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Historia

Marx: El ideólogo del crimen

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Karl Marx
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SM.- Los crímenes cometidos por los regímenes comunistas en el mundo entero, que afectó a cien millones de personas en setenta años, tienen tras de sí un inspirador indiscutible: Moses Mordechai Marx Levi, más conocido como Karl Marx. Sin embargo, intereses justificados buscan desvincular a su figura de lo hechos históricos que su doctrina proporcionó, como si estos no pasasen de distorsionadores de sus ideas.

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Así, se busca perpetuar una imagen romántica a su respecto, de benefactor e idealizador de la sociedad humana, como si él, en sus tesis, no buscase legitimar la violencia. Marx no apenas la legitima como también la estimula, incentivando el terrorismo y el asesinato, buscando convencer a todos de que los fines justifican los medios.

Incondicional adepto de la teoría darwinista de que el hombre sea un animal, él desprecia los valores morales y espirituales del ser humano, alegando que la criminalidad estimula el progreso y la economía. Inclusive, aquel que era considerado el defensor más grande del trabajador, tenía una verdadera ojeriza por el trabajo, pasando una gran parte de su existencia, huyendo de él. Marido de una baronesa, dilapidó en especulaciones financiera y en el vicio del alcoholismo las herencias que recibió, habiendo tomado prestado de su amigo Engels, durante veinticinco años, una cuantía voluminosa de dinero que nunca fue reembolsada. Llevaba, así, una vida de bohemio intelectual, rehusándose a ir más allá de su escritorio.

Por lo tanto, el hombre que pretendió enseñar al mundo un nuevo modelo económico, no demostró, durante toda su existencia, capacidad para administrar al menos su propia situación financiera. Y a pesar de su célebre apología al proletariado, Marx, en realidad, nunca tuvo cualquier contacto con este, a no ser con su criada Lenchen, que fue su amante durante varios años y con la que tuvo un hijo, Freddy, que no llegó a ser reconocido por su padre.

Los orígenes

En una madrugada tempestuosa del año 1785, cabalgaba a toda brida por una carretera de Baviera. Pasa entonces que la mano del destino se encarga de fulminarlo con un rayo. Al amanecer, después del trágico accidente, los campesinos de la región se deparan con el personaje misterioso muerto junto a su caballo. A su lado, es encontrada una valija de cuero guardando documentos que influyeron y decidieron el destino de millones de personas y fue llevada, junto con el cuerpo del caballero, hasta el puesto policial loca, donde se constata que son los papales, estatutos y documentos directivos de una sociedad desconocida, hasta entonces, denominada Orden Secreta de los Iluminados de Baviera, cuyo mentor era Adam Weishupt. El caballero que yacía inerte a los pies del jefe de policía era su mensajero.

Los documentos son chocantes porque revelan una intrincada red de conexiones clandestinas entre personajes destacados en la escena cultura y política europea, bien como por la estrategia violenta que preconizan para la consecución del principal objetivo de orden: la derroca del poder instituido, corrompido en su meollo más profundo. La violencia del contenido de los documentos de Weishaupt es provocada por el despotismo y la concupiscencia tanto por parte de la iglesia como de por parte de las monarquías de la época. Incluso sus métodos clandestinos son extraídos del cierne violento de las instituciones dominantes. La inquisición ya había hecho uso del anonimato de sus espías para infundir invisiblemente el terror y la famosa Orden de los Jesuitas detenía los secretos de Estado de las Cortes Europeas y de la iglesia, actuando políticamente, a través de ramificaciones ocultas, en los bastidores de los juegos de poder.

Weishaupt, ex-jesuita, retuvo los principios de organización y actuación de su antigua Orden para focalizarlos ahora, contra el propio poder en el cual ella se enraizaba. El régimen instaurado por la acción de los iluminados de Baviera sólo podría asemejarse al adversario que lo combatía. La secta da origen a las sociedades secretas cuyas actividades culminarán en el deprimente espectáculo conocido como Revolución Francesa. El Ancient Régimen cae en medio de la creciente salvajería; la radicalización revolucionaria del terror. A cada acto violento, la violencia se recrudece en vez de atenuarse. La decapitación del Monsieur Guillotin es el símbolo máximo de la autodestrucción de la violencia, pero también de su auto perpetuación.

Las injusticias del nuevo modelo económico y político capitalista, implantado después de la revolución francesa, pronto resucitan la oposición de las clases populares. A partir de la mitad del siglo XIX, los comunistas “científicos”, seguidores de la doctrina revolucionaria de Marx, se atribuyen el derecho de tutelar el proletariado, usándolo como conejillo de Indias de las teorías Marxistas. Se organizan en sociedades paramilitares clandestinas que buscan la toma del poder a través del poder de las armas. Se infiltran secretamente en los sindicatos, en los partidos operarios y en los movimientos populares, seduciendo a sus líderes e instalando en las masas el veneno de la sedición. Las manipulan despertando en ellas el resentimiento y la ira, buscando liberar la fuerza explosiva que pretenden utilizar para sus objetivos.

Los estatutos de estas organizaciones adoptan la terminología del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, como también su modelo de análisis histórica. Pero las tácticas de acción que proponen denuncian otro origen que es el contenido de la valija de cuero de Weishaupt. Poco antes de la redacción del Manifiesto, Marx había ingresado en la Liga de los Justos, que posteriormente vino a llamarse Liga de los Comunistas. Ahora, la Liga de los Justos no es, sino, uno de los muchos brazos de la Orden Secreta de los Iluminados de Baviera.

Marx se convierte entonces, en el heredero de la ideología que apunta a la violencia como la forma de poner fin a la violencia, y el crimen como posibilidad de redención de la humanidad. Este elemento pernicioso de su doctrina ha sido insuficientemente discutido, incluso por los críticos del pensado. Los asombrosos crímenes cometidos por el régimen comunista soviético invitan a una postura diferente. Se ha hecho tiempo de establecer claramente la relación directa entre los hechos históricos y la doctrina marxista y de considerarla bajo el punto de vista de su peligrosidad.

La apología del crimen

Hay un número que ha pesado en las consciencias de todo el mundo civilizado. Este numero es el de cien millones, y se refiere a la cantidad de seres humanos aniquilados por los regímenes comunistas en todo el mundo desde la revolución rusa. Es triste cuando recordamos que todas estas personas fueron inmoladas en nombre de las falsas promesas de una “sociedad justa y moderna”, cuyo cumplimiento era interminablemente postergado por nuevas promesas: lo que Marx no hizo, Lenin lo hará; y después vinieron Brejniev y Andropov y… ¿quién se recuerda?

Esta chocante disparidad entre los medios y los fines es apenas el resultado más tragicamente visible de la conocida máxima leninista que define la buena acción moral como todo aquello que lleva al partido comunista al poder. En este “todo” están incluidas, evidentemente también, la violencia y la y la acción criminosa.

Es común oír decir que Marx no tiene nada que ver con los crímenes soviéticos y con los de los otros regímenes comunistas, los cuales resultarían tan sólo en una mala aplicación de sus teorías. Esta es la opinión de los que tienen un conocimiento bastante limitado y superficial de los textos de Marx o lo conocen apenas de oír hablar (noventa por ciento de los marxistas). Lenin no era uno de esos, conocía bastante bien a Marx y, como se sabe, no era capaz de dar un paso sin pedirle su bendición y es en el volumen inacabado de EL CAPITAL, en el capítulo denominado Teoría de la Gran Valía, que él probablemente encontró la página más apta para darle sustentación teórica para su extraña idea de moralidad. Dice así:

“El criminal produce crímenes. Si miramos más de cerca las relaciones que existen entre este ramos de producción y la sociedad en su conjunto, ultrapasaremos muchos prejuicios. El criminal no crea crímenes; lo que él crea es el derecho penal. (…) más: El criminal crea todo el aparato policial y jurídico – policías, jueces, verdugos, jurados, etc. – y estas diferentes profesiones que constituyen igual número de categorías en la división social del trabajo, desarrollan diferentes facultades de espíritu humano y crean al mismo tiempo nuevas necesidades y nuevos medios de satisfacerlas.

El criminal crea una sensación que tiene de moral y de trágico y, al hacerlo, ofrece un “servicio” que moviliza los sentimientos Morales y estéticos del público. No crea apenas tratados de derecho penal; crea igualmente, arte, literatura, o sea, tragedias, siendo testigos de esto no solo La Faute, de Müllner, y Les Brigands, de Schiller. Pero también Édipo y Ricardo II. El criminal quiebra la monotonía y la seguridad cotidiana de la vida burguesa, poniéndola así, al abrigo de la estagnación y suscitando la interminable tensión y agitación sin la cual el estímulo de la propia concurrencia se debilitaría. Estimula así, las fuerzas productivas. (…)

Descubriendo incesantemente nuevas formas de dirigirse contra la propiedad, el crimen hace nacer constantemente nuevos medios para defenderla, de tal forma que el criminal da a la mecanización un impulso tan productivo como aquel que resulta de las huelgas. Lejos del dominio del crimen privado, ¿El mercado había nacido se no hubiese crímenes nacionales? Y después de Adán, ¿El árbol del pecado no correspondería simultáneamente al árbol del saber?

Más de lo que la supuesta utilidad del crimen, estas líneas demuestran el poder que una argumentación hábilmente construida posee para vestir a las ideas más torpes con una apariencia de normalidad y lógica. Demuestran también el notable talento que Marx tenía para esto, lo que puede explicar parcialmente, la radicalización fanática de los grupos clandestinos marxistas. Los que se inclinan a dudar que Marx haya defendido en serio esta tesis cínica, necesitan apenas para desilusionarse, compararla con el texto del Manifiesto del Partido Comunista, en el cual Marx en tres ocasiones afirma que la toma del poder por el proletariado tendrá que ser violenta, o aún, con el tenor del trecho de un discurso por él dirigido a los cartistas ingleses en 1856, en el cual menciona la existencia de un tribunal secreto en Alemania medieval cuyo objetivo era…

“… vengar las iniqüidades de las clases dominantes. Cuando se veía una cruz roja apuntando una casa, todos sabían que su dueño había sido condenado por el tribunal. Todas las casas de Europa están marcadas ahora por la misteriosa cruz roja. La historia es el juez. Su verdugo es el proletariado”.

Una retórica semejante fue usada también en un discurso proferido por Marx en la Liga de los Comunistas en Abril de 1850:

“…Lejos de oponernos a los llamados excesos, la venganza del pueblo fue dirigida a individuos odiados y a ataques populares a edificios asociados a recuerdos odiosos, debemos no solo tolerar tales cosas como también asumir la iniciativa de ellas”.

Comentando este trecho, el historiador Edmund Wilson afirma que “es una deformación, minimizar el elemento sádico de los escritores de Marx”. En realidad, se muestra una semejante fijación por el elemento de violencia en su propia producción teórica. Se sabe por ejemplo, del papel desempeñado por la violencia en la concepción marxista de la historia. “la historia de las sociedades hasta ahora han sido de lucha de clases”, dice el Manifiesto del Partido Comunista. A los ojos del filósofo, el desarrollo de la civilización aparece como una secuencia ininterrumpida de robos, extorsiones, expoliaciones, latrocinios y dominaciones.

Es cierto que la violencia y la dominación formaron parte de la historia humana, pero transformarlas en el único fundamento de la interpretación de la Historia, revela una tendencia patológica del pensamiento de Marx, la tendencia a la depreciación del valor moral y espiritual del ser humano. El arte, la ciencia, la filosofía, la religión, la moral y todas las formas culturales en las cuales el hombre proyecta sus ideas son, para Marx, apenas el reflejo distorsionado e ilusorio de la única realidad que él reconoce: el modo de producción económico y la lucha de clases asociada a este. El primero es la forma por la cual el hombre domina la naturaleza, sometiéndola a su voluntad, violentamente; la segunda es la forma por la cual el hombre domina otros hombres. Así, el análisis marxista reduce toda realidad humana hacia aquel fondo violento de la lucha por la sobrevivencia y por la dominación. Se diría que tales ideas resultan del espíritu conflictivo, inquieto y marcadamente iracundo de Marx, que se refleja en su obra, a través de la cual pudo atormentar durante setenta años a la humildad y atrasarla espiritualmente.

Influencia del darwinismo

"El capital", la 'biblia' de los marxistas

“El capital”, la ‘biblia’ de los marxistas

Estas características del pensamiento de Marx evidentemente lo aproximan de Darwin, y no es de hoy que se descubrió la importancia del biólogo para el protector del comunismo. El mismo Engels reconoce implícitamente esa afinidad de pensamiento cuando afirma en el discurso que profirió por ocasión del entierro de Marx que, “… así como Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana…”.

Marx, que criticó tanta gente con ferocidad, elogia Darwin por haber demostrado que la naturaleza también tiene una historia. Y hizo esto porque él mismo había utilizado el modelo darwinista de historia natural para explicar la historia de los hombres. Como se sabe, este modelo se basa en la teoría de la selección natural, según a cual, los especímenes más fuertes genéticamente y más aptos consiguen determinar el futuro de las nuevas generaciones, derrotando los menos aptos en la lucha por la sobrevivencia. Basta tomar este modelo y sustituir los especímenes por clases sociales (o sea, la lucha entre los especímenes por la lucha de clases) y la genética por a economía (sustituir las mutaciones genéticas por las mutaciones económicas y el patrimonio genético de los más fuertes por el patrimonio económico de las clases dominantes) para que se tenga un esquema de la esencia del concepto marxista en relación a la historia.

A los marxistas les agradaba criticar al llamado “darwinismo social”, el que dio origen a las concepciones fascistas de la historia, y también les agradaba decir que el método de Marx se basaba en la dialéctica de Hegel. Que leían en ese entonces, el prefacio a la primera edición de El Capital, donde el propio Marx define su método como un intento de comprender el desarrollo económico de la sociedad, como un proceso de la historia natural, sin que sea dicha ninguna palabra sobre “dialéctica”. Pero, ¿qué era lo que pensaba al hablar de historia natural? Esto queda claro cuando se descubre que su primera intención era dedicar la no a Hegel, sino a Charles Darwin.

Vínculos peligrosos con el Antiguo Testamento

No obstante, para comprender la omnipresencia de la violência y del crimen en las tesis marxistas, talvez sea necesario remontarnos a un darwinismo más antiguo, al proto-darwinismo implícito en el Antiguo Testamento, cuyo estudio y lectura seguramente deben haber llenado un considerable espacio de la infancia de Marx. El filósofo había nacido en una familia apiñada de rabinos tanto por parte de la madre como por parte del padre, de entre los cuales se contaba el abuelo paterno y un tío. Entonces es posible imaginas el bombardeo teológico explícito y subliminal al que estuvo sometido y justamente es una edad en la cual no tenía medios de defenderse. Talvez, inclusive, el ateísmo profesado por Marx pueda explicarse como una reacción a esta opresiva súper exposición, reacción esta que, no obstante, no se habría podido borrar de la profunda impresión que aquellas narrativas ancestrales podrían haber quedado guardadas en el entendimiento infante, con lo terrible al mezclarse con lo grandioso y con su moralidad, por decir lo mínimo, confusa. Es esta la herencia metafísica adquirida en la infancia que, recalcada durante décadas de materialismo, retorna en la producción teórica de Marx y a veces en variaciones perversas.

