Opinión
La debacle electoral aplasta al presidente. Por Jesús Salamanca Alonso
Pedro Sánchez no ha dudado en pasar por alto el trámite previsto en la Constitución para la convocatoria de elecciones, ni ha habido «previa deliberación» del Consejo de ministros».
¿Qué va a hacer Sánchez en numerosos núcleos de Vascongadas? ¿Va a apoyar a EH Bildu para que forme gobiernos? ¿Continuarán con esa sociedad que ha llevado al «sanchismo» a la debacle que ahora lloran sus huestes por las esquinas? Mejor en la oposición trabajando para llegar al poder que comiendo en la misma mesa que ETA. Me refiero a los herederos a la mafia etarra o banda criminal. Llámenlo como quieran. Tras dar Pedro Sánchez la espantada durante el recuento electoral de los datos de las municipales y autonómicas habrá tenido tiempo para reflexión. El PSOE no se ha hundido, quien se ha hundido ha sido el «sanchismo» galopante que mamó lo peor de la sociedad española: Bilduetarras, nacionalistas, independentistas, golpistas, antisistema… La torpeza de Sánchez parece no tener límites. Se ha rodeado de golondrinos, en vez de hacerlo de un buey: sabido es que defeca más un buey que cien golondrinos. La avaricia le ha roto el saco y en el deshilachado, los hilos le han zurcido los morros.
Si sigue como presidente le esperan meses de sufrimiento político, levantamiento de díscolos socialistas, silbidos e improperios de la calle, cuentas que pagar a Marruecos, desprecio de la OTAN y cuentas mil de su paso por el Gobierno socialcomunista, así como otras muchas relacionadas con la transparencia, además de la desaparición de un fuerte montante de los fondos europeos: «Me preocupa dar a España fondos millonarios mientras se rebaja la malversación», en palabras de Monika Hohlmeier, presidenta de la Comisión de Control Presupuestario de la Eurocámara. El todavía presidente ha sido tan sectario, manirroto e imprudente que podría tener que visitar muchas veces los Juzgados. Durante su presidencia de la UE — si llega a ser presidente y no corre turno, como hemos propuesto a Von der Leyen y a su comité— los españoles le vamos a obsequiar diariamente con banderillas negras.
La ciudadanía le tiene ganas. Muchas ganas. Su chulería de barrio bajo y su mirada por encima del hombro no podía durar mucho, ni el común lo puede soportar. Y hasta aquí ha llegado. Ahora, que monte campaña en el castillo y se rodee de almenas porque no va a dejar de recibir saetas envenenadas. El karma ha vuelto para él; es más, los menos creyentes y más supersticiosos dicen que es la undécima maldición de la exhumación del que fuera Caudillo de España. Claro que, para los más burros y menos cultos, persiste la creencia del gafe y de la vidente que le auguró que «sus últimos días y su mandato, estarían rodeados de sangre».
Al lío en que está metido en la UE podemos añadir lo más grave: mientras se ha cegado con arruinar Madrid y represaliar a su ciudadanía, además de hundir empresas y cerrar el progreso económico de la capital, le van a echar en cara la fuerte carga de hipocresía que le acompaña: recientemente hemos descubierto que el Gobierno gastó 1.550 millones menos de lo presupuestado en Sanidad y Educación. Todas sus trampas y las de sus cercanos las ha querido tapar con mentiras, pero ya no le sirve la treta; solo con mirarle a los ojos se aprecia si está mintiendo o no. Lo peor es que lo hace casi siempre. La mentira ha sido y es su bandera de enganche y justificación. Nadie le explicó en el colegio que se pillaba antes a un socialista mentiroso que a un cojo arrastrado.
El 28M saltaron todas las alarmas y los socialistas no «sanchistas» juraban en arameo. Confieso que, como notario del hecho, comprobé que le llamaron de todo menos guapo, sin que faltaran lágrimas sinceras, muy alejadas de lo que llamamos lágrimas de cocodrilo. Chivatazos han debido de llegar a Moncloa porque, sin reunir al Consejo de ministros, como establece la Constitución, ha convocado elecciones. Ha buscado una fecha poco idónea para evitar el exceso de participación, incitar a la corrupción fácil del voto por correo y dar a entender que España necesita del progreso que, al parecer, solo él puede proporcionarlo. ¿Se puede ser más tonto? A este paso acaba cayendo más bajo que la «marquesita» y la «niña de la curva», ayer serias, llorosas al ver perder su mamandurria y sin otro trabajo al que regresar.
Ya no es un hecho eso de que la subida de participación beneficie a la siniestra ideológica. Piensen también que en este momento ha fallecido Podemos en accidente controlado; desaparece del mapa político y la ciudadanía va a evitar que vuelva a cobrar vida y tomar aliento. La formación mamerta y bolivariana será vista como un desliz de la historia del parlamentarismo español, sin más, donde camparon a sus anchas los comunistas de Fidel, los bolivarianos de Maduro y los «perroflautas» de Juan Carlos Monedero.
En fin, cuando apenas damos por finalizado el artículo, nos salta el mensaje urgente en el que nos comunican que un exalto cargo de la Junta socialista de Andalucía admite el gasto de dinero público en prostíbulos: «Sólo fui diez veces», dice Fernando Villén, exdirector de la Faffe. Sí, sí, se pagaba con tarjetas bancarias de la propia entidad pública, perteneciente a la Junta. «¡Y a usted qué más le da que sea con dinero público!», que diría Patxi López, comensal del Ramsés y aún no se sabe si algo más. Pero se sabrá. Doy fe.
¿Qué dice al respecto Juan Espadas, líder del socialismo andaluz, metido en aquellos años en pleno putiferio con dinero público y conocedor de las tramas socialistas del momento? Lo sabía, como lo sabía el presidente de la Junta de Andalucía. «¡Joder, qué tropa!», repetiría el conde de Romanones.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
