España
La guerra que viene
LTY.- Los acontecimientos de factura musulmana de los últimos tiempos (la “crisis del pañuelo islámico” en Francia hace unos años, después el tema de la burka, la “revuelta de los suburbios” también en el país vecino (se viven nuevos rebrotes a cada instante), después el “asunto Mahoma” en medio mundo por unas caricaturas del Profeta, ahora el tema de la película “La inocencia de los musulmanes”, los atentados de Madrid y Londres, y algunos más abortados a tiempo, el asesinato de Theo Van Gogh, las continuas amenazas de Al-Qaeda a todos los infieles y renegados habidos y por haber, la reivindicación ya no disimulada de Al-Ándalus, la implantación de tribunales islámicos en Gran Bretaña, el imparable avance demográfico mahometano en suelo europeo, la agresividad creciente de los colonizadores llegados de todos los arenales y pedregales del orbe islámico, etc…), exponen claramente la verdadera naturaleza del problema que tiene Occidente con el islam instalado en su propia casa, comportándose como en tierra conquistada y haciendo sus necesidades en nuestro patio.
El conflicto latente que existe entre dos mundos irreconciliables, entre dos universos antagónicos, el divorcio de dos mentalidades incompatibles, se manifiesta a diario cada vez con mayor acritud y agresividad, en un crescendo imparable que nos ha de llevar algún día no muy lejano a un climax de violencia desatada, a un conflicto abierto, a una guerra segura.
Estamos asistiendo a las primeras escaramuzas de la gran deflagración por venir entre Occidente y el islam. No se trata ya de especular sobre la posibilidad de un enfrentamiento que está en marcha, que ya tiene lugar, sino de saber cuanto tiempo falta para el desenlace de ese choque definitivo. El cielo amenaza agua: lloverá. Ignoramos cuando exactamente, la duración del aguacero y el resultado del temporal, pero sabemos que lloverá. A cántaros.
Tenemos en Europa unos veinte millones de musulmanes (sin contar Rusia ni los Balcanes): esta es la verdadera dimensión de la tormenta que se avecina. Y no es razonable esperar que las negras nubes que ce ciernen sobre nuestras cabezas se van a desvanecer por un curioso e inédito capricho de la naturaleza o por un inmerecido regalo de la Providencia.
En Europa se empieza a registrar (sin duda lentamente todavia) un movimiento largamente esperado cuya gestación pronto dará los esperados frutos: la oposición activa al islam, el rechazo organizado de esa monstruosa tiranía que quiere implantar en nuestro solar europeo esa legión de enardecidos sectarios de Mahoma dirigidos por imanes cortadores de cabezas y todo tipo de organizaciones integristas que actúan sin mayores obstáculos entre nosotros, arropados por una variopinta e infame colección de “compañeros de viaje” socialistas, comunistas, izquierdistas de distinto pelaje, democrátas de “toda la vida”, liberales bien peinados, e incluso … ¡feministas!, y el resto del elenco progre y bienpensante, artistas, medios de prensa, ONGs de toda laya e “intelectuales” a sueldo del régimen: la espuma de una sociedad que corre a su perdición. Escoria aquí y en todas partes, ahora y en todos los tiempos.
Sólo España parece quedar, de momento, al margen de ese saludable movimiento, y declara muy ufana que prefiere convivir con la bestia que le corroe las entrañas a tener que hacer el esfuerzo de combatirla. Cuando la hiena nos salte al cuello, le ofreceremos una zanahoria (sin colesterol y baja en aminoácidos, una zanaohria ecológica, no transgénica, por favor). Aquí tenemos unos gobiernos (PP/PSOE: tanto monta monta tanto) abanderados de la “Alianza de Civilizaciones” que han hecho de España el nido favorito del integrismo islámico, regodeándose en el entreguismo más abyecto a los designios del islam empeñado en la reedición de Al-Ándalus.
Mucho me temo que cuando la tensión degenere en enfrentamiento abierto y continental y el viento de la Historia se ponga a soplar en contra de la morisma, entonces recibiremos en España unos cuantos millones de refugiados musulmanes provenientes de una Europa justiciera que acometerá antes que nosotros la ineludible empresa de limpiar el continente de sus invasores, los cuales vendrán a acogerse en ese momento adverso a la hospitalidad de esta generosa tierra tan benéfica para el rebaño de Mahoma.
La guerra (en la forma que sea) tendrá lugar, todo apunta en esa dirección, generará desplazamientos masivos de musulmanes que buscarán refugio, mientras arrecia la tormenta, la mayoría de ellos no en sus países de origen, sino en regiones de Europa menos hostiles para ellos, principalmente España. Es de preveer para nuestro país una marea de mahometanos provenientes de Francia, Bélgica, Holanda, los paises escandinavos. Alemania… para los próximos lustros, al ritmo creciente del movimiento antiislámico en la Europa transpirenaíca. De ocurrir así, de aquí a pocos años, entre la corriente del sur y el esperado aluvión del norte, más el prolífico producto de los vientres que ya están aquí en perpetua gestación, la población musulmana en España aumentará de forma vertiginosa y pronto hablaremos de millones de moros en nuestro país. Y habremos asistido, en menos de una generación, a la metamorfosis de España de “reserva espiritual de Occidente” a “corral mahometano” de Europa. La historia no está aún escrita, pero este es un escenario muy posible.
Todavía vamos a hablar mucho de todo esto; falta muy poco para que no se hable de otra cosa. La hora se acerca en que nuestra libertad amenazada, nuestra cultura asediada, nuestras vidas en peligro nos exijan perentoriamente hechos y no palabras, actos y no discursos.
Llegados al punto actual, en que el futuro no ofrece ya dudas, en que todos los velos de la incertidumbre se van cayendo uno a uno y se nos presenta la realidad en su total desnudez, libre de artificios y engaños, no debemos indignarnos ya más de la cuenta por el insolente desafío lanzado contra nuestra existencia y el brutal asalto a nuestra libertad por los salvajes y vociferantes enemigos de la civilización. Por el contrario, cuanto más nos rujan su odio, cuanto más nos presionen, cuanto más nos agredan, cuanto más nos ataquen, igualmente más cerca estará el momento de la reacción inevitable. Debemos considerar, pues, con serenidad, la imparable subida de la tensión entre Occidente y el islam, entre los europeos de antigua raza y esta bárbara legión de intrusos que empercuden nuestra casa.
Debemos saber que el problema que tenemos no podrá ser resuelto por medios pacíficos, y que nuestra equivocada mansedumbre no tendrá otro premio que un abominable yugo consentido de no reaccionar a tiempo y tener éxito en la empresa de liberación. No cabe hacerse más ilusiones sobre una salida incruenta de este conflicto o hacer cálculos egoístas e irresponsables como suponer que el estallido está aún lejos en las décadas por venir. No, es cuestión de 5 o 10 años, tal vez 15, pero no muchos más. La cuestión islámica tendrá que ser resuelta. Ha empezado la cuenta atrás. Esta guerra sólo puede tener dos salidas: la erradicación definitiva del islam del suelo europeo o el fin de la civilización occidental en nuestro continente, un nuevo amanecer después de la pesadilla actual o las tinieblas de la interminable noche islámica.
Pronto llegará la hora decisiva en que nuestra desidia, nuestra cobardía, nuestra estupidez nos pongan ante la grave perspectiva de tener que optar por ser, como en los versos de Goethe, “yunque o martillo”. (*) Nos encaminamos al abismo. Ellos o nosotros.
(*) “Debes elevarte o abismarte,
debes dominar y ganar,
o servir y perder,
sufrir o triunfar,
ser yunque o martillo”.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