Algunos de los defectos de esta inesperada influencia son conocidos: El proletariado sería el sustituto materialista y sociológico del pueblo elegido y Marx, una especie de nuevo Moisés (es decir, este era realmente uno de sus pré-nombre) que, sustituyendo el cayado por la bayoneta ensangrentada, guiaría al pueblo a la Tierra Prometida de la Sociedad Sin Clases. Como Moisés, Marx no llegó a pisar en la Tierra Prometida. Es más, ni sus seguidores, al contrario de lo que ocurro en la narrativa bíblica.

En otra interpretación, la imagen idílica que Marx hace del llamado comunismos primitivo de las primeras sociedades humanas, aparece como el paraíso perdido del Edén, cuya reconquista sería liderada por el filósofo vestido ahora, de (falso) Moisés. Sin embargo, en vez del paraíso que los padre y rabinos mencionan para ganar el fervor del público, el miraje de Marx se situaba en la Tierra y no en el Cielo, morir no sería más necesario para disfrutarlo, y esto lo dejó considerablemente más atractivo para mucha gente. Sólo que el hombre es expulsado del paraíso que la Tierra efectivamente, es a medida que el capitalismo se expande sin piedad hasta en los más distantes rincones del planeta, desfigurando y manchando la naturaleza para transformarla inexorablemente en mercadería. Y por más extraño que parezca, este régimen debe su estatus de dueño del mundo y señor absoluto de todo, a Marx sobretodo y al comunismo, como veremos en las siguientes líneas.

Sin embargo, retornando a nuestro tema nos preguntamos: ¿qué dice el Antiguo Testamento al respecto del origen de la sociedad y de la civilización? Simplemente, que ambas resultan de un crimen, nombradamente del fratricidio de Caín. Al matar a Abel, Caín se vuelve, según la alegoría del Génesis, en el único heredero del mundo, el precursor y el patriarca de la humanidad. La civilización y todas sus obras, el hombre y todas sus realizaciones, anhelos y pensamientos, todo eso derivará apenas del crimen de Caín y cargaría su estigma consecuentemente. Es bajo este signo que Marx ve roda la historia humana desarrollarse, motivo por el cual apenas consigue concebirla como una secuencia infame de violencias. Esta postura muestra al hombre como un ser naturalmente pervertido, incestuoso, homicida e impotente delante de sus debilidades. El precursor de la psicoanálisis afirmó durante una conferencia proferida en Viena el 16 de febrero de 1915, que: “Todos nosotros nacemos de un largo linaje de asesinos” (In: Nous et la mort). El estrago que el veneno de las ideas de Marx ocasionaron en el plan político social sólo se comprara al provocado en el campo de la psicología por este su contemporáneo, cuyas ideas solaparon los valores del mundo occidental del siglo XX, emplazando a las personas a encarar al hombre como un ser que no se regenera.

Teoria del mal necesario

En la narrativa de Caín, se contiene la equivocada concepción ética de la justificación de los medios a través de los fines y de que eventualmente, el propio crimen puede ser útil al progreso humano: Caín mató Abel, pero dio inicio a la civilización y talvez, se podría pensar de que no estaríamos aquí si hubiera sido otro el que iniciase esta generación. Marx apunta de manera semejante los robos y violencias endosadas por las clases dominantes a las clases dominadas en cada fase de la historia humana, pero al mismo tiempo, se les considera como etapas históricas necesarias para el camino que conduce al comunismo. Esto es lo que hace ambigua e improcedente la virulencia con que Marx denuncia los crímenes del capitalismo. Él describe los horrores del modo de producción capitalista con los colores más sombríos y de la forma más cruda (a pesar de haber pasado su existencia encerrado en un gabinete sin ningún contacto directo con la rutina de los obreros): el aspecto succionador de la gran industria y de las altas finanzas, la esclavitud del hombre al trabajo mecánico, el uso de mano de obra infantil, la deshumana jornada de trabajo… pero, al mismo tiempo, afirma que el capitalismo crea condiciones de existencia al comunismo, e que es una etapa por la que necesariamente tiene que pasar para llegar en fin a la sociedad sin clases. Más aún: el comunismo sólo podrá surgir cuando las contradicciones del sistema capitalista hayan alcanzado su máximo grado, pues sólo así la revolución “redentora” se habrá vuelto inevitable. Y entonces, ¿deberíamos considerar los crímenes del capitalismo como… útiles? Y ¿en este sentido como bueno? ¿Algo puede ser condenable y necesario al mismo tiempo?

Es posible que esta paradoja ética Le haya sacado el sueño a muchos marxistas. Pero hay una más grande y más grave, porque no se limita al campo de la teoría: ¿Cómo es posible que una doctrina que denuncia la violencia y dice buscar su supresión, echar mano a la propia violencia como medio de alcanzar sus objetivos? ¿la fraternidad puede surgir de la discordia? Y ¿la paz del crimen?

Es evidente que no, y las conocidas aventuras soviéticas del marxismo son la prueba más espectacular de esto. Esperemos que hayas sido las últimas.

El hombre como animal

El lema preferido de Marx, era una antigua sentencia latina: nada de humano me es extraño. En el mismo acto de repetir esta frase, Marx daba prueba cabal de lo contrario. Pues en lo que respecta al conocimiento del ser humano vale aquel otro dicho, menos elegante, pero cierto: quien sabe se calla, quien no sabe habla. Y, de hecho ¿que es lo que él sabía sobre el ser humano? Conocía bien la historia de la filosofía en general, y especialmente Hegel y Epicuro, sobre quien escribió una tesis de doctorado. Leía grirgo y latín; era versado en temas de economía, conocía los economistas clásicos y la historia de la industrialización en Inglaterra. Escribió sobre la revolución Francesa y sobre la guerra Franco Prusiana. Mas sobre el ser humano era un completo ignorante.

Las propias teorías de Marx en relación al hombre, atestiguan esta ignorancia, pues en este punto también se manifiesta su herencia darwinista. Marx debe a Darwin no apenas la selección natural como también la Idea de que el hombre es, en último análisis, un animal; hablante, pero animal.

Para Marx, el atributo de humanidad no es inherente al ser humano, no pertenece a su esencia, pero es adquirido históricamente a medida que él desarrolla los medios de producción económicos, esto es, a medida que él modifica el ambiente en que vive y somete a la naturaleza a su dominio. Así, a su ver, el hombre primitivo que no domina la naturaleza y que aún es dominado por ella, no se distingue claramente de los animales:

“La Conciencia, naturalmente, comienza por ser apenas conciencia acerca del ambiente sensible inmediato… es, al mismo tiempo, conciencia de la naturaleza, la cual, a principio se opone a los hombres como un poder totalmente extraño, todopoderoso e inatacable, como el cual los hombres se relacionan de un modo netamente animal y por el cual se dejan atemorizar como animales y, por lo tanto, una conciencia puramente animal de la naturaleza (religión natural)… este comienzo es tan animal como la propia vida social de esta fase, es una mera conciencia de horda, el hombre apenas se distingue del carnero por el hecho de que su conciencia a veces es su instinto o viceversa”.

Es fácil percibir el estrago que tal concepción de la naturaleza humana provoca en la autocomprensión del hombre, especialmente en lo que respecta a su moralidad. Si el hombre se cree un animal, se puede dar el derecho de actuar como tal, cometiendo toda suerte de desatinos, o sea, de actitudes desequilibradas e inconcientes. Bajo tal óptica, se vuelve imposible admitir que el ser humano sea capaz de poseer o buscar valores que trasciendan esta esfera estrecha. Sin embargo, son estos valores olvidados y no la lucha de clases o la dominación, que pueden salvar a la civilización del atraso moral y espiritual.

Aversión a los campesinos

Imagen de la tumba de Karl Marx en el cementerio de Highgate de Londres.

Imagen de la tumba de Karl Marx en el cementerio de Highgate de Londres.

Esta forma de concebir al hombre y a la naturaleza lleva a Marx, ya en sus primeros escritos, a una posición claramente prejuiciosa en relación al sector agrario de la economía y al campesinado en general, una vez que ambos representarían un estado inferior del desarrollo de las fuerzas productivas y estarían todavía demasiado sumisos con la naturaleza, al contrario de dominarla. Kostas Papaioannou, filósofo griego y crítico de Marx, comenta este extraño trazo del pensamiento marxista, capaz de hacer temblar a las bases teóricas de los movimientos agrarios de cuño socialista de la siguiente forma:

“El único trabajo que Marx conoce y reconoce es el trabajo industrial, mediante el cual, el hombre se rebela real y eficazmente contra la naturaleza. Por ejemplo, el campesino no participa de la dignidad del trabajador concebida por el joven Marx. Él, que elogio a la burguesía por haber reducido el número de campesinos y haber ‘libertado a una gran parte de la población del cretinismo rural’, sólo sentía desprecio por el campesino. ‘jeroglífico inexplicable para cualquier espíritu civilizado’, representantes de ‘la barbarie en el propio seno de la civilización’, los campesinos para él no son verdaderos trabajadores, sino animales sometidos a la naturaleza”.

De esta forma, para Marx, la relación hombre-naturaleza es necesariamente de antagonismo: o se domina o se es dominado. La tercera posibilidad simplemente, él no conseguía concebir: de que el hombre viva en harmonía con la naturaleza, disfrutando de lo que esta ofrece, sin violarla, conociendo y respetando sus límites, sus ciclos y necesidades. Si Marx piensa que el hombre necesita comportarse delante de la naturaleza ya sea como un animal atemorizado por el trueno, ya sea como un general conquistador en el frente de batalla, es porque no consigue verlo como parte de la naturaleza, como una parte de esta que llegó a la conciencia, de la cual él habla tanto sin que tenga la mínima noción de lo que sea. Es incapaz de concebir la posibilidad del sentimiento de comunión con la naturaleza, de la percepción de que algo en nosotros está vinculado a todo lo que vive en la Tierra, y también a los ríos y a las estrellas. Este sublime sentimiento, tan humano y humanizante, encontrado inclusive entre los aborígenes “incivilizados”, entre los artistas, los místicos, campesinos, científicos, filósofos (sí, incluso entre ellos) y hombres comunes, desde que estén dotados de sensibilidad; este sentimiento no pudo ser concebido por Marx a pesar de toda su erudición. Y decía que nada de humano le era extraño.

¿Mudar la sociedad sin mudar al hombre?

En el hombre hay muchas cosas más de las que soñó la vana filosofía marxista. Él es demasiado vasto para caber en el intelecto de Karl Marx, o en cualquier otro. Por haber concebido al hombre de manera tan estrecha, Marx llegó a pensar que sería posible transformarlo a través de los cambios de la estructura económica de la sociedad.

El hombre del capitalismo es malo e injusto, meditaba él, pero el del comunismo será bueno y justo (y hoy en día los marxistas bohemios afirman que el comunismo “no salió bien porque los hombres que quisieron colocar en práctica la doctrina de Marx, no era buenos”…); sólo después de que la sociedad sea transformada el hombre podrá transformarse.

¿Se percibe el contenido absurdo de esta idea? Entonces, deberíamos preguntarnos: ¿por qué el mundo llegó a ser tan injusto y violento con él? Sin duda, porque en el hombre existen tendencias injustas y violentas, o como dice el propio Marx: “… aquellas pasiones que al mismo tiempo son las más violentas, las más viles y las más abominables de lo que el corazón humano es capaz: las furias del interés personal”. 12 Supongamos entonces que la sociedad sea efectivamente “transformada” por la revolución, sin que antes el hombre se haya transformado. ¿qué impedirá que aquellas mismas tendencias se manifiesten nuevamente y de forma aún más intensa, ya que habrían sido excitadas por la ira y por la venganza? ¿Cuánto tiempo será necesario para que la envidia, el despilfarro, la avaricia y otras manifestaciones malignas transformen el paraíso artificial en um nuevo infierno real aún peor que el anterior? ¿qué es lo que Rusia nos enseña sobre esto? Entonces, ¿No será mejor comenzar a cambiar al hombre?

Marx, que raciocinaba con tanto rigor y que insistía siempre en la idea de que la sociedad era producto de la actividad humana, no atendió para esas cuestiones. Cambiemos la sociedad – gritaba. ¿el hombre? ¡Eso se ve después!

Contradicciones entre vida y doctrina

La verdad es que el hombre no se transforma por decreto o por coerción estatal y policial a menos que se quiera apenas un aparente cambio y cambiar apenas aparentemente es armar una bomba de tiempo. Para que el cambio sea verdadero, este tiene que partir del propio individuo en un proceso en el que él necesita enfrentar y vencer a sí mismo. Estamos hablando aquí de una transformación existencial profunda y de alcance espiritual y que, como tal, requiere una orientación adecuada. Esta orientación, entre tanto, no puede ser ofrecida por ninguna doctrina política. Heme aquí la dura realidad.

De esto se concluye que, antes de querer cambiar el mundo, Karl Marx debería intentar cambiar Karl Marx. Frente a esta conclusión ciertamente él respondería como lo hacen todos los revolucionarios: ¡pero el mundo es tan injusto! Y yo soy tan buena persona…

En realidad, todo indica que él creía más fácil cambiar el exterior que el interior. Más fácil combatir el Capital con todo su poderío y sus ejércitos que enfrentar a sí mismo. Esto explica la notable incongruencia entre sus discursos y su vida.

El paladín de la causa proletaria llevaba una vida que ningún proletario podría haber soñado vivir. Permanecía prácticamente encerrado en su gabinete o en las bibliotecas de Londres y Berlín, leyendo, escribiendo, preparando y memorizando discursos sobre las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, las cuales conocía apenas a través de informes. Adoptó el símbolo de la hoz y el martillo, pero es probable que no supiera diferenciar uno de otro.

Para escribir con tranquilidad sobre la producción del capital, Marx simplemente se negó a producir, él mismo, cualquier capital.

Por este motivo, nunca fue capaz de conversar por mucho tiempo una fuente de renta propia, como inclusive convendría a alguien que tiene una familia y quiere mantener alguna independencia. De hecho, fue el matrimonio que lo salvó del destino de los desempleados por algún tiempo. Casado con Jenny Von Westphalen, hija del Barón Ludwig Von Westphalen, Marx redujo a cero la dote de la esposa a fin de mantener y publicar algunos de sus escritos. Así es que, el intelectual que tanto atacó la aristocracia no halló ningún problema en ser subsidiado con su dinero. Tampoco halló problema en aceptar dinero provenido de la “explotación del trabajador asalariado”: después de que Jenny había vendido los últimos objetos de plata, la familia tuvo que ser mantenida por las actividades industriales de Engels, pues el “trabajo” de Marx no podía ser interrumpido. Así, Engels extraía la máxima valía de sus empleados y enviaba dinero a Marx para que este denunciara la máxima valía. Tal soporte económico concedido por el amigo se extendió por toda la vida.

