la vida moderna

Redacción

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Durante años, la idea de contar con un entrenador personal estaba asociada a celebridades, deportistas de élite o, en general, a personas con alto poder adquisitivo. Sin embargo, esa percepción ha cambiado de forma radical en la última década. Hoy, el entrenador personal se ha consolidado como una figura clave para quienes buscan mejorar su salud, optimizar su tiempo y alcanzar objetivos físicos reales y sostenibles.

El auge del fitness, unido a una mayor concienciación sobre la importancia del bienestar, ha transformado el panorama. Cada vez más personas entienden que entrenar no consiste únicamente en “hacer ejercicio”, sino en hacerlo de forma inteligente, adaptada y segura, recurriendo a profesionales como un entrenador personal Bilbao, capaces de diseñar rutinas eficaces y sostenibles en el tiempo.

El usuario moderno busca resultados concretos: perder grasa, ganar masa muscular, mejorar su rendimiento o prevenir lesiones. Y ahí es donde entra en juego el entrenador personal, que aporta planificación, criterio técnico y seguimiento continuo.

Lejos de improvisar, estos profesionales diseñan programas individualizados que tienen en cuenta factores como la edad, el nivel físico, posibles patologías o el estilo de vida del cliente. Esto no solo mejora los resultados, sino que reduce considerablemente el riesgo de lesiones.

La personalización como valor diferencial

En un mundo saturado de información —y desinformación—, la figura del entrenador personal actúa como filtro. No todo lo que circula en redes sociales funciona para todo el mundo, y aplicar rutinas sin criterio puede ser incluso contraproducente.

Un buen entrenador personal no solo diseña entrenamientos. También educa. Enseña técnica, corrige errores, adapta cargas y ayuda a entender el porqué de cada ejercicio. Esta capacidad de personalización es, probablemente, su mayor valor.

Además, la relación directa con el cliente permite ajustar el plan en tiempo real. Si algo no funciona, se modifica. Si el progreso se estanca, se replantea la estrategia.

Más allá del físico: impacto en la salud y el bienestar

Aunque muchas personas recurren a un entrenador personal con objetivos estéticos, los beneficios van mucho más allá del aspecto físico. El entrenamiento supervisado tiene un impacto directo en múltiples áreas de la salud.

Trabajar con un profesional cualificado ayuda a entrenar de forma segura y eficiente, reduciendo el riesgo de lesiones y mejorando la adherencia al ejercicio, uno de los factores clave para obtener resultados reales a largo plazo.

A esto se suma un factor fundamental: la constancia. El entrenador actúa como elemento motivador y de compromiso, algo que muchas personas necesitan para no abandonar.

Entrenador personal vs. entrenamiento autodidacta

Con la cantidad de contenido gratuito disponible, es lógico preguntarse si merece la pena invertir en un entrenador personal. La realidad es que, para la mayoría, entrenar sin guía implica errores, estancamiento o incluso abandono.

El entrenamiento autodidacta puede funcionar en perfiles muy concretos, pero el entrenador personal optimiza el proceso: reduce el margen de error, acelera los resultados y aporta seguridad.

No se trata solo de entrenar más, sino de entrenar mejor.

La evolución del sector: hacia un servicio más accesible

Otro factor clave en el crecimiento del entrenamiento personal es la diversificación de servicios. Hoy no se limita a sesiones en gimnasio: existen entrenamientos a domicilio, al aire libre, online o en formato híbrido.

Esta evolución ha hecho que el servicio sea cada vez más accesible. De hecho, el entrenamiento personal se ha convertido en una de las opciones más demandadas dentro del sector fitness, consolidándose como una tendencia estable en España.

Cómo elegir un buen entrenador personal

No todos los entrenadores son iguales, y elegir bien es clave. Algunos aspectos importantes a valorar son:

  • Formación y certificaciones oficiales
  • Experiencia demostrable
  • Capacidad de adaptación
  • Comunicación clara
  • Metodología estructurada

También conviene desconfiar de promesas irreales. Los resultados sostenibles requieren tiempo, constancia y un plan bien diseñado.

Una inversión en salud a largo plazo

Contratar un entrenador personal no es un gasto, sino una inversión en salud y calidad de vida. Mejorar la condición física, reducir molestias o ganar energía tiene un impacto directo en el día a día.

En una sociedad cada vez más sedentaria, contar con un profesional que guíe el proceso puede marcar una diferencia enorme. Todo apunta a que esta figura seguirá ganando importancia en los próximos años.

Porque, al final, cuidar el cuerpo ya no es una opción: es una necesidad.

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