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Derrota por incomparecencia

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Casado, en un mitin en Galicia.
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Me pregunto qué pasaría si el domingo por la noche —bastante de noche, por cierto, porque lo previsto es un recuento escalonado que no solapará datos de municipales y autonómicas— sale Pablo Casado a la palestra y dice algo así: “Señoras y señores, el PP ha mejorado los resultados del 28 de abril, ha espantado el riesgo del sorpasso de Ciudadanos, ha comenzado a recuperar votantes que hace un mes apoyaron a Vox y, encima, se encuentra en condiciones de liderar una mayoría de gobierno en la Comunidad Autónoma de Madrid en torno a Díaz Ayuso, con el apoyo de Aguado y Monasterio. Dadas las circunstancias, valoramos los resultados electorales positivamente”, ¿Daríamos por buena esa declaración? ¿La juzgaríamos políticamente razonable?

A una mala, eso va a ser —poco más o menos— todo lo que pueda decir el presidente del PP el 26 por la noche. A una muy mala tendrá que omitir la referencia a la mayoría de gobierno en la Comunidad de Madrid —que no es descartable que caiga del lado de la izquierda— y a una pésima también tendrá que prescindir de lo del sorpasso de Ciudadanos. Otro escenario más catastrófico no se contempla. Vox va a la baja. Eso no lo discute ninguna encuesta. En números redondos, uno de cada cuatro votantes de Abascal ya han decidido, como el hijo pródigo, volver a la casa del padre. Otra porción de su electorado, de tamaño desconocido, optará por la abstención. Por esa vía, las buenas noticias para el PP, si eso le sirve de consuelo, parece que están garantizadas.

Está claro que el escenario catastrófico —sorpasso de Ciudadanos y pérdida de la Comunidad de Madrid— no tendría venta política posible desde el balcón de Génova. Ni siquiera aunque el porcentaje de voto estuviera por encima del 16,7 que obtuvo el PP en las elecciones generales. También está bastante claro, al menos para mí, que la pérdida de la Comunidad de Madrid, aunque Casado recuperara la segunda posición que le arrebató Rivera el 28 de abril, resultaría un logro invendible. ¿Pero sería botín suficiente la triple conquista de mejorar del porcentaje, neutralizar el sorpasso y retener la presidencia madrileña? Hoy por hoy, a una semana del veredicto de las urnas, esas son las mejores expectativas que le adjudican al PP los promedios las encuestas. Según los demóscopos, lo que parecía posible el 28 de abril, extrapolando los datos de las elecciones generales, ahora se ha vuelto un anhelo aparentemente inalcanzable.

La derecha no sumará en Extremadura, ni en Aragón, ni en Castilla-La Mancha, ni en la ciudad de Madrid, ni en Valencia, ni en Zaragoza, Y, para más inri, perderá el Gobierno de La Rioja y las pasará canutas para retener el de Castilla y León. En todos esos territorios regionales y municipales, la derecha se impuso con claridad a la izquierda hace menos de un mes. Por eso el nuevo vaticinio resulta demoledor. Si se consuma en las urnas y todas esas plazas caen en manos de la izquierda, la derecha española se meterá en un hoyo de dimensión abisal. Solo si logra revertir el pronóstico y consigue que su pabellón ondee en el mástil de algunas de ellas podrán los líderes de la derecha salir en televisión a presumir de músculo. ¿Pero es razonable a estas alturas esperar que eso ocurra?

La clave radica en la abstención. La izquierda sigue muy movilizada. Nadie espera grandes deserciones en ese bando. En la derecha, en cambio, las cosas pintan al revés. El desánimo, la frustración —y por qué no decirlo, también el escaso atractivo de los carteles electorales— amenazan con diezmar la afluencia de votantes a las urnas del próximo domingo. Se han invertido los términos del panorama electoral que provocó el desalojo del PSOE de la Junta de Andalucía hace solo seis meses. Si entonces la baja participación beneficiaba a la derecha y perjudicaba a la izquierda, ahora sucede todo lo contrario. Daré un dato revelador: si a las seis de la tarde del domingo que viene la participación no supera el 52 por ciento, la izquierda descorchará el champán para celebrar una aplastante victoria por incomparecencia del adversario. Que nadie diga después que no estaba sobre aviso.

 


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Morfeo lleva coleta, se llama Pablo y Pedro Sánchez se ha echado en sus brazos, ya puede dormir

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Ángel Correas,.- Pedro Sánchez se ha pasado más de 6 meses intentando justificar por qué descartaba el apoyo de Pablo Iglesias. Llegó a decir aquello de que no hubiera podido dormir tranquilo con ministros de Unidas Podemos en su gabinete. Ahora, hemos comprobado que no hay nada como quedarse corto de escaños en unas elecciones para recuperar el sueño, en apenas 24 horas.

Ahora Morfeo lleva coleta, se hace llamar Pablo y Pedro Sánchez se ha echado en sus brazos. Ya puede dormir, aún con ministros podemitas en su gobierno.