Muchas veces las remesas no eran suficientes y los Marx pasaban grandes apuros. Ni siquiera las herencias que él recibió de su padre y posteriormente, de su madre, sirvieron para aliviar su situación financiera. La parte que le competía de la herencia materna él ya la había recibido anticipadamente a través de un tío. Las deudas se acumulaban a tal punto que los oficiales de justicia se llevaban los muebles por el incumplimiento del pago, obligando a que parte de la familia usara el suelo como cama. Y ni por eso el jefe de la casa se decidía a ir a la lucha.

Alcohólico y fumador inveterado, no se sentía dispuesto a enfrentar la jornada del día a día, aunque pudiese trabajar como periodista. Es por eso y por otras faltas, que su mujer lo abandonó dos veces, pero regresó a casa en las dos ocasiones. Marx se había empecinado con que tenía que salvar el proletariado y esa idea fija lo cegó de sus responsabilidades inmediatas, emplazando a sí mismo y a sus familiares a sufrimientos innecesarios. El conde Tolstoi, de cuya herencia humanista los comunistas se apropiaron indebidamente, adaptando y desfigurando su discurso de acuerdo con sus intenciones, abdicó dos ventajas de la nobleza y fue a arar la tierra como labrador. Mejor sería si Marx hubiese seguido este ejemplo práctico y hubiese conocido en práctica el peso de una azada. Así habría comprendido realmente algo sobre el ser humano y pensaría mejor antes de hablar mal de los campesinos.

La esposa tampoco sabía administrar el dinero. Ella había recibido como “regalo” de su madre una empleada, Helen Demuth (más conocida como Lenchen), que hacía todo el trabajo de la casa y aún cuidaba de las finanzas de la familia, pero que nunca recibió un centavo por sus utilidades desde 1845 hasta el día de su muerte en 1890. en 1850 ella paso a ser la amante de Marx y tuvo un hijo ilegítimo con él, Freddy, que él nunca reconoció y que fue criado por una familia de obreros. Las omisiones del jede de familia en relación al trabajo provocaron la muerte de tres de sus hijos por desnutrición. Entonces le restaron tres hijas, a las cuales les negó educación y carrera a pesar de que eran inteligentes. Su hija favorita Eleonora, casada con el escritor político y radical Edward Aveling, que era satanista, cometió suicidio en 1898. En 1911 su hija Laura y su marido se suicidaron juntos. Su hija Jenny murió en 1882 un poco antes que él.

Según el escritor Paul Johnson, en su obra Intellectuals, había algo en el temperamento de Marx que no entraba en choque con las ideas expresadas en su obra; por el contrario, parecía ser el origen de ellas: su temperamento violento, autoritario y peleón, motivo por el cual casi fue expulsado de una universidad. Ya en su mocedad, cuando contaba con veinte años aproximadamente, evidenciaba este fuerte trazo de su carácter a través de sus poemas, que presentaban dos temas principales: Su amor por Jenny y la destrucción del mundo. Johnson afirma que “dos de estos poemas fueron publicado en el Athenaeum (Berlín 1841) bajo el título de Canciones Salvajes, donde, además de la salvajería. Él mostraba un pesimismo intensa en relación a la condición humana, fascinado por la violencia, pactos suicidas, pactos con el diablo”. Y que “el odio, la violencia y la visión apocalíptica de una catástrofe inminente del sistema social perneaban toda su obra.

Sin embargo, el coraje no era su fuerte, ya que se envolvía en conflictos y duelos y después se rehusaba cobardemente a batirse en duelo, incitando a sus asistentes a hacerlo. Uno de ellos, Konrad Schramm, batió duelo en su lugar, sin nunca haber usado una pistola y salió herido. Otro asistente, Gustav Techow asesinó por lo menos otro revolucionario rival de Marx y fue ahorcado por el asesinato de un policía.

La solidaridad tampoco era su fuerte. La mayor evidencia de este respecto fue su relación con Engels. El amigo se constituyó durante más de veinticinco años en el soporte financiero de la familia Marx, habiéndolo entregado más de la mitad de su renta total.

Sin embargo, el jefe de la casa no sólo se mostró grato como aún se acomodó a esa situación, olvidándose de los bríos y acostumbrándose a pedirle préstamos financieros, los cuales, en realidad nunca fueron reembolsados. Cuando la compañera de Engels falleció, este se encontraba desolado, pero Marx no se mostró capaz de expresar cualquier sentimiento de pesar por este hecho; al contrario, le envió una carta comunicándole que esta al tanto del hecho y, en seguida, yendo directo al asunto que le interesaba: El envío de una nueva remesa de dinero. El historiador Edmund Wilson comenta la correspondencia intercambiada por ellos a despecho del asunto:

“En el día siete de enero de 1863, la amante de Engels, Mary Bums, murió súbitamente de apoplejía. ‘No puedo siquiera exprimir lo que siento’, escribió Engels a Marx en una nota corta: ‘La pobre muchacha me amaba de todo corazón’. En su respuesta Marx se limito a comentar que la noticia le ‘sorprendió y chocó’, que Mary era ‘simpática, espirituosa y dedicada’, en seguida discurrió largamente sobre la miseria en que vivía, quejándose de la dificultad de obtener un préstamo en Londres (…) Engels sólo respondió el día trece a la carta que Marx le escribiera en el día ocho y en los siguientes términos: ‘Estimado Marx: ciertamente has de comprender que la desgracia que me acometió y su fría actitud en relación a esta me impidieron responderle antes. Todos mis amigos e incluso simples conocidos filisteos, supieron manifestar, en la que no podía sino avalarme profundamente, más solidaridad y amistad de lo que yo esperaba. Tu aprovechaste la oportunidad para demostrar tu manera orgullosa de encarar las cosas con frialdad’. (…) diez días más tarde Marx le responde, pidiéndole disculpas y diciéndole que se había arrepentido de la carta apenas la envió, pero que ‘bajo tales circunstancias yo no consigo recorrer a otra cosa a no ser el cinismo’. Y su falta de tacto y sentimiento es de tal forma que él se extiende por páginas y páginas quejándose de su situación y dando más o menos a encender que la carta salió como salió por la presión impuesta por su mujer”.

Este episodio causó en Engels una profunda indignación contra Marx y, a partir de ese entonces, la relación de los dos nunca más fue la misma. Engles fue según Johnson, la tercera gran víctima explotada financieramente por Marx; la primera fue la familia de la esposa y la segunda sus propios padres.

Un contemporáneo suyo, el anarquista Michael Bakunin, declaró a su respecto: “Si su corazón fuese tan fuerte como su intelecto yo lo seguiría a través del fuego. Pero le falta nobleza de espíritu. Estoy convencido de que una peligrosa ambición personal devoró todo lo que había de bueno en él. La adquisición de poder personal es el objetivo de todas sus acciones.

El triste saldo negativo

De todos estos conflictos y sufrimientos hubiesen resultado en algún bien para la humanidad, por lo menos tendrían algún sentido. Pero ¿qué es lo que Marx consiguió? Su doctrina no generó un mundo de fortuna y concordia y sí miseria, además del terror del régimen que más crímenes cometió en la historia. No generó la libertad, sino la opresión del individuo por el Estado absoluto; donde no importa lo que haya sido implantado, el Estado comunista se transformó en un insoportable y odioso monstruo de fierro controlador y patrullador de la vida individual, de las actividades y pensamientos humanos, como si no debiese servir a los hombres y sí ser servido y adorado por ellos. Marx creía que, siendo el Estado un instrumento de dominación al servicio de la clase privilegiada, debería desaparecer con la supresión de las clases sociales. Pero (¡cosa extraña!), precisamente resultó en lo opuesto: ¡el estado se fortaleció más allá de toda medida! ¿algo había salido mal? O ¿esto será la tal “dialéctica”?

Por otro lado, a final de cuentas, ni siquiera arañó el poderío de su archi enemigo. Por el contrario: el capitalismo nunca fue tan pujante. Y la causa de su radicalización y omnipotencia actuales fue sin duda la guerra fría. No fuese el pretexto de combatir la terrible amenaza comunista, el capitalismo no habría podido sembrar de forma tan eficaz por todo el mundo la creencia ideológica de que es la única forma posible de organización humana. Otro factor de la radicalización capitalista fue que el marxismo haya obstaculizado enormemente el diálogo entre las clases.

No hay nada de errado en organizar a los trabajadores, pero la predicación de la lucha de clases creó artificialmente un foso ideológico prácticamente insuperable entre empleados y patrones, predisponiendo ambos lados a la animosidad y a la desconfianza. Talvez si Marx no hubiese escrito ninguna línea, el capitalismo ya hubiera evolucionado para una forma más humana de convivencia, o habría sido superado. Y la previsible falencia del comunismo sirve aún como argumento complementar a las mentiras de los ideólogos del capitalismo. Hoy, que los comunistas no asustan más ni la Liga de las Señoras Católicas, estos mismo ideólogos se entregan al ridículo de citar Marx, ya sea para darse aires de “humanistas” o ya sea para resaltar, por el contraste, el valor de sus propias teorías.

¿Y el proletariado? ¿Qué es lo que Marx hizo por él? Nada además de acrecentar a su miseria material la miseria espiritual del resentimiento, de la revuelta y del rencor, que son apenas el otro lado de la ganancia y la avaricia capitalista, la imagen de las pasiones capitalistas reflejadas en un espejo, lo que muestra que ambos sistemas no son tan opuestos así. Son apenas manifestaciones de las mismas tendencias no humanas, cuyo combate Marx quiso postergar para después de la revolución y que no consiguió combatir en sí mismo.

Los Dos Demonios: La verdadera historia del comunismo y del capitalismo

Demonio-Comunismo: Yo poseo la bomba atómica, puedo imponer el régimen capaz de destruir el don de los hombres que más me irrita.

Demonio- Capitalismo: Consta en los evangelio que nosotros, los demonios, somos los padres de la mentira y, por eso, no sé si debo creer en lo que dices. Talvez estés inventando una más de tus mentiras. Entre tanto, no puedo comprender tus palabras cuando afirmas pretender destruir el don de los hombres que más te irrita. ¿Qué don es ese?

Demonio-Comunismo: ¿No te das cuenta? Hablo del don de la libertad. La libertad de los hombres les permite escapar de mi imperio. Sin embargo, son tantos los desatinos que cometen en nombre de ella que muchos de los que izan su bandera acaban caminando para mí a ciegas. Lo mejor, pues, es precipitar esa marcha por la violencia y hacerlos esclavos de una vez.

Demonio-Capitalismo: Eres un demonio muy tonto con esa tu camisa de obrero. No puedes comprender mi filosofía de diablo rico, vestido elegantemente en medio a las personas finas. Pues la libertad es justamente el poder que los hombres poseen de transgredir as leyes morales. Si no fuese la libertad, ¿cómo podría yo alcanzar éxito en las tentaciones que sutilmente insinúo a los hombres, conduciéndolos al camino de la perdición?

Demonio-Comunismo: Más tonto eres tú, pues no ves que ese camino lleva a los hombres al reino que presido. Juzgas trabajar para ti, pero en realidad, trabajas para mí.

Demonio-Capitalismo: Trabajo para la Civilización Occidental Capitalista.

Demonio-Comunismo: y ¿Qué es la Civilización Occidental Capitalista?

Demonio-Capitalismo: Es algo como una cosa que existe sin existir.

Demonio-Comunismo: Y ¿trabajas para una cosa que existe y no existe al mismo tiempo?

Demonio-Capitalismo: Trabajo por lo que no tiene sentido.

Demonio-Comunismo: Si no tiene sentido. ¿Para qué sirve?

Demonio-Capitalismo: Sirve únicamente para que mi propio sentido prevalezca.

Demonio-Comunismo: Pues no veo sentido en tu sentido. No te defines, como yo, abiertamente. Las cosas que hago se dirigen a un fin: la destrucción del hombre, su transformación en una pieza mecánica, su degradación total. Bien sabes que desde el principio, cuando el demonio Luzbel nos alistó para la grand revuelta, cuyos episodios el escritor Milton describe con tanta elocuencia, el motivo principal de nuestra indisciplina fue el galardón que Dios otorgó a los hombres de que sean racionales y libres y, de cierta forma, superiores a los ángeles, porque en su naturaleza se debería operar el milagro de la Sagrada Alianza. Esta guerra, anterior a la creación del mundo visible y tangible, continúa hasta el día de hoy. Todo nuestro empeño debe estar en despojar a los hombres de su dignidad y de su humanidad, reduciéndolos a condiciones de simples animales.

Demonio-Capitalismo: Trabajas contra ti mismo, o mejor, juzgas trabajar por la esclavitud de los hombres, pero al mismo tiempo creas condiciones para que en ellos se despierte la razón. Porque, es justamente cuando el hombre se ve desvinculado de todos los bienes de la tierra y se siente humillado, ofendido, aplastado por el sufrimiento e impotente para hacer uso de la libertad, es que él se acuerda de lo que es, de dónde vino y para dónde va. Entonces, bajo el peso del dolor, el hombre renace. Y cuando esto pasa, él se escapa de tu dominio y del mío. Al contrario de ti, que impones el materialismo ateo, que creas el mito del colectivismo, que reduces a las personas a individuos y el individuo a nada, para que de la nada resurja la imagen auténtica del hombre, yo hice erguir en el puerto de Nueva York la estatua de la libertad y a la estatua le dí una interpretación en cuya amplitud traigo a los hombres esclavos de sí mismos. Tú construyes a los hombres, yo soy quien los destruye. En tu esclavitud hay un canto de esperanza, pero en mi libertad sólo hay una marcha fúnebre que persiste.

Demonio-Comunismo: Así dices, pero lo cierro es que, conforme ya te lo dije, trabajas para mí.

