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Opinión

Musulmanes buenos y musulmanes malos

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En estas líneas voy a tratar de aclarar cual es mi posición (sin pretender agotar la cuestión) frente a algunos temas de nuestro tiempo que concitan la atención y ocupan las inquietudes de quienes no somos del todo indiferentes a la marcha del mundo en el que nos toca vivir.

Una de las más candentes y acuciantes cuestiones que nos interpela es la irrupción del islam en nuestras vidas, la vida de nuestras naciones occidentales y la vida de innumerables personas que han visto modificados tanto su entorno físico como su misma existencia por la presencia de una población de reciente importación y creciente envergadura demográfica de origen norteafricano, medioriental o de otras regiones del planeta de religión y cultura islámicas. Los problemas ligados a esta inmigración musulmana son de sobra conocidos y los tratamos a diario, por lo que obviaré insistir en ello.

Me opongo a la islamización de Occidente en general y de España en particular. Las razones son muchas, justificadas y fundamentadas, y suficientemente explicadas y expuestas en años de tratamiento del tema. No voy a extenderme aquí y ahora sobre esto. Para resumir largos debates y prolijas exposiciones sobre la cuestión diré que el islam es un cuerpo extraño en Occidente y su penetración y permanencia en el pasado en nuestras naciones europeas fue la crónica de un conflicto permanente, la fuente inagotable de un enfrentamiento multisecular.

En España y en otras comarcas europeas el islam trajo un reguero de sangre, una noche de oscuridad, siglos de opresión y atraso, un retroceso en todos los aspectos de la vida de los pueblos sometidos a su imperio. Resumiendo: el islam no es integrable en la civilización occidental, ni es soluble en la democracia, ni es compatible con la cultura de los derechos humanos, ni cabe en una sociedad abierta y tolerante, etc.

La cosmovisión islámica choca irremediablemente con el espíritu europeo, con los fundamentos de nuestra civilización. La historia está ahí para demostrar que esto no es una teoría, ni una ilusión, ni una fantasía, ni una construcción meramente intelectual. Hay un enfrentamiento (latente o abierto, según las épocas) entre ambos mundos que nunca ha cesado. En ciertos momentos esa rivalidad entra en una fase de baja intensidad, se atenúa, pero sólo está dormida, dispuesta a cobrar vida en cualquier momento. El mundo islámico se aletarga, recobra vida, se expande, vuelve a adormecerse, despierta de nuevo…

Hoy vivimos un nuevo capitulo de ese antagonismo histórico con la inmigración musulmana, una invasión de nuevo cuño, no guerrera (pero sí cargada de agresividad y hostilidad: cada vez más frecuentes episodios de violencia terrorista y hechos diarios de delincuencia común), tolerada e incluso justificada y fomentada por sectores de la propia sociedad de acogida, los mismos gobiernos europeos para empezar, y grupos de presión nacionales e internacionales.

El rechazo alarmado que sentimos ante esta invasión que está conmocionando las sociedades europeas y el convencimiento de la necesaria toma de consciencia de la naturaleza de este fenómeno que pone en peligro nuestra supervivencia como cultura y civilización no nos hacen perder de vista que el tema requiere ser tratado no con la irracionalidad de las vísceras, sino con las herramientas de la razón.

Por lo tanto, me opongo al islam como cuerpo extraño en mi país, como amenaza y como peligro para la existencia de mi cultura y civilización, al islam como fundamento ideológico de una invasión en marcha que pretende arrebatarme mi lugar al sol y mi derecho a vivir según mis propios valores, normas, leyes y reglamentos en la tierra de mis antepasados. Nos oponemos actualmente al islam conquistador y expansionista, no como consecuencia de un ejercicio intelectual en el vacío, sino como una actitud de legítima defensa ante una agresión real. De igual manera nos opondríamos al budismo o al confucianismo si estuviéramos ante una agresiva y violenta ofensiva de esas religiones, culturas o cosmovisiones contra nuestro país, contra nuestro pueblo y contra nuestra cultura.

Dicho esto, el islam no me interesa demasiado como tal. Dejamos la cuestión a los aficionados y estudiosos de las culturas y las religiones. Es decir, que no siento ni un excesivo interés ni una exagerada hostilidad ante un hecho cultural y religioso ajeno, siempre que este hecho no suponga una amenaza o una agresión para nosotros. Es un principio intelectualmente irrebatible y moralmente irreprochable el que nadie está obligado a soportar ni a admitir nada que lo dañe o lo ponga en peligro. Y el islam no está aquí para nuestro bien: a los hechos me remito.

Entre el islam y el islamismo no hay diferencia de naturaleza, sino de grado. El islamismo está presente en el islam como el pollito lo está en el huevo, o como el alcoholismo está presente como posibilidad en el alcohol. No hay un islam “moderado” y otro islam “radical”. Lo que sí hay son musulmanes que sólo aplican parcialmente el islam y otros que lo aplican al pie de la letra en sus más intolerantes e intransigentes interpretaciones.

