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La abstención como forma de resistencia pacífica al régimen del 78

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Ángel Gutiérrez Sanz*.- Lo que la historia nos enseña es que los partidismos en España no han acabado bien. ¿Cual será el final de la actual partitocracia consagrada en el régimen del 78? No lo sabemos todavía, lo que sí sabemos es que a lo largo de los últimos cuarenta años la casta política ha ido dejando tras de sí una calamitosa estela, en la que ha habido de todo: traiciones que se cuentan por decenas, ingratitudes para con nuestros mayores, quienes a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio nos habían legado una rica herencia económica y humana que hemos dilapidado; también ha habido mentiras, promesas incumplidas, corrupción a manta, calculadas claudicaciones ante el independentismo e incluso ha habido crímenes de Estado. Todo ello además de haber renegado de nuestras más preciadas tradiciones y olvidarnos de las esencias nacionales que hicieron grande a España, para quedarnos con 17 autonomías insolidarias, que solo piensan en sí mismas; pero esto no es lo peor sino que la cosa ha ido a más hasta quedar comprometida la mismísima unidad e integridad territorial de nuestra querida Nación, un día llamada España y que hoy se la conoce como “Este País”.

A lo largo de un prolongado periodo de bipartidismo infructuoso, plagado de vergonzosas corruptelas, se llegó a un punto en que la situación política se hizo insostenible. Fue entonces cuando hicieron su aparición partidos de nuevo cuño, con las soflamas acostumbradas de que eran ellos los únicos que podían traer esa necesaria regeneración moral que España necesitaba y esto fue lo que les permitió entrar en escena, sin que la cosa pasara de ahí, porque la realidad es que con el actual multipartidismo sigue habiendo dificultades y los problemas no han desaparecido, ahí seguimos sumidos en la miseria moral, situándonos entre los países menos religiosos de Europa, ocupando puestos de cabeza en cuanto a prostitución se refiere, así como en droga y pornografía, lo que nos hace dudar si estamos viviendo en “la España de las libertades” o en “la España del libertinaje”. Ahí seguimos también a la cabeza del paro arrastrando una deuda descomunal, que si Dios no lo remedia va a ser un gravoso legado para las generaciones venideras y sobre todo estos nuevos partidos emergentes, llamados a sacarnos del atolladero en el que nos había metido el bipartidismo, lo que en realidad han conseguido es colocarnos a las puertas de un estado ingobernable del que el separatismos acabará sacando tajada.

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En medio de una inquietante atmósfera de incertidumbre y frustración es como se van a celebrar las próximas elecciones generales, que serán las cuartas en cuatro años, sí, he dicho bien, cuatro de cuatro, es decir, un promedio de una elección general por año, con lo caro que nos resulta este divertimento a los españoles, y si al menos sirviera para algo… pero la cosa tiene mala pinta. No quiero ni pensar lo que pudiera pasar, si una vez celebradas las elecciones del 10 de Noviembre nos volviéramos a encontrar en el mismo punto de salida y fuera necesario proceder a unas quintas elecciones, en un momento en que el fervor democrático ha descendido notablemente y los comicios ya no se celebran con esa alegría y regocijo de antaño, sino que el hastío ha comenzado a hacer mella. Pasaron ya aquellos años de exaltación democrática, en que los ciudadanos se acercaban a las urnas con el mismo fervor místico que un niñito inocente se acerca a recibir su primera comunión; pero ahora es distinto, del entusiasmo hemos pasado a un cierto desencanto y en este cambio de actitud mucho ha tenido que ver la rutina inoperante, que ha acabado por desmitificarlo todo y ha hecho que la ciudadanía fuera perdiendo poco a poco su inocencia y la fe en la política y en los políticos.

Bien se puede ver que en política nada es para siempre y que vamos caminando hacia nuevos escenarios, en los que la manipulación política va a ser cada vez más difícil y la criminalización del abstencionismo creada y alimentada por el sectarismo político está dejando de surtir el efecto deseado. En la conciencia de no pocos ciudadanos va aflorando ya el sentimiento de que la abstención es una opción tan legítima, responsable y cívica, como cualquier otra, siendo ella una de la única alternativa pacífica con la que el ciudadano honesto cuenta para expresar en forma de castigo su enfado y disconformidad con unos políticos que nos están llevando a la ruina, a los que hay que decir con toda claridad ¡basta ya! y exigirles un cambio de rumbo antes de que sea demasiado tarde, porque no nos engañemos, éste y no otro es el verdadero sentido de la abstención. Cada vez va quedando más claro que no es haciendo el caldo gordo a los políticos y arropándoles con nuestros votos como vamos a poder salvarnos por mucho que su discurso intimidatorio y el de los periodistas repita hasta la saciedad que fuera de sus urnas no hay salvación posible, al igual que tampoco cuela ya el argumento de que hay que ir a votar, aunque sea con la nariz tapada, porque si no lo haces estás regalando la victoria a los otros, que son los “indeseables”, como si a estas alturas de la película no supiéramos que “indeseables” hasta dejarlo de sobra lo son tanto los unos como los otros, es decir todos los que hasta ahora nos han venido gobernando y lo seguirán haciendo mientras cuenten con la complicidad de nuestros votos. Es el momento de recordar aquella famosa frase: “O España acaba con el parlamentarismo o el parlamentarismo acaba con España”. Esta advertencia que un día nos hiciera Donoso Cortes, no puede ser más oportuna en el momento actual.