Demonio-Capitalismo: ¡Jamás! Te considero el peor de los adversarios, porque eres um traidor de Luzbel. Despiertas al hombre en el hombre. En cuanto a mi, hago que los entes humanos adormezcan. No es difícil para mí conseguirlo: me basta con enseñarles a cantar y danzar “rock” y otros ritmos frenéticos y hacer sonar la Trompeta de la Declaración de los Derechos por todos los cuadrantes, soplada en con toda fuerza en 1789 en Francia, en la Revolución Francesa. Subvertí todos los valores morales en el mundo de la inteligencia y de la sensibilidad mientras que los comerciantes, industriales, banqueros y políticos iban perdiendo, día a día, el criterio del bien y el mal. Engendré todas las formas de diversión y de placeres, desde las discotecas con sus músicas pops y los strep teases, hasta las famosas “casas de masaje” y los salones de baile, que se multiplicaron por el globo terrestre con luces oscuras y de colores bajo las cuales, prostitutas y mujeres casadas se encuentran en una promiscuidad ultramoderna. Encendí la pasión del juego, haciendo cantar a las ruletas y graznar las espátulas que arrecadan las fichas. Hice cartas de barajo, de cartón y plástico. Transformé el arte de la equitación en juegos desenfrenados. Desorienté el cine y el teatro a tal suerte de volverlos instrumentos de degradación humana. Por fin, contaminé todos los noticiarios, las revistas de TV y hasta los dibujos animados, con esto voy dejando multitudes imbéciles. Si nuestro fin es llevar a las almas al infierno, habrás de concordar que quien trabaja honestamente para Luzbel soy yo y no tú…

Demonio-Comunismo: Piensas que trabajas para ti, pero insisto en que, en realidad es para mí para quien trabajas. Si animalizas a los hombres y a las mujeres, no haces más que preparar mi adviento, mi victoria. El hombre sólo se esclaviza a mi imperio después de haberse convertido en esclavo de si mismo. El hombre conciente y despierto reacciona contra mí. Por consiguiente, todo tu esfuerzo redunda en mi beneficio. Pero te olvidaste de mencionar tu ciencia. Fue esta creación tuya que me facultó los medios de fabricar la bomba atómica, y la de hidrógeno, y la de neutrones…

Demonio-Capitalismo: Inventé las bombas para impedir que dominases esta parte del mundo donde ejerzo mi poder. Reconozco que eres violento, ¡oh! demonio de la estepa, diablo glacial ártico, espíritu rojo de más allá de los Urales, y que paseas hace siglos por Asia ahorcando, degollando, incendiando, oprimiendo… y, siendo tú violento, sólo por la violencia podrás ser dominado. Entonces, les ordené a mis científicos que se sumergieran cual buceadores hasta las profundidades de la materia y volviesen de allá trayendo en sus manos la fuerza invisible del átomo. Tal descubierta fue un éxito, y al volver, traían consigo este gran tesoro, al que considero mi mayor tesoro. Hice con él las primeras demostraciones en Nagasaki e Hiroshima, como bien sabes. Esto era apenas para que vengas a saber de mi poder. Pero no tengo algún interés en usar esta arma brutal. Sería representar la tragedia en que las almas son salvadas por el sufrimiento y poner fin a la comedia mecanicista montada por mí y que se constituye en la más eficaz forma de manipulación. Quédate tranquilo. Si para ganar tiempo predicas la paz y en seguida te preparas para la guerra, yo, por mí, deseo apenas la paz, la paz prolongada, la paz de los pantanos y de los cementerios donde se pudre el coraje humano, la paz del FMI, la paz de las presiones económicas, las superficialidades y la lascivia, donde no flamea la llama de la vida heroica y ni la del sueño. Que el mundo se decomponga en la paz de la ilusión: es mi deseo.

Demonio-Comunismo: Pero ahora, yo también poseo las bombas apocalípticas. Y esto, debo decirlo, gracias a ti. ¡No te espantes! Mientras tú querías domar la naturaleza y arrancar los recesos de la materia, la fuerza de la que tanto te enorgulleces, yo penetraba en el alma de tus científicos e iba a buscar una fuerza aún mayor: aquella que habita en las almas de los hombres. Me infiltré en tu imperio y conquisté a algunos de tus súbditos con falaces promesas de una existencia mejor y más justa y a los otros, les prometí una vida en que los instintos gozasen de la más plena libertad. Tú mismo me ayudaste a movilizar tales elementos, dándome para los primeros, argumentos de Rousseau, de Diderot, de Helvetius, de Saint Simon, de Fourier, de Ricardo y de Marx; y dándome para los segundos, la lógica agradable de Freud. Todo obra tuya. Y de esa forma, habiendo conquistado la simpatía de tus hombres, es entonces que ellos prontamente me revelaron los secretos de las fórmulas herméticas de la física nuclear. Y hoy puedo decirte, a ti, que eres el demonio del individualismo, del egoísmo, de la comodidad, de las diversiones, de las ambiciones, de los banquetes, de las fiestas y de los bailes, que yo, el demonio del colectivismo, de la brutalidad y del terror, estoy en igualdad de fuerzas contigo. Empatamos. Y en este empate, hay un victorioso: yo. Si no me crees, considera: porque eres el demonio de la desorganización y de la anarquía, del liberalismo sin frenos, del agnosticismo y de la lasitud y llevas al hombre a renunciar al uso de las fuerzas poderosas que habitan en su alma, los que te siguen son incapaces. Hay, de entre ellos, lo que son sublevados y estos me pertenecen. E incluso aquellos de espíritu justo, que rechazan tu imperio pero están interiormente petrificados por el materialismo, habrán de ser conquistados por mí, para que en tu fortaleza vengan a ser verdaderos caballos de Troya. Entonces, como ves, si es verdad que fuiste el primero a echar mano en las grandes armas. Para dominar todo, a mí me bastan las almas, ¡mi triunfo es, pues, inevitable!

Demonio-Capitalismo: Nuestros métodos son diferentes. Sin embargo, deseamos la misma cosa, la victoria de Luzbel. Y tendrás que admitir que, si yo venzo, él será vencedor. Pero si veces tú, él jamás vencerá. El sufrimiento salva a los hombres, los placeres los pierden.

Demonio-Comunismo: viéndote proferir tales palabras, me siento como si estuviese contemplándome en un espejo…

Demonio-Capitalismo: También siento lo mismo yo al contemplarte.

Demonio-Comunismo: Y ¿qué crees que esto pueda significar?

Demonio-Capitalismo: ¿Por ventura, no tú no serías mi propia persona?

Demonio-Comunismo: Sospecho que somos la misma persona. (Los dos demonios se aproximan y se funden en un mismo demonio)

El Demonio: Si, soy yo quien estoy hablando conmigo mismo. Y ahora que soy uno sólo, veo los enigmas deshacerse. Y temo. Temo, porque en las penumbras del siglo, presiento el renacer del gran sol, aquel mismo que hace dos mil años iluminó el mundo romano. ¡Rayos, truenos y centellas! ¿de qué me vale mi vasto arsenal de artimañas, si ya no puedo detener su luz? Nacerá del horizonte del tedio del Occidente y extenderá sus rayos a lo lejos, hasta el recóndito Oriente. Y, en la plenitud del día, habrá seres humanos sobre la tierra.


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Historia

La muerte que cayó del cielo: tres días de espanto y montañas de cadáveres en Dresde

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Dresde tras los bombardeos
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Por Matías Bauso.- Cualquier habitante de Dresde sabe cuál fue la peor noche en la vida de su ciudad: esa noche de hace 75 años en la que desde el cielo cayó una fuerza destructiva incomparable. Y también sabe cuáles fueron la segunda y tercera peores noches de su vida: las dos siguientes. Cuando terminaba el 13 de febrero de 1945 sonaron las alarmas antiaéreas. La gente corrió a los sótanos de los edificios. Más de 200 aviones integraron esa primera oleada. Las fuerzas aliadas se habían propuesto destruir Dresde. Una lluvia de devastación, que duraría tres días, cayó sobre la antigua ciudad alemana

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Hasta ese momento Dresde había sido bastante afortunada. Recién en agosto de 1944 recibió los primeros ataques aéreos. Sus habitantes no estaban preparados para las bombas enemigas. Casi no existían refugios antiaéreos de hormigón. Nadie los construía. Creían que la ciudad era inexpugnable.

Como sucedió también en Hiroshima por sus calles se fortalecían las leyendas que justificaban que se mantuviera intacta. Algunos decían que era porque vivía una tía de Winston Churchill, otros sostenían que existía un acuerdo secreto en el que los enemigos se habían comprometido a mantener indemnes a Oxford y a esta ciudad, también estaban los que aseguraban que los Aliados pretendían que Dresde, una vez terminada la guerra, fuera la nueva capital alemana debido a su enorme valor cultural. Era llamada, hasta ese momento, la Florencia del Elba. Imponentes construcciones medievales y del Renacimiento se concentraban en la Ciudad Vieja. Tenía una enorme vida cultural y una hermosa arquitectura.

La RAF, la fuerza aérea inglesa estaba al mando de Arthur Harris, el Carnicero o Bombardero Harris. Se lo conocía por su dureza, por ser un militar rígido e inclemente, que se vanagloriaba de su falta de sensibilidad. Logró imponer los bombardeos “alfombra o de área”. Consistían en que los aviones dejaran caer sus bombas sobre zonas determinadas, tratando de arrasar ese sector, sin atacar objetivos específicos, sino poblados en su totalidad. La combinación de las bombas explosivas con las incendiarias convertían a ese cóctel asesino en algo arrasador. Nada quedaba en pie.

Tres horas después del primer ataque, llegó la segunda oleada. Miles de toneladas lanzadas desde el aire. Luego, a razón de uno por día, volvieron los bombardeos hasta el 15 de febrero. Participaron en total más de 800 aviones.

Dresde quedó destruida, se convirtió en una hoguera gigantesca. El segundo ataque encontró a gran parte de la población en las calles tratando de remover escombros, intentando rescatar heridos, buscando con desesperación a sus familiares. En este caso ya no hubo sirenas antiaéreas masivas. Sólo algunas activadas manualmente.

La ciudad ya estaba sin luz ni agua. Al no existir refugios o bunkers de hormigón, la gente, en su desesperación, corrió a protegerse en los sótanos de estas antiguas edificaciones. A muchos lo que los debía proteger, los aplastó; cayó literalmente sobre sus cabezas. A muchos otros el calor los consumió, el oxígeno se acabó y sólo quedaba monóxido de carbono para respirar. El lugar que habían elegido para protegerse se había convertido, literalmente, en un horno.

Alcanzados por las bombas, aplastados por las construcciones derrumbadas, calcinados, quemados por dentro o asfixiados. Decenas de miles de personas murieron en pocos minutos. El infierno se había instalado en esa antigua ciudad alemana. Por lo que habían sido sus calles (en 20 minutos se habían convertido en una especie de cantera espectral) se escuchaban quejidos, llantos desgarrados, explosiones tardías y cada tanto el ruido sordo de algún derrumbe tardío.

Uno de los pilotos británicos que atacó Dresde la noche del 14 de febrero dijo: “El infierno, tal y como lo imaginamos los cristianos, debe ser algo parecido a esto. Esa noche me hice pacifista»

El fuego de las bombas incendiarias se esparcía, se contagiaba. La ciudad era una gran bola de fuego. Esa tormenta de fuego absorbía el oxígeno y calcinaba los pulmones. Hubo gente que se tiraba dentro de los tanques de agua pero estos se habían convertido en gigantes ollas de agua hirviendo, en inesperada lava.

El escritor Kurt Vonnegut, uno de los sobrevivientes, escribió: “Encontramos por doquier una especie de troncos abrasados que eran los restos de las personas calcinadas bajo la tormenta de fuego. Dresde parecía un paisaje lunar. No quedaba nada”.

Pila de cadáveres tras los bombardeos de Dresde

Pila de cadáveres tras los bombardeos de Dresde

Después vino el problema de la remoción de los cuerpos debajo de los cientos de kilos de escombros, el reconocimiento de los cadáveres, su entierro. Cuando cambió el clima, el hedor comenzó a ser insoportable. El cementerio de la ciudad no daba abasto. Las fuerzas de los sobrevivientes se agotaban. El reconocimiento de las mujeres era más dificultoso que el de los varones: ellas llevaban sus documentos en las carteras que habían quedado lejos de sus cuerpos o se confundían con las de otras. En un momento se tomó la decisión de ingresar en los sótanos dónde todavía había decenas de cuerpos con lanzallamas para cremarlos in situ.

Las reacciones posteriores variaron según de qué lado de la contienda se estuviera. El escritor alemán Thomas Mann, exiliado en California, sostuvo que esa destrucción se justificado por el odio y la violencia sembrada por los nazis. Las justificaciones de los altos mandos de los Aliados se centraron en la importancia táctica de Dresde. Se dijo que era uno de los nudos ferroviarios alemanes más importantes, de los pocos que se mantenían en funcionamiento. Que había fábricas importantes que seguían aportando armamento al frente. Que era vital para ayudar a los soviéticos que venían por el frente del Este. Sin embargo el puente del Río Elba que permitía conectar los trenes con toda la región oriental no fue destruido.

En Londres, en la Cámara de los Comunes en marzo del 45 se debatió la cuestión. Richard Strokes, del Partido Laborista, citó diarios ingleses y alemanes para describir el horror que habitaba las calles de Dresde. Luego explicó las distintas motivaciones que puede tener un bombardeo en medio de una guerra y se opuso a que continuaron “los bombardeos del terror”.

Churchill, en ese momento, escribió una carta a sus altos mandos: “Me doy cuenta de que es necesario concentrarse en los objetivos militares, tales como las plantas petrolíferas y las comunicaciones inmediatamente contiguas a la zona de combate, antes que en meros actos de terror y de destrucción gratuitos, por espectaculares que éstos resulten”.

Luego, por sugerencia de algunos de sus asesores, cambió el contenido de la carta: “Creo que llegó el momento de revisar los supuestos bombardeos zonales en Alemania, teniendo en cuenta nuestros propios intereses. Si tomamos el control de un país que ha sido totalmente reducido a escombros, nos resultará difícil alojar a nuestros soldados y a los aliados”.

A general view shows debris of the Johanneum building at the New Market square (Neumarkt) pictured from the tower of the Church of the Holy Cross (Kreuzkirche) in this undated handout photo from 1946 in Dresden.Seventy years have passed since Allied bombing raids killed 25,000 people and laid to waste its Baroque churches and palaces but resentment still lingers in Dresden, providing fertile soil for far-right and anti-Muslim groups. To match GERMANY-DRESDEN/ REUTERS/MHM/Willy Rossner/Handout via Reuters (GERMANY – Tags: ANNIVERSARY CONFLICT POLITICS CITYSCAPE TPX IMAGES OF THE DAY) ATTENTION EDITORS – FOR EDITORIAL USE ONLY. NOT FOR SALE FOR MARKETING OR ADVERTISING CAMPAIGNS. THIS IMAGE HAS BEEN SUPPLIED BY A THIRD PARTY. REUTERS IS UNABLE TO INDEPENDENTLY VERIFY THE AUTHENTICITY, CONTENT, LOCATION OR DATE OF THIS IMAGE. IT IS DISTRIBUTED, EXACTLY AS RECEIVED BY REUTERS, AS A SERVICE TO CLIENTS. NO SALES. NO ARCHIVES

El cambio de táctica, la suspensión de los bombardeos a ciudades, no tuvieron un móvil humanitario: estaban pensando en lo que sucedería después de la guerra, en cómo harían ellos para controlar esos territorios y de qué manera vivirían los integrantes de las fuerzas de ocupación.

