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Historia

Marx: El ideólogo del crimen

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Karl Marx
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SM.- Los crímenes cometidos por los regímenes comunistas en el mundo entero, que afectó a cien millones de personas en setenta años, tienen tras de sí un inspirador indiscutible: Moses Mordechai Marx Levi, más conocido como Karl Marx. Sin embargo, intereses justificados buscan desvincular a su figura de lo hechos históricos que su doctrina proporcionó, como si estos no pasasen de distorsionadores de sus ideas.

Así, se busca perpetuar una imagen romántica a su respecto, de benefactor e idealizador de la sociedad humana, como si él, en sus tesis, no buscase legitimar la violencia. Marx no apenas la legitima como también la estimula, incentivando el terrorismo y el asesinato, buscando convencer a todos de que los fines justifican los medios.

Incondicional adepto de la teoría darwinista de que el hombre sea un animal, él desprecia los valores morales y espirituales del ser humano, alegando que la criminalidad estimula el progreso y la economía. Inclusive, aquel que era considerado el defensor más grande del trabajador, tenía una verdadera ojeriza por el trabajo, pasando una gran parte de su existencia, huyendo de él. Marido de una baronesa, dilapidó en especulaciones financiera y en el vicio del alcoholismo las herencias que recibió, habiendo tomado prestado de su amigo Engels, durante veinticinco años, una cuantía voluminosa de dinero que nunca fue reembolsada. Llevaba, así, una vida de bohemio intelectual, rehusándose a ir más allá de su escritorio.

Por lo tanto, el hombre que pretendió enseñar al mundo un nuevo modelo económico, no demostró, durante toda su existencia, capacidad para administrar al menos su propia situación financiera. Y a pesar de su célebre apología al proletariado, Marx, en realidad, nunca tuvo cualquier contacto con este, a no ser con su criada Lenchen, que fue su amante durante varios años y con la que tuvo un hijo, Freddy, que no llegó a ser reconocido por su padre.

Los orígenes

En una madrugada tempestuosa del año 1785, cabalgaba a toda brida por una carretera de Baviera. Pasa entonces que la mano del destino se encarga de fulminarlo con un rayo. Al amanecer, después del trágico accidente, los campesinos de la región se deparan con el personaje misterioso muerto junto a su caballo. A su lado, es encontrada una valija de cuero guardando documentos que influyeron y decidieron el destino de millones de personas y fue llevada, junto con el cuerpo del caballero, hasta el puesto policial loca, donde se constata que son los papales, estatutos y documentos directivos de una sociedad desconocida, hasta entonces, denominada Orden Secreta de los Iluminados de Baviera, cuyo mentor era Adam Weishupt. El caballero que yacía inerte a los pies del jefe de policía era su mensajero.

Los documentos son chocantes porque revelan una intrincada red de conexiones clandestinas entre personajes destacados en la escena cultura y política europea, bien como por la estrategia violenta que preconizan para la consecución del principal objetivo de orden: la derroca del poder instituido, corrompido en su meollo más profundo. La violencia del contenido de los documentos de Weishaupt es provocada por el despotismo y la concupiscencia tanto por parte de la iglesia como de por parte de las monarquías de la época. Incluso sus métodos clandestinos son extraídos del cierne violento de las instituciones dominantes. La inquisición ya había hecho uso del anonimato de sus espías para infundir invisiblemente el terror y la famosa Orden de los Jesuitas detenía los secretos de Estado de las Cortes Europeas y de la iglesia, actuando políticamente, a través de ramificaciones ocultas, en los bastidores de los juegos de poder.

Weishaupt, ex-jesuita, retuvo los principios de organización y actuación de su antigua Orden para focalizarlos ahora, contra el propio poder en el cual ella se enraizaba. El régimen instaurado por la acción de los iluminados de Baviera sólo podría asemejarse al adversario que lo combatía. La secta da origen a las sociedades secretas cuyas actividades culminarán en el deprimente espectáculo conocido como Revolución Francesa. El Ancient Régimen cae en medio de la creciente salvajería; la radicalización revolucionaria del terror. A cada acto violento, la violencia se recrudece en vez de atenuarse. La decapitación del Monsieur Guillotin es el símbolo máximo de la autodestrucción de la violencia, pero también de su auto perpetuación.

Las injusticias del nuevo modelo económico y político capitalista, implantado después de la revolución francesa, pronto resucitan la oposición de las clases populares. A partir de la mitad del siglo XIX, los comunistas “científicos”, seguidores de la doctrina revolucionaria de Marx, se atribuyen el derecho de tutelar el proletariado, usándolo como conejillo de Indias de las teorías Marxistas. Se organizan en sociedades paramilitares clandestinas que buscan la toma del poder a través del poder de las armas. Se infiltran secretamente en los sindicatos, en los partidos operarios y en los movimientos populares, seduciendo a sus líderes e instalando en las masas el veneno de la sedición. Las manipulan despertando en ellas el resentimiento y la ira, buscando liberar la fuerza explosiva que pretenden utilizar para sus objetivos.

Los estatutos de estas organizaciones adoptan la terminología del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, como también su modelo de análisis histórica. Pero las tácticas de acción que proponen denuncian otro origen que es el contenido de la valija de cuero de Weishaupt. Poco antes de la redacción del Manifiesto, Marx había ingresado en la Liga de los Justos, que posteriormente vino a llamarse Liga de los Comunistas. Ahora, la Liga de los Justos no es, sino, uno de los muchos brazos de la Orden Secreta de los Iluminados de Baviera.

Marx se convierte entonces, en el heredero de la ideología que apunta a la violencia como la forma de poner fin a la violencia, y el crimen como posibilidad de redención de la humanidad. Este elemento pernicioso de su doctrina ha sido insuficientemente discutido, incluso por los críticos del pensado. Los asombrosos crímenes cometidos por el régimen comunista soviético invitan a una postura diferente. Se ha hecho tiempo de establecer claramente la relación directa entre los hechos históricos y la doctrina marxista y de considerarla bajo el punto de vista de su peligrosidad.

La apología del crimen

Hay un número que ha pesado en las consciencias de todo el mundo civilizado. Este numero es el de cien millones, y se refiere a la cantidad de seres humanos aniquilados por los regímenes comunistas en todo el mundo desde la revolución rusa. Es triste cuando recordamos que todas estas personas fueron inmoladas en nombre de las falsas promesas de una “sociedad justa y moderna”, cuyo cumplimiento era interminablemente postergado por nuevas promesas: lo que Marx no hizo, Lenin lo hará; y después vinieron Brejniev y Andropov y… ¿quién se recuerda?

Esta chocante disparidad entre los medios y los fines es apenas el resultado más tragicamente visible de la conocida máxima leninista que define la buena acción moral como todo aquello que lleva al partido comunista al poder. En este “todo” están incluidas, evidentemente también, la violencia y la y la acción criminosa.

Es común oír decir que Marx no tiene nada que ver con los crímenes soviéticos y con los de los otros regímenes comunistas, los cuales resultarían tan sólo en una mala aplicación de sus teorías. Esta es la opinión de los que tienen un conocimiento bastante limitado y superficial de los textos de Marx o lo conocen apenas de oír hablar (noventa por ciento de los marxistas). Lenin no era uno de esos, conocía bastante bien a Marx y, como se sabe, no era capaz de dar un paso sin pedirle su bendición y es en el volumen inacabado de EL CAPITAL, en el capítulo denominado Teoría de la Gran Valía, que él probablemente encontró la página más apta para darle sustentación teórica para su extraña idea de moralidad. Dice así:

“El criminal produce crímenes. Si miramos más de cerca las relaciones que existen entre este ramos de producción y la sociedad en su conjunto, ultrapasaremos muchos prejuicios. El criminal no crea crímenes; lo que él crea es el derecho penal. (…) más: El criminal crea todo el aparato policial y jurídico – policías, jueces, verdugos, jurados, etc. – y estas diferentes profesiones que constituyen igual número de categorías en la división social del trabajo, desarrollan diferentes facultades de espíritu humano y crean al mismo tiempo nuevas necesidades y nuevos medios de satisfacerlas.

El criminal crea una sensación que tiene de moral y de trágico y, al hacerlo, ofrece un “servicio” que moviliza los sentimientos Morales y estéticos del público. No crea apenas tratados de derecho penal; crea igualmente, arte, literatura, o sea, tragedias, siendo testigos de esto no solo La Faute, de Müllner, y Les Brigands, de Schiller. Pero también Édipo y Ricardo II. El criminal quiebra la monotonía y la seguridad cotidiana de la vida burguesa, poniéndola así, al abrigo de la estagnación y suscitando la interminable tensión y agitación sin la cual el estímulo de la propia concurrencia se debilitaría. Estimula así, las fuerzas productivas. (…)

Descubriendo incesantemente nuevas formas de dirigirse contra la propiedad, el crimen hace nacer constantemente nuevos medios para defenderla, de tal forma que el criminal da a la mecanización un impulso tan productivo como aquel que resulta de las huelgas. Lejos del dominio del crimen privado, ¿El mercado había nacido se no hubiese crímenes nacionales? Y después de Adán, ¿El árbol del pecado no correspondería simultáneamente al árbol del saber?

