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Valentino es el único piloto antideportivo y el único que no soporta el reinado de Márquez
Tomás González-Martín.- Ya no engaña nadie. Se le ha visto el plumero desde hace mucho tiempo, desde que le pegó una patada a la Honda de Marquéz cuando no podía soportar que perdía un año más el Mundial, antes a manos de Jorge Lorenzo y después a manos de Marc. Valentino Rossi es, ha sido y será un piloto antideportivo dentro y fuera de la pista. Lo fue siempre. Fue antideportivo con Max Biaggi. Fue antideportivo con Sete Gibernau.
Fue antideportivo desde 2008 con Jorge Lorenzo, que ya era más rápido que el italiano desde que el mallorquín ascendió a la cilindrada reina. Y lo que no pudo aguantar es que después de Lorenzo viniera Márquez y también le derrotara.
El odio que vimos cuando pegó la patadas a la moto de Marc le marcó para siempre. El mito quedó hundido y entonces se inventó la historia de las provocaciones del piloto español para justificar su actuación impresentable. En España ya no se le quería más. Era una vaquero de la moto. Un navajero. Y este año no ha querido dar la mano a Márquez y se justifica con palabras inadmisibles diciendo que el ilerdense ha destrozado la deportividad en el motociclismo.
El único piloto que ha destrozado la deportividad en este deporte es Valentino Rossi, que no sabe perder. El italiano no soportó perder el Mundial de 2015. Y desde entonces no hace más que justificar sus derrotas en la presunta antideportividad de Marquéz. Rossi ha acabado con su aura. Es un piloto que sabe que nunca va a ganar un Mundial más y eso no lo puede aguantar. Pero es justificable que su impotencia la quiera tapar criticando a un piloto que puede igualar sus metas y que quiere superarle en títulos mundiales de la cilindrada reina.
Márquez vuela hacia el quinto mundial de MotoGP y desea superar los siete de Valentino. Está en el camino de ello.
El mito se ve superado por un gran piloto que no tiene que hacer espectáculos ante el público para ganar fuera de la pista lo que nunca va a ganar dentro. La diferencia es que Márquez gana dentro de la pista y no tiene que hacer show ante las gradas.
Agustín tiene ocho títulos de la cilindrada reina, Rossi suma siete y Márquez busca el quinto y es el único hombre que puede cazar a Giacomo. El español puede convertirse en el mejor piloto de la historia si gana nueve coronas. Valentín observa que el español es capaz de ello porque en su cabeza está ser el número uno de la historia.
Valentino no lo puede soportar. Pues va a tener que soportarlo aunque se invente historias para hundir la imagen del catalán.
Valentino debería de pensárselo. Antes era un mito en España, ahora todo el mundo duda de él. Lo mismo le sucede en otros países. El motociclismo no es un deporte de nacionalismos. Valentino era muy querido en España, que es el primer país del motociclismo mundial y ahora no es querido, porque todo el mundo le ha visto cómo es. Es el piloto más antiportivo del siglo XXI. A Jorge Lorenzo le clavó un codazo en la tripa en una carrera cuando le español iba a ser campeón del mundo y los dos eran compañeros en Yamaha. No podía soportarlo. Yamaha le castigó. El sucesor de Lorenzo ha sido Márquez y el italiano ha reaccionado de la misma manera, intentando hundir al nuevo número uno. El único que se hunde es Valentino, deportiva y humanamente, porque Marquéz continúa ganando y dominando.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