Ahora quiero dejar claro que si me opongo al expansionismo islámico en detrimento de mi cultura en mi propio país, no tengo por qué hacer extensivo esa oposición y antipatía a todos y cada uno de los musulmanes del mundo. Aquí tratamos de fenómenos de envergadura, no de individuos sueltos y dispersos. Cada persona es un mundo y creo sinceramente que en este ámbito el hábito no hace al monje, es decir que la religión, la cultura u otras circunstancias de similar tenor, no hacen buenas ni malas a las personas. Las cosas no son así de simples. Si podemos juzgar a los hombres y las mujeres es a través de sus actos, de sus hechos, de sus actitudes. Las personas se definen por sus comportamientos, no por sus palabras.

No condeno ni combato a los musulmanes por el mero hecho de serlo. Ni a los musulmanes, ni a los budistas, los hinduistas, los ortodoxos, los animistas u otros. Condeno y combato el islamismo como ideología de conquista y dominación. Condeno y combato el yihadismo, ideología aberrante en sus principios y monstruosa en su aplicación. Condeno y combato al fanatismo, provenga de donde provenga. Y éste proviene hoy desde eso que llamamos islamismo. Y si hacemos la crítica del islam y llamamos a la resistencia y a la lucha contra el islamismo, no por ello atacamos a los musulmanes sin distinción al margen de sus actos e intenciones. Combatimos la esclavitud, no a los esclavos, combatimos a la enfermedad, no a los enfermos, combatimos a la ceguera, no a los ciegos. Nos oponemos al islamismo violento y a los que tratan de propagar esa brutal forma de vida basada en creencias malsanas y enseñanzas criminales y pervertidas. Y también hacemos una crítica fundamentada y argumentada del islam, como otros pueden hacerlo del cristianismo, del marxismo o del ateísmo… Los musulmanes, como los judíos, los ateos, los católicos o cualquier otro grupo cultural o religioso son en principio personas dignas de respeto, aprecio y admiración o no, dependiendo de sus méritos y actos personales. Esta es mi posición al respecto.

Pero si el islam supone actualmente una amenaza real y concreta para nuestra existencia, ¿podemos decir otro tanto de 1500 millones de personas de confesión musulmana? Trataremos como enemigos sólo a aquellos que se declaren y actúen como tales. Son suficientes como para echarse encima a todos los demás. Además, no sólo tenemos enemigos en ese mundo, sino amigos, socios y aliados reales y potenciales. Volveré enseguida sobre esta cuestión.

Y aquí tengo que hacer un inciso de importancia: si tenemos enemigos declarados entre los musulmanes, no menos cierto es que esos no son los únicos. Entre nuestros mayores enemigos se encuentran muchos que no provienen de las filas musulmanas, sino que realizan su labor de renegados y traidores desde nuestras propias filas: el elemento occidental no será mayoritario en la tropa de enfrente pero tampoco son unos pocos descarriados que se han pasado al enemigo, por el contrario, son cada día más y constituyen una masa de importante envergadura.

Podemos resumirlo así: el bando de nuestros enemigos está compuesto no sólo por musulmanes, así como el bando de nuestros amigos no está compuesto exclusivamente por no musulmanes. Éste es en realidad el tema que quiero tratar, aunque sea brevemente, en esta ocasión.

Hemos escuchado algunas veces hablar de “musulmanes buenos” y de “musulmanes malos”. Es un lenguaje simplista, pero que expresa de alguna manera un aspecto importante de esta cuestión. Primero tenemos que definir que significa aquí “bueno” y “malo”, y qué significa esa catalogación en esta ocasión.

Pero quizás incluso antes de eso, tengo que hacer una puntualización. También oímos con frecuencia hablar de musulmanes “radicales” y musulmanes “moderados”. Aquí, estas son categorías políticas que consideramos falsas y engañosas. En el discurso oficial los llamados moderados son demasiadas veces en realidad radicales a la espera de los cambios en la marcha de los acontecimientos, extremistas disimulados que proclaman su “moderación” mientras tanto no sea conveniente cambiar de actitud. Esa supuesta moderación en el campo islámico es frecuentemente un disfraz, un tiempo de espera, un paréntesis, una forma clásica y banal de taqiyya, nada más. Por otra parte, ¿quiénes son para los gobiernos occidentales los regímenes musulmanes “moderados”, los que representan a ese nivel a esos “musulmanes moderados”, representantes de ese mítico “islam moderado” (siempre en contraposición y conflicto con el “islam radical”)? ¿Turquía, Arabia Saudita, Qatar, Marruecos, Pakistán…? Esos son los dirigentes “musulmanes moderados” al gusto de los dirigentes y diseñadores del Nuevo Orden Mundial. Podemos deducir entonces que entienden por islam “moderado”.

La denominación “musulmanes moderados” no nos sirve, pues de sobra sabemos que es un eufemismo piadoso que encubre diversas formas de engaño, simulación y mentira. Esos famosos “musulmanes moderados”, al gusto de los grandes medios de comunicación al servicio de sus patrones, son en realidad, muchas veces, tan radicales como los que van sin disfraces, y están a la espera de que los acontecimientos se decanten para un lado u otro. Y según esa inclinación de la relación de fuerza y poder, esos “moderados” siguen con la máscara o la tiran al suelo. Esa “moderación” es en realidad un cálculo político de amplios sectores de la población musulmana, sobre todo la instalada en Occidente. ¿Cuáles son los referentes al nivel internacional de esos famosos “moderados”. ¿Erdogan, Mohamed VI, Mohamed bin Salmán, los líderes de Pakistán, los “talibanes moderados” (¡sí, sí, al parecer existen!)?