Más de lo que la supuesta utilidad del crimen, estas líneas demuestran el poder que una argumentación hábilmente construida posee para vestir a las ideas más torpes con una apariencia de normalidad y lógica. Demuestran también el notable talento que Marx tenía para esto, lo que puede explicar parcialmente, la radicalización fanática de los grupos clandestinos marxistas. Los que se inclinan a dudar que Marx haya defendido en serio esta tesis cínica, necesitan apenas para desilusionarse, compararla con el texto del Manifiesto del Partido Comunista, en el cual Marx en tres ocasiones afirma que la toma del poder por el proletariado tendrá que ser violenta, o aún, con el tenor del trecho de un discurso por él dirigido a los cartistas ingleses en 1856, en el cual menciona la existencia de un tribunal secreto en Alemania medieval cuyo objetivo era…

“… vengar las iniqüidades de las clases dominantes. Cuando se veía una cruz roja apuntando una casa, todos sabían que su dueño había sido condenado por el tribunal. Todas las casas de Europa están marcadas ahora por la misteriosa cruz roja. La historia es el juez. Su verdugo es el proletariado”.

Una retórica semejante fue usada también en un discurso proferido por Marx en la Liga de los Comunistas en Abril de 1850:

“…Lejos de oponernos a los llamados excesos, la venganza del pueblo fue dirigida a individuos odiados y a ataques populares a edificios asociados a recuerdos odiosos, debemos no solo tolerar tales cosas como también asumir la iniciativa de ellas”.

Comentando este trecho, el historiador Edmund Wilson afirma que “es una deformación, minimizar el elemento sádico de los escritores de Marx”. En realidad, se muestra una semejante fijación por el elemento de violencia en su propia producción teórica. Se sabe por ejemplo, del papel desempeñado por la violencia en la concepción marxista de la historia. “la historia de las sociedades hasta ahora han sido de lucha de clases”, dice el Manifiesto del Partido Comunista. A los ojos del filósofo, el desarrollo de la civilización aparece como una secuencia ininterrumpida de robos, extorsiones, expoliaciones, latrocinios y dominaciones.

Es cierto que la violencia y la dominación formaron parte de la historia humana, pero transformarlas en el único fundamento de la interpretación de la Historia, revela una tendencia patológica del pensamiento de Marx, la tendencia a la depreciación del valor moral y espiritual del ser humano. El arte, la ciencia, la filosofía, la religión, la moral y todas las formas culturales en las cuales el hombre proyecta sus ideas son, para Marx, apenas el reflejo distorsionado e ilusorio de la única realidad que él reconoce: el modo de producción económico y la lucha de clases asociada a este. El primero es la forma por la cual el hombre domina la naturaleza, sometiéndola a su voluntad, violentamente; la segunda es la forma por la cual el hombre domina otros hombres. Así, el análisis marxista reduce toda realidad humana hacia aquel fondo violento de la lucha por la sobrevivencia y por la dominación. Se diría que tales ideas resultan del espíritu conflictivo, inquieto y marcadamente iracundo de Marx, que se refleja en su obra, a través de la cual pudo atormentar durante setenta años a la humildad y atrasarla espiritualmente.

Influencia del darwinismo

"El capital", la 'biblia' de los marxistas

“El capital”, la ‘biblia’ de los marxistas

Estas características del pensamiento de Marx evidentemente lo aproximan de Darwin, y no es de hoy que se descubrió la importancia del biólogo para el protector del comunismo. El mismo Engels reconoce implícitamente esa afinidad de pensamiento cuando afirma en el discurso que profirió por ocasión del entierro de Marx que, “… así como Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana…”.

Marx, que criticó tanta gente con ferocidad, elogia Darwin por haber demostrado que la naturaleza también tiene una historia. Y hizo esto porque él mismo había utilizado el modelo darwinista de historia natural para explicar la historia de los hombres. Como se sabe, este modelo se basa en la teoría de la selección natural, según a cual, los especímenes más fuertes genéticamente y más aptos consiguen determinar el futuro de las nuevas generaciones, derrotando los menos aptos en la lucha por la sobrevivencia. Basta tomar este modelo y sustituir los especímenes por clases sociales (o sea, la lucha entre los especímenes por la lucha de clases) y la genética por a economía (sustituir las mutaciones genéticas por las mutaciones económicas y el patrimonio genético de los más fuertes por el patrimonio económico de las clases dominantes) para que se tenga un esquema de la esencia del concepto marxista en relación a la historia.

A los marxistas les agradaba criticar al llamado “darwinismo social”, el que dio origen a las concepciones fascistas de la historia, y también les agradaba decir que el método de Marx se basaba en la dialéctica de Hegel. Que leían en ese entonces, el prefacio a la primera edición de El Capital, donde el propio Marx define su método como un intento de comprender el desarrollo económico de la sociedad, como un proceso de la historia natural, sin que sea dicha ninguna palabra sobre “dialéctica”. Pero, ¿qué era lo que pensaba al hablar de historia natural? Esto queda claro cuando se descubre que su primera intención era dedicar la no a Hegel, sino a Charles Darwin.

Vínculos peligrosos con el Antiguo Testamento

No obstante, para comprender la omnipresencia de la violência y del crimen en las tesis marxistas, talvez sea necesario remontarnos a un darwinismo más antiguo, al proto-darwinismo implícito en el Antiguo Testamento, cuyo estudio y lectura seguramente deben haber llenado un considerable espacio de la infancia de Marx. El filósofo había nacido en una familia apiñada de rabinos tanto por parte de la madre como por parte del padre, de entre los cuales se contaba el abuelo paterno y un tío. Entonces es posible imaginas el bombardeo teológico explícito y subliminal al que estuvo sometido y justamente es una edad en la cual no tenía medios de defenderse. Talvez, inclusive, el ateísmo profesado por Marx pueda explicarse como una reacción a esta opresiva súper exposición, reacción esta que, no obstante, no se habría podido borrar de la profunda impresión que aquellas narrativas ancestrales podrían haber quedado guardadas en el entendimiento infante, con lo terrible al mezclarse con lo grandioso y con su moralidad, por decir lo mínimo, confusa. Es esta la herencia metafísica adquirida en la infancia que, recalcada durante décadas de materialismo, retorna en la producción teórica de Marx y a veces en variaciones perversas.

Algunos de los defectos de esta inesperada influencia son conocidos: El proletariado sería el sustituto materialista y sociológico del pueblo elegido y Marx, una especie de nuevo Moisés (es decir, este era realmente uno de sus pré-nombre) que, sustituyendo el cayado por la bayoneta ensangrentada, guiaría al pueblo a la Tierra Prometida de la Sociedad Sin Clases. Como Moisés, Marx no llegó a pisar en la Tierra Prometida. Es más, ni sus seguidores, al contrario de lo que ocurro en la narrativa bíblica.

En otra interpretación, la imagen idílica que Marx hace del llamado comunismos primitivo de las primeras sociedades humanas, aparece como el paraíso perdido del Edén, cuya reconquista sería liderada por el filósofo vestido ahora, de (falso) Moisés. Sin embargo, en vez del paraíso que los padre y rabinos mencionan para ganar el fervor del público, el miraje de Marx se situaba en la Tierra y no en el Cielo, morir no sería más necesario para disfrutarlo, y esto lo dejó considerablemente más atractivo para mucha gente. Sólo que el hombre es expulsado del paraíso que la Tierra efectivamente, es a medida que el capitalismo se expande sin piedad hasta en los más distantes rincones del planeta, desfigurando y manchando la naturaleza para transformarla inexorablemente en mercadería. Y por más extraño que parezca, este régimen debe su estatus de dueño del mundo y señor absoluto de todo, a Marx sobretodo y al comunismo, como veremos en las siguientes líneas.

Sin embargo, retornando a nuestro tema nos preguntamos: ¿qué dice el Antiguo Testamento al respecto del origen de la sociedad y de la civilización? Simplemente, que ambas resultan de un crimen, nombradamente del fratricidio de Caín. Al matar a Abel, Caín se vuelve, según la alegoría del Génesis, en el único heredero del mundo, el precursor y el patriarca de la humanidad. La civilización y todas sus obras, el hombre y todas sus realizaciones, anhelos y pensamientos, todo eso derivará apenas del crimen de Caín y cargaría su estigma consecuentemente. Es bajo este signo que Marx ve roda la historia humana desarrollarse, motivo por el cual apenas consigue concebirla como una secuencia infame de violencias. Esta postura muestra al hombre como un ser naturalmente pervertido, incestuoso, homicida e impotente delante de sus debilidades. El precursor de la psicoanálisis afirmó durante una conferencia proferida en Viena el 16 de febrero de 1915, que: “Todos nosotros nacemos de un largo linaje de asesinos” (In: Nous et la mort). El estrago que el veneno de las ideas de Marx ocasionaron en el plan político social sólo se comprara al provocado en el campo de la psicología por este su contemporáneo, cuyas ideas solaparon los valores del mundo occidental del siglo XX, emplazando a las personas a encarar al hombre como un ser que no se regenera.