Sin embargo la actitud que prevaleció fue que no se hablara demasiado de este ataque durante mucho tiempo. Hiroshima, Nagasaki y el fin de la guerra monopolizaron la conversación.

En Alemania sucedió lo mismo. La culpa colectiva por las atrocidades del nazismo condenó al olvido, durante años, los bombardeos aliados sobre las poblaciones civiles en los meses finales de la contienda. Había una especie de contrato tácito que hacía que los alemanes no hablaran del estado de ruina material y moral en la que estaban sumidos.

Fue el escritor W.G. Sebald el que puso el foco sobre la cuestión. En su libro Historia natural de la destrucción acusa a varias generaciones de autores alemanes de haber soslayado la cuestión. “El reflejo casi natural determinado por sentimientos de vergüenza y de despecho hacia el vencedor, fue callar y hacerse a un lado”. Y para graficar esto recuerda un episodio que tuvo como protagonista a un periodista sueco, Stig Dagerman, en 1946.

Dagerman cruzaba en tren por el territorio alemán. Al pasar por una de estas ciudades arrasadas por los ataques aéreo sufridos un años antes no se pudo despegar de la ventanilla. Miraba con una incómoda mezcla de fascinación, curiosidad y compasión el paisaje desolado de los esqueletos de los edificios llenos de agujeros, los escombros acumulados, lo caminos tapados de desechos, la ausencia de vida: a veces como un zombie pasaba alguien con la ropa raída haciendo equilibrio entre la pila de paredes derribadas en busca de algún alimento enterrado. El tren estaba lleno pero nadie, excepto el periodista sueco, miraba por las ventanillas, nadie miraba hacia afuera. Los demás pasajeros supieron que ese hombre rubio era un extranjero porque era el único que había posado sus ojos sobre la destrucción que estaban atravesando. Los demás no veían, no querían ver.

En la actualidad los bombardeos de Dresde son esgrimidos por negacionistas y por integrantes de la extrema derecha para impugnar las acusaciones contra el genocidio perpetrado por los nazis. O para igualar esta operación de los aliados con el plan sistemático de los nazis.

La discusión sobre si se trató de un ataque necesario, de una acción de combate válida o de un crimen de guerra continuará durante muchos años.

La otrora joya del barroco reducida a escombros

La otrora joya del barroco reducida a escombros

A la distancia, el ataque a Dresde parece haber tenido motivaciones que exceden lo táctico. Por un lado era un compromiso que había asumido Churchill con Stalin en la reciente conferencia de Yalta, para ayudar a las tropas soviéticas. Y un mensaje hacia este sobre el poder de fuego de los ingleses. Por otro parecía una especie de venganza del Carnicero Harris por los 55 mil pilotos británicos que habían sido derribados por los alemanes en los 5 años de la Segunda Guerra Mundial. Y también una táctica para infundir terror sobre la población civil alemana, para corroer su moral y confianza y apurar el final de la guerra. El poder aleccionador de la devastación, creían los altos mandos británicos, sería mayor si el ataque se dirigía hacia una ciudad que hasta el momento estuviera intacta.

El número de víctimas también está en discusión. En algún momento se llegó a hablar de casi 200 mil muertos. Al inicio de la guerra, Dresde tenía algo más de 600 mil habitantes. Para 1945 habían llegado miles de refugiados, corridos por el avance de los aliados. Algunas cifras oficiales del momento hablaban de 30 mil muertos. Hace dos décadas se creó una comisión integrada por prestigiosos historiadores e investigadores para intentar determinar el número de víctimas. La conclusión fue que oscilaba entre 18 mil y 25 mil, aunque unos años después ajustó el piso en 22.500 muertos. Otros investigadores sostienen que el número pudo ascender a 40 mil.

Entre los sobrevivientes hubo uno que tuvo mayor fama (o prestigio) que el resto. Un joven soldado norteamericano que había sido apresado y era obligado a trabajar para los nazis y que había sido alojado en un matadero. Kurt Vonnegut utilizó su experiencia en Dresde para escribir Matadero 5, una de sus obras maestras. Vonnegut había estado ahí. Había sufrido, había visto el horror, había sobrevivido. Pero sabía que ni él ni nadie era capaz de explicarlo, de comprenderlo. Por eso su novela salta en el tiempo, hay seres venidos de otro planeta, de Tralfamador, hay paranoia. Por eso Matadero 5 es una de los grandes textos bélicos de la literatura, un deforme manifiesto pacifista.

¿Cómo enfrentar lo incomprensible, cómo intentar asirlo, cómo lidiar con la devastación? Kurt Vonnegut escribió en Matadero 5: “Después de una matanza sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda en silencio para siempre. Solamente los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; ¿algo así como pío-pío?”.


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Historia

La otra cara de la Memoria Histórica: los más de 10.000 religiosos asesinados en la Guerra Civil

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La Guerra Civil Española enfrentó a los españoles durante tres largos años (1936-1939). Las barbaries que se cometieron por parte de ambos bandos están entre las páginas más oscuras, teñidas de sonrojo, de la Historia de España. Sin embargo, la Ley de Memoria Histórica aprobada durante el Gobierno de Zapatero, y que ha rescatado el Ejecutivo de Pedro Sánchez, parece olvidar buena parte de los agravios cometidos durante los años de contienda.

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Pero lo cierto es que los desencuentros de la II República con la Iglesia llegó desde el primer momento. No en vano, desde 1931 y hasta el final de la guerra, el patrimonio eclesiástico menguó de manera considerable en España debido a la destrucción de un total de 20.000 iglesias.

Así las cosas, no es casualidad que durante la Guerra Civil perdieran la vida un total de trece obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 frailes y casi 300 monjas. De hecho, la ley socialista no reconoce como genocidio las persecuciones religiosas que se produjeron. Las milicias revolucionarias eliminaron, en muchos casos después de terribles torturas y vejaciones físicas y morales, a cerca de 10.000 sacerdotes, religiosos y religiosas. Su único “delito” fue ser católicos.

Fue por ejemplo el caso del obispo de Jaén, que fue asesinado con su hermana por una miliciana apodada “la Pecosa” ante 2.000 personas, cerca de Madrid. También en la capital de España se abandonó el cadáver de un jesuita con un letrero colgado del cuello en el que se leía: “Soy un jesuita”.

A los obispos de Guadix y Almería se les obligó a fregar la cubierta del barco prisión ‘Astoy Mendi’ antes de ser asesinados en las cercanías de Málaga. La misma suerte corrió el obispo de Ciudad Real que, tras fusilarle, destruyeron su fichero de 1.200 fichas en la que estaba trabajando.

Así las cosas, España se convirtió en un infierno para los miembros de la Iglesia. Ocho décadas después, la izquierda ha tratado de lavarse las manos respecto a esta masacre, bajo la excusa de que aquellos actos fueron perpetrados por delincuentes liberados de las cárceles durante la guerra. Particularmente cruel fue el verano del 36, cuando estalló el conflicto. Entre julio y agosto de aquel año, fueron asesinaron más de 3.000 personas vinculadas al clero. Todo un genocidio que, como hemos comentado, aún no se ha reconocido como tal.


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A Fondo

Liberalismo-conservador: ¿Alternativa o renovación del sistema?

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José Manuel Contreras Naranjo”No hago testamento, porque soy religioso y nada tengo […] Confieso, una vez más, que el liberalismo es pecado, enemigo fatal de la Iglesia y reinado de Jesucristo y ruina de los pueblos y naciones; y queriendo enseñar esto, aun después de muerto, deseo que en el salón donde se expone mi cadáver, y aun en el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga: ‘El liberalismo es pecado'”. Fray Ezequiel Moreno Díaz (1848-1906)

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EL LIBERALISMO, UN ESBOZO SOBRE SUS ORÍGENES Y CONSECUENCIAS

Conviene contextualizar el fenómeno del liberalismo para entender mejor el proceso y sus consecuencias. Paulatinamente, ha supuesto una trasformación en nuestra forma de pensar y concebir la convivencia, la vida y hasta nuestra práctica religiosa. Es a raíz de la Revolución francesa cuando se desarrolla fundamentalmente esta corriente de pensamiento convirtiéndose en acción política. El cuadro de Eugène Delacroix, “la Libertad guiando al pueblo” (1830), es una síntesis extraordinaria de lo que es y significa esta ideología. Sin embargo, debemos remontarnos a John Locke (1632 – 1704), filósofo y médico inglés, considerado el padre del Liberalismo Clásico. Otro británico, Adam Smith (1723 – 1790), economista y filósofo, conocido como el padre de la economía moderna, tuvo una incidencia determinante a través de su obra “La riqueza de las naciones”. En definitiva, lo que propugna el liberalismo se podría resumir en conceder la primacía a la libertad individual, limitando al máximo la expansión y el poder del Estado. Esto se concretará regulando a los Gobiernos a través de una Constitución, la cual se base en la soberanía nacional y la división de poderes. Al mismo tiempo se debe garantizar a las personas una serie de libertades fundamentales. Respecto a la economía, el liberalismo propugna el libre mercado y la salvaguarda de la propiedad privada.

En sus inicios, el aspecto más desarrollado por los liberales fue el económico. Éste era precisamente el que más beneficiaba a las oligarquías que ostentaban el poder y manejaban los hilos de la economía. Sus intereses particulares hacían muy conveniente que existiera la máxima libertad de mercado, también del mercado de esclavos; por eso la esclavitud siguió estando vigente durante más de un siglo. Este liberalismo económico, cínico, ruin e inmoral, da lugar al capitalismo, cuyo catalizador determinante fue la Revolución Industrial. El mejor caldo de cultivo para que surja una nueva clase social que, por carecer de medios de producción, no le queda más que sobrevivir ofreciendo su trabajo manual a la burguesía capitalista. Los proletarios eran obreros sin cualificar que formaban parte de la población más pobre. Los que suministraban a la prole, necesaria como mano de obra para las fábricas. Se les denominaba “miserables”, apelativo que nos recuerda la célebre novela de Víctor Hugo. Más tarde se les llegó a llamar incluso “la hez de la sociedad”.

Los salarios ínfimos, unas condiciones de trabajo abusivas, la falta de seguridad social; todo ello da lugar al nacimiento de los movimientos obreros. En el convulso año 1848 los alemanes, de origen judío y ateos, Carlos Marx y Federico Engels publican juntos el Manifiesto del Partido Comunista. Recordemos que ambos abuelos de Marx eran rabinos y que su padre, a decir verdad poco religioso, se hizo protestante luterano al parecer para protegerse del antisemitismo. Fundada la Primera Internacional, surgen los anarquistas liderados por el ruso Miguel Bakunin. Mientras que Marx era partidario del cambio social a través de la revolución, Bakunin quiere llevarlo a cabo por la ruptura total con el Estado y el poder establecido. El poder debe asumirlo la clase obrera, a la que cree con capacidad suficiente como para autogestionarse. Los anarquistas admiten el derramamiento de sangre. También el terrorismo. ¿“Podemos” entenderlo?

Por otra parte, en Inglaterra surge el movimiento obrero denominado “cartismo” (1836), que nace como consecuencia de la brutal miseria en la que viven los trabajadores. Los puntos que lo inspiraban no pueden ser más sensatos: Sufragio universal masculino, elecciones anuales al parlamento, voto secreto, suspensión de la obligación de ser propietario para ser miembro del Parlamento, dietas para los parlamentarios que permitan a los trabajadores participar en política, así como circunscripciones electorales de manera que la representatividad se consiga equitativamente para todos.

En Francia, tras la revolución de París, la familia real huye y se proclama la Segunda República (1848). Luis Napoleón Bonaparte, gobierna primero como presidente y, después de un golpe de estado en 1851, como emperador Napoleón III.

Poco más adelante, tras la guerra franco-prusiana, en la primavera de 1871, tiene lugar el movimiento llamado “Comuna de París”. Durante tres meses París se autogobernó promulgando decretos que serán el presagio profético de lo que iría ocurriendo paulatinamente más tarde. No se cuestionó la propiedad privada, pero se anularon los pagos de alquileres y se otorgó el derecho de los empleados a quedarse con una empresa si el dueño la abandonaba. Se abolió el trabajo nocturno en las panaderías. Se concedieron pensiones a las viudas e hijos de los héroes de guerra. Se suprimieron los intereses por las deudas adquiridas. Se montaron guarderías próximas a las fábricas. Se le arrebató la educación a la Iglesia, dando lugar a la llamada educación laica. Se le quitó a la Iglesia, una vez más, sus bienes; sólo se hacían concesiones si ofrecían sus instalaciones para las reuniones políticas. La Comuna de París concluyó con miles de muertos, ya fuera en los combates o en los fusilamientos posteriores. No hubo distinción entre hombres, mujeres o niños. Las pérdidas patrimoniales fueron también muy grandes, dado que los rebeldes quisieron destruir todo lo que representaba el poder y el Estado.

Intereses comerciales, luchas de poder entre la vieja aristocracia y la alta burguesía, abusos hacia los más débiles y empobrecidos, exaltación de los nacionalismos; todo ello configura el caldo de cultivo ideal para que surjan nuevas ideologías opuestas y extremas: el comunismo marxista y el fascismo nacionalsocialista. Ambas recogen del liberalismo aspectos ideológicos que puedan arrastrar adeptos entre las clases populares, manipulando sentimientos y utilizando la injusticia social como arma eficiente y certera. Así llegan las dos grandes confrontaciones mundiales, colosal exponente de la deshumanización, del desprecio a la vida humana y del individualismo esclavizante. Sin pasar por alto la Revolución rusa de 1917, que colocaría en el poder de la Unión Soviética primero a Lenin y luego a Stalin. Allí se impondría un estilo de gobierno comunista, dictatorial, abusivo y criminal; que duraría prácticamente todo el siglo XX. No por ello el comunismo de la URSS dejó de ser un modelo a seguir por otros países o partidos políticos. El siglo XX ha supuesto un verdadero órdago a la Humanidad. Un siglo que ha desembocado en el liberalismo democrático, aquel en donde la mayoría decide cuáles son los límites de la libertad y en donde el Estado asume una preponderancia paternalista, nada acorde con los principios liberales.

EL LIBERALISMO EN ESPAÑA

Aunque las ideas de la Ilustración ya habían venido influyendo en la sociedad y la política española, el liberalismo propiamente hace su entrada triunfal a través de la Constitución de Cádiz (1812), que también fue un texto clave para otros países. En el siglo XIX todavía se promulgaron cuatro constituciones más (1837, 1845, 1869 y 1876), todas ellas de carácter liberal. Salvo cortos periodos de tiempo, los liberales fueron alternándose en los distintos gobiernos y cotas de poder a lo largo de todo este nefasto siglo. Aquellos que no eran liberales se posicionaron en el bando Carlista y fueron derrotados en las distintas guerras que llevan su nombre. Entre estos liberales, que manejaron los hilos del país a lo largo del siglo, los había moderados y progresistas, pero todos ellos estaban marcados por la ideología dominante.