Para nuestros gobiernos, los regímenes musulmanes “malos” son y han sido los de Saddam Hussein, Gadafi, ahora Al-Assad y algunos más… Gobiernos poco democráticos, autoritarios sin duda (no más y a menudo menos que los citados anteriormente, que estos si cuentan con el benéplácito de Occidente), brutales a veces, pero que no eran hostiles a Occidente, no servían al islamismo ni respaldaban el terrorismo y que contribuían a su manera al equilibrio y estabilidad de la zona. Y tampoco se sometían a los Amos del Mundo: he aquí su pecado mayor, su gran crimen inexpiable, la explicación de muchas cosas. Por lo tanto descartaremos esas engañosas denominaciones de “islam moderado” o “musulmanes moderados” que no son otra cosa que el ropaje de la mentira, la hipocresía y la falsificación. Queda claro que ese lenguaje no sirve a la verdad, no describe nada verdadero ni sincero, es cuanto menos sospechoso y poco fiable. No son ni siquiera los propios interesados los que se denominan así, sino sus protectores occidentales que les atribuyen a “sus” musulmanes (su mano de obra local) cualidades y méritos que no existen más que en su imaginación o en el discurso de su cínica propaganda.

Preferimos hablar de musulmanes “buenos y malos”, pues esa terminología tiene el mérito, en su sencillez, de definirlos a través de una actitud moral. Es una calificación sin duda arbitraria, pero corresponde a nuestros intereses y simpatías, y emana de la verificable actitud de los propios interesados.

Hablaremos, pues, de “musulmanes buenos”, porque hay que llamarlos de alguna manera y porque es un vocabulario carente de connotaciones políticas en una cuestión que queremos llevar al terreno de la estricta realidad que dictan los acontecimientos en curso. La bondad (la calidad de bueno) en los seres humanos nos remite a una virtud que no admite medias tintas ni sirve de tapadera hipócrita a discursos evasivos y manipulaciones descaradas. Preferimos, pues, esa terminología porque bueno y malo son cualidades morales que siempre son más sinceras que los posicionamientos políticos, oportunistas por naturaleza.

Entro de lleno en el centro de la cuestión con una una verdad de Perogrullo, con una evidencia innegable: hay musulmanes buenos. ¿Quiénes son? Tomemos el caso sirio para ejemplificar lo afirmado.

En Siria, la gente sencilla, patriota, noble y valiente, es decir los hombres y mujeres musulmanes en su mayoría de esa nación martirizada por la codicia occidental que ha armado a los degolladores del ISIS y de cien grupos terroristas más, es la que ha dado un ejemplo imborrable de dignidad y coraje al mundo resistiendo a la barbarie, a costa de la sangre de su mejor juventud derramada en cien campos de batalla. Son mayormente musulmanes, junto con los seguidores de las demás confesiones de Siria, los que han dado los mayores defensores de la Humanidad en estos años de plomo y ceniza, en ocho años de carnicería y devastación promovida por gobiernos occidentales “democráticos” de países nominalmente cristianos que se han ensañado con un país y un pueblo que no les había hecho nada. Si la expresión “musulmanes buenos” ha tenido alguna vez un sentido es aquí, en esta ocasión, no la única sin duda, pero la resistencia siria, llevada a cabo por esos buenos musulmanes reviste, sin caer en exageraciones literarias ni lirismos fuera de lugar, la dimensión de una epopeya que la historia reconocerá y pondrá en su sitio. Así como pondrá en su sitio a los muy cristianos (católicos y otros) que han asistido impasibles a la atroz degollina en Siria y en otros países mientras sus gobiernos respaldaban a los peones locales de sus intrigas políticas de alto vuelo. ¿Qué patriota europeo, qué persona decente, qué humano con el corazón bien puesto no siente la mayor admiración y reconocimiento por esos 200 000 combatientes sirios y sus aliados (repetimos una vez más: en su inmensa mayoría musulmanes) que han caído combatiendo contra la barbarie islamista, armada y financiada por nuestros gobiernos sin alma ni conciencia?.

¡Claro que hay musulmanes buenos! Los hemos visto subir al frente una y otra vez y caer a miles en medio del odio y la mentira arrojados sobre su sangre derramada. Una sangre que han vertido por su patria y su pueblo, qué duda cabe, pero también por todos nosotros, aunque lo ignoremos y nos neguemos a reconocerlo.

Frente a la dimensión del sacrificio y la brutalidad de la agresión no dudamos en decir alto y claro que estos musulmanes no sólo son nuestros aliados, sino nuestros amigos y nuestros hermanos. Separados por la geografía, la historia, la cultura y otras circunstancias, es sin embargo con esta gente con la que queremos ir mano con mano para enfrentar un mismo enemigo sin escrúpulos, un mismo monstruo sin entrañas, un misma empresa inhumana.