Ya veremos lo que pasa en las próximas semanas. De momento lo que toca ahora es sufrir el espectáculo bochornoso de la campaña electoralista, digo bochornoso, pues no deja de ser tristísimo que mientras nuestra Patria se desangra a borbotones, ahí tengamos que ver a los políticos enzarzados en sus batallitas partidistas y todo para saber quien va ser el que se lleva el gato al agua y alcanza el poder, sin percatarse que hoy el grave tema que está sobre la mesa es España y nada más que España, siendo por lo demás bastante irrelevante quien haya de ser el que llegue a la Moncloa, porque sea quien sea, las cosas van a seguir prácticamente igual y si no a experiencias de tiempos pasados me remito.

A lo que parece lo novedoso de estas elecciones es el abstencionismo, que en algún momento puede haber llegado a sembrar dudas y vacilaciones en el ánimo de los candidatos. Según he podido ver publicado en algún medio, estaríamos ante un fenómeno histórico como nunca se había conocido. Las encuestas nos decían que posiblemente el número de quienes no tienen la menor intención de pasarse por las urnas podría elevarse al 35%, es decir que dos millones y medio de abstencionistas podrían unirse a los ya existentes en las últimas elecciones del 28-A. Esta previsión naturalmente podría dar lugar a varias interpretaciones y ninguna de ellas tranquilizadora para los que han hecho de la política su “modus vivendi” que no son pocos. Ciertamente el hartazgo de los electores está ahí y es fácilmente detectable a través de las redes sociales, siendo ya muchos los que han solicitado la baja de censo de partidos para no recibir propaganda electoral de papel en el buzón. De ello se hizo eco la prensa donde se pudo leer que en algún momento los temas “yo-no-voto o abstención-activa se convirtieron en tendencia en la red social, twiter y los grupos de whatsapp se llenaron de “memes” que amenazaban con no votar”.

Lo que sucede es que del dicho al hecho hay un gran trecho. Yo sinceramente dudo que tales previsiones estadísticas se vayan a cumplir, puede que simplemente se trate de amenazas, pero por algo se empieza.
Aparte del hartazgo yo creo que existen otras razones que están detrás de la amenaza abstencionista, entre las que se podían encontrar el enfado de muchos ciudadanos, en unos casos por tanta tomadura de pelo como ha habido y en otros por haberse sentido traicionados mil veces por unos políticos, que pasada la campaña electoral “si te he visto no me acuerdo”.

En esto del abstencionismo habría que tener también en cuenta razones de tipo histórico, según las cuales las ideologías huelen a rancio y son cosa de otros tiempos, de modo que si se mantienen será por motivos viscerales, no por otra cosa, ya que ni tan siquiera el concepto de clase social está hoy claramente diferenciado, puesto que que la figura del asalariado millonario se entremezcla frecuentemente con la del empresario que las está pasando canutas. Algo parecido ha de decirse de los partidos políticos que en otros tiempos puede que tuvieran alguna razón de ser, pero que hoy resultan anacrónicos. Ya no son ellos por sí solos los que ganan las elecciones, sino que hay que contar con las oligarquías y también con los pactos y chanchullos postelectorales, capaces de trasformar el vino en agua. Por algo amplios sectores de las jóvenes generaciones pasan de la política y no quieren saber nada de las urnas. Confieso profesar un respeto casi sagrado por aquellos jóvenes incontaminados, que conscientes de lo que está pasando se resisten a entregar su alma a los políticos.

Seguro que pueden haber muchos más motivos por los cuales los ciudadanos se sientan tentados al abstencionismo, todo depende de la sensibilidad de cada cual, pero yo me voy a limitar a resaltar uno de ellos que me parece de particular interés. Comencemos desde el principio: Todo hace suponer que el sistema electoralista actual fue pensado no tanto para el bien de España y de los españoles, cuanto para satisfacer las exigencias de unas fuerzas políticas, incluidas por supuesto las separatistas, de tal modo que en términos generales bien podíamos decir que dicho sistema nació al amparo del régimen del 78, no tanto para servir a las nobles aspiraciones nacionales cuanto para aplacar iras y rencores acumulados; es así como los partidos antiespañolistas han podido acceder a las urnas convertidas en el instrumento ideal para blanquear todo aquello que bien podía ser considerado como objeto de delito a perseguir.

