España
Por qué defiendo a Franco
Juan Chicharro Ortega.- Hay que reconocerlo. Defender a Franco en la actualidad no deja de asombrar a muchos. Y es que su figura histórica ha sido tan tergiversada que la imagen que se tiene de su persona es irreconocible. Desde el momento mismo de su muerte en 1975 comenzó una especie de adoctrinamiento, liderado por aquellos que nunca perdonaron ser vencidos en la Guerra Civil, que hasta los descendientes de sus más fervorosos devotos le niegan hoy el pan y la sal; incluso algunos, cobardemente, hasta avergonzados de su propio pasado.
Si hay algo que no resisto es la mentira y aún más el reniego de la propia historia familiar sin detenerse siquiera un momento a analizar el pasado desde la perspectiva histórica de cada momento. Es tan patético esto que nada como relatar que en una entrevista hostil que me hicieron en un programa de una cadena como Telecinco al responder a un ataque brutal contra la figura de Franco lamento no haber tenido los reflejos suficientes para haber contestado algo así como : «¿Por qué no se lo preguntan a sus padres?». Y es que, en efecto, todos los tertulianos eran hijos de reputados franquistas empezando, incluso, por la propia moderadora, hija de quien fuera jefe de prensa de la guardia de Franco. Curiosa paradoja. No menos llamativo es el hecho de que por razones del paso del tiempo muchos de los que le atacan son nacidos después de 1975 y por lo tanto no vivieron la época del mandato de Franco, y sólo se atienen a lo que les han contado y cuentan sus detractores. Es inmensa la bibliografía que existe sobre la figura de Franco y, aunque hay mucho, lo escrito con objetividad no parece que sea objeto de lectura por la mayoría de los que dominan la opinión pública.
Consecuentemente, la incultura histórica es asombrosa, y desde luego la poca que tienen es adoctrinada y perversa.
Yo nací en el año 50 del siglo pasado y por lo tanto, aunque no viví un largo periodo de aquella época, sí fue suficiente para saber que todo cuanto se cuenta en la actualidad es mentira tras mentira. Por supuesto que conocí la efervescencia de la universidad en aquellos días contraria al régimen y he de reconocer que, instalado en el ámbito de monárquicos tradicionalistas veía con esperanza la restauración de la monarquía. Pero no era ajeno, ni mucho menos, a los cambios que España experimentaba bajo la égida del Generalísimo y la seguridad que reinaba en las calles. La oposición real al Régimen sólo se percibía en el ámbito del PCE y sus derivados terroristas, pero nada más. Hoy no puedo más que asombrarme una y otra vez cuando parece desprenderse que en España todo el mundo estaba contra Franco y esto es, simplemente, una falacia descomunal. El Régimen estaba bien asentado en el apoyo generalizado del pueblo, consciente de la política económico social que estaba transformando España a pasos agigantados.
La posible exhumación de los restos del Generalísimo del Valle de los Caídos es simplemente un atentado contra la Historia y contra cuanto significó su figura en la Historia de España.
Es por todo esto que defiendo a Franco:
Defiendo lo que representó y lo hago desde lo que me traen mis recuerdos de lo que yo viví y, por supuesto, de todo cuanto he leído de aquella época. La Historia ha de estudiarse y analizarse siempre desde la perspectiva histórica, nunca desde la óptica de nuestros días. Lo que hoy no nos parece aceptable sí lo era en circunstancias especiales. Y así lo era –y es– no sólo en España, sino en todo el mundo.
Hoy, cuando leo que el traidor Torra dice que hay que «desfranquizar» Cataluña, lo que quiere decir es que hay que romper España, y cuando veo homenajear a asesinos etarras en Navarra y en provincias vascongadas, tres cuartas partes de lo mismo.
Defiendo a Franco porque representó la unidad de España desde el reconocimiento de su plena diversidad.
Defiendo la no exhumación de Franco porque sabemos que esto no es más que un primer paso para desacralizar el Valle de los Caídos y derribar la Cruz, último objetivo del Sr. Sánchez y sus acólitos comunistas y separatistas.
Defiendo a Franco porque posibilitó con su victoria en la guerra la pervivencia de nuestras raíces cristianas, hoy atacadas con saña.
Defiendo a Franco porque gracias a sus políticas socioeconómicas se creó por primera vez en la historia una clase media, que es la que posibilitó la transición de un régimen autoritario –necesario en las terribles circunstancias de hambre e ignorancia de la posguerra– a un sistema democrático como el actual.
La ignorancia de una parte y de otra sumado al odio de muchos de nuestros conciudadanos no nos dejan ver la realidad de una Historia pasada de nuestra Patria.
Los Reyes Católicos, con su apoyo y sostén a la gesta americana, marcaron la historia de España, y Franco con su victoria sobre el comunismo internacional y parando a Hitler en la frontera, así como maniobrando hábilmente con Churchill y Roosevelt, evitó la entrada de España en la II GM. Sólo por estas dos razones se puede decir que Franco cambió la historia de nuestra Patria y la de Europa. No es difícil imaginar qué hubiera pasado si Stalin, que no la República, hubiera ganado la guerra y aún menos si Hitler hubiera ocupado España y accedido a Gibraltar. Franco cambió la historia del mundo.
Pues bien, por eso defiendo a Franco y lo que significó para nuestra Patria.
Y es que, en esta sociedad adormecida e inculta, alguien tiene que decir todo esto a las nuevas generaciones. Por eso defiendo a Franco. Ya me gustaría que plumas mejores que la mía estuvieran a la altura de la verdad histórica.
Franco es Historia. Defendamos su legado desde la verdad, toda la verdad y sólo la verdad. Engañar a los jóvenes actuales, –muchos ya no tanto– es como hacernos andar por un estrecho túnel, que sólo conduce al odio y a una absurda, anacrónica e inútil revancha. El pensamiento, si no pretende manipular, debe construirse sobre datos fiables, veraces y completos.
General de División de Infantería de Marina ( R )
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