Esta es la humanidad que reivindicamos, por encima de razas, culturas y religiones, la humanidad con la que nos sentimos identificados. Hombres y mujeres honorables que defienden su patria, su lugar al sol, su derecho a la vida y a seguir su propio camino sin interferencias ni injerencias extrañas ni extranjeras. Estos musulmanes están en la misma trinchera que nosotros, frente a los malos musulmanes, los malos cristianos y, en definitiva, contra los malos a secas. Su combate es también el nuestro, y sólo nos queda desear para cuando nos llegue el momento (que nos llegará, sin lugar a dudas), que tengamos, nosotros los “buenos cristianos” o “los buenos europeos”, la misma dignidad, el mismo espíritu y la misma determinación que ellos han tenido y siguen teniendo contra el enemigo común: la barbarie islamista, el salvajismo yihadista, los enemigos de la humanidad. Sólo deseo que, llegado el momento, seamos tan “buenos” como ellos lo han sido y lo siguen siendo.

Pero no se trata únicamente de afinidad espiritual o de simpatías personales siempre arbitrarias o caprichosas, sino de la necesaria solidaridad frente un enemigo común, de pragmatismo político, de sensatez en el tratamiento de la grave situación que nos toca vivir. Debemos formar un frente común con todos aquellos que están dispuestos a sumar fuerzas en esta guerra que la humanidad lleva a cabo en distintos campos de batalla contra el islamismo radical y sus tropas de choque, ya sea en los escenarios bélicos actualmente activos, ya sea en el corazón mismo de nuestras ciudades, en Europa o en otros continentes. La lucha de los patriotas sirios, de los buenos musulmanes de Oriente Medio, ¿no es acaso la misma, en otras condiciones y con otras armas, que la que llevamos en Europa los patriotas europeos contra ese mismo enemigo que adopta distintas estrategias y métodos de combate según los diferentes escenarios contra todo lo que no se doblega a su diabólico proyecto?

En esta guerra mundial que el islamismo ha desatado a nivel global, la primera y más abundante sangre derramada ha sido la de los musulmanes. Mientras tanto, nosotros… ¿Cómo describir la cobardía, la pusilanimidad, la ruindad, la desidia, la pereza, la incuria y la mezquindad de nuestras democracias occidentales y de nuestros propios pueblos (seamos sinceros, aunque duela) indiferentes y bostezantes frente al drama sangriento de nuestra época sin recurrir a los más gruesos epítetos para condenar tanta vileza y ruindad, tanto servilismo e indignidad?

Cuando veo a esas jóvenes mujeres del Kurdistán o a las mujeres del Ejército Árabe Sirio luchar contra los terroristas del ISIS y de las demás organizaciones terroristas siento asco por esos occidentales que desvían la mirada, que no ayudan en nada a esos pueblos que luchan contra esos monstruos. ¿Con quiénes nos hemos de sentir más cercanos e identificados, ¿con estos occidentales amorfos, indiferentes y muchas veces cómplices de la barbarie islamista o con esos musulmanes, hombres y mujeres de Siria y de otras naciones y pueblos vecinos, que caen a diario en su lucha contra los sanguinarios decapitadores protegidos y respaldados por poderosos Estados y grupos de presión internacionales, que no tienen nada de musulmanes? Sentimos admiración y respeto por unos y una profunda repugnancia por los otros. Así puestas las cosas, el aparente simplismo de la calificación de “buenos y malos musulmanes” cobra sentido y está plenamente justificado. Así vemos a esos musulmanes y así lo decimos sin complejos ni rodeos.

¿Y qué decir de Bashar Al-Assad, atacado y difamado por los medios que respaldan la cruel e injusta guerra que le hace a ese país y a su pueblo el terrorismo esponsorizado por Occidente? Bashar Al-Assad sin duda no es un un ángel en ese caldero en ebullición que es Oriente Medio, pero ha defendido y protegido a la población cristiana (y las demás minorías) de los extremistas sanguinarios que sólo esperan abalanzarse sobre ellos y exterminarlos. ¿Qué hubiera sido de la dos veces milenaria presencia cristiana en Siria sin ese líder providencial, de su determinación, de su coraje y de su inteligencia?

No son los gobiernos occidentales los que defienden a los cristianos en Siria (o de Medio Oriente, en general) y menos que menos el tal Francisco, sino las fuerzas armadas de Siria, compuestas mayormente por musulmanes bajo el liderazgo del musulmán Bashar Al-Assad.

¿Cuál ha sido la suerte de los cristianos en Irak después de la caída de Saddam Hussein? El terror la muerte y el exilio. En Libia, una vez asesinado Gadafi empezaron a degollar cristianos como ovejas. En Egipto, los Hermanos Musulmanes y otros extremistas no esperaron un minuto después del derrocamiento de Mubarak para empezar la caza de los coptos.