Aquella Constitución de 1812 recogió elementos propios del liberalismo y comenzaba con la plegaria: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la Sociedad”. Se abolieron los gremios y se dio paso a la libertad económica, reconociéndose la libertad comercial, de trabajo y de fabricación. Aunque el grado de analfabetismo era abrumadoramente mayoritario, también se protegió la libertad de prensa; a fin de cuentas, era una manera de asegurar la difusión de las nuevas ideas liberales. En el artículo 294 se prohíbe el embargo de bienes, que sólo permite que se lleve a cabo “por delitos que lleven consigo responsabilidad pecuniaria, y en proporción a la cantidad a que esta pueda extenderse”. Y en el 304 se prohíbe que se imponga “la pena de confiscación de bienes”. Sin embargo, no se recoge la libertad religiosa y tampoco se aborda el tema de la esclavitud, que permaneció vigente hasta 1880. Sin olvidar que, bajo el paraguas de esta Constitución, se produjeron dos desamortizaciones.

Ciertamente, desde el principio se cometieron contradicciones y agravios cuya única justificación es la de la debilidad propia de la condición humana. Liberalismo sí, mientras la nueva burguesía dominante no se sienta perjudicada. Se estableció el servicio militar obligatorio, pero se permitió la redención en metálico. Esta fue la causa de que los hijos de la aristocracia y la nobleza se libraran de ir a las sucesivas guerras. Se protegió la propiedad privada, pero en esta época se llevaron a cabo hasta cinco desamortizaciones de propiedades y tierras que llamaban de “manos muertas”. Estas propiedades eran fundamentalmente de la Iglesia o de la aristocracia. Unas desamortizaciones que no resolvieron los problemas económicos que decían haberlas justificado y que tan solo consiguieron poner las propiedades en manos, no del pueblo, sino de esa nueva burguesía que contaba con dinero suficiente para pagarlas. Lo que sí se produjo fue un verdadero espolio de bienes artísticos que fueron a parar a los museos de otros países o a manos privadas.

La primera desamortización de los liberales se produce en 1813, cuando apenas hacía un año que se había aprobado la Constitución de Cádiz. Aquí las víctimas fueron los traidores afrancesados, que por otra parte también eran liberales. Las propiedades de la Iglesia, sobre todo las pertenecientes a las Órdenes Militares, también fueron objeto de esta primera expropiación de los liberales constitucionales. Durante el Trienio Liberal (1820-1823), nada más instaurarse, se produce una nueva desamortización. Luego vino la gran desamortización de Mendizabal (1837), un liberal cuyo apellido original era Méndez, de origen judío, por lo cual lo cambió para que no se le reprochara falta de pureza de sangre. En 1841 el General Espartero no quiso quedarse atrás e impuso una nueva desamortización. En el bienio liberal progresista (1854-1856), al frente del cual seguía estando el regente Espartero, acompañado ahora por el General O’Donnell, se produce otra desamortización (1855) ejecutada por el ministro de Hacienda Pascual Madoz.

Mientras tanto, en Hispanoamérica tienen lugar las guerras de independencia. Aquellas repúblicas nacientes se construyen sobre el liberalismo, por auténticos liberales. Unos liberales que se alzaban rebeldes contra el usurpador rey José Bonaparte, y en defensa de nuestro rey Fernando VII. ¡Curiosa historia, republicanos independentistas que se revelan en defensa de un rey! Unos liberales que, además, eran masones. No en vano la operación se diseñó y proyectó desde Inglaterra, cuna de la masonería. En Londres se conserva todavía la casa, hoy habilitada como museo, desde donde reclutaba adeptos y organizaba sus reuniones Francisco de Miranda, uno de los precursores del movimiento independista. Por su casa pasaron los Simón Bolívar de turno, todos ellos españoles sediciosos; aunque hoy los presentan como patriotas venezolanos, mexicanos, chilenos, bolivianos… Liberales, movidos por oscuros intereses particulares, y traidores a su verdadera Patria, que en ese momento no puede defenderse por estar combatiendo contra la invasión francesa. Unos liberales libertadores que no les importó llevar a la guerra civil a sus conciudadanos realistas, y que no dudaron en traicionarse entre ellos mismos cuando llegó el momento.

Pronunciamientos militares o elecciones amañadas hacen que liberales progresistas y moderados se alternen en el gobierno. Mientras que la burguesía se enriquece sin escrúpulos, las clases más bajas tienen muy pocos derechos y sus condiciones de vida son muy malas. Contagiados por los movimientos obreros que surgen en Europa, termina proclamándose la Primera República (1873-1874) cuyas ideas amenazaban la propiedad privada. Sin embargo, los propios republicanos, que pertenecían sobre todo a la clase media intelectual, estaban divididos y tienen a todas las clases sociales en contra: al proletariado, al campesinado, a la burguesía.

En definitiva, un siglo caótico, de enfrentamientos sociales violentos, en el que los poderosos liberales no dudan en acaparar el poder a toda costa. Al igual que ocurre en Europa, también en España es la época en la que surgen los nacionalismos. Sabino Arana, de familia carlista, es decir, opuestos al liberalismo, funda el Partido Nacionalista Vasco en 1895. Un siglo que nos conducirá inexorablemente a la guerra civil y a la controvertida dictadora del General Franco, que consigue aplacar las ínfulas libertarias y proporcionar al país el periodo de paz y desarrollo más largo en la historia de España.

LA IGLESIA CATÓLICA FRENTE AL LIBERALISMO

San Ezequiel Moreno Díaz fue un agustino recoleto natural de Alfaro cuyos restos descansan, incorruptos, en el Convento de Nuestra Señora del Camino, en Monteagudo (Navarra). De allí partió como misionero para Filipinas en donde ejerció como párroco, siempre cercano a la gente humilde entre quienes adquirió fama de hombre santo. Después de quince años regresó a España, pero pronto retomó su vocación misionera dirigiéndose esta vez a Colombia. Los últimos diez años de su vida ejerció como Obispo de Pasto, pero no dejó de llevar una vida austera. Regresó a España enfermo de un cáncer en el paladar, que debió ser muy doloroso y desagradable. Las operaciones a las que se sometió, algunas sin anestesia, no consiguieron librarle de su cercana muerte en el convento desde el que partió, en Monteagudo. A su intercesión se atribuyen numerosas curaciones de cáncer. Fue canonizado el 11 de octubre de 1992 con ocasión del V Centenario de la Evangelización de América.

A pesar de que la Iglesia Católica en un primer momento acogió las ideas liberales con cierta aceptación, muy pronto se mostró contraria a ellas. No en vano, San Ezequiel quiso perpetuar su oposición al liberalismo a través del epitafio: “el liberalismo es pecado”. Una expresión recogida del libro publicado en 1884 por el sacerdote Félix Sardá y Salvany. San Ezequiel, en su escrito más famoso, “O con Jesucristo o contra Jesucristo ó Catolicismo o liberalismo” (1897), cuyo subtítulo es “no es posible la conciliación”, justifica que los peores enemigo de la Iglesia son los liberal-católicos. Pero mucho antes, el Papa Gregorio XVI, en su carta encíclica “Sobre los errores modernos” (1832), hace un análisis crítico de la nueva ideología liberal. En ella se habla de la autoridad y obediencia debida a la Iglesia, defiende el celibato, se refiere a la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano, trata sobre las malas consecuencias de la libertad de conciencia o incluso habla sobre la libertad de prensa, entre otras cuestiones que parecen estar de suma actualidad.

Desde entonces, prácticamente todos los papas, de una manera directa o indirecta, se han referido a los errores y consecuencias negativas del liberalismo. No voy a relacionar aquí las encíclicas de estos pontífices que, por otra parte, pueden ser consultadas con suma facilidad. Pero es claro que para el liberalismo el bien supremo no es la VERDAD, sino la libertad. No importa que con el pretexto de la libertad se hayan cometido los más crueles magnicidios y abusos. La libertad es el bien absoluto y su único límite es aquel que colisiona con la libertad de los demás. Para el liberal la ética queda en un segundo plano o, directamente, se excluye. El bien común se reduce a un acuerdo sobre las libertades que debemos disfrutar, sustituyéndolo así por el interés general. Es éste un principio que, además de pervertir profundamente la dignidad humana, contradice la doctrina de la Iglesia Católica.

Por si fuera poco, desde sus inicios el liberalismo le declaró la guerra abierta a la Iglesia Católica. La segunda expulsión de los jesuitas en España se produjo con el primer gobierno liberal de Riego. Un General, liberal y masón, que utilizó la fuerza militar destinada a combatir a los sublevados en Hispanoamérica para dar un golpe de estado en la península. A la Iglesia siempre han querido arrebatarle la educación, para ponerla en manos del Estado; lo cual no parece muy liberal. Sin olvidar las numerosas desamortizaciones o la agresividad manifiesta en la quema de edificios u objetos religiosos. La prohibición de las clases de religión, o simplemente de crucifijos en las aulas, es un tema recurrente en la política liberal española; contra el que los liberales más moderados tampoco hacen una oposición muy decidida.

Me permitiré traer otro personaje que me parece profundamente significativo: el presbítero anglicano, convertido al catolicismo en 1845, beato John Henry Newman (1801 – 1890); que también quiso ser muy claro refiriéndose al liberalismo. En su discurso pronunciado el 12 de mayo de 1879, con ocasión de su nombramiento como Cardenal, lo criticaba de esta manera: “El liberalismo en religión es la doctrina según la cual no existe una verdad positiva en el ámbito religioso sino que cualquier credo es tan bueno como otro cualquiera. Es una opinión que gana acometividad y fuerza día tras día. Se manifiesta incompatible con el reconocimiento de una religión como verdadera, y enseña que todas han de ser toleradas como asuntos de simple opinión. La religión revelada -se afirma- no es una verdad sino un sentimiento o inclinación, no obedece a un hecho objetivo o milagroso. Todo individuo, por lo tanto, tiene el derecho de interpretarla a su gusto. La devoción no se basa necesariamente en la fe. Una persona puede ir a iglesias protestantes y a iglesias católicas, obtener provecho de ambas y no pertenecer a ninguna.” Lo que dice el beato Newman sobre el liberalismo, ¿no nos recuerda lo que ocurre en nuestros días? ¿Y no vemos aquí uno de los aspectos que la masonería tiene como premisa?
Efectivamente, la masonería ha estado siempre ligada al liberalismo. Los principios masónicos liberales nos han invadido y se han asentado en las instituciones. Para la masonería, al igual que para el liberalismo, la libertad del individuo está por encima del Estado o de la religión. Las ciencias naturales son la única forma objetiva de conocimiento y el método empírico se pretende aplicar incluso a cuestiones teológicas o morales, algo contra lo que también se opuso explícitamente, por cierto, el Cardenal Newman.

En España la masonería se legalizó a raíz de la transición, pero siempre ha estado presente. En el siglo XIX todos los generales que se fueron sucediendo en el poder, en muchas ocasiones mediante golpes de estado, eran masones. Como masones, se regían más por los mandatos de las logias que por la disciplina militar. También en Hispanoamérica la masonería estaba instalada en el poder. Ya en el siglo XX, el propio Azaña, por ejemplo, siempre estuvo muy próximo a la masonería, hasta que en 1932, siendo presidente del gobierno, se hizo declaradamente masón. En la actualidad está tan viva o más como en sus orígenes. En el escenario internacional, George Soros es considerado el gran maestre de la logia de la globalización. Soros es uno de los hombres más ricos del mundo, si no el que más. Se trata de un especulador magnate financiero de ascendencia judía, una vez más, aunque poco o nada religioso en realidad. Su padre, que además de abogado era escritor en la lengua esperanto, cambio el apellido familiar de Schwartz a Soros porque formaba un palíndromo y en esperanto significa “se elevará”. Se dice que George Soros ha extendido sus tentáculos incluso en el Vaticano.

LA EUGENESIA: LIBERTAD PARA MATAR

La selección de seres humanos, en principio para beneficiar la especie, está muy ligada a los orígenes y desarrollo del liberalismo. Quizá su gran precursor fue el pastor anglicano y economista masón, considerado padre de la demografía, Thomas Malthus (1766 – 1834). En 1789 publicó su “ensayo sobre la ley de la población”, y en él escribe un principio muy liberal: “Hay un derecho que el hombre nunca ha poseído ni puede poseer: el derecho a la subsistencia cuando su trabajo no basta para adquirirla… Un hombre que nace en un mundo ya poseído, si no puede obtener su subsistencia de sus padres, y si la sociedad no necesita de su trabajo, no tiene ningún derecho siquiera a la más mínima porción de los alimentos y, en realidad, no tiene por qué estar donde está. La naturaleza le ordena que se marche…” Malthus sugirió que el tamaño de las familias de las clases más bajas debería estar regulado para no tener más hijos de los que pudiesen mantener.

Los factores clave en la lucha por el desarrollo debían ser, según Malthus:

  • Medidas de control de natalidad entre los pobres, retrasando sus matrimonios y predicando una moral de continencia, “moral restraint”.

  • Derogar las llamadas “poor laws” (leyes de pobres), vigentes en el Reino Unido desde 1601, que aseguraban un subsidio a los pobres en momentos de penurias y escasez.

Malthus se opone a estas ayudas porque “han contribuido poderosamente a engendrar esa negligencia y esa carencia de frugalidad que se observa en los pobres” (Primer Ensayo sobre la población). Otra perla: “Nos sentimos obligados por la justicia y el honor a negar formalmente que los pobres tengan derecho a ser ayudados”. El Parlamento Inglés derogó las “Poor laws” en 1834.

El Conde de Gobineau (1816 – 1882) es el ideólogo del racismo. Fue un aristócrata francés, diplomático y escritor, que lideró el movimiento racista a favor de la “superioridad del blanco caucasoide frente a los grupos de color”. Entre 1853 y 1855 escribe el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”. En él afirma que la raza de los germanos, que habita en Gran Bretaña, Francia y Bélgica, es la única raza pura de entre aquéllas que proceden de la raza superior de los arios, por estar las demás mezcladas con las razas negra y amarilla. Esta teoría sobre la superioridad racial, supone el mejor caldo de cultivo para que florezcan los nacionalismos, que aún hoy padecemos. Posteriormente fue adoptada por Adolf Hitler. En España tenemos un claro exponente en Sabino Arana, defensor a ultranza de la raza vasca.

Charles Robert Darwin (1809 – 1882) fue contemporáneo del Conde de Gobineau. En 1859 publica su célebre obra “El origen de las especies” donde enuncia la conocida teoría de la evolución. En ella aparecen conceptos como especie, supervivencia del más apto, eliminación del más débil, selección, eficacia. Se expresan ideas como que: “Entre los salvajes, los cuerpos o las mentes enfermas son rápidamente eliminados, los hombres civilizados, en cambio, construyen asilos para los imbéciles, los discapacitados y los enfermos y nuestros médicos ponen lo mejor de su talento en conservar la vida de todos y cada uno hasta el último momento, permitiendo así que se propaguen los miembros débiles de nuestras sociedades civilizadas”.