El grave error de la transición fue meter la piqueta y echar abajo un edificio bien consolidado que constó tanta sangre, sudor y lágrimas, a millones de mártires, héroes y patriotas, cuando hubiera sido suficiente con haber hecho los retoques que hubiera sido menester. Produce pena infinita que por culpa de traiciones y revanchismos, tanto sacrificio generoso de los españoles honrados y trabajadores se haya ido por la borda. El tremendo desatino fue consagrar una partitocracia en la que tuvieran cabida rupturistas, filoterroristas y todos los enemigos de España, que habían demostrado sobradamente no sentir el menor amor y respeto por su patria y que ahora nos tienen en sus manos. De aquellos polvos naturalmente han venido estos lodos que amenazan con engullirnos, si la conciencia ciudadana no despierta pronto. Como bien apunta Pío Moa, es inaudito que los vencidos subyuguen y humillen a los vencedores , inaudito también que los verdugos se hayan convertido en mártires y aquí nadie diga nada. ¿En qué parte del mundo ha sucedido jamás algo semejante?

Mientras las cosas continúen así no nos veremos libres del acoso y vejaciones de quienes odian a nuestra Nación ahí seguirán formando parte de las instituciones o siendo clave decisiva en la gobernabilidad del Estado español, ahí continuarán mientras los ciudadanos de bien no sientan vergüenza de mezclar su voto en las urnas con los votos de quienes no sienten a España y nos están llevando al borde del precipicio. Algún día tendrá que acabar esta farsa maquiavélica, consistente en estar haciendo el caldo gordo por una parte a quienes por otra se dice repudiar. Mientras no acabemos con esta esquizofrenia es ingenuo pensar que las cosas vayan a arreglarse. No puede ser que el voto de los desleales valga lo mismo que el de los leales; no puede ser que el voto de quienes quieren servir a España sea neutralizado por el de quienes tratan de romperla o no hagan nada por defenderla. A estas alturas, por lo menos, debiéramos habernos percatado que con los enemigos dentro de las instituciones la paz social estará siempre comprometida.

Sin duda habrá quien piense que esto que estoy diciendo no se corresponde con el talante democrático y que lo correcto en una democracia es permitirlo todo mientras no haya violencia de por medio. No creo yo que esto tenga que ser así, pues entonces caeríamos en el absurdo de que los países democráticos se verían obligados a admitir una invasión pacifica, pero incluso aún en el caso de que la exclusión de los enemigos de la Patria no entrara dentro de los parámetros democráticos. ¿Qué pasaría por ello? ¿No está la Nación por encima de los sistemas políticos sean estos del signo que sean? Hace falta ser muy ignorante para no saber que la Nación es fin en sí misma, mientras que los regímenes al uso tan solo son medios o instrumentos a su servicio, que van cambiando según el signo de los tiempos tal como nos demuestra la Filosofía de la Historia. No es tan difícil comprender que si se produce la quiebra de España todo lo demás sobra. Debiera darse como una obviedad que la Nación es lo sustantivo y permanente mientras que los regímenes políticos, incluido el del 78, son algo circunstancial, que duran el tiempo que duran, llevando inscritos en su ADN la fecha de caducidad. Lo triste del caso es que después de muchos años de demagogia y adoctrinamiento políticos sería difícil predecir a favor de quien se pronunciaría la ciudadanía, en el caso de que tuvieran que elegir entre democracia o una España con en paz, progreso y orden, revitalizada con unos principios éticos universales reguladores de la vida pública.

No sé si he sabido explicarme bien, lo que quiero decir es que hay motivos más que suficientes para pensar que tal como están las cosas, de las urnas solo cabe esperar que salgan elegidos candidatos de perfil más bien bajo, políticos aventureros, mediocres y poco fiables, cuando lo que España está necesitando con urgencia son “Viri et mulieres probati” universalmente reconocidos, que hayan demostrado fehacientemente su capacidad y su valía, su honradez y amor a España, dispuestos a devolver a su Patria el honor perdido, dispuestos también a trabajar sin partidismos por el bien general de nuestra Nación y de todos los españoles, hasta conseguir que ninguno de ellos quede excluido del derecho a vivir con dignidad. Yo quiero ser optimista, espero y deseo que pacíficamente salgamos de esta situación tan embarazosa en que nos encontramos, pero mucho me temo que ello no va a ser fácil si los ciudadanos permanecemos con los brazos cruzados, recreándonos en un conformismo cómplice. Algún mensaje pacífico, pienso yo, que debiéramos mandar a los políticos, para que se enteren de una vez por todas que esto que está pasando no nos gusta y que queremos cambiarlo.

*Catedrático de Filosofía


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El despertar de la derecha española

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Por C.S. Fitzbottom.-

La derecha española lleva dormida, al menos, 56 años. Es mi teoría de filatélico. En 1964 hubo una extraordinaria emisión de sellos, conmemorando los XXV años de paz.

La guerra civil había concluido hacía casi una generación, y el régimen de Franco, en vez de su victoria, hablaba ya de lo construido en común, de reconciliación, con el mismo espíritu con el que se acababa de inaugurar apenas unos años antes el Valle de los Caídos, recogiendo los restos de las víctimas de uno y otro bando.