Los medios occidentales se ceban en Bashar Al-Assad, su “régimen”, sus fuerzas armadas, sus aliados y apoyos internacionales, mientras ven con total indiferencia el sufrimiento y la degollina del pueblo sirio en general y en particular de los cristianos. Prefieren denigrar a Bashar Al-Assad para agradar a sus amos, ese auténtico (¡ese sí!) “eje del mal” que busca por todos los medios eliminar al presidente sirio para colocar a sus peones en su lugar. La Siria de Al-Assad no discrimina ni humilla a los cristianos como lo hacen la mayoría de los gobiernos de Europa. Bajo el “dictador” Al-Assad, los sirios celebran la Navidad en sus iglesias protegidas mientras nuestros muy democráticos y tolerantes amigos saudíes decapitan a los cristianos que se atrevan a mostrar un crucifijo en la calle. Tal vez esa circunstancia sea en realidad un motivo más del odio que despierta Bashar Al-Assad en los dirigentes europeos.

¿Quiénes son los que han ayudado al “régimen” sirio a luchar contra los terroristas islamistas, y a vencerlos? No han sido los europeos materialistas ni los americanos milenaristas, sino los chiitas de Irán y del Líbano, sunitas de muchos países del mundo árabe-musulmán (por no mencionar los soldados rusos, ortodoxos y musulmanes -o ateos, ¡qué más da!- presentes en el país). Aquí no nos importan consideraciones políticas, siempre sujetas a análisis y crítica, sino los hechos concretos. ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos en esta historia? ¿Quiénes combaten el mal y quiénes lo respaldan? ¿Es acaso un misterio la complicidad de Occidente con el islamismo? Para los líderes occidentales y sus medios a sueldo, desgraciadamente, los malos musulmanes son precisamente aquellos que combaten el yihadismo y protegen a las minorías cristianas y otras (recordemos cómo acabaron Sadam Hussein, Gadafi…) . Nosotros tenemos otra opinión. Y esa opinión está fundamentada en hechos que no admiten discusión. Es un hecho innegable que ningún terrorista que ha sembrado de sangre nuestras calles a salido de las filas de los seguidores de Gadafi, Sadam Hussein o Al-Assad, de sus regímenes nacionalistas laicos o socializantes, tolerantes con las minorías por regla general. Esos terroristas han salido de escuelas religiosas, políticas y filosóficas originadas en los regímenes aliados de Occidente: Arabia Saudita y otros países del Golfo Pérsico, además de otras monarquías y regímenes corruptos del mundo islámico.

Del mundo musulmán provienen hoy gran parte de nuestros enemigos, pero también es cierto, y es justicia reconocerlo, e insensatez ignorarlo o menospreciarlo, que del mundo musulmán también salen nuestros mejores aliados en la lucha contra el fanatismo islámico y la ofensiva del yihadismo. ¿Acaso el caso sirio (y otros) no son la mejor prueba de ello?

Las ciudades sirias liberadas del terror islamista y otra vez puestas bajo el control gubernamental, ¿no son acaso más seguras hoy frente a las amenazas del yihadismo, que las ciudades de Europa plagadas de células terroristas y de “lobos solitarios” dispuestos a golpear en cualquier momento? ¿No son acaso las ciudades y el territorio bajo control gubernamental sirio zonas más seguras para los cristianos (y todos los demás) que muchas ciudades europeas que viven permanentemente bajo la espada de Damocles de un posible atentado islamista? ¿No se celebran la Navidad y otras festividades del calendario cristiano con mayor seguridad en la Siria liberada del terror islamista que en la Europa bajo constante amenaza terrorista? (mercadillos, iglesias y catedrales bajo permanente vigilancia policial y extremas medidas de seguridad para evitar atentados). ¿Quiénes son los mayores luchadores contra los fanáticos islamistas, los degolladores y cortadores de cabezas, sino los musulmanes (sunitas, chiitas o de otras sectas o ramas del islam) sirios, iraníes, kurdos, libaneses, mayormente musulmanes?

Está claro que para los gobiernos occidentales y su servicio doméstico, los malos son los sirios y sus aliados que combaten el islamismo y los buenos son los degolladores internacionales que arman y financian.

No hay para nosotros un islam bueno, por razones históricas, culturales, etc… Lo hemos dicho en muchas ocasiones y nada de lo expuesto aquí viene a contradecir esa posición, pero reconocemos que hay musulmanes buenos, que no todos los musulmanes son nuestros enemigos, ni mucho menos. Lo son aquellos que se declaran y actúan como tales, y ejercen esa enemistad de manera tan explícita y brutal que sería ceguera y locura seguir ignorándolo.

En cuanto a los musulmanes buenos, no hay otro medio de reconocerlos: son aquellos que se oponen y luchan contra la barbarie islamista, una barbarie fomentada, dirigida y financiada por otros que son en su mayoría no musulmanes.

Ni nos declaramos antimusulmanes ni consideramos a los musulmanes en sí seres dotados de cualidades o vicios determinados exclusivamente por su filiación cultural o religiosa. Nos consideramos y proclamamos anti-islamistas. El antiislamismo es una reacción de legítima defensa de las sociedades democráticas o pluralistas. Los musulmanes no islamistas se ven diabolizados por los islamistas tanto como los musulmanes que tienen una actitud crítica hacia el islam y piden una revisión de los dogmas o promueven una libre interpretación de los textos de referencia. Los musulmanes hostiles al islamismo son los aliados naturales de los anti-islamistas no musulmanes. Los anti-islamistas son luchadores de la libertad, defensores de la laicidad, progreso, tolerancia, igualdad…. Es por ello que son los enemigos de los islamistas y sus aliados. En esta lucha, musulmanes y no musulmanes vamos codo con codo contra el islamismo.