Teoria del mal necesario

En la narrativa de Caín, se contiene la equivocada concepción ética de la justificación de los medios a través de los fines y de que eventualmente, el propio crimen puede ser útil al progreso humano: Caín mató Abel, pero dio inicio a la civilización y talvez, se podría pensar de que no estaríamos aquí si hubiera sido otro el que iniciase esta generación. Marx apunta de manera semejante los robos y violencias endosadas por las clases dominantes a las clases dominadas en cada fase de la historia humana, pero al mismo tiempo, se les considera como etapas históricas necesarias para el camino que conduce al comunismo. Esto es lo que hace ambigua e improcedente la virulencia con que Marx denuncia los crímenes del capitalismo. Él describe los horrores del modo de producción capitalista con los colores más sombríos y de la forma más cruda (a pesar de haber pasado su existencia encerrado en un gabinete sin ningún contacto directo con la rutina de los obreros): el aspecto succionador de la gran industria y de las altas finanzas, la esclavitud del hombre al trabajo mecánico, el uso de mano de obra infantil, la deshumana jornada de trabajo… pero, al mismo tiempo, afirma que el capitalismo crea condiciones de existencia al comunismo, e que es una etapa por la que necesariamente tiene que pasar para llegar en fin a la sociedad sin clases. Más aún: el comunismo sólo podrá surgir cuando las contradicciones del sistema capitalista hayan alcanzado su máximo grado, pues sólo así la revolución “redentora” se habrá vuelto inevitable. Y entonces, ¿deberíamos considerar los crímenes del capitalismo como… útiles? Y ¿en este sentido como bueno? ¿Algo puede ser condenable y necesario al mismo tiempo?

Es posible que esta paradoja ética Le haya sacado el sueño a muchos marxistas. Pero hay una más grande y más grave, porque no se limita al campo de la teoría: ¿Cómo es posible que una doctrina que denuncia la violencia y dice buscar su supresión, echar mano a la propia violencia como medio de alcanzar sus objetivos? ¿la fraternidad puede surgir de la discordia? Y ¿la paz del crimen?

Es evidente que no, y las conocidas aventuras soviéticas del marxismo son la prueba más espectacular de esto. Esperemos que hayas sido las últimas.

El hombre como animal

El lema preferido de Marx, era una antigua sentencia latina: nada de humano me es extraño. En el mismo acto de repetir esta frase, Marx daba prueba cabal de lo contrario. Pues en lo que respecta al conocimiento del ser humano vale aquel otro dicho, menos elegante, pero cierto: quien sabe se calla, quien no sabe habla. Y, de hecho ¿que es lo que él sabía sobre el ser humano? Conocía bien la historia de la filosofía en general, y especialmente Hegel y Epicuro, sobre quien escribió una tesis de doctorado. Leía grirgo y latín; era versado en temas de economía, conocía los economistas clásicos y la historia de la industrialización en Inglaterra. Escribió sobre la revolución Francesa y sobre la guerra Franco Prusiana. Mas sobre el ser humano era un completo ignorante.

Las propias teorías de Marx en relación al hombre, atestiguan esta ignorancia, pues en este punto también se manifiesta su herencia darwinista. Marx debe a Darwin no apenas la selección natural como también la Idea de que el hombre es, en último análisis, un animal; hablante, pero animal.

Para Marx, el atributo de humanidad no es inherente al ser humano, no pertenece a su esencia, pero es adquirido históricamente a medida que él desarrolla los medios de producción económicos, esto es, a medida que él modifica el ambiente en que vive y somete a la naturaleza a su dominio. Así, a su ver, el hombre primitivo que no domina la naturaleza y que aún es dominado por ella, no se distingue claramente de los animales:

“La Conciencia, naturalmente, comienza por ser apenas conciencia acerca del ambiente sensible inmediato… es, al mismo tiempo, conciencia de la naturaleza, la cual, a principio se opone a los hombres como un poder totalmente extraño, todopoderoso e inatacable, como el cual los hombres se relacionan de un modo netamente animal y por el cual se dejan atemorizar como animales y, por lo tanto, una conciencia puramente animal de la naturaleza (religión natural)… este comienzo es tan animal como la propia vida social de esta fase, es una mera conciencia de horda, el hombre apenas se distingue del carnero por el hecho de que su conciencia a veces es su instinto o viceversa”.

Es fácil percibir el estrago que tal concepción de la naturaleza humana provoca en la autocomprensión del hombre, especialmente en lo que respecta a su moralidad. Si el hombre se cree un animal, se puede dar el derecho de actuar como tal, cometiendo toda suerte de desatinos, o sea, de actitudes desequilibradas e inconcientes. Bajo tal óptica, se vuelve imposible admitir que el ser humano sea capaz de poseer o buscar valores que trasciendan esta esfera estrecha. Sin embargo, son estos valores olvidados y no la lucha de clases o la dominación, que pueden salvar a la civilización del atraso moral y espiritual.

Aversión a los campesinos

Imagen de la tumba de Karl Marx en el cementerio de Highgate de Londres.

Imagen de la tumba de Karl Marx en el cementerio de Highgate de Londres.

Esta forma de concebir al hombre y a la naturaleza lleva a Marx, ya en sus primeros escritos, a una posición claramente prejuiciosa en relación al sector agrario de la economía y al campesinado en general, una vez que ambos representarían un estado inferior del desarrollo de las fuerzas productivas y estarían todavía demasiado sumisos con la naturaleza, al contrario de dominarla. Kostas Papaioannou, filósofo griego y crítico de Marx, comenta este extraño trazo del pensamiento marxista, capaz de hacer temblar a las bases teóricas de los movimientos agrarios de cuño socialista de la siguiente forma:

“El único trabajo que Marx conoce y reconoce es el trabajo industrial, mediante el cual, el hombre se rebela real y eficazmente contra la naturaleza. Por ejemplo, el campesino no participa de la dignidad del trabajador concebida por el joven Marx. Él, que elogio a la burguesía por haber reducido el número de campesinos y haber ‘libertado a una gran parte de la población del cretinismo rural’, sólo sentía desprecio por el campesino. ‘jeroglífico inexplicable para cualquier espíritu civilizado’, representantes de ‘la barbarie en el propio seno de la civilización’, los campesinos para él no son verdaderos trabajadores, sino animales sometidos a la naturaleza”.

De esta forma, para Marx, la relación hombre-naturaleza es necesariamente de antagonismo: o se domina o se es dominado. La tercera posibilidad simplemente, él no conseguía concebir: de que el hombre viva en harmonía con la naturaleza, disfrutando de lo que esta ofrece, sin violarla, conociendo y respetando sus límites, sus ciclos y necesidades. Si Marx piensa que el hombre necesita comportarse delante de la naturaleza ya sea como un animal atemorizado por el trueno, ya sea como un general conquistador en el frente de batalla, es porque no consigue verlo como parte de la naturaleza, como una parte de esta que llegó a la conciencia, de la cual él habla tanto sin que tenga la mínima noción de lo que sea. Es incapaz de concebir la posibilidad del sentimiento de comunión con la naturaleza, de la percepción de que algo en nosotros está vinculado a todo lo que vive en la Tierra, y también a los ríos y a las estrellas. Este sublime sentimiento, tan humano y humanizante, encontrado inclusive entre los aborígenes “incivilizados”, entre los artistas, los místicos, campesinos, científicos, filósofos (sí, incluso entre ellos) y hombres comunes, desde que estén dotados de sensibilidad; este sentimiento no pudo ser concebido por Marx a pesar de toda su erudición. Y decía que nada de humano le era extraño.

¿Mudar la sociedad sin mudar al hombre?

En el hombre hay muchas cosas más de las que soñó la vana filosofía marxista. Él es demasiado vasto para caber en el intelecto de Karl Marx, o en cualquier otro. Por haber concebido al hombre de manera tan estrecha, Marx llegó a pensar que sería posible transformarlo a través de los cambios de la estructura económica de la sociedad.

El hombre del capitalismo es malo e injusto, meditaba él, pero el del comunismo será bueno y justo (y hoy en día los marxistas bohemios afirman que el comunismo “no salió bien porque los hombres que quisieron colocar en práctica la doctrina de Marx, no era buenos”…); sólo después de que la sociedad sea transformada el hombre podrá transformarse.

¿Se percibe el contenido absurdo de esta idea? Entonces, deberíamos preguntarnos: ¿por qué el mundo llegó a ser tan injusto y violento con él? Sin duda, porque en el hombre existen tendencias injustas y violentas, o como dice el propio Marx: “… aquellas pasiones que al mismo tiempo son las más violentas, las más viles y las más abominables de lo que el corazón humano es capaz: las furias del interés personal”. 12 Supongamos entonces que la sociedad sea efectivamente “transformada” por la revolución, sin que antes el hombre se haya transformado. ¿qué impedirá que aquellas mismas tendencias se manifiesten nuevamente y de forma aún más intensa, ya que habrían sido excitadas por la ira y por la venganza? ¿Cuánto tiempo será necesario para que la envidia, el despilfarro, la avaricia y otras manifestaciones malignas transformen el paraíso artificial en um nuevo infierno real aún peor que el anterior? ¿qué es lo que Rusia nos enseña sobre esto? Entonces, ¿No será mejor comenzar a cambiar al hombre?

Marx, que raciocinaba con tanto rigor y que insistía siempre en la idea de que la sociedad era producto de la actividad humana, no atendió para esas cuestiones. Cambiemos la sociedad – gritaba. ¿el hombre? ¡Eso se ve después!

