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Se suspende el Rayo Vallecano y el Albacete por insultos al ucraniano Zozulya
El partido de la vigésima jornada de laLiga SmartBank disputado entre el Rayo Vallecano y el Albacete se suspendió por un desagradable incidente protagonizado por la grada y que supone un hecho histórico: primera suspensión de un partido de Liga por insultos a un futbolista.
Los insultos al ucraniano Román Zozulya, al que calificaron de «puto nazi» una parte de los aficionados del Rayo situados en el fondo del estadio de Vallecas, provocaron que el partido entre el equipo madrileño y el Albacete se suspendiera tras un acuerdo «sin fisuras» entre el árbitro y la Federación Española de Fútbol.
«Los cánticos son una vergüenza y una pena. Condenamos tajantemente los insultos de una parte de la afición hacía un deportista». Así de tajante se mostró el presidente del Rayo Vallecano, Raúl Martín Presa, que explotó contra un sector de la afición que mantiene una cruzada contra él desde hace muchos años.
El máximo dirigente del Rayo, foco de cánticos e insultos contra su persona en todos los partidos de su equipo, e incluso de pintadas en el estadio amenazantes contra su figura, lamentó una situación que ha desembocado en la suspensión de un encuentro «por el comportamiento de unos energúmenos».
Como ya intuía que una parte de la afición del Rayo la podía tomar con Zozulya, en la previa del choque, Paco Jémez, el entrenador del conjunto madrileño, pidió respeto para el rival y sobre todo para el jugador ucraniano.
La historia de Zozulya con el Rayo se remonta a enero de 2017, cuando el ucraniano llegó cedido por el Betis. Unos días después de anunciarse su incorporación se marchó de regreso a Sevilla sin debutar ni entrenarse con sus nuevos compañeros debido al rechazo que mostró la afición vallecana por él, al que le acusaron de «filiación nazi».
Esa supuesta ideología del jugador fue objeto de insultos durante el partido contra el Albacete desde el principio. Los pitos desembocaron en insultos y al final el cántico «Román Zozulya, puto nazi» provocó que el árbitro, López Toca, entrara al vestuario con una idea, suspender el partido.
Por alusiones, el grupo de aficionados que forman Bukaneros y se sitúan en el fondo del estadio, lanzaron un tuit al conocer la suspensión del partido: «Ni por racismo, ni por xenofobia, ni por violencia. La primera vez que se suspende un partido en España es por decir la verdad. Zozulya eres un nazi».
Tras la suspensión, el primero en comparecer de forma oficial fue el vicepresidente del Albacete, Víctor Varela, que destacó que con esta decisión se opta por «defender la integridad de las personas y los deportistas».
«La decisión de suspender el partido la tomó el árbitro junto con la Real Federación Española de Fútbol, pero hay que decir que hemos contado con el apoyo de la Liga y el Rayo», dijo Varela, que apostó por «defender los valores del deporte y jugar cuando se den las condiciones necesarias que no se daban en Vallecas».
Román Zozulya llegó al vestuario afectado por una situación dura para él y en la caseta se encontró con el presidente del Rayo Vallecano, Raúl Martín Presa, que le dio «un abrazo de ánimo como ser humano».
«Desde que llegó al club ha tenido un comportamiento ejemplar, es un buen futbolista y queremos que pueda jugar sin tener ningún tipo de presión», subrayan desde el Albacete.
Otro de los protagonistas más afectados por la situación fue Paco Jémez, que salió del estadio rumbo al autobús del equipo visiblemente enfadado al comprobar el comportamiento de una parte de su afición.
Le siguieron el resto de cuerpo técnico y los jugadores, que no quisieron hacer declaraciones, aunque sus caras hablaban por ellos.
Ahora, tras la suspensión del partido al descanso, se tendrá que decidir qué ocurre con los segundos cuarenta y cinco minutos. La idea del Rayo y el Albacete es buscar otra fecha para reanudar el encuentro, aunque La Liga y la Federación también tendrán que decidir qué ocurre.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