En apenas 48 horas desde la noche electoral, lo que parecía casi una completa disonancia política ha mutado en casi una perfecta sintonía entre partidos. Por eso no extraña que toda una ministra de educación en funciones como Isabel Celaá haya tardado menos de una semana en sacar a escena uno de los temas preferidos de la izquierda que representa Podemos. La educación laica. Apartando, relegando o excluyendo por completo el modelo de la escuela concertada y la libertad de los padres para elegir el colegio de sus hijos.

¿Y cómo ha abierto este melón Isabel Celaá? Poniendo en duda que la libertad de elección de los padres sea un derecho avalado por la Constitución.

Sorprende que nadie pusiera en antecedentes jurídicos a la ministra, pero poco se ha tardado en recordarle las múltiples resoluciones del propio Tribunal Constitucional que avalan el derecho de los padres a elegir colegio y el modelo educativo, sea cual sea. Hace unas horas, tras el Consejo de Ministros la propia Isabel Celaá matizaba que no significa rectificar. Calificaba la polémica de “controversia artificial” y asegura que los padres no tienen nada que temer. Dice Celaá que hablaba de teoría.

No es la primera vez y probablemente no será la última, ahora que el PSOE se acerca a la órbita de Podemos, que el Gobierno Sánchez lanza estas sombras sobre un derecho avalado por el propio Tribunal Constitucional. Y no sólo un derecho sino también un modelo educativo, el concertado, que fue desarrollado por gobiernos socialistas y que actualmente integra a más de 2 millones de alumnos en España y ahorra al Estado más de 3.000 millones de euros según los datos del propio Ministerio de Educación.

Mucha gente ve en las declaraciones de la ministra, un guiño a Unidas Podemos, pero hablando de los socios, Pedro Sánchez busca socios por acción y por abstención. Para ser presidente necesita la abstención de Esquerra y en este sentido, Esquerra Republicana está marcando las reglas de la negociación.

Muy en resumen, que si van a dar luz verde a la investidura, quieren por escrito el compromiso de Sánchez para sentarse a negociar. Esta incertidumbre está empezando a inquietar a las viejas glorias del PSOE como Felipe González o Rodríguez Ibarra y empieza a notarse marejada política entre los barones socialistas. La pregunta que ronda es casi la misma de siempre. ¿Hasta dónde puede o quiere ceder Sánchez ante los independentistas? Esta cuestión inquieta a los barones del PSOE, pero también está generando presión indirecta sobre el presidente del PP, Pablo Casado. Hay voces en su partido que insisten en abrir la puerta a una abstención “patriótica” si Sánchez rompe con Podemos y evita a los independentistas.

Casado por ahora se mantiene en el no, no quiere ceder en la abstención. Desde su entorno recuerdan que Sánchez no mantiene contacto con el PP. No le interesa la solución del PP al presidente en funciones lo que alimenta la incertidumbre de ver como la negociación depende de los independentistas y pasa por la cárcel de Lledoners, donde está el líder de Esquerra, Oriol Junqueras. Es un círculo vicioso o la cuadratura del círculo.


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Sánchez, Iglesias y el pacto del insomnio

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Víctor Orcástegui.- Para que el abrazo entre Sánchez e Iglesias que pudimos ver el martes dé paso efectivamente a la formación de un gobierno, hará falta atar muchos cabos que todavía están sueltos. Y si encima pedimos que ese gobierno gobierne y lo haga con un mínimo de sensatez, entonces ni les cuento. Falta un mundo. En todo caso, si finalmente llega a constituirse un gabinete de coalición entre el PSOE y Podemos, estaremos asistiendo a un momento insólito en el devenir de la democracia española.

Por primera vez un partido que está clara y marcadamente en contra de algunos de los postulados esenciales de la Constitución de 1978 se encontrará, aunque sea con responsabilidades compartidas, al frente del país, gobernándolo. Es cierto que los podemistas acatan el orden constitucional y actúan políticamente dentro de él. No se han echado al monte, como los soberanistas catalanes. Pero también es verdad que el partido morado es declaradamente antimonárquico, que erosiona con su discurso instituciones como la Justicia, que promueve políticas anticapitalistas y, sobre todo, que propone abrir una puerta por la que Cataluña pueda separarse del resto de España, lo que supone resquebrajar la unidad nacional.

No son cuestiones menores. Puede decirse que si ese gobierno que Sánchez califica obsesivamente como ‘progresista’ –la etiqueta es lo que más le interesa– llega a formarse, con Iglesias como vicepresidente, estaremos ante la paradoja de que el sistema estará regido, aunque sea parcialmente, por los antisistema. Inquietante, ¿no? A Sánchez, que dijo que no podría dormir teniendo a Podemos en el Consejo de Ministros, le esperan cuatro años de insomnio. Iglesias, en cambio, decidido a asaltar los cielos, ha empezado a tocar el paraíso con la punta de los dedos.


