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Sociedad

La bendición de nacer mujer blanca en una sociedad occidental y cristiana

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LTY.- En estos tiempos en que se olvidan tantas cosas, y se miente sobre todo lo demás, es bueno remarcar ciertos hechos indiscutibles. Debemos mantenernos con los ojos muy abiertos y no dejarnos engañar. Ante la mentira constante de la supuesta discriminación y subordinación de la mujer en la sociedad occidental hay que exponer la verdad innegable de la inmensa ventaja que una mujer blanca tiene sobre sus congéneres de otras razas. Una mujer debe considerarse muy, pero muy afortunada, si tiene la dicha de nacer blanca y en el seno de una sociedad occidental y cristiana. Una mujer debe considerar, sinceramente, una bendición el hecho de nacer blanca.

La mujer blanca es la mujer más afortunada de todas las mujeres de este planeta. Y su fortuna consiste en el simple hecho de nacer blanca. Es sumamente afortunada porque nunca tendrá que pensar en si misma como una propiedad, o como una esclava, o como una mula o como una carga, como sucede en otras sociedades no blancas; sino como una mujer con todos sus derechos y sus deberes. En una sociedad blanca, y regida por principios de su propia naturaleza racial, la mujer podrá nacer tranquila y sin temor a ser asesinada por el hecho de nacer mujer. En otras culturas, en el seno de otras razas, las niñas pasan muchas veces del vientre materno al barranco más cercano o a la acequía más a mano, como si fueran gatitos no deseados en manos de gentes sin escrúpulos ni compasión. Esta criatura nacida blanca podrá tener una decente y protegida infancia, jugando junto a sus hermanos y amigos.

La niña podrá estudiar junto a esos mismos hermanos y amigos cuando crezca; y más tarde hasta podrá escoger su novio (o los novios sucesivos que ella quiera) durante su adolescencia y juventud. La mujer luego podrá escoger marido si desea casarse; o podrá escoger no casarse y estudiar si lo considera mejor, para luego trabajar e independizarse. Incluso, si la mujer se casa, podrá escoger cuántos hijos desea tener, o si no quiere tener hijos en absoluto. Nadie la venderá, nadie la comprará, nadie le obligará a esconder su cara y su cuerpo bajo repugnantes trapos de esclava.

La mujer podrá exigir respeto y fidelidad a su marido, y tendrá a la sociedad y la ley de su parte para exigir eso.

Podrá exigir un trato igualitario y decente en todo lugar que ella esté, y nuevamente tendrá a la sociedad y a la ley de su parte para exigir eso. En una sociedad blanca, la mujer podrá trabajar tranquilamente al lado del hombre, sin temor a ser molestada o agredida; incluso podrá tener cargos de autoridad y mandar sobre otros hombres y mujeres. También podrá, mediante su propio esfuerzo (y si su intelecto y educación así se lo permiten) ascender socialmente por sobre otros hombres y mujeres. E incluso podrá llegar, si se lo propone, a las más altas jerarquías dirigentes de las naciones blancas. Es más, podrá llegar a ser ministra o presidente (o presidenta, no nos vamos a poner a discutir por una vocal) de una nación blanca y cristiana, y a nadie sorprenderá eso. En una sociedad blanca, es normal que hombres y mujeres sean considerados iguales (iguales en sus diferencias, y sólo diferentes en cuanto a su capacidad intelectual o sus respectivos méritos personales).

El machismo retrógrado no proviene de Occidente, sino de la insidiosa influencia de Asia y Africa, donde la mujer NO es igual al hombre. Y que quede muy claro. En Asia y Africa, y en regiones étnicamente indigenas de América, y otras más cercanas donde perdura la influencia del islam, la mujer es inferior al hombre, en la misma proporción que el animal es inferior al ser humano. Y ese machismo retrógrado es social, religiosa y estatalmente aceptado por todas esas naciones. En numerosas sociedades no blancas y no cristianas, la mujer no es más que un trozo de carne al cual fornicar, golpear y mortificar, y con el respaldo de toda la sociedad en su conjunto. La mujer no es más que una máquina de hacer hijos, asear la casa y encargarse de los ancianos. La mujer es la cargadora de mercaderías y bebés que marcha eternamente tras el marido y sus amigos.