Contradicciones entre vida y doctrina

La verdad es que el hombre no se transforma por decreto o por coerción estatal y policial a menos que se quiera apenas un aparente cambio y cambiar apenas aparentemente es armar una bomba de tiempo. Para que el cambio sea verdadero, este tiene que partir del propio individuo en un proceso en el que él necesita enfrentar y vencer a sí mismo. Estamos hablando aquí de una transformación existencial profunda y de alcance espiritual y que, como tal, requiere una orientación adecuada. Esta orientación, entre tanto, no puede ser ofrecida por ninguna doctrina política. Heme aquí la dura realidad.

De esto se concluye que, antes de querer cambiar el mundo, Karl Marx debería intentar cambiar Karl Marx. Frente a esta conclusión ciertamente él respondería como lo hacen todos los revolucionarios: ¡pero el mundo es tan injusto! Y yo soy tan buena persona…

En realidad, todo indica que él creía más fácil cambiar el exterior que el interior. Más fácil combatir el Capital con todo su poderío y sus ejércitos que enfrentar a sí mismo. Esto explica la notable incongruencia entre sus discursos y su vida.

El paladín de la causa proletaria llevaba una vida que ningún proletario podría haber soñado vivir. Permanecía prácticamente encerrado en su gabinete o en las bibliotecas de Londres y Berlín, leyendo, escribiendo, preparando y memorizando discursos sobre las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, las cuales conocía apenas a través de informes. Adoptó el símbolo de la hoz y el martillo, pero es probable que no supiera diferenciar uno de otro.

Para escribir con tranquilidad sobre la producción del capital, Marx simplemente se negó a producir, él mismo, cualquier capital.

Por este motivo, nunca fue capaz de conversar por mucho tiempo una fuente de renta propia, como inclusive convendría a alguien que tiene una familia y quiere mantener alguna independencia. De hecho, fue el matrimonio que lo salvó del destino de los desempleados por algún tiempo. Casado con Jenny Von Westphalen, hija del Barón Ludwig Von Westphalen, Marx redujo a cero la dote de la esposa a fin de mantener y publicar algunos de sus escritos. Así es que, el intelectual que tanto atacó la aristocracia no halló ningún problema en ser subsidiado con su dinero. Tampoco halló problema en aceptar dinero provenido de la “explotación del trabajador asalariado”: después de que Jenny había vendido los últimos objetos de plata, la familia tuvo que ser mantenida por las actividades industriales de Engels, pues el “trabajo” de Marx no podía ser interrumpido. Así, Engels extraía la máxima valía de sus empleados y enviaba dinero a Marx para que este denunciara la máxima valía. Tal soporte económico concedido por el amigo se extendió por toda la vida.

Muchas veces las remesas no eran suficientes y los Marx pasaban grandes apuros. Ni siquiera las herencias que él recibió de su padre y posteriormente, de su madre, sirvieron para aliviar su situación financiera. La parte que le competía de la herencia materna él ya la había recibido anticipadamente a través de un tío. Las deudas se acumulaban a tal punto que los oficiales de justicia se llevaban los muebles por el incumplimiento del pago, obligando a que parte de la familia usara el suelo como cama. Y ni por eso el jefe de la casa se decidía a ir a la lucha.

Alcohólico y fumador inveterado, no se sentía dispuesto a enfrentar la jornada del día a día, aunque pudiese trabajar como periodista. Es por eso y por otras faltas, que su mujer lo abandonó dos veces, pero regresó a casa en las dos ocasiones. Marx se había empecinado con que tenía que salvar el proletariado y esa idea fija lo cegó de sus responsabilidades inmediatas, emplazando a sí mismo y a sus familiares a sufrimientos innecesarios. El conde Tolstoi, de cuya herencia humanista los comunistas se apropiaron indebidamente, adaptando y desfigurando su discurso de acuerdo con sus intenciones, abdicó dos ventajas de la nobleza y fue a arar la tierra como labrador. Mejor sería si Marx hubiese seguido este ejemplo práctico y hubiese conocido en práctica el peso de una azada. Así habría comprendido realmente algo sobre el ser humano y pensaría mejor antes de hablar mal de los campesinos.

La esposa tampoco sabía administrar el dinero. Ella había recibido como “regalo” de su madre una empleada, Helen Demuth (más conocida como Lenchen), que hacía todo el trabajo de la casa y aún cuidaba de las finanzas de la familia, pero que nunca recibió un centavo por sus utilidades desde 1845 hasta el día de su muerte en 1890. en 1850 ella paso a ser la amante de Marx y tuvo un hijo ilegítimo con él, Freddy, que él nunca reconoció y que fue criado por una familia de obreros. Las omisiones del jede de familia en relación al trabajo provocaron la muerte de tres de sus hijos por desnutrición. Entonces le restaron tres hijas, a las cuales les negó educación y carrera a pesar de que eran inteligentes. Su hija favorita Eleonora, casada con el escritor político y radical Edward Aveling, que era satanista, cometió suicidio en 1898. En 1911 su hija Laura y su marido se suicidaron juntos. Su hija Jenny murió en 1882 un poco antes que él.

Según el escritor Paul Johnson, en su obra Intellectuals, había algo en el temperamento de Marx que no entraba en choque con las ideas expresadas en su obra; por el contrario, parecía ser el origen de ellas: su temperamento violento, autoritario y peleón, motivo por el cual casi fue expulsado de una universidad. Ya en su mocedad, cuando contaba con veinte años aproximadamente, evidenciaba este fuerte trazo de su carácter a través de sus poemas, que presentaban dos temas principales: Su amor por Jenny y la destrucción del mundo. Johnson afirma que “dos de estos poemas fueron publicado en el Athenaeum (Berlín 1841) bajo el título de Canciones Salvajes, donde, además de la salvajería. Él mostraba un pesimismo intensa en relación a la condición humana, fascinado por la violencia, pactos suicidas, pactos con el diablo”. Y que “el odio, la violencia y la visión apocalíptica de una catástrofe inminente del sistema social perneaban toda su obra.

Sin embargo, el coraje no era su fuerte, ya que se envolvía en conflictos y duelos y después se rehusaba cobardemente a batirse en duelo, incitando a sus asistentes a hacerlo. Uno de ellos, Konrad Schramm, batió duelo en su lugar, sin nunca haber usado una pistola y salió herido. Otro asistente, Gustav Techow asesinó por lo menos otro revolucionario rival de Marx y fue ahorcado por el asesinato de un policía.

La solidaridad tampoco era su fuerte. La mayor evidencia de este respecto fue su relación con Engels. El amigo se constituyó durante más de veinticinco años en el soporte financiero de la familia Marx, habiéndolo entregado más de la mitad de su renta total.

Sin embargo, el jefe de la casa no sólo se mostró grato como aún se acomodó a esa situación, olvidándose de los bríos y acostumbrándose a pedirle préstamos financieros, los cuales, en realidad nunca fueron reembolsados. Cuando la compañera de Engels falleció, este se encontraba desolado, pero Marx no se mostró capaz de expresar cualquier sentimiento de pesar por este hecho; al contrario, le envió una carta comunicándole que esta al tanto del hecho y, en seguida, yendo directo al asunto que le interesaba: El envío de una nueva remesa de dinero. El historiador Edmund Wilson comenta la correspondencia intercambiada por ellos a despecho del asunto:

“En el día siete de enero de 1863, la amante de Engels, Mary Bums, murió súbitamente de apoplejía. ‘No puedo siquiera exprimir lo que siento’, escribió Engels a Marx en una nota corta: ‘La pobre muchacha me amaba de todo corazón’. En su respuesta Marx se limito a comentar que la noticia le ‘sorprendió y chocó’, que Mary era ‘simpática, espirituosa y dedicada’, en seguida discurrió largamente sobre la miseria en que vivía, quejándose de la dificultad de obtener un préstamo en Londres (…) Engels sólo respondió el día trece a la carta que Marx le escribiera en el día ocho y en los siguientes términos: ‘Estimado Marx: ciertamente has de comprender que la desgracia que me acometió y su fría actitud en relación a esta me impidieron responderle antes. Todos mis amigos e incluso simples conocidos filisteos, supieron manifestar, en la que no podía sino avalarme profundamente, más solidaridad y amistad de lo que yo esperaba. Tu aprovechaste la oportunidad para demostrar tu manera orgullosa de encarar las cosas con frialdad’. (…) diez días más tarde Marx le responde, pidiéndole disculpas y diciéndole que se había arrepentido de la carta apenas la envió, pero que ‘bajo tales circunstancias yo no consigo recorrer a otra cosa a no ser el cinismo’. Y su falta de tacto y sentimiento es de tal forma que él se extiende por páginas y páginas quejándose de su situación y dando más o menos a encender que la carta salió como salió por la presión impuesta por su mujer”.

Este episodio causó en Engels una profunda indignación contra Marx y, a partir de ese entonces, la relación de los dos nunca más fue la misma. Engles fue según Johnson, la tercera gran víctima explotada financieramente por Marx; la primera fue la familia de la esposa y la segunda sus propios padres.

Un contemporáneo suyo, el anarquista Michael Bakunin, declaró a su respecto: “Si su corazón fuese tan fuerte como su intelecto yo lo seguiría a través del fuego. Pero le falta nobleza de espíritu. Estoy convencido de que una peligrosa ambición personal devoró todo lo que había de bueno en él. La adquisición de poder personal es el objetivo de todas sus acciones.

