Opinión
El insoportable autoritarismo marxista del inefable y hediondo Gobierno de España
La exministra de Exteriores, Arantxa González Laya, está siendo investigada por la entrada, presuntamente ilegal, del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, en España para, supuestamente, ser sometido a un tratamiento por una enfermedad que padece. Esta entrada fue detectada por Marruecos y degeneró en un conflicto internacional y un proceso judicial que ha terminado con la imputación de ella. A las preguntas del magistrado Rafael Lasala y en calidad de investigada, ambos tuvieron el siguiente diálogo:
R.L.: “¿Se lo dijo usted a alguien o se tramitó directamente a través del Ministerio de Exteriores?”.
A. G. L. “Esto sigue los cauces propios en nuestro país de una decisión que es, recordemos, política; una decisión de ejercicio de soberanía de nuestro país. Es una decisión política, que pertenece al ámbito político y, como tal, sigue el cauce que se sigue en las cuestiones políticas”.
Sin ánimo, por mi parte, de entrar en el asunto judicial, ya que no tengo suficientes conocimientos para para dar una opinión significativa, me llama mucho la atención la forma de defenderse de la exministra, al invocar que la decisión tomada es una “decisión política” que, nada más y nada menos, forma parte del ejercicio de la soberanía de nuestro país. Las decisiones políticas deberían estar dentro del marco de la Ley, como las de cualquier otro ciudadano. Es decir que, independientemente de quién haya tomado esta decisión —González Laya o los que estén por encima de ella— debe ser conforme a derecho. La entrada de Ghali en España podría hacerse, siempre y cuando cumpliera con la legislación.
Lo cierto es que hay una tendencia de acción política de hacer y tomar decisiones cercanas a esas zonas difusas, algunas veces muy amplias, que distinguen lo legal de lo ilegal y que tanto juego dan en los medios de comunicación y tanto tiempo quitan a los jueces, que podrían estar más centrados en casos importantes para la ciudadanía.
La razón política es esgrimida con mucha frecuencia para justificar una acción sospechosa de ser ilegal, una especie de comodín que da invulnerabilidad. Al final, no deja de ser sino una versión de la ley del más fuerte, solo que esta vez el más fuerte es el que tiene votos, propios o en coalición, que lo “legitiman” para saltarse la Ley. En aquellas ideologías que huyen de los valores liberales que pretenden impregnar los sistemas políticos occidentales, es parte de su estrategia política habitual.
Así, una fuerza comunista como Unidas Podemos usa muchas veces como fuente de legitimidad la condición de cargo electo para dar validez a normas que se saltan la legalidad. Los ataques a decisiones judiciales que han condenado a varios de sus líderes (Pablo Echenique, Isabel Serra o Alberto Rodríguez) estarían en esta línea, pero van más allá cuando legitiman opiniones frente a las de otros que no han sido sometidos a cargos electos, como empresarios o ciudadanos poco relevantes a los que desprecian. Sus ataques a la Monarquía también van por estos derroteros, aunque esta institución sea tan constitucional y legal como lo son los congresistas. No son los únicos y el “usted no sabe con quién está hablando” es más habitual de lo deseable en personas que se sienten investidas con poder (real o ficticio) y se comportan de manera despótica.
Desgraciadamente, hay mucha gente (no sólo los seguidores acérrimos de comunistas, socialistas, nacionalistas y otros “istas” totalitarios), para la que un cargo electo tiene un poder superior sobre el resto de la ciudadanía. Se le suele otorgar a los que son de su cuerda ideológica y se les niega o limita a los que no lo son o se consideran enemigos. Es como si, de alguna manera, la visión autoritaria del poder estuviera emergiendo en el contexto actual, a costa de cargarse lentamente ciertos principios básicos que han estado en las democracias occidentales casi desde el principio.
Esta visión política del que ejerce el poder caminando hacia la tiranía aparece en tres ocasiones. La primera es cuando unas circunstancias externas obligan al régimen a ejercer medidas que limitan los derechos de sus ciudadanos. Las grandes catástrofes, las pandemias o las guerras nos limitan de forma circunstancial, pero también preocupante. Tal situación no implica que el político pueda hacer lo que le venga en gana, más bien que el ciudadano se vea obligado a limitar el ejercicio de su libertad. La segunda ocasión es cuando el régimen se convierte en una tiranía por la acción represora del que se impone. Los dictadores pueden llegar al poder de muchas maneras, algunas veces de manera democrática, otras por la fuerza de las armas y, las menos, por vacíos de poder que se generan, aunque también suelen ser acompañados de actos violentos.
La tercera es la más preocupante: cuando los ciudadanos así lo quieren, es decir, cuando una mayoría o una minoría significativa e influyente apoya este tipo de medidas contrarias a las ideas de la libertad. En España, no solo son los partidos más extremistas los que empiezan a actuar de esta manera, sino también los que se supone que están en posiciones más moderadas.
Tengo la sensación de que nos estamos abandonando a esta peligrosa deriva, no sólo en España, sino también en el ámbito más internacional. El próximo artículo lo dedicaré a la Unión Europea y su preocupante deriva autoritaria.