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Puede que de aquellos sellos arranque mi amor a España. Quizás por eso tenga más presente aquel aniversario. Puede que fuera antes o después. De lo que estoy seguro es que, a diferencia de la derecha británica o la francesa, la portuguesa o la italiana, la norteamericana o la japonesa, la derecha española está presa de un terrible complejo, que puede que esté concluyendo en esta extraña época de reclusión.

En las últimas elecciones, hace apenas unos meses, casi la mitad de los votos en España fueron ido a opciones de centro, centro-derecha y derecha; y casi la otra mitad, a partidos de centro-izquierda, izquierda y extrema izquierda. Curioso. Fue casi lo mismo en las anteriores. Y en las previas. Y en las de 1977. Y en las de 1936. Y siempre que se llamó a los españoles a votar en libertad. Casi igual que en el resto del mundo. Porque en todas partes la mitad de la población cree que es bueno que los que corren mejor la carrera tengan un premio y que el sistema se base en eso. Y la otra mitad cree que no se puede privilegiar a los hijos de los que corrieron mejor la anterior carrera, y que el sistema produce esas injusticias, que hay que corregir. Esa podría ser una simplificación de qué significa ser de derechas y de izquierdas. Existe esa discrepancia en todo el mundo. Peter Jordan tiene magníficas charlas y conferencias en YouTube que les recomiendo y que explican muy bien la cuestión. Para todo el mundo. Pero el caso de España es distinto. A mí al menos siempre me lo ha parecido.

La izquierda, desde su control de los medios de comunicación, imperante desde 1968 en todo el mundo, y en España desde 1977, ejerce una increíble supremacía moral. Las causas que defiende son siempre justas, sensatas, razonables, morales, superiores y llevan a una evolución imparable hacia un bien mayor. Para ellos, la derecha es lo que incomprensiblemente se opone a tanta bondad, y por tanto es injusta, insensata, irracional, hipócrita y un fósil del pasado. Si encima sus ideas las expresan personajes como Donald Trump, se explica por sí misma en su peligro intelectual y real. Esta es la doctrina oficial en todo Occidente, especialmente en Europa.

Pero no quiero hablar hoy de la derecha en el mundo, especialmente porque en el mundo anglosajón, no es la parte débil del debate, y aún hay muchos foros en los que la izquierda puede ver mostradas sus vergüenzas en público. El caso español, para cualquier observador extranjero, llama la atención como un raro espécimen. Y permítanme una brevísima excursión por la historia reciente de su país, a quien tanto quiero y admiro.

Después de más de sesenta años de turbulencias civiles, la derecha española decidió organizarse y moderarse para darle a España medio siglo de estabilidad, desde 1874 a 1923. La derecha española se avergonzó finalmente de la aventura militar de Marruecos y entendió el drama del problema obrero en las capitales y de los jornaleros del campo. La derecha dio una oportunidad a la modernidad en 1931, aceptando con optimismo una república, que se imponía a pesar de haber perdido las elecciones municipales, y cuyo control asumió una izquierda que desde el primer día atacó sus valores y decidió destruir todo cuanto la mayor parte de España consideraba importante.

Ardieron templos, se expropió –por tercera vez- a la Iglesia, se desmanteló el ejército, se vulneró la propiedad y se legisló una Constitución sectaria. Todo se aceptó. La derecha ganó las elecciones de 1933. El régimen republicano, la casta de entonces, se negó la permitirles el acceso al gobierno. La derecha lo aceptó. Y cuando ese gobierno no tuvo más remedio que incluir tres ministros del partido ganador de las elecciones libres –la CEDA-, entonces, en octubre de 1934, el PSOE, el PCE, la ERC, el PNV y los anarquistas –curioso, ¿les suenan esas siglas a los españoles de 2020?- se sublevaron violentamente, en un golpe de estado con ánimo de guerra civil, contra el gobierno legítimo y democrático de la república… ¡porque tenía tres ministros de derechas! En 1936, la derecha ganó las elecciones, pero la izquierda se hizo con el control del proceso electoral, y consecuentemente, del parlamento y después del gobierno. Ilegalmente nombraron a la mayoría diputados y con más ilegalidad aún, destituyeron al presidente de la república, Niceto Alcalá-Zamora. Ya lo había avisado el líder el PSOE, Largo Caballero, autoproclamado “el Lenin español”: “Si no ganamos el poder en las urnas, lo haremos en las calles”. Militantes socialistas y comunistas comenzaron a asesinar a vendedores de prensa de la oposición y a organizar grupos paramilitares.

El entrenador de uno de ellos, un conocido policía del PSOE, que había disparado sobre un falangista en una manifestación, fue asesinado en represalia en uno de los enfrentamientos callejeros que él alentaba. Sus compañeros, policías y guardias civiles del PSOE, salieron en venganza a matar al líder de la oposición. No encontraron al más votado, así que liquidaron al que más hablaba en el Congreso. Dos balazos en la cabeza acabaron con la vida de José Calvo Sotelo, como le había sentenciado Dolores Ibárruri unos días antes en el Congreso de los Diputados, cuando él había denunciado sus desmanes: “Es la última vez que hablas en esta cámara”.