Estos son los que considero musulmanes buenos: los que no se declaran ni actúan como nuestros enemigos, los que no invaden nuestro país ni buscan destruir nuestra cultura, los que no quieren imponernos la sharia ni taparme con el burka, los que no cuestionan nuestro modelo de sociedad, nuestra organización política, nuestras tradiciones, nuestro derecho a vivir en paz en nuestra tierra, nuestra seguridad, nuestro futuro y hasta nuestra propia existencia, los que no apoyan ni simpatizan con el islamismo, los que no respaldan al terrorismo, los que se oponen a los mismos bárbaros que tenemos que tenemos de enemigo común: los fanáticos yihadistas, sus cómplices autóctonos y sus patrocinadores internacionales.

Los buenos musulmanes se han organizado y unido contra el yihadismo, contra sus inicuos padrinos, sus sádicos peones, sus feroces métodos y sus malignos designios. Nos queda a nosotros tomar ejemplo y actuar de la misma manera, prepararnos para la lucha que ha de venir, y no equivocarnos de enemigo.

Esos musulmanes son nuestros aliados, nuestros amigos y nuestros hermanos. Es conveniente saberlo, es justo decirlo, es necesario valorarlo. Debemos colaborar mutuamente, estrechar lazos con ellos, unificar esfuerzos y estrategias. Estamos en la misma trinchera y hemos de estar unidos. Nuestro futuro y nuestra libertad están en juego. Nos va la vida en ello.

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Ha llegado, once de noviembre, el San Martín

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Se puede caer más bajo – hasta lo ridículo, que lo raya- pero no más alto se puede decir por quién es el pueblo soberano, el que manda y del que emanan los mandatos y los cuartos que se pretenden malbaratar. Resistirse es morir del todo y cargarse el partido de los cien años de honradez. ¿Honrraqué?

Es tiempo de matanza, de morcillas, de adobos y de picadillos y eso lo entiende la ruralidad, e incluso el Tato, el remiso. No es tiempo de sorteos, ni de aprovechamientos comunales en plan finquita. ¿Se lo tendrán que decir en Europa, en Bilderberg, o en Asia, o simplemente en Ferraz?

Lo ha intentado todo, sin dejarse las escurriduras, ni las raspaduras, con una cohorte de puta pena. No le queda a quién desenterrar, al jodío. Ha quedado como un cochero por hacerse fotos y selfis, y encima copiando y plagiando, profanando, desvergonzado, sin ambages, sin dignidad, ni nada que no sea farfolla y puñetera farsa de peseta. ¿Reina por un día? ¿A qué precio? ¿No hay nadie en el PSOE?

¿Qué coño le queda al andoba? ¡Capri, c’est fini, caradura!

¡No hay cama pa’ tanta gente! Como diría Celia Cruz, con Tito Puente, Willy Rosario y su orquesta.

¡Azúcar!

¡Pa afuera, pa la calle!
¡Se llenan las manos de lechón!
Después se limpian con la cortina.
Y por eso, tírenlo pa’ abajo,
que son un peligro arriba.
¡Qué esa trulla (¡Eh!) es peligrosa (¡Eh!)
¡Afuera, pa’ la calle!
Tírenlo pa’ abajo
Que son un peligro arriba,
Oye, antes de que pueda.
Oye, son una amenaza.

¿Quieren más combo?

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Tierra de fascistas

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El detector de fascistas de la mayoría de los actores políticos españoles está seriamente averiado. O, quizá, no debidamente actualizado.

Ahora, metidos de cabeza y algo más en el siglo XXI, un número indeterminado de portavoces de la actualidad ha regresado a la terminología descriptiva de los años treinta del siglo pasado. No pocos politólogos e historiadores han teorizado sobre ello y de forma particularmente brillante, con lo que este humilde juntaletras no se va a meter en ese jardín, pero permítanme resaltar la fiereza con la que algunos han atisbado moradores del primer tercio del siglo anterior en los predios temporales de hogaño. A lo largo de mis nutridos años de cronista de la actualidad, jamás había constatado tanta abundancia de fascistas en la realidad social española: abundan fascistas en todos los órdenes sociales, en todas las corrientes de pensamiento, en muchas de las esferas intelectuales que animan el cotarro de la actualidad, en todos los órdenes profesionales y, no digamos, en la mayoría de núcleos periodísticos de quienes nos dedicamos a la comunicación.