El Darwinismo fue adaptado a las ciencias sociales y se convirtió en una concepción que pasó a ser llamada “Darwinismo Social”. El Darwinismo Social afirma que las razas humanas se ubican en distintos peldaños de la “escala evolutiva”, que las razas europeas eran las más avanzadas y que muchas otras razas aún llevan rasgos de “simios”. Estos argumentos serán adoptados por los esclavistas del siglo XIX para justificar sus abusos. También los llevados a cabo por el colonialismo inglés.

Francis Galton (1822 – 1911) era médico y estadista inglés, masón, primo de Charles Darwin. Está considerado el padre de la eugenesia, cuyo término emplea en su obra “Investigaciones sobre las facultades humanas y su desarrollo” (1883). Realiza estudios estadísticos para confeccionar tablas sobre la evolución de las “buenas familias inglesas”. Defendía que la sociedad mejoraría si se fomentaba el matrimonio entre los mejor dotados de cada clase social y que habría que conceder ayudas para que tuvieran hijos. Le preocupaba que las clases inferiores tuvieran muchos más hijos. También se quejaba de la caridad hacia los pobres y enfermos.

Margaret Sangers (1879 – 1966) fue la iniciadora del feminismo en norteamericana, y miembro de la secta masónica anticristiana Unity. El objeto de su lucha fue siempre el fomento del aborto y el uso libre de anticonceptivos. Fundó la “Liga Americana para el Control de la Natalidad” (que se denominó, en 1942, “Federación de la Paternidad Planificada” o lo que es lo mismo “Planned Parenthood”). En un principio, su acción fue dirigida hacia los barrios pobres de Nueva York. En 1995 esta organización contó con un presupuesto de unos 43 millones de dólares. De esta cifra, el 92,5% procede de fondos asignados por el gobierno de los Estados Unidos. En los últimos tiempos se les ha pillado infraganti vendiendo órganos de fetos abortados (¡El libre mercado!). Traeré sólo una cita de esta buena mujer: “La cama del matrimonio es la influencia más degenerativa en el orden social…”

Julian Huxley fue presidente de la Eugenics Society y primer Secretario General de la UNESCO, entre 1946 y 1948. Actualmente, la UNESCO, “es un laboratorio de ideas que marca los estándares para establecer acuerdos a nivel mundial relativos a los principios éticos incipientes” (https://www.organismointernacional.org/unesco.php). Es decir, los “nuevos” principios éticos, los que nos convienen. Este hombre influyente, cuyos objetivos se están realizando hoy, ha llegado a manifestar: “Pero yo pienso que nuestras mejores esperanzas deben apoyarse en el perfeccionamiento de nuevos métodos de control de nacimientos, sencillos y aceptables, ya sea por contraceptivos orales, ya sea, quizá preferentemente, por métodos inmunológicos que exigirían inyecciones”.

Henry Alfred Kissinger, que trabajó con al multimillonario Rockefeller, ambos masones de ascendencia judía y pertenecientes al Club Bilderberg junto a Georges Soros, elaboró el llamado “MEMORANDUM 200”, conocido también con el nombre de “Informe Kissinger”. Este prestigioso político, que aún sigue siendo consejero de los presidentes de EEUU, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973, a pesar de que fue el principal responsable de los golpes de estado en Hispanoamérica. En su estudio se plantean estrategias encaminadas al control de la natalidad; por ejemplo, integrar la planificación familiar en los servicios de salud públicos difundiendo métodos contraceptivos, de esterilización o abortivos. Incluso habla de propagar su ideología a través de los medios de comunicación.

En nuestros días, esta estrategia perfectamente definida y planificada está teniendo su aplicación práctica. Quizá parezca un anacronismo traer aquí la idea del clásico contubernio judeo-masónico. No tiene mucha aceptación popular aludir a fuerzas ocultas o sociedades secretas. Sin embargo, por los hechos podemos juzgar. Es claro que liberalismo y masonería forman una simbiosis, a la cual se puede vincular el judaísmo; si bien parece un judaísmo sólo de ascendencia familiar y poco dado a la religiosidad. Un judaísmo deísta, que se siente abandonado por el Dios de sus antepasados, puesto que para ellos el mesías prometido no acaba de llegar.

MAYO DEL 68, PROHIBIDO PROHIBIR

Hasta mayo del 1968 todavía se convivía con el respeto a las normas, a partir de este momento la transgresión será la norma de conducta. Fue ésta una revolución con repercusión mundial, llevada a cabo por “niños de papá”; un papá que había hecho la guerra mundial y unos niños que se habían desarrollado en la abundancia económica. Una revolución que tuvo consecuencias culturales inmediatas, pero cuyas consecuencias políticas las estamos viendo en la actualidad. No en vano, el ideario del partido político Podemos está sacado del libro “Imperio” cuyo coautor es Toni Negri, un ideólogo del 68 condenado por pertenecer al grupo terrorista Brigadas Rojas. De hecho, mayo del 68 dio lugar a la formación de diversos grupos terroristas. En España, entre otros, hemos padecido al terrorismo de ETA o el del FRAP, a cuya organización perteneció el padre de Pablo Iglesias.

Mayo del 68 es el movimiento reivindicativo de la libertad absoluta. La vida era una fiesta continua en la que el deseo se convierte en la norma de conducta. Es un hecho que esta revolución se desenvuelve en una época de abundancia, que origina un capitalismo del deseo. Hay que despertar el deseo en los consumidores para que no compren lo que necesitan sino aquello que demande su deseo. Se trata del “carpe diem”, la cultura del hedonismo y la lucha contra todo aquello que se le opone; por ejemplo, la familia, la religión y las tradiciones. Se mira, sin embargo, hacia una espiritualidad de tipo oriental, naturalista, que pretende ocupar ese vacío de trascendencia. Al mismo tiempo es a partir de este momento cuando despega definitivamente el individualismo destructor que, mezclado con la búsqueda de la satisfacción de los deseos, da lugar a las más aberrantes actitudes. Digo aberrantes por ir contra la propia naturaleza humana. Nos hemos convertido en una masa de individualidades consumidoras y ávidas de satisfacer deseos que se generan indefinidamente.

La cuestión de los vientres de alquiler es uno de estos casos en los que el deseo se transforma en un derecho. Un buen liberal no debe poner límites al antojo de ser padre o madre puesto que forma parte de la libertad del individuo para satisfacer sus deseos, siempre que le sea posible y no entre en colisión con la libertad de los otros. A este respecto se publicó hace ya algún tiempo, un cruce de artículos entre dos prestigiosos profesores liberales, el libertario Juan Ramón Rallo y el conservador Francisco José Contreras, cuya lectura es muy recomendable. Maternidad subrogada, crisis de la familia, elección libre de la identidad sexual, adulteración del concepto de matrimonio, son cuestiones que están en continua actualidad y que no son más que el resultado de este liberalismo del deseo que explosionó en mayo del 68.

Tiene sentido traer a colación una campaña promovida por el periódico francés Libération -significativo nombre- en los años 70 a favor de la despenalización de la pederastia. Un periódico que ahora, en un alarde de puritanismo calvinista, se rasga las vestiduras denunciando escandalosamente los casos de pederastia en la Iglesia. La célebre Simone de Beauvoir, partidaria también de este tipo de prácticas, estaba involucrada en la campaña de Libération, cuyo lema era “Apprenons l’amour a nos enfants”. Quizá esto nos recuerde al programa skolae de educación sexual para niños que se está implantando en Navarra, pero que ya lleva años instaurado en otras comunidades. Un programa alimentado por la ideología de género, cuya semilla regó la propia Simone.

Aquellos jóvenes del 68 llegaron por fin a escalar cotas de poder y, aunque en algunos aspectos retomaron el conservadurismo de sus padres, en otros nos condujeron al progresismo democrático; ese que nos tiene enfangados en el relativismo moral. Un relativismo que ha supuesto la descomposición familiar, la corrupción social y la manipulación interesada de la historia y la cultura. Un progresismo que fomenta el igualitarismo, ha empobrecido las enseñanzas básicas y corrompido la universidad. Progresismo que, por momentos, se inmiscuye en los entresijos de la propia Iglesia Católica edulcorándola y, a veces, incluso, adulterándola. En nuestro país, las consecuencias de todo ello las venimos padeciendo en leyes como la del aborto, memoria histórica, divorcio exprés, matrimonio homosexual. O el trato dado al problema de los nacionalismos, las negociaciones con la banda terrorista ETA, la inmigración o las incesantes subidas fiscales que alimentan una magna administración del Estado burocratizada, intervencionista y subvencionadora; que engorda empresas concertadas y bolsillos de funcionarios y políticos corruptos.

LIBERALISMO CONSERVADOR VERSUS LIBERALISMO ÉTICO

La libertad, en sí misma, no es responsable de los males que vienen golpeando en la línea de flotación de nuestra sociedad.

La libertad es innata al ser humano, y sin ella pierde parte de su dignidad. Los regímenes totalitarios que surgieron en el siglo XX, como consecuencia de un liberalismo perverso, veían en la libertad, y su gran aliada la democracia, un elemento obstaculizador para la convivencia y el bienestar social. No se puede volver atrás. El liberalismo está ya en el ADN de la humanidad. Sin embargo, este liberalismo democrático que se viene padeciendo en la actualidad adolece de múltiples deficiencias que están dando al traste con la propia dignidad del ser humano. Ni somos más libres, ni caminamos hacia una sociedad más justa, equitativa y feliz.

Según el INE, el número de suicidios en España en 2017 ha aumentado en un 3,1%, en términos absolutos 3.679, lo que supone una media de 10 muertes al día. A veces, incluso, me llega la noticia privada del suicidio de algún adolescente, dada mi actividad en contacto con ellos. En ese año 2017 se practicaron 94.123 abortos, mientras que los nacimientos han caído un 5,8%. Hubo 97.960 divorcios, un 1,2% más que el año anterior. Podríamos continuar, por ejemplo, hablado del paro o de otras cuestiones, pero con estos datos basta para destapar el sufrimiento con el que se convive. Son los datos de la angustiosa amargura de una sociedad enferma de libertades pervertidas. El ser humano no es más feliz. Sobre la juventud se cierne un aire de incertidumbre, pesimismo y desconfianza; a pesar de que gozan de suficientes bienes materiales y habitualmente disfrutan de fiestas y convivencias que les alegran la vida.

A veces he oído la expresión “mi familia es muy liberal”, como queriendo plantear en positivo un progresismo desinhibido, enriquecedor y saludable. Con ello se quería justificar una visión como la que paso a describir. El padre, que goza de un alto poder adquisitivo, echa con frecuencia sus canitas al aire. La madre, que también disfruta de sus propios recursos económicos, harta de aguantarle, lo manda a paseo y termina por encontrar ella misma su propio novio. Una prima, confusa por su identidad sexual, decide quitarse los pechos y hormonarse para que le crezca el bigote. Otro primo, se siente inclinado por practicar el sexo con chicos, habiendo llegado a intimar mucho con uno de ellos, por lo cual, de momento, ha decidido formar pareja con él. El hermano de la madre ha formado pareja recientemente con una señora que ya no puede engendrar, por esa razón han decidido alquilar el vientre de una amiga para tener un hijo, porque les apetece mucho ser padres. Es tan brusco y violento que parece un relato de novela, pero cualquier lector podría poner nombres y apellidos a estos personajes. Todos podemos reconocer el sufrimiento -yo sin duda lo hago- que genera este tipo de comportamiento; aunque nos lo quieren presentar como natural, progresista y sin complejos.

Un liberal empedernido vería con buenos ojos a una familia como la descrita. Se mostraría indiferente a ese sufrimiento aludido. Para él, lo importante es que alguien que decide vivir de esa manera pueda hacerlo sin impedimentos, sin coartar su libertad. Un liberal libertario es el que ha endiosado la libertad. Sin embargo, en una sociedad democrática las libertades se conceden o suprimen según decide la mayoría. De esta manera hemos entrado en una espiral de degradación en la que se alternan las más indignas normas, propias de regímenes dictatoriales, con las leyes más aberrantes que entusiasmarían al mismo Josef Mengele.

A quien no concibe un progresismo como el descrito, se le tacha de conservador (incluso de fascista de ultra derecha). Un conservador es quien demanda políticas favorables a la familia y a la natalidad. Si además es liberal, reclamará libertad para educar a los hijos y para practicar su religión. Sin embargo, lo que realmente se demanda es algo mucho más profundo. El profesor Fco. José Contreras lo reivindica como “ecología moral” y aduce que los liberales clásicos eran conscientes de la importancia de la virtud para el sostenimiento de una sociedad libre. Hablamos, por tanto, de un liberalismo ético que supere el relativismo moral en el que estamos inmersos. Es un hecho que el Estado es el que viene asumiendo la implantación de los principios éticos, arrogándose así una autoridad moral impersonal e interesada. Lo cual va, por cierto, contra uno de los principios del liberalismo que pretende reducir el Estado al mínimo necesario.