Cuando se descubrió el cadáver del líder carismático de la oposición –como si hoy fuera el de Santiago Abascal- tirado en el cementerio, y se supo que se sabía pero que no se podía decir que habían sido oficiales de la policía, toda la derecha, la mitad de España, supo que tenía que pelear para sobrevivir. Luchar con la misma agresividad con la que había sido atacada en 1931, en 1934 y en ese mismo instante. Y comenzó la terrible guerra civil española. Ese conflicto tan intenso, tan terrible, tan inhumano y tan místico, que ha suscitado más libros escritos que la segunda guerra mundial. No fue una lucha entre democracia y fascismo, y sólo desde la ignorancia o el sectarismo más embustero se pueden contar las cosas de otra forma. Asesinaron los rojos, como venían haciendo, y ¡ay!, también asesinaron los azules.

Hubo misas de acción de gracias en plazas con el suelo aún lleno de sangre de los jornaleros recién fusilados. Se asesinó a maestros, a socialistas, a gentes bien intencionadas que creían en la república y en valores morales que veían tras ella. Y la “derecha”, que no es una doctrina, sino un forma de vivir, supo que había pecado. Era justo luchar por sobrevivir, y pareció un milagro de justicia ganar. Pero en 1945 se supo –no se sabía antes- que los aliados nazis habían sido aún más vesánicos que los comunistas. Y en 1950 aún se fusilaba o, peor aún, se mataba de miseria a los prisioneros en campos de concentración. Miguel Hernández no moría siquiera con la dignidad de Lorca, de un balazo en el pecho, sino en la indigencia, el hambre y el abandono sórdido de cárceles inmisericordes. La derecha supo que, en la victoria, había pecado.

Los veinticinco años de paz de 1964 parecían suficientes. Ya todos tenían o aspiraban al Seiscientos, al piso en propiedad, a las vacaciones de verano, al ventilador en el dormitorio y, por fin, la lavadora automática. La clase media fue igual para todos, y dejó de exigirse el certificado de adhesión al régimen para poder opositar a un puesto público. Ya, al fin, se dejaba de cargar a los hijos por los pecados de los padres. Y todo iba a mejor. Así fue también en 1965, y en todos los años siguientes.

La derecha se liberó de Franco, es la verdad. Sólo sus más adeptos aguantaban ya su cantinela con la masonería y el comunismo. La derecha quería Europa y democracia. ¿Cómo pedirles cuentas a Carrillo y a la Pasionaria de sus asesinatos en 1939? Perdón, reconciliación. Paso de página. Un régimen nuevo, un rey joven, elecciones, partidos, políticos nuevos, hombres guapos, como Suárez y González. Democracia, transición, progreso, Europa, mantras que todos los españoles aceptaban en común.

No fue exactamente como se soñaba. Y la derecha aguantó de todo. La ETA y sus mil asesinatos y sus decenas de miles de exiliados, huidos del País Vasco por la extorsión y el miedo. La expropiación de Rumasa. El laicismo del Estado y de sus medios de comunicación, copados por la izquierda. El permanente acoso amenazante a la Iglesia y sus colegios; la burla sistemática a sus creencias. La derecha se dedicó a sus estudios, sus negocios, sus empresas… y hubo una nueva oleada de bienestar económico y se renovó la promesa de la clase media española.

Pero ocurrieron Zapatero y Lehman Brothers. Un irresponsable, indocumentado y sectario, tras un misterioso asesinato colectivo –aún no ha sido explicado el atentado del 11 de marzo de 2004- llegó a la presidencia del gobierno hablando de una extraña “memoria histórica”, que más se parecía a las campañas de Goebbels o Lenin. Y una nueva crisis económica, en 2008, dio alas a una nueva izquierda, nueva en las personas, aunque con el mismo discurso de siempre y, curiosamente, con la misma aversión al gel de baño y al buen gusto.

Hubo cambio de caras en esos años. Hasta la del Rey cambió. Y nadie se dio cuenta de que muchas cosas estaban rotas. Esencialmente, los consensos de la Transición. Los comunistas, que habían “acogido de corazón” –dijo el Secretario General del PCE, Santiago Carrillo, el asesino de Paracuellos, en 1977- la bandera de España, volvían a ondear sólo la triste tricolor de la triste segunda república. Los socialistas, enfangados en una generación de corrupción, pensaban que la cura era controlar los medios de comunicación para que no se hablase de ello –y casi lo consiguieron-. Y la derecha… la derecha se identificó con unas únicas siglas, que, resignadamente, englobaban a conservadores, liberales y democristianos, y a las que votaban, con mayor resignación aún, los escasos nostálgicos del franquismo y todos aquellos, mayores aún en número, que simplemente no querían a la izquierda en el poder.

