Deportes
Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte prohíbe a los niños rematar con la cabeza en los entrenamientos
En el football, hábitat desde sus orígenes del balón largo y de la lucha aérea entre los centrales y los delanteros con la cabeza como arma, los remates con la testa no salen gratis. «Sentí que había un problema grave», aseguró Dawn Astle, hijo del exdelantero del West Bromwich Jeff Astle que falleció en 2002, a los 59 años, por una enfermedad cerebral degenerativa causada, en parte, por toda una carrera de golpes y remates con la cabeza, según los informes médicos.
«Sabía que mi padre no era el único. Sólo queríamos respuestas, que el fútbol se preocupara lo suficiente», dijo Astle. Un caso que sacudió al fútbol británico y al que puso luz la Universidad de Glasgow en un estudio publicado el pasado mes de octubre. Un proyecto de 22 meses y realizado a 7.676 exjugadores a través del Grupo de Lesiones Cerebrales que, según publicó The Guardian, reveló que los futbolistas tienen tres veces y media más de probabilidades de sufrir demencia y otras enfermedades neurológicas graves como Parkinson o Alzheimer.
Aún así, el informe no pudo establecer si hay una relación directa entre cabecear el balón de forma continua y las lesiones.
Sin embargo, las Federaciones británicas apostaron por «mitigar cualquier riesgo potencial» estableciendo medidas para prevenir cualquier tipo de lesión desde la edad formativa. Los máximos organismos futbolísticos de Inglatera, Escocia e Irlanda del Norte se han unido para emitir una guía en la que prohibirán a los niños de cinco a 11 años rematar con la cabeza en los entrenamientos. También anunciaron restricciones para los menores de 18 años, con una introducción gradual de los cabezazos en las prácticas de los 12 a los 16, ajustando el tamaño de los balones.
«Nuestra investigación ha demostrado que los remates de cabeza son poco frecuentes en los partidos formativos, por lo que esta guía es un desarrollo responsable para nuestro entrenamiento de base sin afectar al disfrute de los niños. Con esto ayudaremos a los entrenadores y maestros a reducir el repetitivo golpeo con la cabeza a estas edades», apuntó Mark Bullingham, CEO de la FA inglesa, en la BBC.
«Las pautas están diseñadas para ayudar a los técnicos a eliminar los remates innecesarios en los primeros años, con una introducción gradual teniendo en cuenta a nuestros expertos médicos», declaró Ian Maxwell, de la FA escocesa.
El mundo del balón ha puesto en jaque a los cabezazos como hiciera el fútbol americano con los golpes en la testa. Bennet Omalu fue el primer médico en descubrir la incidencia de la encefalopatía traumática crónica en los jugadores, muchos de ellos fallecidos, tras toda una carrera de choques en su cabeza, llevando a la NFL a admitir los «riesgos» de su práctica en 2016.
«Se necesita mucha más investigación para comprender los factores de riesgo de las enfermedades neurodegenerativas en los futbolistas. Mientras tanto, es sensato actuar para reducir la exposición al único factor de riesgo conocido hasta ahora. Las medidas son lógicas», señaló el doctor Willie Stewart, el neuropatólogo consultor que dirige el estudio de la Universidad de Glasgow.
Hace ya un lustro, la UEFA introdujo un protocolo estricto para las conmociones y los golpes en la cabeza con un único fin: por encima de técnicos o futbolistas, los médicos tienen la última palabra para saber si el jugador puede seguir o no en el césped.
Deportes
Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
