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Opinión

Elogiando a la vidente Adela. Testimonio de un sacerdote, testigo de excepción

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El día 23 de enero de 2002 fui testigo privilegiado de un acto religioso en el cenáculo de oración de Zaragoza.

El acto consistió en la celebración de una Misa en sufragio del alma de una colaboradora directa del grupo de devotos de la Santísima Virgen (Srta. Concepción Palacios), que tuve el honor de aplicar, incluyendo una explicación sobre el Santo Sacrificio de la Misa.

Terminada ésta (en la que los devotos comulgantes lo hacen siempre arrodillados en un reclinatorio y nunca tomando la Forma en la mano), rezamos el Santo Rosario, en el cual la vidente Adela cayó en éxtasis, transmitiéndonos un hermoso mensaje de la Virgen, invitándonos a la práctica de la verdadera caridad, y al cultivo de la oración, tan necesarios en el maleado mundo actual.

Sabía de la existencia de estas reuniones marianas, obra providencial en medio del materialismo descristianizante que padecemos a nivel mundial. No necesitaba verlo con mis propios ojos para saber de la autenticidad de estos fenómenos sobrenaturales reveladores de la voluntad divina a través de su Divina Madre.

Pero tuve ocasión de comprobarlo y es por lo que, en mi condición de sacerdote, me veo más que obligado a testimoniar el hecho en defensa de las verdaderas revelaciones del Cielo a través de la Virgen, Cristo, los Ángeles o los Santos, como hecho histórico y como derecho sobrenatural a tales avisos, inspiraciones o recomendaciones necesarias para nuestro provecho espiritual y salvífico.

Basten estos botones de muestra de lo que vi: Adela, en éxtasis, andando de rodillas sobre la alfombra que está entre el altar y la primera fila de sillas de la capilla, arrancó un clavel del florero que había sobre el altar y con los ojos siempre cerrados, como cosidos, vino en mi dirección hasta el extremo de esa primera fila en que me hallaba, y, con una absoluta precisión direccional, me ofreció el clavel sin decir ni una palabra ni abrir los ojos.

Podía haberse entregado a la persona de mi izquierda con solo equivocarse diez centímetros o haber pasado de largo… Cogí el clavel con temor, emocionado. Adela volvió al centro del altar sin abrir los ojos y se inició el mensaje de la Virgen por boca de Adela.

Cuanto ésta habla a la Virgen, lo hace en su tono maño, precipitado y en vocabulario de persona de baja cultura. Cuando responde la Virgen, el tono se tiñe de dulzura, mesura, dicción gramaticalmente correctísima y edificante. No puede ser Adela la autora de eso. El sello de lo sobrenatural lo preside todo.

La Madre (como ellos la llaman), me saludó en correcto alemán, con un “Gunter Abend” (buenas noches). Me di por aludido porque uso el alemán para hablar con los numerosos peregrinos extranjeros que pasan por mi parroquia de El Burgo Ranero (León), pero al responder yo (en un paréntesis que hizo Adela), con un “buenas noches”, Adela en éxtasis continuó con un “Gute Nacht” (buenas noches, para despedirse tras un encuentro).

Quedé perplejo. Adela sabe ni una palabra de alemán, cuando mal habla español y menos aún, guardando el orden correcto del saludo de despedida como exige ese idioma.

La recomendación que me hizo la Madre de “seguir predicando y defendiendo la Verdad” responde a la labor ministerial que estoy haciendo con mis escritos filosóficos, homilías y artículos, cosa que tampoco sabe Adela.

El sufrimiento de la vidente en ese largo rato de “descongelación” y vuelta a la normalidad, no puede ser comedia humana fingida, con la fuerte tembladera en que queda sumida tras el éxtasis.

El perfume finísimo que exhala (entre rosas y clavel) ella que nunca se perfuma con nada (ni tiene para ello), es otro de los signos sobrenaturales a que está predestinada para esta misión.

Y es que Dios elige a los humildes, a los sencillos y bien dispuestos como valiosos instrumentos para sus planes.

Mucho más se puede decir de esta figura probada por el dolor, los problemas de salud y domésticos. Baste con lo expuesto.

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”.

No cabe otro punto final.

Párroco de Villamuñio (León)

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