DECÁLOGO PARA UN LIBERALISMO ÉTICO

No es posible contemplar la convivencia entre los seres humanos sin impregnarla de ética, disciplina que estudia el bien y el mal y su relación respecto al comportamiento humano. A lo largo de los dos últimos siglos, las sociedades modernas han ido configurando una nueva ética, una ética democrática. Nos ponemos de acuerdo en qué es lo que está bien, para legislar a su favor, o mal, para prohibirlo con una ley. La mayoría democrática será la que decida si algo debe cambiar y en qué sentido debe hacerlo. Lo que hoy es considerado bueno mañana puede no serlo y viceversa. Sin embargo, no parece que nuestra convivencia haya ido a mejor. La gente sabe que algo no va bien, pero no son capaces o no se atreven a discernir adónde está el mal y adónde el bien. Se tiene miedo al enfrentamiento con la supuesta mayoría democrática. En una palabra, no se es libre. No obstante, algunos estamos convencidos de que es posible clarificar y orientar a las personas sencillas de manera que puedan recuperar esa libertad perdida. Siempre habrá fanatismos difíciles de atraer hacia la cordura y, en todo caso, el cambio ha de ser progresivo y lento. El recorrido que nos ha traído hasta la lamentable situación en que nos encontramos ha durado dos largos siglos. Quizá podríamos resumir en un decálogo lo que un liberalismo ético debería tener en cuenta:

1.- Dios ha de estar por encima de todo. Parece un anacronismo hablar de Dios a estas alturas y en este contexto; sin embargo, separarnos de Dios, recluirlo a nuestra intimidad o encerrarlo en las catacumbas no parece que nos haya traído buenas consecuencias. Por otra parte, al hablar aquí de Dios no se está planteando que cualesquiera religiones deban ostentar el poder civil en alguna de sus vertientes. Las religiones no son más que puentes que, en el mejor de los casos, permiten al ser humano acercarse a Dios, aunque no todas lo hacen de la misma manera. Bastaría con no legislar en contra de Dios y de quienes lo quieren tener presente en sus vidas. De hecho, la experiencia de Dios es lo que nos hace más propiamente humanos. Es necesario recuperar la libertad para hablar de Dios, para creer, para relacionarse con Él.
Tener presente a Dios, en una sociedad liberal, favorece que todos nos situemos en un estatus de humilde igualdad. Una humildad que siempre viene bien, como hace poco reconocía el propio Pedro Sánchez; aunque, muchos de los que le escuchábamos, descubriéramos que el doctor tampoco tiene mucho conocimiento de esto. La presencia de Dios en nuestra vida permitirá acortar distancias entre pobres y ricos, oligarquías y proletariados, castas y descastados. Y, por otra parte, intentar eliminarlo nos coloca ante otros “dioses”, otros referentes idolatrados, que son los que verdaderamente nos esclavizan y nos empujan al vacío existencial del que hablaba el psiquiatra Victor Frankle. Lo expresa muy bien en su libro “Presencia ignorada de Dios” cuando dice: “Hay siempre en nosotros una tendencia inconsciente hacia Dios, es decir, una relación inconsciente pero intencional a Dios. Y precisamente por ello hablamos de la presencia ignorada de Dios… Dios a veces “nos” es inconsciente, nuestra relación con él puede ser inconsciente, es decir, reprimida y por tanto oculta para nosotros mismos. Ya en los salmos se alude al ‘Dios oculto’, y en la antigüedad helenística existía un altar consagrado ‘al Dios desconocido’… Existe una religiosidad latente aun en las personas declaradamente irreligiosas, en las que se interpone la libertad (esto lo puede comprender –y respetar– el médico…)”.

2.- Dios no debe ser utilizado. Ningún partido político, institución o persona debe poner a Dios en su equipo; ni señalarlo como miembro del equipo rival. Nada de lo que el ser humano haga ha de hacerlo en nombre de Dios. Dios no es liberal, ni conservador, ni catalán o español. No debemos mezclar a Dios con la forma como nos organizamos para convivir. Nunca más el mayor poder económico de un individuo, institución o país, ha de ser visto como una recompensa divina por las buenas acciones. Ni la pobreza deberá contemplarse como la consecuencia lógica del pecado o la degeneración racial. No existe la libertad de utilizar a Dios.

3.- No sólo el trabajo dignifica al hombre, también el ocio y el tiempo libre. La tiranía del llamado mercado de trabajo no debe absorber al individuo hasta el punto de no dejarle tiempo para dedicarlo a otros quehaceres. No es admisible que los salarios exiguos obliguen a que ambos miembros de una pareja tengan que condicionar su paternidad o, incluso, su unión matrimonial. Al mismo tiempo, los individuos han de ser conscientes de que el tiempo no dedicado al trabajo retribuido se debe administrar adecuadamente. Para educar a los hijos no basta con dedicarles “tiempo de calidad”, como algunos pedagogos nos han hecho ver con frecuencia. La educación requiere de tiempo, de mucho tiempo. Existe el derecho a disponer con libertad del tiempo libre, y esa libertad debe ejercerse con responsabilidad.

4.- La familia es la institución natural más propiamente humana. Y por natural, ha de contemplarse como familia a la formada por el padre, la madre y los hijos. Esta es la familia que más beneficios origina a la comunidad y al individuo, y por tanto es la que debe ser protegida. El matrimonio estable, en el que ambos conyugues se comprometen fielmente para toda la vida, es el que mayor equilibrio y seguridad aporta en el desarrollo de los hijos. Las causas sobrevenidas que fracturan el vínculo familiar, ya sea por muerte o por ruptura en la convivencia, en cualquier caso, deben repararse buscando ofrecer a los hijos las condiciones más próximas a lo que demanda el orden natural. Esta familia, orientada a la generación de personas virtuosas, maduras y equilibradas, debe integrar a los mayores no como elementos utilitarios para suplir las carencias o ausencias de sus hijos hacia los nietos, sino como referentes de vida que nos vinculan con una tierra, una cultura y una historia común. El respeto y la honra hacia nuestros padres es lo que otorga sentido al concepto de Patria.

La familia debe disfrutar de una libertad absoluta para ejercer las responsabilidades que le son propias. El Estado no está legitimado para usurparle derechos. La familia es una institución anterior al Estado, y por tal razón debe estar supeditado a ella.

5.- La vida humana debe ser respetada hasta sus últimas consecuencias. La vida no es siempre el valor más preciado para el ser humano. Es legítimo y virtuoso dar la vida por los demás o por un ideal que coadyuve a la dignidad del ser humano, por ejemplo, la libertad. Pero lo que el ser humano no puede hacer, de ninguna manera, es otorgarse la facultad de arrebatar la vida o pervertirla. En esto no puede haber excepciones, porque si las hay se habrán difuminado los límites y cualquier iluminado podría cambiarlos. Nos ha pasado con la ley del aborto, sobre el que se han ido modificando las condiciones y los plazos, si bien la dirección seguida por los distintos gobiernos ha sido la de encaminarse hacia el aborto libre. En un estado liberal y ético, la vida es un derecho fundamental que nadie puede vulnerar, ni de forma individual ni institucional. No puede haber pena de muerte, eutanasia, manipulación genética de seres humanos, almacenamiento o destrucción de embriones humanos, clonación, etcétera. La propia naturaleza debe ser preservada como entorno en el que la vida tiene lugar. No existe la libertad para eliminar seres humanos.

La humanidad se escandalizó al descubrir la cruel eugenesia y experimentación humana llevada a cabo en la Alemania NAZI. Sin embargo, hemos terminado por aceptar unas prácticas macabras y antinaturales simplemente para obtener supuestos beneficios. Lo que no trasciende a la opinión pública es la gran cantidad de conflictos psicológicos, emocionales, psiquiátricos, que está ya originando este tipo de prácticas. La falta de ética siempre acaba pasando factura al ser humano. Cuando se vulnera el derecho a la vida, o se malogra el ecosistema natural, el ser humano pierde su libertad. Incluso los verdugos dejan de ser libres.

6.- El ser humano ha de ser respetado en su dignidad. En un liberalismo ético ninguna persona debe ser excluida, vejada o despreciada por razones de raza, género, religión, condición sexual, nacionalidad o ideología política. Al mismo tiempo, cada individuo está obligado a respetar y cuidar su cuerpo. No ha lugar a experimentaciones que tergiversen la realidad anatómica natural de un individuo. No existe el derecho a transformar mi cuerpo, esto no es libertad. Más aún, el idolatrado hedonismo nos esclaviza cada vez más hacia la búsqueda de un cuerpo perfecto que nunca se acaba de lograr. Esta actitud es insatisfactoria y termina por ocasionar obsesiones enfermizas. Si se inculca desde la infancia, el individuo entra en una espiral en la que le resulta imposible descubrir su verdadera identidad. No existe la libertad de hacer con mi cuerpo lo se me antoje.

7.- La propiedad ajena debe ser respetada. Es este uno de los principios básicos del liberalismo económico: el respeto a la propiedad privada. Lo vemos claro cuando contemplamos este precepto entre personas individuales, nadie está legitimado para apropiarse de lo que es de otro. Pero también debe ser así en cualquier otro contexto. No hay justificación para que el Estado, más allá de lo justo y necesario, esquilme la economía de sus ciudadanos expropiándoles el trabajo a base de impuestos, ni siquiera bajo el pretexto de distribuir la riqueza entre los más necesitados. Antes bien, debe utilizar otros medios para que esos ciudadanos empobrecidos consigan, mediante su trabajo y esfuerzo, ser retribuidos dignamente.

Las empresas no están legitimadas para acaparar beneficios indefinidos y a toda costa, mientras que sus empleados obtienen retribuciones “mileuristas” insuficientes para constituir una familia con ciertas garantías de supervivencia. En un partido político no vale cualquier medio para conseguir financiación. El fin no justifica los medios. En esto, como ocurre con el derecho a la vida, tampoco puede haber excepciones. Si las hubiera, se abriría la ranura por donde se colaran los pícaros oportunistas.

8.- Los acuerdos deben respetarse hasta sus últimas consecuencias. Quedan ya lejos los tiempos en los que la palabra dada tenía valor por sí misma. Mentir, tergiversar la verdad, ocultarla o difundir verdades a medias en beneficio de los propios intereses, deforma la sociedad y falsea las relaciones entre sus individuos. No existirá una verdadera libertad si los compromisos no se llevan a término fielmente, y esto debe ser aplicado en todos los ámbitos: el comercial, el político, el laboral, el personal, etc. Un programa electoral que no se cumple, debe ser tratado como una estafa que no puede quedar impune. Una información ofrecida a la audiencia de manera tendenciosa y partidista no está justificada por la libertad de expresión. Un compromiso de fidelidad matrimonial que se traiciona, ha de contemplarse como una vulneración que quiebra la dignidad del infiel y de quienes lo rodean; además de limitar su propia libertad.

9.- El ser humano está sujeto a pasiones que deben ser controladas. Quizá la causa más frecuente de descomposición familiar sea el adulterio. No se trata de prohibirlo, pero sí de no facilitarlo y, en todo caso, de ofrecer alternativas que reconduzcan las consecuencias de la debilidad humana. El “divorcio exprés”, la aplicación de programas supuestamente educativos que pretenden adiestrar la sexualidad en los niños, expender preservativos en los centros escolares, el acceso generalizado y cada vez más precoz a la pornografía, la banalización de la sexualidad humana, la promiscuidad en jóvenes y adultos, la incitación permanente a la homosexualidad; son todos ellos aspectos generadores de conflicto, violencia, insatisfacción y desequilibrios; erosionan a la sociedad y malogran la convivencia. En todo caso, la sexualidad debe estar presidida por el respeto al otro y a uno mismo. No existe la libertad para satisfacer las pasiones; antes bien, a mayor control sobre las pasiones más propiamente humano se es. No se trata de juzgar desde el puritanismo la vida privada de los líderes políticos o mediáticos, pero tampoco se les puede reír la gracia de sus juergas (a veces, pagadas por todos), adulterio, promiscuidad y vida disoluta. No es admisible que en un partido político haya un dirigente al que se le conozca por “el terror de las nenas”.

10.- El consumo desaforado nos conduce a la esclavitud. El consumismo es una de las trampas que nos ha tendido el capitalismo. Nuestra sociedad está repleta de individuos inmersos en la espiral de un consumo que nunca acaba de satisfacerse. Se consume estética hasta la aberración cuando los padres regalan a sus hijas adolescentes una modificación de senos. Se consume ocio cuando jóvenes y adultos salen todos los fines de semana a cenar, bailar y beber hasta altas horas de la madrugada. Se consume un supuesto bienestar saludable cuando nos abonamos al mejor gimnasio con sauna incluida. Se consume tecnología, vestuario, comida basura, vehículos, etc. Todo ello edulcorado por una publicidad que nos conduce y esclaviza en una insatisfacción crónica. La libertad de mercado no disculpa la adicción al consumo.
El perspicaz lector se habrá percatado hace tiempo de que los titulares de este decálogo fueron ya redactados -en el contexto y lenguaje de la época- hace ya muchos años, en el monte Sinaí. No hay nada nuevo bajo el sol, la pugna de pasiones a las que se enfrenta el ser humano siempre es la misma. Hay quienes se sienten incapaces y optan por rendirse, justificando luego sus debilidades; aquellas que han ocasionado sufrimiento y los han empobrecido, a ellos y a su descendencia. Otros optan por luchar y sobreponerse, lo cual siempre les eleva, permitiendo que el sufrimiento -que tarde o temprano, siempre llega- engrandezca su dignidad haciéndoles más propiamente humanos.

CONCLUSIÓN

La libertad es una originalidad propia del ser humano, que a la vez lo ennoblece elevándolo por encima de los demás seres de la naturaleza. Ningún poder está legitimado para coartar las libertades fundamentales de los individuos. Ahora bien, la libertad no es el valor supremo concluyente con la dignidad superior del ser humano, incluso aunque viviera aislado. La libertad tiene unos límites que no son los que colisionan con las libertades ajenas, sino que los impone la ética, la cual permite hacer un uso responsable de la libertad. La acción política debe estar encaminada a salvaguardar las libertades y coadyuvar en el uso responsable de la libertad.

El endiosamiento de la libertad, al cual el liberalismo nos fue conduciendo durante el siglo XIX, quizá nos ha proporcionado un mayor bienestar, pero también nos ha conducido hasta una sociedad enferma. En ella, los niños padecen la ruptura familiar, la empobrecida formación académica, la ruinosa educación orientada a complacer las apetencias antes que a sacar lo mejor de uno mismo esforzándose en el dominio de las pasiones. Unos adolescentes entregados al consumo más devastador, desorientados, inseguros y poseídos del alcohol, el erotismo y la pornografía. Supuestos beneficiados de las consultas de psicólogos, que con frecuencia entran en la espiral de la depresión, el vacío y, a veces, el suicidio. Unos jóvenes con características de adolescente hasta edades propias de la madurez, que viven de fiesta en fiesta gastándose el paupérrimo salario mileurista en tecnología y alterne. Promiscuos y a la vez huidizos ante el matrimonio y la paternidad, inconscientes de la degradación a la que están sometidos. Una sociedad en la que los adultos sobreviven manipulados por intereses ideológicos o publicitarios, con criterios poco formados y, en el mejor de los casos, sentimentalmente buenistas. Acuciados por el hedonismo y la sensualidad, ignorantes de referencias verdaderas que les permitan ubicarse en la historia y la civilización a la que pertenecen, abocados a un progresismo de muerte silenciada en donde el aborto, la eutanasia, el suicidio o la producción de embriones humanos desechables, es una constante. Y unos ancianos cansados de vivir en una sociedad que no entienden, sufrientes atormentados por las vicisitudes de sus seres queridos. Ancianos aparcados en muchos casos y abandonados en otros. Una sociedad incapaz de mirar a la trascendencia y ocupada sólo en lo inmediato.

Será difícil modificar la hoja de ruta de un plan preestablecido y que lleva ya un largo recorrido andado. Sin embargo, creo que es posible la renovación paulatina de un sistema que está produciendo dolor, frustración y falta de esperanza. Parte de la sociedad ha empezado a descubrir un nuevo liberalismo que será difícil de encauzar, pero no imposible. Un liberalismo incipiente sustentado por líderes políticos y mediáticos que todavía deben ubicarse más certeramente en una ética coherente y esforzada. Basta con proporcionar libertad a los individuos y no favorecer la ética destructora de lo más propiamente humano: la familia, la experiencia de Dios y el amor a los tuyos; que, por extensión, no es otra cosa que el amor a la Patria.

*Artículo publicado inicialmente en la Revista Naves en Llamas


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