El triste saldo negativo

De todos estos conflictos y sufrimientos hubiesen resultado en algún bien para la humanidad, por lo menos tendrían algún sentido. Pero ¿qué es lo que Marx consiguió? Su doctrina no generó un mundo de fortuna y concordia y sí miseria, además del terror del régimen que más crímenes cometió en la historia. No generó la libertad, sino la opresión del individuo por el Estado absoluto; donde no importa lo que haya sido implantado, el Estado comunista se transformó en un insoportable y odioso monstruo de fierro controlador y patrullador de la vida individual, de las actividades y pensamientos humanos, como si no debiese servir a los hombres y sí ser servido y adorado por ellos. Marx creía que, siendo el Estado un instrumento de dominación al servicio de la clase privilegiada, debería desaparecer con la supresión de las clases sociales. Pero (¡cosa extraña!), precisamente resultó en lo opuesto: ¡el estado se fortaleció más allá de toda medida! ¿algo había salido mal? O ¿esto será la tal “dialéctica”?

Por otro lado, a final de cuentas, ni siquiera arañó el poderío de su archi enemigo. Por el contrario: el capitalismo nunca fue tan pujante. Y la causa de su radicalización y omnipotencia actuales fue sin duda la guerra fría. No fuese el pretexto de combatir la terrible amenaza comunista, el capitalismo no habría podido sembrar de forma tan eficaz por todo el mundo la creencia ideológica de que es la única forma posible de organización humana. Otro factor de la radicalización capitalista fue que el marxismo haya obstaculizado enormemente el diálogo entre las clases.

No hay nada de errado en organizar a los trabajadores, pero la predicación de la lucha de clases creó artificialmente un foso ideológico prácticamente insuperable entre empleados y patrones, predisponiendo ambos lados a la animosidad y a la desconfianza. Talvez si Marx no hubiese escrito ninguna línea, el capitalismo ya hubiera evolucionado para una forma más humana de convivencia, o habría sido superado. Y la previsible falencia del comunismo sirve aún como argumento complementar a las mentiras de los ideólogos del capitalismo. Hoy, que los comunistas no asustan más ni la Liga de las Señoras Católicas, estos mismo ideólogos se entregan al ridículo de citar Marx, ya sea para darse aires de “humanistas” o ya sea para resaltar, por el contraste, el valor de sus propias teorías.

¿Y el proletariado? ¿Qué es lo que Marx hizo por él? Nada además de acrecentar a su miseria material la miseria espiritual del resentimiento, de la revuelta y del rencor, que son apenas el otro lado de la ganancia y la avaricia capitalista, la imagen de las pasiones capitalistas reflejadas en un espejo, lo que muestra que ambos sistemas no son tan opuestos así. Son apenas manifestaciones de las mismas tendencias no humanas, cuyo combate Marx quiso postergar para después de la revolución y que no consiguió combatir en sí mismo.

Los Dos Demonios: La verdadera historia del comunismo y del capitalismo

Demonio-Comunismo: Yo poseo la bomba atómica, puedo imponer el régimen capaz de destruir el don de los hombres que más me irrita.

Demonio- Capitalismo: Consta en los evangelio que nosotros, los demonios, somos los padres de la mentira y, por eso, no sé si debo creer en lo que dices. Talvez estés inventando una más de tus mentiras. Entre tanto, no puedo comprender tus palabras cuando afirmas pretender destruir el don de los hombres que más te irrita. ¿Qué don es ese?

Demonio-Comunismo: ¿No te das cuenta? Hablo del don de la libertad. La libertad de los hombres les permite escapar de mi imperio. Sin embargo, son tantos los desatinos que cometen en nombre de ella que muchos de los que izan su bandera acaban caminando para mí a ciegas. Lo mejor, pues, es precipitar esa marcha por la violencia y hacerlos esclavos de una vez.

Demonio-Capitalismo: Eres un demonio muy tonto con esa tu camisa de obrero. No puedes comprender mi filosofía de diablo rico, vestido elegantemente en medio a las personas finas. Pues la libertad es justamente el poder que los hombres poseen de transgredir as leyes morales. Si no fuese la libertad, ¿cómo podría yo alcanzar éxito en las tentaciones que sutilmente insinúo a los hombres, conduciéndolos al camino de la perdición?

Demonio-Comunismo: Más tonto eres tú, pues no ves que ese camino lleva a los hombres al reino que presido. Juzgas trabajar para ti, pero en realidad, trabajas para mí.

Demonio-Capitalismo: Trabajo para la Civilización Occidental Capitalista.

Demonio-Comunismo: y ¿Qué es la Civilización Occidental Capitalista?

Demonio-Capitalismo: Es algo como una cosa que existe sin existir.

Demonio-Comunismo: Y ¿trabajas para una cosa que existe y no existe al mismo tiempo?

Demonio-Capitalismo: Trabajo por lo que no tiene sentido.

Demonio-Comunismo: Si no tiene sentido. ¿Para qué sirve?

Demonio-Capitalismo: Sirve únicamente para que mi propio sentido prevalezca.

Demonio-Comunismo: Pues no veo sentido en tu sentido. No te defines, como yo, abiertamente. Las cosas que hago se dirigen a un fin: la destrucción del hombre, su transformación en una pieza mecánica, su degradación total. Bien sabes que desde el principio, cuando el demonio Luzbel nos alistó para la grand revuelta, cuyos episodios el escritor Milton describe con tanta elocuencia, el motivo principal de nuestra indisciplina fue el galardón que Dios otorgó a los hombres de que sean racionales y libres y, de cierta forma, superiores a los ángeles, porque en su naturaleza se debería operar el milagro de la Sagrada Alianza. Esta guerra, anterior a la creación del mundo visible y tangible, continúa hasta el día de hoy. Todo nuestro empeño debe estar en despojar a los hombres de su dignidad y de su humanidad, reduciéndolos a condiciones de simples animales.

Demonio-Capitalismo: Trabajas contra ti mismo, o mejor, juzgas trabajar por la esclavitud de los hombres, pero al mismo tiempo creas condiciones para que en ellos se despierte la razón. Porque, es justamente cuando el hombre se ve desvinculado de todos los bienes de la tierra y se siente humillado, ofendido, aplastado por el sufrimiento e impotente para hacer uso de la libertad, es que él se acuerda de lo que es, de dónde vino y para dónde va. Entonces, bajo el peso del dolor, el hombre renace. Y cuando esto pasa, él se escapa de tu dominio y del mío. Al contrario de ti, que impones el materialismo ateo, que creas el mito del colectivismo, que reduces a las personas a individuos y el individuo a nada, para que de la nada resurja la imagen auténtica del hombre, yo hice erguir en el puerto de Nueva York la estatua de la libertad y a la estatua le dí una interpretación en cuya amplitud traigo a los hombres esclavos de sí mismos. Tú construyes a los hombres, yo soy quien los destruye. En tu esclavitud hay un canto de esperanza, pero en mi libertad sólo hay una marcha fúnebre que persiste.

Demonio-Comunismo: Así dices, pero lo cierro es que, conforme ya te lo dije, trabajas para mí.

Demonio-Capitalismo: ¡Jamás! Te considero el peor de los adversarios, porque eres um traidor de Luzbel. Despiertas al hombre en el hombre. En cuanto a mi, hago que los entes humanos adormezcan. No es difícil para mí conseguirlo: me basta con enseñarles a cantar y danzar “rock” y otros ritmos frenéticos y hacer sonar la Trompeta de la Declaración de los Derechos por todos los cuadrantes, soplada en con toda fuerza en 1789 en Francia, en la Revolución Francesa. Subvertí todos los valores morales en el mundo de la inteligencia y de la sensibilidad mientras que los comerciantes, industriales, banqueros y políticos iban perdiendo, día a día, el criterio del bien y el mal. Engendré todas las formas de diversión y de placeres, desde las discotecas con sus músicas pops y los strep teases, hasta las famosas “casas de masaje” y los salones de baile, que se multiplicaron por el globo terrestre con luces oscuras y de colores bajo las cuales, prostitutas y mujeres casadas se encuentran en una promiscuidad ultramoderna. Encendí la pasión del juego, haciendo cantar a las ruletas y graznar las espátulas que arrecadan las fichas. Hice cartas de barajo, de cartón y plástico. Transformé el arte de la equitación en juegos desenfrenados. Desorienté el cine y el teatro a tal suerte de volverlos instrumentos de degradación humana. Por fin, contaminé todos los noticiarios, las revistas de TV y hasta los dibujos animados, con esto voy dejando multitudes imbéciles. Si nuestro fin es llevar a las almas al infierno, habrás de concordar que quien trabaja honestamente para Luzbel soy yo y no tú…

Demonio-Comunismo: Piensas que trabajas para ti, pero insisto en que, en realidad es para mí para quien trabajas. Si animalizas a los hombres y a las mujeres, no haces más que preparar mi adviento, mi victoria. El hombre sólo se esclaviza a mi imperio después de haberse convertido en esclavo de si mismo. El hombre conciente y despierto reacciona contra mí. Por consiguiente, todo tu esfuerzo redunda en mi beneficio. Pero te olvidaste de mencionar tu ciencia. Fue esta creación tuya que me facultó los medios de fabricar la bomba atómica, y la de hidrógeno, y la de neutrones…