Alberto Illán Oviedo
España
Acrecentado fariseísmo sindical. Por Jesús Salamanca Alonso
«Hoy, mencionar a los sindicatos mayoritarios es motivo de chanza, mofa y pitorreo burlesco y descontrolado. Siete años esperando las movilizaciones de calado y no han dado un solo paso».
Los desencuentros entre la CEOE y los sindicatos vasallos del sanchismo se han trasladado a los propios trabajadores. Las discrepancias en la negociación son el motivo de las movilizaciones impulsadas por los sindicatos mayorías que, dicho sea de paso, cada vez representan a menor número de trabajadores. El único «mérito» alcanzado por las dos formaciones mayoritarias es ser muy afines al sanchismo y al desaparecido «yolandismo», que repartía millones y cambiaba de traje como el que reparte chuches entre los niños de educación infantil. Son sindicatos sin credibilidad hacia los que no se descarta una movilización contra su fariseísmo cabalgante, mala gestión, su mediocridad, su parasitismo y su nula ocupación por los problemas de los trabajadores.
Hoy, mencionar a los sindicatos mayoritarios es motivo de chanza, mofa y pitorreo burlesco y descontrolado. Siete años esperando las movilizaciones de calado y no han dado un solo paso. Se han dedicado al parasitismo, a evitar las madrugadas y al pago de viajes de sus afiliados a paraísos exóticos con fondos del Erario público. Ahora investiga la fiscalía europea si tales viajes eran financiados también por fondos europeos. No entramos en sus Agencias de Viales, que son cosa privativa de ellos, siempre que no se usen fondos públicos.
De esos sindicatos, cada vez más afines a la mafia criminal sanchista y al ruinoso «yolandismo tombolero», requieren cada vez mayor control y mayor transparencia, entre otras cuestiones para poder confiar en ellos, aunque lo que no se ha hecho… mal lo pueden arreglar a toro pasado. Esa transparencia pasa por que sea el Tribunal de Cuentas quien actúe con rigor sobre la facturación, subvenciones y otros pagos. También la UCO debe actuar contra los ministerios de riego económico para callar bocas a los sindicatos y domesticarlos, sin asonadas ni alborotos ni movilizaciones ni ruido de ningún tipo.
Lo del «yolandismo» está por salir y sorprende que la prensa de investigación no haya sacado nada: se ha detenido en los siete mil euros del viaje a la entrega de los Óscar, el viaje a ver al Papa y pagos varios en hoteles gallegos y no gallegos. Pero eso es el chocolate del loro. Tranquilidad, que todo se sabe y todo se desgrana: pongamos como ejemplo el recorrido «archisobado» del Peugeot, pues resulta que no era un Peugeot, sino un Mercedes de más de setenta mil euros, que paraba cuatrocientos metros antes de llegar al destino. ¡Manda huevos! Falsos hasta para viajar. Es como si los sindicalistas de un sindicato obrero viajan en un Mercedes para hacer campaña electoral y paran en la misma puerta del destino donde lo pueden ver todos los trabajadores de esa empresa. ¿Entienden lo que quiero decir? ¿Sera, por eso, por lo que Félix Bolaños ha dicho «que no quiere verla (a Yolanda Díaz) en el sanchismo ni en la puerta de entrada. Él sabrá a qué se refiere, en qué está pensando y qué es lo que sabe de antemano que tanto le asusta.
Volviendo a las discrepancias iniciales, éstas tienen un claro origen: los salarios, el incumplimiento de la normativa y la propia negociación. El punto de inflexión no es otro, según la CEOE, que la reducción de jornada a 37,5 horas semanales. Lo sorprendente es que los sindicatos viciados nunca señalan la reducción de salarios en esa misma proporción ni se comprometen a pagar nada. Ellos piden y que paguen otros. ¡Cómo se nota que están acostumbrados a las gambas! Generalmente, cuando se consigue algo, suelen cargarse de méritos que no suelen ser suyos.
¡Qué poca dignidad sindical! ¡Cuánto abuso, corrupción y falsedad acumulan y encubre el Gobierno! Al menos, ya tenemos tres comunidades autónomas que van a ir eliminando las ayudas y subvenciones a los sindicatos y la próxima será la andaluza. Esta gente, con tal de no perder un euro, son capaces de acogerse a la «prioridad nacional» e intentar convencer a sus afiliados que la idea ha sido suya, aunque la defiendan los partidos. Por cierto, la idea de la «prioridad nacional» era la sorpresa que el PSOE tenía guardada para recuperar votos y lanzarla en la campaña andaluza, pero se le ha pinchado el globo y, lo que consideraban extraordinaria medida, ahora la rechazan. Torpes y cenizos hasta más no poder.
El demérito sindical radica en que ahora, cuando ven perdida su situación de privilegio, piden con urgencia que «se blinde su dotación económica». ¡Qué cara más dura y espalda más! ¿Cuántos crustáceos aspiran a descabezar? Hoy por hoy lo único que hay que blindar en los sindicatos es su urgente modernidad y el mantenimiento de sus estructuras con fondos de los afiliados, así como olvidarse de subvenciones, montantes económicos y patrimonio sindical que se otorgan para callar al oponente.