Diría que resulta particularmente difícil salvarse de la acusación de «fascista» si no dedicas todas tus horas a glosar los beneficios de las diferentes alternativas que luchan desaforadamente contra el «sistema» y cada una de sus terminales. Hubo un tiempo en que desde grupúsculos de una ultraizquierda tan minoritaria como conmovedora por su simpleza, éramos fascistas todos los que quedábamos a la derecha de Stalin, Trotski incluido; cosa que se comprendía a poco que te acercaras al minoritario espectro ideológico en el que se recogían hijos tontos de la extrema zurda. Pero ha llegado el siglo XXI, con todos sus progresos en todos los órdenes posibles, y los emisores de etiquetas se han desatado en una orgía de acusaciones de la que no se salva nadie. A poco que uno escuche a los vociferantes vomitivos de la izquierda menos racional o del independentismo más asilvestrado, España es un país lleno de fascistas.

En la Cataluña de hogaño, esa triste caricatura de lo que una vez fue un territorio de progreso y avance intelectual (tampoco sin exagerar y sin que parezca que el resto de España era un páramo desolado) es fascista cualquiera que no sea independentista visceral. Y en la política general española, la banalización del término ha hecho que se califique de fascista a cualquiera que no comulgue con las arcaicas propuestas ideológicas de ese comunismo siempre vivo que tan orgulloso se siente de sus hazañas tiránicas y miserables. Pero no solo eso. A los votantes de Vox -conozco a algunos y son personas de curso legal, sin exceso de ademanes vociferantes- se les considera y etiqueta como fascistas desde algunos editoriales de prensa cautiva y desde alocuciones del partido que previsiblemente va a resultar el más votado este domingo. La conocida e intelectualmente poco lubricada portavoz socialista, Adriana Lastra, hablaba de «fascistas salidos de la cueva» refiriéndose a los votantes del partido de Santiago Abascal -una de sus candidatas, Nerea Alzola, era agredida ayer en tierras vascas-, y no pocas veces Pablo Iglesias y sus mariachis han decretado una «alerta antifascista» motivando una suerte de persecución violenta de sus representantes y simpatizantes. Curiosamente, ni Lastra ni Iglesias han dicho nada de los que ejercen la violencia fascistoide en las calles catalanas en días recientes, soldadesca de aquellas formaciones con las que han llegado a acuerdos y pactos a lo largo de estos meses.

Si los combatientes contra el fascismo -esparcido a lo largo del arco ideológico de derecha e izquierda- que consumieron sus energías en la primera mitad del siglo pasado, levantaran la cabeza, se llevarían la sorpresa de comprobar cómo, mediante la simplificación de los términos, se le ha quitado importancia a sus batallas. Tantos años después, fascistas somos casi todos.

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Opinión

Recuerdo del 81º aniversario del bombardeo de Cabra, que la izquierda y sus medios siguen olvidando

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No he visto ni el jueves ni el viernes que los medios se hicieran eco del nuevo aniversario de la masacre que los bombarderos republicanos hicieron en Cabra el 7 de Noviembre de 1938, por lo que recuerdo el artículo que le dedique a estos hechos el año pasado, con motivo del octogésimo. Y Dª Carmen Calvo, natural de esa ciudad cordobesa, no “dixit” nada al respecto. Estaría oyendo a Pixie:

Me refería entonces a la diferente valoración y reconocimiento que los voceros políticos de la izquierda y nacionalistas y sus medios de comunicación -audiovisuales casi todos, y escritos en su gran mayoría- dan a dos hechos “similares” pero de muy distinta consideración y circunstancias en sus respectivos aniversarios, el tan cacareado bombardeo de Guernica del 26 de Abril de 1937, por parte de las tropas nacionales, cuyo 80º aniversario se “conmemoró” a bombo y platillo el año pasado, con su cuadro de Picasso como estandarte -sobre el que más adelante comentaré algo-, y el de Cabra del 7 de Noviembre de 1938, por parte de la aviación republicana, del que ayer se cumplieron esos mismos 80 años sin que casi nadie dijera nada.

En ambos bombardeos hubo un número parecido de muertos, más en Cabra, 109, frente a los 92 de Guernica, que también en eso se miente -muchos en cualquier caso- y concretamente en el de Cabra más de 200 heridos, aunque se diga que en Guernica hubo miles de muertos, algo difícil de entender al tratarse de una ciudad relativamente pequeña, de escasos 5.000 habitantes, y esa “altísima” mortandad hubiera supuesto la práctica desaparición de cualquier vestigio viviente, lo que no ocurrió ni de lejos. Pero lo que no se cuenta es que mientras Guernica se encontraba en el área de combate del Frente del Norte, en pleno fragor de la triste Guerra Civil -se llevaban 9 meses de los casi 3 años que duró-, y tenía fábricas de armas, que la hacían claro objetivo militar, el bombardeo de Cabra se produce en una zona relativamente tranquila en esos momentos de las postrimerías de la contienda, que se libraba entonces muy lejos de allí, en la decisiva Batalla del Ebro, y fue sobre objetivos civiles, como el Mercado de Abastos, con víctimas en su mayoría civiles, campesinos que empezaban su jornada, mujeres y niños, 14 de estos últimos para ser exactos, que iban o estaban en el mercado.