La mujer es la que se desloma de sol a sol, manteniendo y criando numerosas proles, mientras el marido bebe y duerme, eternamente desempleado. La mujer es la única familia que conocen los niños desde su más tierna infancia. En los EEUU, por ejemplo, según estudios realizados por organismos estatales, sólo el 30% de los niños negros viven con sus dos progenitores. Vale decir que en la raza negra casi siempre todo el peso de la crianza de los hijos recae sobre la mujer. Estamos lejos del modelo occidental en el cual los hombres muchas veces cambian pañales, alimentan y pasean a los hijos de corta edad.

En China (y cuando hablamos de China, hablamos de la China real y campesina; no de la imagen glamurosa de Shanghai o Hong Kong, verdaderas urbes capitalistas), en las subyugadas comunidades campesinas, el nacimiento de una niña es generalmente sentida como una decepción, muchas veces como una verdadera maldición. Y se actúa de acuerdo a eso.

Millones de bebés de sexo femenino son asesinados anualmente en las provincias del interior y sus cuerpos arrojados a los ríos o pozos sépticos ¿Y por qué nuestros “hermanos” del Lejano Oriente hacen tamaña salvajada?

Simplemente porque la mujer es considerada menos valiosa que una mula dentro de la “rica” cultura campesina china.

Otro ejemplo. En los países subsaharianos del Africa Negra y en muchas regiones del mundo islámico, es costumbre ancestral la circunsición femenina. Una salvaje operación llevada a cabo por chamanes o comadronas en las más abyectas condiciones higénicas, en las que la mayoría de los casos, las adolescentes terminan con terribles infecciones y dolores crónicos incurables. No son pocas las “intervenciones” que terminan fatalmente para la desdichada niña, desangrándose lentamente y muriendo de la manera más miserable en algún rincón de su choza, con las horrendas heridas cubiertas de moscas ¿Por qué nuestros “hermanos” africanos hacen tales atrocidades con sus hijas? Para evitar que sientan placer sexual durante el acto y así protejer la honra del marido, que de otro modo podría ser engañado por su infiel mujer.

¿Más ejemplos? En Tailandia, la suerte de un ser humano está echada sin tiene la mala fortuna de nacer mujer. A temprana edad (y cuando hablamos de temprana edad, nos referimos literalmente a eso), sus padres las venden a los traficantes de esclavas sexuales que merodean por las primitivas aldeas de Tailandia. De esa forma traen más “carne fresca” a los prostíbulos de la colorida y bulliciosa Bangkok, donde centenares de miles de niñas de corta edad terminan como prostitutas “libres de SIDA” ¿Por qué ocurre esto tan nauseabundo, en una milenaria sociedad, tan culturalmente rica? Porque la principal fuente de riqueza de Tailandia es el “turismo sexual”, donde los depravados de todo el mundo, sobre todo pedófilos blancos europeos y americanos, la hez de las sociedades occidentales, consiguen niños de ambos sexos para saciar sus más bajas pasiones y sin temor a contagiarse del SIDA.

Y en la mayoría de esas culturas y países no blancos, las niñas experimentan ya desde su más tierna edad el aspecto más brutal y sórdido del dominio del hombre, siendo sometidas sexualmente muchas veces antes de su primera menstruación (por tomar ese momento como un criterio “razonable” para el inicio sexual) por propios y ajenos, a veces por sus mismos familiares.

Frente a esa dura realidad que golpea el 90% de todas las mujeres del mundo, las mujeres blancas de sociedades cristianas son unas afortunadas que muchas veces no son conscientes del privilegio de ser precisamente lo que han tenido la suerte de ser por su nacimiento. Realmente es una bendición nacer blanca en una sociedad cristiana.

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