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Europa

Turquía y la Unión Europea: ¿se puede salvar este matrimonio?

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En la imagen, Merkel y el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en Berlín el pasado 28 de septiembre.
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Por Burak Bekdil.- Cuando Turquía solicitó su plena incorporación a la Unión Europea, en 1987, el mundo era un lugar completamente diferente: incluso el club de los ricos tenía un nombre distinto: Comunidad Económica Europea. El presidente de EEUU, Ronald Reagan, se había sometido a una pequeña intervención quirúrgica; la primera ministra británica, Margaret Thatcher, había sido reelegida para un tercer mandato; Macao y Hong-Kong eran territorio portugués y británico, respectivamente; el Muro de Berlín seguía en pie y operativo; aún faltaban dos años para las manifestaciones en la plaza de Tiananmén; el escándalo Irán-Contra estaba en los titulares, la primera Intifada acababa de comenzar y lo que hoy son Chequia y Eslovaquia eran un solo país llamado Checoslovaquia.

En marzo de 2003, sólo unos meses después de que fuese elegido primer ministro, Recep Tayyip Erdogan declaró que Turquía estaba “más que preparada para formar parte de la familia de la Unión Europea”. En octubre de 2005 empezaron las negociaciones formales para el ingreso de Turquía en la UE.

Hoy, 13 años después de aquella primera cita, la alianza parece rota, y no hay visos de que en un futuro próximo se produzca el enlace de esta pareja que tan poco casa. Plenamente conscientes de ello, en la última década ambas partes han jugado un juego diplomático bastante desagradable: a ver quién rompe el compromiso.

Esta aburrida ópera bufa ya no se sostiene.

El déficit democrático de Turquía ha crecido demasiado como para hacerlo compatible con la cultura democrática europea. Según Freedom House,

Además de las graves consecuencias para los ciudadanos turcos detenidos, los medios clausurados y los negocios confiscados, la caótica purga [que siguió al intento de golpe de Estado de 2016] se ha entrelazado con una ofensiva contra la minoría kurda, lo que a su vez ha alentado la intervención diplomática y militar de Turquía en las vecinas Siria e Irak.

En el índice democrático de Freedom House, Turquía se encuentra en el grupo de los países “no libres”, con una calificación peor que la de países “parcialmente libres” como Mali, Nicaragua y Kenia. Ciertamente, la UE no es un club de no libres.

Más recientemente, una disputa legal entre Turquía y la UE subrayó, una vez más, la gran disparidad en lo relacionado con la la comprensión del imperio de la ley entre las culturas democráticas turca y europea. Ankara y Bruselas se enfrentaron por los derechos de un destacado político kurdo que ha sido encarcelado bajo acusaciones deleznables de terrorismo. En noviembre, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), del cual es signatario Turquía, dictó que ésta debía sustanciar cuanto antes el caso de Selahattin Demirtaş y que la prisión provisional del acusado se había alargado más de lo justificable. Pues bien, ignorando el veredicto del TEDH, un tribunal turco falló contra la excarcelación de Demirtaş; fallo que vulneró claramente el artículo 90 de la Constitución turca:

“En caso de conflicto entre los acuerdos internacionales en el ámbito de los derechos y libertades fundamentales debidamente implementados y las leyes nacionales (…) prevalecerán las cláusulas de los acuerdos internacionales”.

El ministro turco de Exteriores, Mevlüt Cavuşoğlu, dijo que la sentencia del TEDH tenía una motivación política, no jurídica, y sentenció que el caso se decidiría en los tribunales de su país.

Igual que no puede haber un miembro de la UE no libre, tampoco puede pertenecer a la Unión un Estado que ignore clamorosamente las sentencias del TEDH.

Por suerte, hay señales desde Bruselas de que el espectáculo no debe continuar. En abril de 2017, el Parlamento Europeo solicitó la suspensión formal del proceso de incorporación de Turquía a la UE, que en la práctica ya estaba paralizado. En septiembre del mismo año, la canciller alemana, Angela Merkel, anunció que quería poner fin a las negociaciones con Ankara.