También se falsea, o directamente se omite como casi todo lo referente a Cabra, el tiempo de duración de los bombardeos, que mientras en la ciudad vasca fue de poco más de un minuto, “en una sola pasada de la aviación alemana, tras una sin apenas efecto” como recoge César Vidal en su libro “La Guerra que ganó Franco”, con lanzamiento de una tonelada de bombas, en la andaluza fue de cinco minutos, con más de dos toneladas de material explosivo. Lo mismo que no se dice en la versión oficial que “la mayoría de las casas en Guernica eran de madera y lo que falló allí fue el servicio de bomberos y el insuficiente acarreo de agua del río -el Oca-, que provocó que ardiera el 60% de las casas”. Y lo que también está claro es que “el bombardeo de Cabra no fue casual”, como recoge en su libro “El bombardeo de Cabra. El Guernica de la Subbética”, el Profesor Antonio Arrabal, “sino una maniobra de distracción para desviar la atención del frente del Ebro”, como se hizo días antes en otras localidades de la provincia de Córdoba con menor alcance  y en la propia capital durante toda la guerra.

Tampoco ha trascendido mucho que ese bombardeo de Cabra tiene desde hace tres años su propio “Guernica”, inspirado en el de Pablo Picasso, obra de la pintora de origen polaco Maryla Dabrowska, que fue presentado en 2015 en la ciudad egabrense. Un cuadro que tiene aproximadamente la misma dimensión -8 x 3’5 m- y estilo que la obra de Picasso y que sí ha sido hecho con ese motivo y como la propia autora expresó en su presentación “con el deseo de que no sucedan más actos bélicos y que fuera una pieza para la reconciliación y la paz”. Lo que no sucedió con el del famoso pintor malagueño, que nada tuvo que ver con el citado bombardeo ya que cuando éste ocurrió, estaba casi terminado, puesto que como reconoció el propio Picasso, tardó en pintarlo 60 días y el cuadro se presentó el 4 de Mayo, apenas una semana después del bombardeo https://laverdadofende.wordpress.com/2014/04/26/el-guernica-de-picasso-nada-tiene-que-ver-con-el-bombardeo-de-guernica/. 

En definitiva, estamos ante otra parte importante de esa “mentira histórica” que tanto se propaga y una muestra más de esa “doble vara de medir” que nos impone la izquierda y el nacionalismo en su torticera forma de difundir la “memoria” histórica, unilateral y sectaria, que acabó por “dogmatizar” en Ley el lamentable Rodríguez y que ahora trata de “endurecer” su clon Pedro Sánchez, más conocido como Dr. Plagio.

Y la Vicepresidente Carmen Calvo, egabrense “ilustre” -es un decir- parece que no die nada respeto a lo que sucedió en su tierra tal día como ayer, hace ochenta años. Claro que como ella todavía no era de Cabra entonces, pues el bombardeo no existe. Esa es su doctrina.

Terminaba mi artículo de entonces con una pregunta que me veo obligado a repetir “¿Se enterará la derecha española de que cuando se entrega a la izquierda la Justicia; la Universidad primero y la enseñanza pública, en general, a continuación; la Prensa -escrita, radio y TV- con escasísimas excepciones de poco alcance-; no se hace limpieza completa de las cloacas del Estado que se heredan; etc., etc., y se desaprovechan las mayorías absolutas que el hartazgo de los ciudadanos le conceden, el enemigo no duerme -ni repara en medios, añado ahora- y acaba por echarlos sin reparar en medios?”

Está visto que la supuesta derecha que nos gobernaba entonces prefería el “diálogo sin fecha de caducidad”, pensando que eso domaría al tigre que acabó devorándolo y que nos ha llevado al frente popular que ahora “impera” a golpe de Decreto Ley, como ayer volvió a anunciar el “rey de la foto” tras la decisión del Tribunal Supremo de que el impuesto devengado por las hipotecas corran a cargo del contribuyente. Convocó una rueda de prensa para anunciar que, por esta fórmula legal para casos de urgencia que él utiliza cada vez que algo no le gusta y no lo puede sacar por los procedimientos legales reglamentarios y el consenso, el consejo de ministros “y ministras”, como su vicesecretaria general y “portacoz” del grupo socialista en el Congreso, la voz de su amo Adriana Lastra -menudo lastre para España es este grupo de ineptos y resentidos- apostilla, aprobará este jueves, hoy para el lector, que a partir de ahora lo sufragarán los bancos. Es decir, que seguirá pagándolo el contribuyente, que si quiere un préstamo hipotecario tendrá que aceptar un diferencial o tipo mayor, equivalente cuando menos al importe del impuesto de AJyD que deba pagar el banco. La Banca nunca pierde, decíamos siempre en algunos juegos de mesa.

La única esperanza es que este nuevo Partido Popular, dirigido ahora por Pablo Casado, parece apuntar en otra dirección que su antecesor, en dichos y en hechos, y, poco a poco, sin demasiado ruido, va limpiando el lastre heredado de su antecesor, como demuestra el abandono ayer de su escaño por parte de Mª Dolores de Cospedal. Algo que debería ser imitado por algunos de los acompañantes de desgobierno del “okupa” de la Moncloa, que no se va ni con agua caliente como no lo echemos antes de que acabemos como Venezuela, a lo que aspira su socio y vicepresidente in pectore PabLenin Iglesias y demás compañeros de asalto, como el “becario” Errejón en su última faena de aliño del régimen de Maduro.

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