Demonio-Capitalismo: Inventé las bombas para impedir que dominases esta parte del mundo donde ejerzo mi poder. Reconozco que eres violento, ¡oh! demonio de la estepa, diablo glacial ártico, espíritu rojo de más allá de los Urales, y que paseas hace siglos por Asia ahorcando, degollando, incendiando, oprimiendo… y, siendo tú violento, sólo por la violencia podrás ser dominado. Entonces, les ordené a mis científicos que se sumergieran cual buceadores hasta las profundidades de la materia y volviesen de allá trayendo en sus manos la fuerza invisible del átomo. Tal descubierta fue un éxito, y al volver, traían consigo este gran tesoro, al que considero mi mayor tesoro. Hice con él las primeras demostraciones en Nagasaki e Hiroshima, como bien sabes. Esto era apenas para que vengas a saber de mi poder. Pero no tengo algún interés en usar esta arma brutal. Sería representar la tragedia en que las almas son salvadas por el sufrimiento y poner fin a la comedia mecanicista montada por mí y que se constituye en la más eficaz forma de manipulación. Quédate tranquilo. Si para ganar tiempo predicas la paz y en seguida te preparas para la guerra, yo, por mí, deseo apenas la paz, la paz prolongada, la paz de los pantanos y de los cementerios donde se pudre el coraje humano, la paz del FMI, la paz de las presiones económicas, las superficialidades y la lascivia, donde no flamea la llama de la vida heroica y ni la del sueño. Que el mundo se decomponga en la paz de la ilusión: es mi deseo.

Demonio-Comunismo: Pero ahora, yo también poseo las bombas apocalípticas. Y esto, debo decirlo, gracias a ti. ¡No te espantes! Mientras tú querías domar la naturaleza y arrancar los recesos de la materia, la fuerza de la que tanto te enorgulleces, yo penetraba en el alma de tus científicos e iba a buscar una fuerza aún mayor: aquella que habita en las almas de los hombres. Me infiltré en tu imperio y conquisté a algunos de tus súbditos con falaces promesas de una existencia mejor y más justa y a los otros, les prometí una vida en que los instintos gozasen de la más plena libertad. Tú mismo me ayudaste a movilizar tales elementos, dándome para los primeros, argumentos de Rousseau, de Diderot, de Helvetius, de Saint Simon, de Fourier, de Ricardo y de Marx; y dándome para los segundos, la lógica agradable de Freud. Todo obra tuya. Y de esa forma, habiendo conquistado la simpatía de tus hombres, es entonces que ellos prontamente me revelaron los secretos de las fórmulas herméticas de la física nuclear. Y hoy puedo decirte, a ti, que eres el demonio del individualismo, del egoísmo, de la comodidad, de las diversiones, de las ambiciones, de los banquetes, de las fiestas y de los bailes, que yo, el demonio del colectivismo, de la brutalidad y del terror, estoy en igualdad de fuerzas contigo. Empatamos. Y en este empate, hay un victorioso: yo. Si no me crees, considera: porque eres el demonio de la desorganización y de la anarquía, del liberalismo sin frenos, del agnosticismo y de la lasitud y llevas al hombre a renunciar al uso de las fuerzas poderosas que habitan en su alma, los que te siguen son incapaces. Hay, de entre ellos, lo que son sublevados y estos me pertenecen. E incluso aquellos de espíritu justo, que rechazan tu imperio pero están interiormente petrificados por el materialismo, habrán de ser conquistados por mí, para que en tu fortaleza vengan a ser verdaderos caballos de Troya. Entonces, como ves, si es verdad que fuiste el primero a echar mano en las grandes armas. Para dominar todo, a mí me bastan las almas, ¡mi triunfo es, pues, inevitable!

Demonio-Capitalismo: Nuestros métodos son diferentes. Sin embargo, deseamos la misma cosa, la victoria de Luzbel. Y tendrás que admitir que, si yo venzo, él será vencedor. Pero si veces tú, él jamás vencerá. El sufrimiento salva a los hombres, los placeres los pierden.

Demonio-Comunismo: viéndote proferir tales palabras, me siento como si estuviese contemplándome en un espejo…

Demonio-Capitalismo: También siento lo mismo yo al contemplarte.

Demonio-Comunismo: Y ¿qué crees que esto pueda significar?

Demonio-Capitalismo: ¿Por ventura, no tú no serías mi propia persona?

Demonio-Comunismo: Sospecho que somos la misma persona. (Los dos demonios se aproximan y se funden en un mismo demonio)

El Demonio: Si, soy yo quien estoy hablando conmigo mismo. Y ahora que soy uno sólo, veo los enigmas deshacerse. Y temo. Temo, porque en las penumbras del siglo, presiento el renacer del gran sol, aquel mismo que hace dos mil años iluminó el mundo romano. ¡Rayos, truenos y centellas! ¿de qué me vale mi vasto arsenal de artimañas, si ya no puedo detener su luz? Nacerá del horizonte del tedio del Occidente y extenderá sus rayos a lo lejos, hasta el recóndito Oriente. Y, en la plenitud del día, habrá seres humanos sobre la tierra.

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Historia

Hispanidad a la española: del Himalaya a Los Andes

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Recuerdo que una de las historias que más me cautivaron en mi niñez y adolescencia fue la que protagonizó el niño italiano de nombre Marco, que emprendió un viaje épico desde Italia hasta América con el fin de encontrar a su madre, que había emigrado a tierras del Nuevo Mundo para trabajar y dar una mejor vida a sus hijos.

La historia tenía como título «Marco: de los Apeninos a los Andes», relato breve incluido por Edmundo de Amicis en su novela «Corazón», editada en 1886.

Si cambiamos los Apeninos por el Himalaya, nos quedaría un título perfecto para explicar con pocas palabras la nauseabunda catarata de mentiras con las que los rojiprogres pretenden destrozar nuestra historia: «Del Himalaya a los Andes». Como se ve, todo se reduce a una simple cuestión orográfica, pues por algo somos el segundo país más montañoso de Europa, de modo que estudiar nuestra historia equivale a hacer un «trekking» ―perdón por el palabro inglés― por cordilleras gigantescas, a hacer escaladas más allá del Naranco de Bulnes, en un juego de la oca que tiene como estribillo «y miento porque me toca».

En efecto, el Himalaya de mentiras por cuyas barrancas se han despeñado generaciones enteras de españoles aborregados hasta la náusea tiene varios ochomiles majestuosos, cumbres negras construidas engaño a engaño, embuste a embuste, leyenda a leyenda. Las falsedades sobre nuestra Historia son de tal magnitud, que, además del Himalaya, el movimiento tectónico causado por las patrañas ha levantado en España incluso un Andes de mentiras, otra cordillera más para atacar la Hispanidad, para manipular la historia patria a conveniencia de la «Sinagoga de Satanás», que nos acosa desde del mismísimo «Big Bang».

Extraña y sorprendente magia luciferina la de los giliputienses progres, que convierten la Reconquista en una aventura imperialista contra una civilización musulmana excelsa, y nos exigen pedir perdón por la conquista de Granada; pasmosa visión de nuestra Patria, que según la patulea de giliignorantes ha sido gobernada por siniestros individuos hijos de Torquemada, genocida macabro que quemó a cientos de miles de inocentes, cuando los documentos históricos demuestran que, en sus 400 años de existencia, solo se le pueden imputar unas 2.000 víctimas, pecata minuta al lado del holocausto que sufrieron los católicos a manos de los protestantes y los anglicanos, cifra que palidece ante las más de 10.000 víctimas católicas ―18.000 si se les suman las matanzas del genocida Lluis Companys― provocadas por el Frente Popular.

Pero a lo que íbamos, después del Everest de la inicua memoria histórica antifranquista, tenemos el espectáculo del famoso Aconcagua andino, que con sus 6960 metros es la mayor cumbre delos hemisferios sur y occidental. Aconcagua de mentiras con las que la ideología izquierdista ha tergiversado la historia dela conquista y colonización de América, magno evento civilizador que, en palabras del papa León XIII, «es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás».

Extraño caso el de España, perpetradora de los más tremendos genocidios de la Humanidad según los lobotomizadores rojos: musulmanes, brujas, protestantes, indígenas, milicianos… Enormes muchedumbres que cayeron bajo nuestra cruel guadaña, que inmisericorde segó vidas inocentes, alcanzando su paroxismo de horror con los indiecitos lindos como corderitos en flor, y con los nobles y puros y pobres milicianitos que curraban por construir el paraíso de las famélicas legiones.

Y así tenemos que los sherpas perrofláuticos del Himalaya de mentiras sobre el franquismo han abierto desde tiempo inmemorial una franquicia en los Andes, la cual ha lavado el cerebro a incontables generaciones presentando la epopeya americana como la madre de todos los genocidios. ¿Por qué será que la patulea comunista, responsable de la muerte de más de 100 millones de personas, se empeña en ver genocidios en nuestras empresas más gloriosas?

Esta mentira cósmica que hace de la Hispanidad la «fiesta del genocidio indígena» resiste contra viento y marea la verdad histórica, archisabida, pero archiolvidada, de que la mortandad indígena no fue causada por mengeles españoles, ya que fue provocada por el hecho de que los españoles transmitieron a los autóctonos unas enfermedades contagiosas para las cuales los indios carecían de defensas ―especialmente la viruela y el sarampión―, enfermedades infecciosas que provocaron entre un 75 y un 95% de la mortandad indígena.