Más recientemente, el pasado noviembre, el funcionario que está supervisando la futura ampliación de la UE dijo que sería más “honesto” que la UE en bloque renunciara a las conversaciones con Turquía. El comisario para Ampliación, Johannes Kahn, declaró al diario alemán Die Welt:

“Creo que, a la larga, sería más honesto que Turquía y la UE tomaran otros derroteros y pusieran fin a las conversaciones (…) El ingreso de Turquía en la Unión no es realista en el futuro previsible”.

Kahn fue franco, y llamó a las cosas por su nombre.

De hecho, un mes antes de esas declaraciones, el presidente Erdogan propuso una solución más realista; pero no guiado por la honestidad, sino para marcarse un farol electoral. Evidentemente, Erdogan anda exasperado. Al decir que la reluctancia europea hacia la presencia de Turquía en la UE se basa en una pretendida “islamofobia”, parece querer atraerse a los votantes nacionalistas hartos de la UE, de cara a las municipales del próximo 31 de marzo. En un discurso que dio en octubre, Erdogan dijo que estaba considerando someter a referéndum la solicitud de ingreso de Turquía en la UE.

Es una buena idea, en el supuesto de que líder más popular de la historia turca haga campaña por el abandono de las negociaciones. Pero fue más de lo mismo. Como siempre, Erdogan iba de farol, al parecer para recordar a los líderes de la UE el “valor estratégico” que Turquía tiene para Europa. Al mismo tiempo, se hacía el duro ante su base electoral, normalmente xenófoba y conservadora, cada vez más harta de ser humillada por la “infiel Europa”.

Este autor cree que debería haber referendos simultáneos en la UE y Turquía, donde se pregunte a los europeos si apoyan un eventual ingreso turco y a los turcos si quieren retirar su solicitud de ingreso. El triunfo del no en ambos debería bastar para cerrar oficialmente el proceso de incorporación de Turquía. En cambio, una victoria del sí en ambas consultas significaría que el espectáculo debe continuar, y que el público está feliz con la ópera bufa.

Esta pretensión poco convincente de que hay que mantener a raya a Turquía por motivos estratégicos es deshonesta. Echar el cierre sí sería honesto, pero probablemente no sería práctico: nadie quiere asumir esa responsabilidad histórica. Además, las encuestas indican un descenso en el apoyo de la opinión pública turca al ingreso. Por otro lado, en la UE la simpatía por el ingreso de Turquía es radicalmente más baja que en los años anteriores. El apoyo a la entrada de Turquía es del 8% en Francia, del 5% en Alemania, del 8% en Reino Unido, del 5% en Dinamarca, del 7% en Suecia y del 5% en Finlandia. No hay forma de que la media de la UE pueda sobrepasar el umbral del 50%.

Por lo tanto, dejemos que los miembros del club y el solicitante decidan sobre un matrimonio que nunca funcionará.

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Europa

Diego Fusaro, impulsor del nuevo partido Vox Italiae: “Sin soberanía nacional, no puede haber democracia ni derechos sociales”

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Diego Fusaro
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Carlos X. Blanco.- Diego Fusaro, uno de los filósofos más escuchados y leídos en este momento en Italia y en toda Europa, ha concedido una entrevista exclusiva a La Tribuna del País Vasco con motivo de la irrupción de un nuevo partido político soberanista, identitario y transversal en su país. En esta conversación, Fusaro matiza su vinculación con esa nueva fuerza política y aclara su ideario.

– ¿Qué es Vox Italiae? ¿Un nuevo partido político en Italia? ¿Un movimiento ciudadano que reconstruya la ruptura “populista” entre la Lega y el M5S?

-Vox Italiae es, en la realidad italiana, el primer partido soberano, populista y socialista. En Italia tenemos partidos globalistas de derecha (Forza Italia de Berlusconi), partidos globalistas de izquierda (Pd de Matteo Renzi y las otras formas de la izquierda fucsia y arco iris), partidos soberanistas y liberales (Lega, Fratelli d’Italia). No hay ningún partido que sea a la vez soberanista, populista y socialista, keynesiano y no thatcheriano, partido para las clases trabajadoras y no para el capital. Este partido es Vox Italiae. La soberanía es sin duda la condición de la democracia, pero no es suficiente. La soberanía se dice de muchas maneras: Bolsonaro -un servidor de los Estados Unidos, un liberal puro- no es Putin, Putin no es Morales, etc. Por cierto, no tiene nada que ver con Vox España, que es soberanista pero liberal. Después de la desintegración del gobierno gialloverde, hubo una tragedia: el gialloverde era populista y soberanista, con identidad y tendencias socialistas. Ahora el Movimiento 5 Estrellas ha vuelto a fluir hacia la izquierda cosmopolita fucsia y la Liga hacia la derecha liberal azul. Cualquiera que sea el bando que gane, gana el liberalismo.