La verdad es que la derecha española -y ahora, déjenme que hable el extranjero- ella sabrá por qué, decidió, hace dos generaciones, vivir de prestado en su propio país, y considerar que su régimen político era propiedad moral de otros. Y ese préstamo, esa cesión, esa rendición, señoras y señores, ha llegado a su fin. La derecha española ha despertado.

La derecha española despierta por varias razones:

– Porque el Gobierno está formado por una coalición de comunistas y socialistas, apoyada parlamentariamente por secesionistas y filoterroristas, liderada por un Presidente que se presentó a las elecciones prometiendo que no haría precisamente ese pacto.

– Porque desde ese Gobierno, se amenaza a la propiedad privada, se insulta a la Iglesia, se cuestiona la patria potestad y se ataca a todas las instituciones básicas del Estado, desde el Rey hasta el Consejo General de Poder Judicial.

– Porque no es lógico que traten de gobernar España aquellos que sueñan con destruirla en vez de ofrecer un gran pacto nacional a la oposición, cuando ésta está dispuesta a aceptarlo.

– Porque esa alianza del señor Sánchez, contra su promesa electoral, con los enemigos declarados de España, hiere en sus sentimientos más íntimos a la mayoría de los propios votantes socialistas, que, no obstante, son los que más inermes quedan para expresar sus ideas políticas y su frustración con la situación actual.

– Porque la sensatez no tolera más pantomimas con esa falsa memoria histórica, que sólo es una falsificación sectaria de la historia real y un insulto a la voluntad de reconciliación que preside las relaciones reales y cotidianas de los españoles, desde antes incluso de la Transición, y afortunadamente, hasta nuestros días.

– Porque la violencia que sufren muchas mujeres, y las otras formas de violencia que se viven en los hogares, en todo el mundo, no caben ser encorsetadas en la manida ideología de género, y menos justificar el encarcelamiento sin pruebas y el fin de la presunción de inocencia y del habeas corpus.

– Porque del mismo modo que ese feminismo sectario, la izquierda ha tomado la bandera del animalismo y de las visiones apocalípticas del cambio climático, para desde la autoridad intelectual de personas que no sabrían diferenciar una vaca de un buey, imponer una nueva dictadura de pensamiento, que sólo busca dividir el mundo en buenos y malos, a decisión de los líderes totalitarios de esa rancia secta marxista.

– Porque la derecha, hace mucho tiempo que aceptó que, aunque uno crea en Dios y en lo que su Iglesia enseña, hay que respetar, como esa misma Iglesia manda, a aquellos que piensan distinto. Y esa derecha está cansada de esos nuevos dogmas feminazis, hembristas, animalistas, estatistas y antiempresariales, que pretenden ser enseñados obligatoriamente en las escuelas, como nueva religión laica y única verdad que todo el mundo tiene que aceptar.

– Porque la derecha se ha cansado de la burla impune y con el aplauso de los bufones televisivos, a costa de la religión, de la bandera, del Rey, de la patria, del himno, del ejército, de la Guardia Civil, de las tradiciones y de las creencias de los demás- Y que encima los detractores de ese “pensamiento” –por llamarle algo- único, tengan que sufrir las amenazas, los “escraches” y las exclusiones de los medios de comunicación que la izquierda impone.

– Porque da vergüenza el sectarismo izquierdista de la inmensa mayoría de esos medios de comunicación. Y la derecha está indignada de que sus líderes y prohombres sean incapaces de promover y sostener canales de televisión donde no se insulte su visión del mundo y se puedan contar las noticias desde su punto de vista también.

– Y porque la primera nación de Europa, que incorporó a la civilización cristiana occidental a medio mundo, no merece perecer en manos de analfabetos funcionales, que sólo quieren condenar a sus compatriotas a la miseria de Cuba y Venezuela y al control político de Corea del Norte, para que como allí, el líder carismático viva en mansiones pagadas con los impuestos que pretende controlar, como la vida de sus conciudadanos a los que antes ha hundido en la miseria.

Es muy posible que sin 29.000 muertos oficiales y posiblemente otros 20.000 ignorados, sin esa ocultación, sin tanta incompetencia, sin tantas mentiras, sin la sospecha de tantos robos, sin tanto sectarismo, sin tanta manipulación, sin tanta improvisación, sin tanta torpeza, y sin haber tenido a la gente encerrada durante dos meses, la derecha hubiera seguido dormida, conformándose como siempre con lo menos malo, resignándose a ser, como en los últimos cincuenta años, lo que sus enemigos de la izquierda habían decidido que eran: algo despreciable.

Pero la torpeza de la izquierda, esa que nace de la soberbia incontrolable, la ha hecho excederse y perder pie. Y ha despertado a la derecha. Que no parece que ahora tenga intención de volverse a dormir.

Bienvenida, España, a la normalidad democrática.


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Así manipula el canalla SOROS la educación mundial: ¡Ideología de género para todos!

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Por Javier Arias.