Otras verdades como panes demuestran fehacientemente que los españoles pudieron conquistar esos imperios enormes porque contaron con el apoyo de la gran mayoría de los pueblos que estaban hartos de la opresión totalitaria de esos imperios, la mayoría de los cuales se alimentaban de las torrenteras de sangre de los satánicos sacrificios humanos.

En el año 1521 Andrés Tapia, acompañante de Hernán Cortés, dio testimonio de una torre de cráneos en Tenochtitlán, que pertenecían a hombres mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el imperio azteca. Este siniestro monumento fue descubierto en el 2017, como prueba material de que eran verídicos los testimonios de los cronistas sobre el genocidio que se practicaba en los imperios precolombinos.
Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, afirmaba en una carta datada en 1524 que en todo el imperio azteca se sacrificaban al año más de 72.000 personas, entre ellas 20.000 niños. Para el investigador Mariano Cuevas (1879-1949), esa cifra estaba en torno a los 100.000 sacrificios anuales. En el primer volumen de su «Historia de la Iglesia en México», afirma que Andrés Tapia y Gonzalo de Umbría estimaron en 136.000 calaveras los restos de los sacrificios que hallaron en las vigas y gradas de Mixcoatl. En dicha obra, Cuevas sostiene que el objetivo de las guerras entre los pueblos precolombinos era capturar el mayor número de prisioneros para luego sacrificarlos, ritual que consistía en arrancar el corazón a las víctimas, decapitarlos, y comérselos después. Estas prácticas eran comunes en prácticamente todas las culturas precolombinas. Estos horrendos genocidios cesaron tras la conquista española y, por supuesto, han sido silenciados en los libros de texto.

Para rematar la mentira genocida, es un hecho ya aceptado entre los historiadores que los españoles fuimos los creadores de los Derechos Humanos, cuya ideología se aplicó al trato con los indígenas del Nuevo Mundo, impulsada por la misma Isabel la Católica.

Pero no hace falta ser experto en historia para descubrir que los Andes de mentiras es un burdo intento por manipular la verdad de nuestra historia, ya que basta darse una vuelta por Madrid para desmochar sin cuartel esa cordillera de estafas y engaños.

En efecto, que me digan a mí y a los madrileños que la colonización de América fue un genocidio, cuando nos vemos transportados en un plis-plas a exóticos lugares, en fantásticas excursiones por Macchu-Picchu y alrededores, tal es la calidad indígena del ADN de muchos sudamericanos que pululan por nuestras calles.

Al verme rodeado por ellos en cualquier esquina de Madrid ―y no digamos en alguno centros comerciales del extrarradio madrileño― no puedo por menos de pensar que fue muy extraño el presunto genocidio que hicieron nuestros antepasados conquistadores en las Américas, porque, aparte de tenerlos a cientos de miles en nuestras calles con una fisonomía plenamente indígena, tiene que haberlos por millones en los actuales países hispanoamericanos. Si el genocidio fue como lo pintan los giliprogres, ¿cómo se explica que quedaran tantísimos indígenas? Chi lo sa. Y también hay que contabilizar a aquellos que no tienen tanta pureza racial por haberse mezclado con españoles, ya que fuimos el único imperio en el que los conquistadores se no tuvieron reparo a la hora de mezclarse con las poblaciones nativas, caso insólito en los imperios anglosajón, francés, holandés…

Caso bien distinto es el de los indios que tuvieron la desgracia de habitar las tierras de América del Norte, donde, además de los búfalos ―que exterminaron sin piedad con el fin de matar de hambre a los indios que se alimentaban de ellos―, los blancos anglosajones diezmaron sin piedad las tribus nativas, hasta el punto de que hoy se calcula que éstas ―contando también Alaska― sólo cuentan con poco más de 4 millones de individuos: espeluznante cifra. Por ejemplo, solamente quedan unos 96.000 apaches, 18.000 cheyennes, 19.376 comanches, 80.000 iroqueses… ¿para qué seguir? Es decir, que antes daban para alguna película del Oeste como extras y poco más, pero hoy ya ni eso, porque ya no se hacen.
Dato tremendo es que, de las 570 etnias indias en América del Norte, más de la mitad están asociadas a reservas. No he estado nunca en América del Norte, pero me da que es sumamente difícil toparse por las calles de sus ciudades con cherokees, comanches, apaches, chirikawas, sioux, etc, incluso en la multirracial Nueva York.

En cuanto a la salvaje explotación de los indígenas, es cierto que la sufrieron las poblaciones autóctonas, pero los países o imperios que no incurrieran en esta práctica que tiren la primera piedra, y eso no es óbice para que estén orgullosos de su historia y proclamen su patriotismo urbi et orbe.

Si los rojiprogres hispanófobos quieren denunciar genocidios, más les valdría denunciar los ignominiosos ejemplos de algunos países elogiados por su civilización y su democracia, los cuales tuvieron lugar en un tiempo donde ya existían los derechos humanos y las ONGs.

Ahí tenemos el siniestro caso de la maravillosa y moderna Suecia, paradigma de socialdemocracia —aún recuerdo al hipócrita primer ministro Olof Palme pasando la hucha por las calles para conseguir dinero contra Franco con el fin de protestar contra la condena a muerte de unos terroristas—. Pues en este país tan deslumbrante se esterilizó a 230.000 personas entre 1935 y 1996 «en el marco de un programa basado en teorías eugénicas» y por razones de «higiene social y racial», orientado a preservar la «pureza de la raza nórdica». Lapones, gitanos, poblaciones de raza mixta… ninguna minoría escapó a este horror. Eso sí que era una «solución final» —por cierto, los suecos no pudieron disimular sus simpatías por el nazismo—.

También animo a estos gilirrojos antiespañoles a investigar el espantoso genocidio que se perpetró en el Congo cuando era colonia de la Bélgica del rey Leopoldo II, fundador y único propietario del Estado Libre del Congo, corrupto y salvaje explotador de los indígenas que se hizo con una enorme fortuna explotando el caucho y los diamantes de ese territorio africano, para lo cual no dudó en masacrar a la población nativa como si fuese mano de obra esclava, hasta el punto de que la carnicería afectó a la mitad de la población, unos 10 millones de personas. Una campaña de investigación que estremeció a Europa destapó el increíble horror de este genocidio, donde destacó el hecho de que los encargados de las concesiones exigían a los soldados nativos que les llevaran las manos cortadas de aquellos a quienes habían asesinado, para asegurarse de que no habían desperdiciado cartuchos.

Pero los muchos ejemplos de genocidios que se podrían citar quedan eclipsados por la apocalíptica hecatombe producida por los regímenes comunistas. Sin salir de la Rusia estalinista, durante La Gran Purga entre 1937 a 1939 se contabilizaron 8,5 millones de detenciones, más de un millón de ejecutados, y más de dos millones de muertos en los campos de internamiento.

Anteriormente a esta Gran Purga había tenido lugar el dantesco apocalipsis del «Holodomor», nombre bajo el cual se conoce la devastadora hambruna que asoló Ucrania durante los años 1932-1933, que causó la muerte de entre 1,5 y 10 millones de personas, horror que según muchos historiadores fue provocado intencionadamente por Stalin el exterminador, que pretendía acabar con el nacionalismo ucraniano colectivizando despóticamente las tierras de los campesinos.

La China maoísta, por su parte, es responsable de 65 millones de muertos.

Ya lo decía Jean François Revel: «El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Solo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso». Chapeau, maestro.

Por cierto, el relato «De los Apeninos a los Andes» finaliza con las palabras que el médico que atendía a su madre ―enferma de gravedad, y desahuciada por los médicos― le dice a Marco, ya que el niño había motivado a su madre a curarse de la grave enfermedad que la aquejaba: «¡Eres tú, niño, quien ha salvado a tu madre!».

Magnífica parábola para describir la situación de España: una madre enferma que hay que buscar y salvar… Si yo fuera Marco, sé perfectamente dónde buscarla. ¿Y usted?

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Historia

La histórica hazaña española que cambió el destino de nuestro país

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Tal día como hoy, un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubría América. El navegante desembarcó en el primero de sus cuatro viajes financiados por los Reyes Católicos en la isla de Guanahaní, isla perteneciente a las Bahamas y que fue bautizada con el nombre de San Salvador. Un territorio que en aquel momento se encontraba habitado por el pueblo lucayo o taíno.

Colón prosiguió su viaje por El Caribe y el 28 de octubre llegó a Cuba, y más tarde, según la versión de Bartolomé de las Casas, el 5 de diciembre a La Española. En el primer viaje de Colón participaron tres embarcaciones: La Pinta, La Niña y La Santa María, que comenzaron la expedición desde el puerto de Palos (Cádiz). De ellas tan solo regresaron dos carabelas, La Pinta, a cargo de Martín Alonso Pinzón que desembarcó en la localidad gallega de Bayona, y La Niña, que se encontraba capitaneada por Cristóbal Colón llegó a Portugal. La Santa María se había ido a pique frente a la actual República Dominicana.