– ¿Tiene usted ambiciones políticas?

  • No soy miembro del partido, sino sólo el inspirador teórico: nunca he tenido carnets y no quiero tenerlos. Soy un libre pensador, no un político. No he fundado el partido, ni tampoco lo dirijo.

– Su movimiento “Vox Italiae” se presenta como una crítica a Salvini. ¿Podría concretar esa crítica?

  • La Liga de Salvini es un partido soberanista y basado en la identidad, contrario a la UE, pero también es un partido liberal y atlantista. Nosotros somos soberanos, identitarios, contra la UE y también contra el liberalismo y la OTAN. Estamos a favor de un internacionalismo de Estados soberanos, democráticos y socialistas, libres del atlantismo y abiertos al eurasianismo. La Liga, en cambio, mira a Washington y su modelo económico es Thatcher, no Gramsci y Keynes.

– ¿Cómo se coordinaría “Vox Italiae” con las fuerzas y partidos políticos italianos actualmente existentes?

  • No somos ni de derechas ni de izquierdas. Estamos a favor de un socialismo democrático que defienda al pueblo italiano, sobre todo a las clases trabajadoras: sin soberanía nacional, no puede haber democracia ni derechos sociales. Por esta razón, los amos cosmopolitas aspiran a destruir la soberanía nacional: destruir las democracias y los derechos sociales. Por eso, la recuperación de la plena soberanía económica, monetaria (no al euro), militar (no a la OTAN) es la condición sine qua non para tener una democracia obrera socialista. Precisamente porque no somos ni de derechas ni de izquierdas, nos aliaremos con todos aquellos que – citando a Gramsci – han venido por una u otra vía para oponerse al capitalismo global.

-¿Cree que es difícil romper la inercia del esquema “izquierda-derecha” que tanto parece beneficiar al globalismo y al “europeísmo”?

Es muy difícil romper la dicotomía entre la izquierda y la derecha, porque es la base del orden liberal.  Mejor que el totalitarismo glamour del mundo liberal: te permite ser libremente lo que quieras, mientras seas liberal-liberalista. No se permiten otras posiciones. Por eso Italia es hoy emblemática: con el fucsia de izquierdas del Movimiento 5 estrellas y el azul-verde de derechas de la Liga, lo que existe no es sino un liberalismo cosmopolita de izquierdas y un liberalismo soberano de derechas. Pero el liberalismo siempre está ahí, en cualquiera de los casos. Se genera una alternancia sin alternativa. El liberalismo siempre gana, no importa si es fucsia o color azulejo. Tenemos que ir más allá. Para derribar el orden dominante, necesitamos una nueva geografía de la política: los de abajo vs. los de arriba, pueblo vs. elite, siervo vs. amo (Hegel).

Vox Italiae tiene como objetivo servir a los intereses de los más desfavorecidos, del pueblo, del siervo: soberanía nacional, más Estado y menos mercado, más derechos sociales y menos competitividad, etc.

Obviamente, dirán que esto es “rojipardo”: así que el pensamiento único difama a cada izquierda que no es fucsia globalista y a cada derecha que no es azul liberal. A la derecha, dirán que somos rojos. A la izquierda, que somos negros. La verdad es que no somos ni fucsia ni azul aciano (bluette). El pensamiento único -que también descartaría a Gramsci y Fidel Castro como rojipardos- no sólo es políticamente correcto. También es cromáticamente correcto. Sólo acepta tonos homogéneos con el arco iris globalista, que es un falso arco iris: esconde el gris del nihilismo de la civilización post-metafísica de los mercados y del relativismo absoluto en el que se basa.