Ya hemos visto como ese proceso de destrucción, de las sociedades democráticas organizadas, pretende reducirnos a individuos aislados, sin raíces familiares, espirituales, nacionales, convirtiendo a las personas en masa informe, adicta y miedosa porque eso nos hace más manipulables.

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Ese proyecto, cuenta con el sustrato de un difuso pensamiento, supuestamente izquierdista, y los miles de tontos útiles que creen estar sirviendo a causas de liberación y bondad, cuando colaboran en un plan contra la humanidad y la libertad.

Hemos visto el esfuerzo ingente, por parte de los magnates, en la creación y financiación de miles de organizaciones, con lemas bienintencionados que sirven a sus intereses, a veces sin saberlo. Ese monto millonario encuentra eco en los miles de medios de comunicación y periodistas, financiados y serviles que ocultan y blanquean esos crímenes.

La educación es una parte esencial de la trama porque los individuos necesitan una estructura ideológica que les facilite integrar lo que sucede en sus vidas. Después del padre y la madre, la escuela es el primer vector de creencias, para la mayoría de la población. Al igual que con los medios de comunicación, hay un prejuicio positivo sobre la veracidad de lo que aprendes en la escuela.

Desde ese punto de partida, Soros y sus amigos, sus organizaciones y partidos, están condicionando nuestras escuelas en dos sentidos principales:

  • Por un lado, imponiendo a edades cada vez más tempranas su agenda de segmentación y división, centrada en la inclusión de las agendas LGTB y el pánico irracional que busca salvadores frente a amenazas que nos superan como el apocalipsis climático o las pandemias. Se sexualiza a los niños y su entorno, o se banalizan las drogas porque los adictos son más manejables, Al mismo tiempo se fomenta el desprecio y luego el odio al disidente, provocando su “muerte social”, o su expulsión del grupo.
  • Por otro, reduciendo la carga lectiva, despreciando hasta la eliminación el esfuerzo, el interés por aprender y el reconocimiento del saber. Su ideal es gente sin cultura, abandonada, cómoda en el rebaño y con envidia -que convierten en resentimiento frente al que destaca- haciendo todo lo posible porque se someta al montón. Las políticas educativas, de muchos países., ya han adoptado estos puntos de vista, con aprobados generales o planes de estudio adelgazados hasta el ridículo, la eliminación del valor de la memoria o la sustitución de la mente por el recurso a una máquina.

Universidades

Han hecho de las universidades otra de sus grandes bases de influencia. Ellas son, junto a los medios de comunicación y los aparatos culturales las grandes fábricas de ideas, de una sociedad como la nuestra. Por eso tienen que controlarlos.

Ya han encontrado decenas de facultades y cientos de departamentos lastrados por ese seudomarxismo de base, donde la influencia comunistoide todavía anima a muchos de nuestros “intelectuales”, incapaces de navegar por su cuenta. Algunos han hecho de sus problemas personales e incomodidades psicológicas materia de cátedra, con “estudios maricas” (que les gusta denominar Queer, por si les da una pátina de moda internacionalista) y desde la “perspectiva de género” que es trasladar el odio, de la fracasada lucha de clases, a las relaciones personales y a negar las realidades biológicas, en aras de que nadie pueda llamarte degenerado o enfermo mental, sin enfrentar el castigo al que disienta. El odio, la imposición de unas ideas y el aplastamiento de las demás, las están convirtiendo en leyes, en numerosos países.

George Soros anunciaba a principios de este año 2020- en el Foro Económico de Davos que patrocina él mismo- que donará 1.000 millones de dólares para crear una red mundial de universidades, a partir de la Universidad Centroeuropea (CEU) fundada por el magnate, inicialmente en Budapest y hoy en Viena ante los enfrentamientos con el gobierno húngaro de ViKtor Orban, uno de los más críticos con los planes de Soros.

Denominada “Red de Universidades de la Sociedad abierta” (OSUN por sus siglas en ingles) se justifica según su promotor como un arma “contra el autoritarismo”
cuando, precisamente una de sus características es no permitir la disidencia ni la libertad de cátedra. Hablan de promover los valores liberales,( individuos y sociedades , naciones y estados débiles) y el pensamiento crítico lo que quiere decir la imposición de sus estructuras ideológicas, “más allá de las fronteras geográficas y demográficas” en consonancia con sus planes de aniquilación de naciones y sociedades, impulsando además “el activismo cívico” , en lo que se integra con la Red Talloires(una asociación internacional de instituciones, bajo la dirección de la Universidad estadounidense de Tufts) cuyo objetivo es fomentar el compromiso cívico de la educación superior, también . para conseguir esa transformación, según el Bard College, uno de sus intentos previos y que forma parte de la estructura de la red. Muy ilustrativo que entre los signatarios fundadores de esta red figure, nada menos, que la Universidad de la Habana, bajo control directo de la dictadura.

 

La ofensiva final es ahora

El mismo Soros considera que OSUN es el proyecto más importante y duradero de su vida y querría “hacerlo realidad antes de morir”.