Hasta este 2019 no se conocía la existencia de ningún documento oficial que confirmase que Colón llegó a América y regresó. Es el primero y único que existe en el mundo y fue hallado el pasado mes de junio en el Archivo Histórico de la Nobleza. El documento en sí se trataba de una carta que Juan II de Portugal envió a Fernando de Aragón en la que informaba al monarca aragonés del regreso de Cristóbal Colón de los nuevos territorios descubiertos. La carta, escrita en portugués antiguo y con letra gótica, informaba del regreso de Colón a la península. “Llegó aquí con fortuna de mar a nuestro porto de nuestra ciudad de Lisboa vuestro Almirante que holgamos mucho de ver y mandar tratar bien”, de esta forma informó el Rey Juan II de Portugal a Fernando el Católico sobre la llegada de Colón de su primer viaje al nuevo continente, aunque el navegante nunca llegó a conocer en vida que había descubierto un nuevo continente.

Origen de Cristobal Colón

La nacionalidad de Cristóbal Colón es uno de los mayores interrogantes en la vida del hombre que descubrió América. Existen dos vertientes que son las más repetidas durante el paso de los años.

La primera siempre ha dicho que es italiano, y más en concreto, genovés. Este argumento tiene mucho peso ya que en otro documento firmado por el propio almirante afirma que “siendo yo nacido en Génova (Italia), les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla”. Las pruebas conducen más a esta vertiente debido a que fue nieto de Giovanni Colón, un tejedor de lana de un pueblo cercano a Génova.

La otra teoría que siempre ha tenido mucha fuerza ha sido la idea de que Colón es español. Pero nunca se ha tenido claro, en caso de que así fuera, en qué parte de España habría nacido. En Galicia se sitúa el posible origen del almirante. Esta idea surge a través del libro publicado en el 1914 por el historiador Celso García de la Riega, bajo el título, ‘Colón, español. Su origen y patria’. Para demostrar esta afirmación se basó en unas pruebas documentales de los siglos XV y XVI. También se dio cuenta de que empleaba el castellano con marcados rasgos gallegos y lusos.

Además de las dos teorías que siempre se han barajado, existen distintas ideas que sitúan el nacimiento de Colón en Guadalajara, Plasencia, Mallorca, Cataluña o Portugal.

La hazaña que conmemora el día de la hispanidad

El Día Nacional de España, también conocido como Día de la Hispanidad, se celebra cada año el 12 de octubre conmemorando la hazaña que Cristóbal Colón realizó hace ya más de 500 años, una celebración que se encuentra regulada por la Ley 18/1987 como Fiesta Nacional.

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Historia

Torturas, vejaciones y 10.000 asesinados por ser católico: lo que revelan las palabras de Díaz Ayuso

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Fusilamiento del Cristo del Cerro de los Ángeles.
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La propaganda, y no la historia, impone un relato buenista de los años de la II República. En el imaginario aparece como una etapa de prosperidad económica y avances sociales y culturales. Se desdeña adrede no solo los desórdenes y los procesos revolucionarios que llevaron a que facciones alejadas de la derecha se enfrentaran entre ellas, incluso con sangre, sino las atrocidades cometidas contra religiosos y edificios de culto. No se trata de un asunto menor, ni mucho menos de una leyenda urbana usada por posiciones conservadoras para atacar al contrario. La aberración de la mal llamada “Memoria Histórica” (la memoria siempre es subjetiva) anhela, sin embargo, que exista un único retrato oficial de las desgracias que sufrió España en los años treinta y que desembocaron en una tragedia de la que aún hoy no se ha recuperado. Por suerte, hay reputados historiadores, de uno y otro signo político, que han estudiado a fondo ese periodo, y pueden arrojar luz, con diferentes y legítimas interpretaciones, sobre el pasado. El Congreso de los Diputados en pleno a principios de este siglo abominó de las atrocidades perpetradas por ambos bandos e instó a la búsqueda de los familiares que aún yacían en las cunetas. De poco sirvió. Más que reconciliación se abrió la puerta a la revancha y a la imposición del discurso único, y a que por la Ley de Memoria Histórica se cambiara el callejero de ciudades como Madrid. Eso sí, solo para los nombres que trabajaron en tiempos de la Dictadura, daba igual lo relevante de sus hazañas, no de aquellos que en años anteriores a la llegada de Franco cometieron sus tropelías. Ser “rojo” fue el salvoconducto para salvarse del juicio moral. Los mentores de ese revisionismo a su medida se niegan, por ejemplo, a reconocer, el acoso criminal a los católicos.

Valga este prólogo para poner en situación al lector y juzgue él mismo sobre el encendido debate que revolucionó la Asamblea de Madrid esta semana. La presidenta Isabel Díaz Ayuso terminó una respuesta sobre la ley de Memoria Histórica y el traslado de los restos de Franco con la siguiente pregunta: “¿Qué será lo siguiente? ¿Las parroquias arderán como en el 36?” Parece evidente que Ayuso intentó construir una réplica “retórica”, como ella misma reconoció. El Partido Popular ha tenido que dar cientos de explicaciones, como si referirse a un episodio real y doloroso supusiera su radicalización mientras que cuando los miembros de Podemos sueltan sus soflamas (“arderéis como en el 36” gritaba Rita Maestre en su asalto a la capilla de la Complutense), más allá de la indignación inicial, apenas se entra en profundidad en lo que realmente sucedió en los templos. Del mismo modo, el dirigente de Vox Ortega Smith, no puede justificar el ajusticiamiento de las “trece rosas” por delitos que no cometieron sin aportar ninguna referencia académica. Pongamos, no obstante, los hechos a los que se refería Ayuso sobre la mesa.

En estas mismas páginas, el pasado mes de agosto, Jaime Ignacio del Burgo, comentaba un documento excepcional que puso de manifiesto el genocidio contra la Iglesia Católica en 1936. Manuel de Irujo, del PNV, ministro sin cartera en el gabinete de Largo Caballero (aquel “sensato socialista” al que sus partidarios llamaban el Lenin Español y del que se mantienen sus esculturas intactas), elaboró un “Memorándum”. Lo firmó el 7 de enero de 1937 y denunciaba el asesinato de miles de religiosos por parte de los militantes del Frente Popular, una “acción que fue planeada y deliberada”. El escrito se presentó al Gobierno republicano solo seis meses después de que comenzara la guerra y no causó ningún efecto en el Ejecutivo ni sirvió para mejorar la situación.

Escribía del Burgo que “al final de la guerra civil el saldo de asesinados fue terrible. Las milicias revolucionarias eliminaron, en muchos casos después de terribles torturas y vejaciones físicas y morales, a cerca de 10.000 sacerdotes, religiosos y religiosas. No fueron como se pretende ahora asesinatos aislados, obra de gentes incontroladas sedientas de sangre y desesperadas por sus miserables condiciones de vida, sino que obedecieron a una voluntad consciente y deliberada del Frente Popular de exterminar a la Iglesia para conseguir la total erradicación del sentimiento católico mayoritario en la sociedad española de aquella época. En nuestros días, tales atrocidades encajarían en el delito de genocidio definidos en los artículos 5,1 a) y 6, a) y b) del Tratado de Roma de 1998 sobre creación del Tribunal Penal Internacional”

En la denuncia de Irujo se relata que “todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas ocasiones, han sido destruidos, los más con vilipendio. Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. Una gran parte de los templos, en Cataluña, con carácter de normalidad, se incendiaron”. Seguía el informe de Irujo que “todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos. Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles”.

Lo que los historiadores han documentado es que en el bando republicano se asesinó a más de 4.000 sacerdotes, más de 2.000 frailes y religiosos, casi 300 monjas y unos 3.000 seglares. Todo ello suma 10.000 muertos cuyo único delito fue ser católico. El arzobispado de Madrid publicó “Martirologio maritense del siglo XX. Solo en la capital se atestigua el asesinato de 427 seminaristas y sacerdotes. “España se convirtió en lo más cercano a un infierno sobre la tierra para los miembros de la Iglesia que estaban en esa mitad del país donde no se había producido o no había triunfado la sublevación”, escribió el historiador José Luis Ledesma en “De la violencia anticlerical y la Guerra Civil de 1936”.

Antonio Montero Moreno, que llegó a ser arzobispo de Mérida-Badajoz publicó en 1961 “Historia de la persecución religiosa en España”, luego reeditada por la Biblioteca de Autores Cristianos en 2005. En la reseña del trabajo que publicó la web infovaticana se escribió que “debido al número de víctimas y al breve tiempo en que fueron asesinadas, la persecución religiosa de la Segunda República, figura como la más intensa de los veinte siglos de la Iglesia Católica, mayor incluso que las diez que llevaron a cabo los emperadores romanos durante 250 años, el islam, los luteranos, calvinistas y hasta la Revolución Francesa, o la comunista rusa o china”.

Los últimos gobiernos socialistas han reabierto heridas en lugar de cerrar cicatrices. El horror de los procesos revolucionarios previos a la Guerra Civil, la propia contienda entre hermanos y la posterior represión de la dictadura merecerían ser tratados con el debido sosiego si quiera por respeto a los muertos. Pero en estos días, la política, más que animar a la concordia, enciende hogueras y empuña antorchas imaginarias. Carmen Calvo visita hoy el Vaticano. Veremos si en son de paz.

 

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