* Entrevista publicada en La Tribuna del País Vasco, medio con el que Alerta Digital acordó intercambiar algunos de sus contenidos para enriquecer y mejorar nuestras respectivas ofertas informativas.

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Europa

El nuevo gobierno italiano rompe con la política de puertos cerrados del exministro Salvini y permite el desembarco de inmigrantes en Lampedusa

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Por primera vez, el nuevo gobierno italiano rompe con la política de puertos cerrados del exministro Matteo Salvini y permite al Ocean Wiking, con 82 personas rescatadas frente a las costas Libias, desembarcar en Lampedusa. El ministerio del Interior ha asignado la isla como puerto seguro. Los inmigrantes de la nave de Sos Mediterranee y Médicos sin fronteras serán repartidos entre varios países europeos. Francia y Alemania acogerán, cada uno, el 25% de las personas, y en Italia se quedará el 10%.
El resto será dividido entre los países que han mostrado disponibilidad, entre ellos Irlanda. El alcalde de Lampedusa, Salvatore Martello, ha destacado que la isla se ha mostrado siempre disponible a la acogida de inmigrantes, pero en este caso ha protestado porque el Ocean Winking se encuentra más cerca de Sicilia, donde, en su opinión, se tenía que haber realizado el desembarco. «Nuestra isla no puede ser la solución a todos los problemas», ha dicho el alcalde Martello.

Ley Salvini, superada

Cabe destacar que la decisión supone no tener en cuenta la vigente ley de seguridad que promovió Matteo Salvini. Esta normativa impide a los barcos de las ONG entrar en aguas territoriales italianas, con la posibilidad de imponer multas hasta de un millón de euros. Pero esta ley de seguridad será modificada. El gobierno de Giuseppe Conte inicia así una nueva política de inmigración, concertada con la Unión Europea, permitiendo el desembarco de inmigrantes, con la condición previa de que haya un reparto entre diversos países europeos. Todavía no se ha definido el mecanismo y los requisitos para el reparto de los inmigrantes en casos futuros. El acuerdo se fijará en la reunión que mantendrán los ministros del Interior de Italia, Francia, Alemania y Malta, el próximo día 23 en La Valeta. Dos semanas después, en una reunión de los ministros de Justicia e Interior en Luxemburgo se perfilará un acuerdo definitivo, al que se espera se adhieran otros países de la UE.

Cambio radical

El cambio de política de Italia sobre inmigración es el fruto inmediato del viaje realizado por el primer ministro Conte a Bruselas el pasado miércoles. Tras su entrevista con la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, Conte declaró que la nueva estrategia del gobierno italiano es aceptar los desembarcos de las naves de las ONG y de medios militares que intervienen en el Mediterráneo, con la garantía de que la mayor parte de los inmigrantes serán acogidos en diversos países de la Unión. Según Giuseppe Conte, será difícil que en el futuro haya países europeos que den la espalda al compromiso de afrontar conjuntamente el problema de la inmigración: «Habrá naciones reacias a compartir la llegada de inmigrantes, pero quien no participe tendrá que pagarlo económicamente de forma consistente».

Conte explicó también que «a partir de ahora la gestión de la repatriación de inmigrantes se gestionará a nivel europeo, y no mediante acuerdos bilaterales». Se contempla también la posibilidad de reactivar la operación Sophia, con medios militares de diversos países para intervenir en el Mediterráneo.

El gran objetivo del gobierno italiano es cambiar el viejo Tratado de Dublín, que establece que el inmigrante debe pedir asilo en el primer país europeo en el que pisa tierra. Desde que entró en vigor este reglamento hace casi 30 años, mucho ha cambiado en relación con los flujos migratorios. De ahí la necesidad de un cambio en el acuerdo de Dublín, para que toda Europa se vea implicada con la llegada de inmigrantes.

