Opinión
Caretas fuera: El encarnizamiento abortista de los Gobiernos «democráticos» como mecanismo destructor de civilizaciones, explicado. Por Alejandro Navas
[FOTO: Jerome Lejeune. Científico y genetista que descubrió el gen del síndrome de Down y que perdió el Nobel por oponerse al aborto.]
El Gobierno de España vuelve a la carga: el Consejo de Ministros remitió al Congreso el 30 de agosto el proyecto de la nueva ley del aborto. El Ejecutivo no ha esperado a recibir los preceptivos informes de diversos órganos consultivos, tenía prisa por despachar esta ley. Si se aprueba, abortar será todavía más fácil y el personal sanitario que se oponga al aborto lo tendrá más difícil. Veremos qué dicen los correspondientes reglamentos (uno por autonomía), pero la caza de brujas contra los objetores de conciencia será un peligro real.
¿Cómo se explica el empecinamiento abortista de tantos gobiernos? Desde Biden en Estados Unidos hasta Boric en Chile, pasando por Macron en Francia o Sánchez en España, el furor abortista parece haberse adueñado de todo gobernante progresista que se precie. Por el contrario, los campeones mundiales en esa práctica, Rusia y China (más de setecientos millones de abortos entre los dos), llevan unos años intentando dar marcha atrás. Les urge contener el suicidio demográfico (Rusia) o evitar el colapso de la industria, escasa en mano de obra juvenil (China).
Un episodio de la vida de Jérôme Lejeune nos proporciona una clave para entender este fenómeno. Francia vivió en los años setenta un apasionado debate en torno a la aprobación de la ley del aborto. En esa coyuntura, el médico Lejeune fue seguramente el más decidido e influyente defensor de la vida y de los no nacidos. Sin duda que lo hizo movido por la fe cristiana, pero sobre todo actuó en su condición de pionero genetista, descubridor de la causa responsable del síndrome de Down.
Lejeune consagró sus mejores energías a la búsqueda de una terapia para prevenir o sanar ese síndrome, y no haber podido lograr una cura definitiva, a pesar de avances parciales, fue para él una tremenda decepción. Científico eminente, gozó de un reconocimiento mundial, pero él se consideraba sobre todo médico y vivió entregado a sus pacientes, que eran su prioridad. Adivinar que sus hallazgos científicos se utilizarían para matar a esos enfermos en el seno materno le causó un sufrimiento apenas soportable. No se equivocaba: el síndrome de Down prácticamente ha desaparecido, pero no porque dispongamos de un tratamiento para la enfermedad. A esas criaturas se las elimina antes de nacer
Vamos a nuestro incidente, ocurrido el 18 de marzo de 1973. En pleno debate que polarizaba la opinión pública francesa, el Círculo Francés de la Prensa organizó un coloquio sobre el aborto en la antigua abadía de Royaumont. Intervinieron destacados periodistas y feministas. Lejeune fue el único defensor de la posición provida y, como siempre, brilló a gran altura. Entre el público destacó enseguida una mujer sentada en primera fila, que actuaba como auténtica directora de orquesta: mediante pequeños signos o gestos iba dando la palabra a unos y otros, en lo que parecía una estratagema bien coordinada. De repente, casi sin dar tiempo a que uno de los oradores acabara de hablar, esa mujer se levantó y declaró:
“Nosotros queremos destruir la civilización judeocristiana. Para ello debemos destruir primero la familia. Para destruirla debemos atacar su punto más débil, que es el niño todavía no nacido. En consecuencia, estamos a favor del aborto”.
Como resulta comprensible, esas palabras tuvieron un gran impacto, como ocurre siempre que alguien se olvida de los eufemismos impuestos por la corrección política y llama a las cosas por su nombre. En medio de un silencio embarazoso, uno de los ponentes preguntó su nombre a la mujer, que se negó a contestar. Se sentó y no volvió a tomar la palabra.
En las crónicas publicadas ningún periodista se hizo eco de esa intervención. Las actas de esa Jornada omiten tanto las palabras de la mujer como la intervención de Lejeune (“La intervención del profesor Lejeune se publicará más adelante”. Hasta hoy). No es novedad: el ocultismo y el pacto de silencio acechan siempre a los que se enfrentan a la cultura de la muerte. Parece que a Lejeune le impresionó vivamente lo ocurrido, pues lo contó en diversas ocasiones, de palabra y por escrito. Por ejemplo, en el discurso pronunciado el 8 de octubre de 1987 en el sínodo de los obispos, publicado con el título “La ciencia sola no puede salvar el mundo” en “L’Osservatore Romano” (20 de octubre de 1987).
Quien dispara a la civilización judeocristiana apunta en última instancia a Dios mismo, fundamento de esa cultura. El odio a la vida esconde al final el odio a Dios, autor de la vida: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron”, leemos en el Evangelio de San Juan. El combate entre la luz y las tinieblas es permanente, empezó antes de la creación del mundo y durará hasta su final y busca sitio tanto en la sociedad como en el corazón de cada cual.
Alejandro Navas
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