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La Venezuela indolora de Pablo Iglesias

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Miguel Henrique Otero.- Una extraña atmósfera rodea al anuncio del pacto entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Una parte de la sociedad española, la mayoría, no ha tardado en denunciar el peligro que esta alianza significa para España. Por las redes han circulado fragmentos de videos en los que uno y otro, se hacían mutuas acusaciones, hasta hace apenas unas semanas. Quienes, en su momento, escucharon los argumentos de ambos, concluyeron, quizás de forma precipitada, que una alianza, cuyo resultado sería convertir a Pablo Iglesias en vicepresidente de España, era imposible.

En medio de la crispación y nervio que este “preacuerdo” ha generado, hay que destacar esto: el embarazo, el desasosiego, incluso el malestar que el pacto produce en el PSOE. No le gusta a nadie, aunque lo hayan votado. Es una decisión impuesta por Sánchez, que ha producido una silenciosa desmoralización. Esa desmoralización, aunque ahora apenas sea visible, será un factor corrosivo, dentro y fuera del gobierno, si es que logran los votos necesarios para ello.

De inmediato han comenzado las apuestas sobre cómo será un posible cogobierno de Sánchez e Iglesias. Mi tesis es que será de continuos enfrentamientos. En un primer trecho, soterrados y en voz baja. Más adelante, será inevitable que las disputas y las confrontaciones salten a la esfera pública. ¿Qué fundamentos me autorizan a hacer este pronóstico?

Lo creo porque Sánchez e Iglesias comparten una misma desesperada necesidad: la de alcanzar el poder al costo que sea. Sánchez quiere dar el salto de presidente en funciones a presidente legítimo, aun cuando este obligado a pactar con el que, en el fondo, es su más peligroso enemigo. No son Pablo Casado ni Santiago Abascal ni Albert Rivera, los verdaderos enemigos de Sánchez. No lo son, porque los tres, con sus diferencias y especificidades, comparten los rasgos primordiales de la cultura política democrática. Esto es esencial. Los tres guardan ciertos límites que no cruzarían nunca, con respecto a las leyes, el respeto a las instituciones, al estatuto de la Monarquía, la convivencia y, esencial, con respecto a la unidad de España.

El meollo es este: Pablo Iglesias produce una enorme desconfianza, no solo entre políticos del centro o la derecha: también en las filas de la propia izquierda. Produce desconfianza por su odio al sistema democrático, por la ferocidad con que maneja su propia organización, por la ausencia de respeto con que recibe o procesa todo argumento o posición que no coincida con la suya. Iglesias no está hecho para la convivencia democrática, sino para imponer un estado de cosas, a su medida y donde él sea el protagonista indiscutido de toda la realidad. Nadie debe olvidarlo: su modelo, su único modelo, es Hugo Chávez.

Sobre la relación de Pablo Iglesias con la Venezuela de Chávez y Maduro se han escrito muchas cosas, pero todavía insuficientes. Hasta que no se produzca un cambio en el poder, no será posible conocer la cuantía real del financiamiento que Iglesias, Juan Carlos Monedero y el partido Podemos recibieron de la cleptocracia dictatorial que ha devastado al país. Iglesias ha sido un factor activo para impedir iniciativas a favor de la defensa de los derechos humanos, por ejemplo. Es prudente recordar que, entre muchas otras, es autor de declaraciones como esta: Venezuela es una de las democracias más consolidadas del mundo, y lo que está pasando allá es una referencia para países del sur de Europa, para los ciudadanos europeos.

Hasta ahora, Iglesias no ha mostrado absolutamente ninguna sensibilidad hacia la situación de Venezuela y de los venezolanos (a diferencia de su exsocio, Iñigo Errejón, que ha reconocido la debacle venezolana). Sus declaraciones son las de un autómata de la política: pulsa un botón y repite sandeces como que Maduro es una víctima o que hay un golpe de Estado. Ni una palabra sobre la brutal represión, el sistema de torturas, los asesinatos por parte de fuerzas militares, policiales y paramilitares. Nada sobre la hiperinflación, el auge de las epidemias, la muerte de ancianos y niños por inanición. Ni una frase, por ejemplo, sobre la más reciente advertencia de la FAO, entidad que hasta el 2013 emitía constantes declaraciones sobre las bondades nutricionales de la revolución bolivariana, y que acaba de reconocer que 4,3 millones de personas han huido del país, y que los venezolanos necesitan urgente ayuda alimentaria externa, para detener la epidemia de hambre que se profundiza cada día.

Es paradójico: el hombre que se proclama a sí mismo como el más importante líder de la izquierda de España, que infla el pecho para hablar de justicia social, no menciona a Venezuela. La Venezuela que habita en su mente es indolora, desechable. El padecimiento de personas y familias, no le alcanza. La destrucción de la vida real está fuera de su campo perceptivo. Le basta con decir que todo ello es un invento de la oposición de derechas y del imperialismo norteamericano. Como todo sujeto tomado por una ambición desmedida, la de alcanzar el poder al costo que sea para destruir la institucionalidad democrática, despacha, niega, se quita de encima los hechos.

¿Qué significa para Venezuela que Iglesias se convierta en vicepresidente de España? Nada menos que esto: será un activista que influirá en la política exterior de España, con el propósito de mantener a Maduro en el poder. Punto.
Miguel Henrique OteroMiguel Henrique Otero


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