(ABC)

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Europa

La Fundación Fare Futuro alerta en un informe que en 2100 media Italia podría ser musulmana

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Foto de archivo de Roma, capital de Italia
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La Fundación Fare Futuro lanza la alarma demográfica en Italia: «Los musulmanes residentes en este país son 1,58 millones, pero podrían llegar a ser la mitad de la población en el año 2100». En enero 2019, los musulmanes representaban el 30,1 % de los extranjeros residentes en Italia; les siguen en porcentaje los cristianos ortodoxos con el 29,7 % (1,56 millones), y en tercer lugar los católicos que son 977.000 (18,6 %). La mayor parte de los musulmanes extranjeros residentes en Italia proceden de Marruecos (440.000), Albania (226.000), Bangladesh (141.000), Egipto (111.000) y Pakistán (106.000).

El informe sobre la islamización de Europa, el primero en su género, realizado por la Fundación Fare Futuro con el apoyo del gabinete de estudios del partido derechista Fratelli d’ Italia (Hermanos de Italia) acaba de ser presentado en una sala del Senado en Roma. Obviamente no es un dato cierto que «en el 2100 los musulmanes podría ser la mitad de la población italiana», como indica el informe, pero sí son ciertos dos datos que sirven para apoyar la posibilidad de ese escenario: En primer lugar, el índice de natalidad. «Las inmigrantes musulmanas tiene una tasa de fertilidad muy superior, el doble, que el de la italianas». Es un hecho conocido que «los italianos no tienen hijos», están prácticamente a la cola de Europa. En segundo lugar, «el 78 % de los inmigrantes que solicitan asilo o que llegan sin papeles son musulmanes».

«Favorecer la inmigración con nuestros orígenes»

El informe destaca que «los extranjeros musulmanes residentes en Italia han aumentado en 127.000 con respecto al 2018, mientras que los cristianos, por el contrario, han disminuido en 145.000. El análisis refleja preocupación y dudas sobre la capacidad de integración de los musulmanes. El 85 % de los italianos considera que «los inmigrantes tendrían que hacer un curso de lengua italiana y de educación cívica antes de ser regularizados», «el 60 % piensa que el velo que portan la mayor parte de las mujeres musulmanas lo hacen por presión de la familia», «el 80 % de los italianos pide que se castigue como un delito la predicación del odio y la justificación de actos de terrorismo», y «un 56 % de los entrevistados estima que la predicación en las mezquitas debería hacerse en italiano para que pueda ser entendida».

Las dudas sobre el interés de los musulmanes para integrarse en la sociedad italiana son muchas: «El 55 % de los entrevistados cree que la mayor parte de los musulmanes quiere vivir en Italia manteniendo su identidad musulmana, aunque admitan la ley italiana; mientras, el 27 % de los italianos está convencido de que el objetivo principal del musulmán es vivir en Italia siguiendo sus propias leyes separadamente».
En la introducción al informe, la diputada Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, escribe que «si es necesaria una cierta cuota de inmigración, se debe favorecer a quien tiene orígenes italianos o europeos, o bien la que procede de Estados que han demostrado que no crean problemas de integración o de seguridad».

«El islam es incompatible con Occidente»

Desde luego, la cuestión de la integración de los musulmanes es un largo debate en Italia y perdurará. Muy escéptico se mostró siempre el profesor Giovanni Sartori, uno de los mayores expertos en ciencia política, con prestigio internacional, reconocido con el premio Príncipe de Asturias: «El Islam es incompatible con Occidente. Sus regímenes son teocracias que se fundan en la voluntad de Alá, mientras que en Occidente se basan en la democracia, en la soberanía popular». A Sartori le gustaba recordar lo que ocurre en los países europeos: «Los musulmanes de tercera generación no solo no se han integrado, sino que son los más rebeldes. Odian a Occidente porque no tienen trabajo y muchos se sienten atraídos por el islam fanático».

En su último libro «La carrera hacia ningún lugar», Giovanni Sartori explicaba por qué la integración de musulmanes en sociedades no islámicas no se ha logrado: «El islam no tiene capacidad de evolución», como se puede ver, por ejemplo, en la India, «donde hay 14 millones de musulmanes, muy pobres y maltratados, que después de mil años, resisten sin integrase, enemigos eternos de los hindúes». «Esta experiencia ejemplar –concluía Sartori- debería ser estudiada por nuestros izquierdistas y contrasta con el facilismo con el que nosotros hablamos de integración».

(Fuente: ABC)

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