En realidad va a ser, si tiene éxito, el más importante y duradero porque se trata de conseguir la dirección mundial de la educación superior, de la formación de las élites y, en consecuencia, dirigir las sociedades que esas élites liderarán. Ningún dictador pudo soñar algo de tal amplitud y de tanta influencia directa, desde que la Iglesia Católica dejo de tener la hegemonía global.

Esa red va a ofrecer programas y titulaciones conjuntas, uniformando en extremos desconocidos, hasta hoy, el pensamiento mundial. Además, la élites necesitan conocerse y coordinarse y por ello la OSUN reunirá periódicamente a estudiantes y profesores de distintos países en debates presenciales y con más frecuencia en línea..

Como siempre, tales objetivos se enmascaran en una catarata de bonitas palabras y loables propósitos como “llegar a aquellos estudiantes que más lo necesitan”, principalmente en Asia, África y Latinoamérica, “y fomentar los valores de la sociedad abierta, incluidas la libertad de expresión y la diversidad de credos” en vez de confesar que es un plan globalista capaz de generar una masa critica suficiente para implementar, sociedades débiles y la imposición de esos gobiernos dóciles, bien penetrándolos (caso de España o Italia) o bien consiguiendo su destitución y posterior constitución de recambio como en las revueltas árabes, o de Chile .

Golpes de estado y revoluciones, desde arriba o desde abajo.

Controlando las universidades, controlan los “comités científicos” y los “comités de expertos” que validan, o desautorizan, lo que les convenga, en una situación de crisis como en la que estamos ahora, con el Covid19.

En OSUN y la Red Tallories ya hay acuerdos, con más de 300 universidades en casi 100 países. En España figuran la Autónoma de Madrid, la Oberta de Cataluña o la Politécnica de Valencia, entre otras.

Por áreas geográficas, los números son impresionantes:

• África (62)
• Europa y Asia Central (65)
• Asia Oriental y Pacifico (43)
• Latinoamerica (43)
• Oriente Medio y Norte África (19)
• Norteamérica (79)
• Asia del Sur (83)

Ya dominan cientos de campus, pero quieren avanzar porque creen que este es el inicio de su victoria definitiva y sienten que es ahora o nunca porque, si tu oprimes a una sociedad o la amenazas, antes o después surge la resistencia y no quieren dar tiempo a que esa resistencia se organice.


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A Fondo

Ayer, hoy, mañana y SIEMPRE: Pase lo que pase y ocurra lo que ocurra, Alerta Nacional con la GUARDIA CIVIL.

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Son tiempos oscuros.

Hay indeseables en los ministerios; hay delincuentes condenados en los partidos de Gobierno; hay imputados por delitos gravísimos en el Congreso de los DiPUTAdos; y hay miembros de este Gobierno comunista que han blasonado, negro sobre blanco, de su ascendencia terrorista. Sin más. Sin menos. Había que decirlo, y se ha dicho. Con un par, Cayetana: eso es hacer honor a tu apellido; y brindar un servicio a España que te iguala a tus mejores antepasados.

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Desde una posición de sometimiento indigna para un cuerpo como el de la Guardia Civil, su impecable e inmaculado Honor hace que este cuerpo sufra los más viles ataques del desquiciado, acomplejado y sovietizado poder gubernativo contra sus mandos, templados en el acero de las armas que en su celo de servicio demasiado pocas veces desenfundan porque se saben desprotegidos por ese poder rufianesco que les usa pero les impide defenderse.

Ese acero que ellos mismos han sentido mecanizar milisegundos antes de recibir el tiro en la nuca; la bomba en el coche: siempre a traición; siempre por la espalda: indefensos ante la hez del ser humano que tomó forma en los alrededores de Elgoibar y que se surtió de armas en la vecina Eibar.

A esos hombres, que exponiendo la vida para salvar la nuestra, junto con nuestros más banales y estúpidos estilos de vida y pasatiempos ordinarios, que se juegan el tipo ante borrachos atiborrados de drogas en las autovías, siguiendo un modo de vida despreciado por los mismos que nos gobiernan a todos, para los que el honor es algo casposo y ridículo, les debemos no solamente la vida, sino la existencia despreocupada y cretina que todos hemos llevado mientras ellos sangraban, morían, se quedaban parapléjicos mientras el ministrillo de turno abusaba de sus más altos oficiales, hombres en un sentido tan completo y admirable del término que la sola comparación con el político de turno hace palidecer de vergüenza a éste último.

Hombres, siendo humillados por rufianes. Presuntos criminales. “Castrati” con purgaciones; repugnantes ejemplos de cuan bajo cae el ser humano en la inmundicia comunista alienante, que destruye todo y nada bueno hace.

Por eso, hoy, les dejamos con un vídeo que expresa -debe expresar- con claridad, meridianamente, y sin la menor duda, de qué lado cae el Honor, el respeto y la caballerosidad, y de qué lado cae el deshonor, la abyecta vergüenza del salivazo convertido en político enfermo con cara de vicioso irredento comido por sus verguenzas íntimas y sus complejos histéricos.

 


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